NUEVA GUÍA DEL OCIO.13. MUNCH.

Recuerdo la primera vez que lo vi, casi una niña. No sabía qué era, pero la imagen de aquella especie de ser humano desfigurado y aterrado ante el puente, entre nubes de sangre, me dejó preocupada, angustiada, sorprendida. Probablemente, en aquel momento yo también gritaba, desde dentro, en absoluto silencio, como hago siempre, como hacemos muchos. Exactamente, como hacen también algunos de ellos, los atormentados, solitarios, aterrados  e incomprendidos seres que crean para el resto imágenes que solo podemos entender desde el pozo de cada una de nuestras almas.

Algunos, y recuerdo a Sábato, a quien tuve el honor de conocer en mi juventud, emanan paz y dulzura aparte de humildad, pero su obra también grita entre nubes de dolor y de sangre, como gran parte de la obra de Munch, como la obra de Dostoyevski, como la de Juan R. Jiménez, parte de la de Goya y de tantos otros.

Locos, solitarios, suicidas, desesperados… Creadores de mitos desde el dolor más profundo. Sábato aceptó, frente a nosotros, que su obra había sido parida y engendrada desde el más profundo de los sufrimientos. Era evidente. Para mí, la evidencia de ese tormento interminable también me habla desde casi cada pincelada de la obra del noruego.

Muchas personas carecen de la sensibilidad o la generosidad de reconocerse en el alma ajena. Ni siquiera saben quiénes son o lo ocultan entre poses de puro artificio y paletadas de mentiras. Otros, sin embargo, son capaces de lanzarnos a la cara limpias y eternas las imágenes del dolor del hombre cuando nadie puede atisbar dentro, cuando no hay cirujano que extirpe ni curandero que sane ese sufrimiento.

No me importa ahora si trató o maltrató a sus familiares y amigos, si hizo sufrir, que lo haría con toda seguridad como hace todo el que sufre, a quienes le rodeaban, si sus ideas o sus tendencias suicidas marcaron su camino y llegaron a término, irreconocibles bajo los cuentos de Horacio Quiroga, por poner otro buen ejemplo; me importa, llena de un egoísmo que no oculto, el recuerdo imborrable de su creación en mi retina, la sensación innegable de entenderle sin conocerle, de seguir su mano moviéndose por el lienzo a instancias de un tormento insoportable, de una soledad y un sufrimiento que nadie podía comprender ni aplacar.

Los que han visto la exposición en el Thyssen me dicen que salen con mal sabor de boca y que muchos de los trazos violentos  de sus obras no les dicen gran cosa.

Yo sigo leyendo su dolor mientras miro sus cuadros. Después de tantos años, su obra ya no es un misterio para mí, ni para nadie, pero ahora puedo comprender con precisión al hombrecillo aterrado y solo ante el puente. Tanto como puedo leer y comprender mi propia vida, mi propia alma, mi propio dolor.

 

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