DANZAD MALDITOS.

Ni un baile. Eso sí, Edith Piaf sonaba a todo trapo recordando, de lejos, aquellos concursos de baile de los años treinta, los años de la Gran Depresión.

Se trataba de ganar un concurso, un concurso de resistencia donde solo ganaba el premio una pareja: la que resistía el agotamiento de horas y horas de pie, en cansino balanceo, abrazados, sujetándose mutuamente para conseguir llegar a la meta.

¿Cómo los caballos? Un hipódromo. El jinete, gordo e imposible, maestro de ceremonias que no entendí. El caballo esclavizado o el esclavo o la cantante calva o el travesti…. Y eso sí: vueltas y vueltas al circuito de arena. Como en las carreras de caballos. La metáfora, antiquísima y burda, idéntica a la que se desarrolla en la película,  estaba servida, y en caso de no estarlo, la continua verborrea del jinete sobrado de peso  nos explicaba lo que iba a ir ocurriendo y filosofaba sobre el sentido de la vida, salvo cuando haciendo equilibrios con lo grotesco, se dirigía al público como si formáramos parte del espectáculo y contaba algún chiste que no tenía nada que ver con el ambiente que nos presentaba. Me sobraba.

La manía continua de rizar el rizo, resucitar a los muertos y vestirlos de postureo modernito, añadir torreznos a los platos de verduras o echar salsas orientales al cocido montañés, a mí personalmente, acaba por cansarme. Todo son versiones, libres, de textos o guiones consagrados. El gusto por lo artificial, por dar apariencia de profundidad  novedosa a lo que en su momento no necesitó más que una pista de baile y la música y dejar que los bailarines bailasen,sudasen, se arrastrasen hasta acabar, dejarnos ver, poco a poco, cómo cada alma, cada vida, cada ética, cada necesidad, se manifestaba a lo largo del aquel terrible concurso.

Competir para ganar el premio, para sobrevivir. Tan antiguo como el Mediterráneo, por poner un ejemplo cercano, como Darwin o la madre naturaleza, tan terriblemente cruel. Nada nuevo.

El sufrimiento de los actores sobraba y muchas de sus contorsiones, también. Danza contemporánea, expresión corporal, lucha en pista de arena… y barro: la sencilla técnica de usar un pulverizador a presión, de jardinería, manual. El jinete obeso les regaba con el aparato al hombro para que la arena se convirtiera en barro y todo en una masa desagradable de carne, ropa, barro y agua. Me sobraba.

La escena final, cabalgando la pareja ganadora sobre el resto de los concursantes tampoco era necesaria, visualmente aceptable, pero innecesaria.

La película de Pollack mostraba algo tan antiguo como el hombre, como el mundo. Su mérito era la ambientación y la inteligencia con que nos permitía ver el alma de  los luchadores por conseguir sobrevivir en un mundo que se había venido abajo, aquí convertidos en amasijo de carne y barro.

El tremendo esfuerzo de los actores de esta versión es innegable, como la calidad de la música. Del resto, nada que añadir. Sabemos todos, con caballos o con conejos, que solo sobreviven los más fuertes, salvo que una sociedad civilizada proteja al resto.  A buen entendedor…

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