NUEVA GUÍA DEL OCIO. 14. EL AMOR.

Nadie sabe cuánto amor cabe en el corazón del otro. Como en la ruleta rusa, hay que arriesgarse a recibir un disparo en la sien para saber si la bala te estaba destinada.

No queda otra. O jugar o perder. No se puede aparentar que la pistola está cargada o disparar con el seguro echado porque el otro jugador, estafado, puede volver su arma contra ti y acabar el juego de una atacada.

Por eso, ya no están juntos. Por eso, muchos de los que iban por la calle de la  mano ya no se ven ni se reconocerían si se vieran.

Pasada la época del juego, llega la de los mercadillos. Aunque algunos, los que nunca se arriesgaron, se la conocen muy bien y no han parado en su vida de mercadear: sí, pero no; a ver si mantengo mi libertad y la engaño; a ver si tiene pasta antes de decir que sí;, a ver si no se entera; a ver si puedo vacilar con otros u otras, aunque salga con él, o ella …, a ver qué saco del negocio este de vender y comprar cuerpos envejecidos, mentes sucias y corazones solitarios.

Por eso, cuando  recuerdo o veo, porque alguna pareja hay, a dos seres humanos que aman, sin más, que no necesitan papeles ni seguridades ni promesas ni posturas, que recibieron todo el amor del mundo de manos y ojos de otro y de otra porque jugaron a la ruleta y se arriesgaron,  que no desconfían, que no coartan, que no obligan, que no amenazan, que no pretenden nada, salvo dar…, me quedo atónita y una lagrimita de envidia y de pena me resbala por dentro.

Y otra lágrima de pena profunda se me desborda cuando comprendo que hay almas que jamás entendieron, ni entenderán, que se les amó más allá de toda condición y lógica, que se les dio todo lo que se podía dar, que se puso en sus manos todo cuanto se tenía… Que delante de ellos, a centímetros de su rostro estúpido, alguien se disparó un tiro en la sien y aún así, jamás creyeron que había una bala en la recámara.

Pero ya no es tiempo de siembra ni de cosecha. Es tiempo de hacer cuentas, arreglar asuntos, sacar conclusiones, poner orden en los altillos y seguir adelante con el camino lo más llano posible, no sea que nos caigamos y nos rompamos la cadera.

Otros hombres y mujeres, venidos de lejos, otros niños y otros ancianos esperan que alguna de nuestras balas sea para ellos, si es que nos queda todavía algo de munición.

 

 

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