MUCHACHOS.

Dicen que uno no se da cuenta de lo que tiene hasta que lo pierde: no es mi caso. Yo siempre supe valorar y amar lo que tenía.

Durante muchos años, he vivido y convivido con seres extraplanetarios, con bocetos sin terminar de hombres y mujeres, con ignorantes cabezas llenas de cochinadas y soledad, con cuerpos inarmónicos, con rebeldías agresivas, con silencios enfermos, con curiosidad inocente…

He hecho un cálculo, sin precisar demasiado. Han debido de ser unos seis mil. Parece mentira, pero esa es la cifra aproximada. Algunos, repetidos, como los cromos, pasaban por mi apisonadora varias veces; en otros casos, eran familias enteras, uno detrás de otro, que ya venían avisados de lo que se les venía encima: yo.

Los he abandonado convencida de que, en el fondo, a nadie le importan. Ni siquiera a la mayoría de sus padres, atareados en ganar dinero para pagar coches e hipotecas y convencidos de que sus hijos no pueden ser tontos, malvados ni agresivos. Otros, son presionados por sus educados progenitores  hasta el ahogo, hasta el terror, y cuando, incapaces ya de soportar ese peso ajeno, esos deseos y objetivos que no han elegido, la cuerda se rompe, los padres inocentes preguntan desolados por qué su hijo, tan bueno y tan obediente, se ha convertido en un monstruo de la noche a la mañana.

Se refugian en sus amigos, en sus colegas y en la fuerza del grupo para defenderse de un mundo que no comprenden: mi mundo.

Encerrados en una cárcel con vallas de varios metros, rodeados de normas escritas que no se cumplen nunca, perdidos entre pasillos donde no sienten respeto porque nada es respetable, se les deja hacer a su antojo para no ser tildado de tirano, pero nadie es capaz de hacerles entender que no es tiranía, sino autoridad y compromiso, coherencia y justicia lo que se les debería enseñar. Son semillas de futuros corruptos, porque incluso ese mundo marciano está corrompido y ellos lo saben. Hacer trampas, mentir, lloriquear, echar la culpa al de al lado, esperar al recreo y vengarse en un rincón solitario, saltar la valla, insultar al tirano por lo bajo, provocar, reírse… Todo vale.

Y no pasa nada. A nadie le importa. Nadie se pone frente a ellos para explicarles que no deberían estar en una cárcel, sino en una cola, esperando casi de rodillas que alguien limpio les enseñara el camino de la vida, con esfuerzo, con honradez, con valentía.

Son lo mejor de esta sociedad porque ni siquiera aposta han conseguido todavía llenarse de mierda: les faltan años, experiencia, sabiduría y maldad.

Y yo lo supe cuando tenía su edad y sigo sabiéndolo ahora, que he vivido con ellos la vida entera: son lo más  hermoso que tenemos, lo más inocente, lo más indefenso, lo más importante.  Incluso el más sucio de ellos, es capaz de mirarte a la cara, de frente, aunque solo sea para retarte, para averiguar hasta dónde puede llegar.

He sido feliz, muy feliz, aunque no podía decirlo. Si volviera a nacer, volvería a esa cárcel, o a otra, para volver a encontrarme con ellos, o con otros.

Ellos nunca me han engañado: son como son. Quiero creer que sabían que yo tampoco les he engañado nunca: también soy como soy. Y en ese juego, en esa vida en común, en ese ser de cada uno, ha transcurrido gran parte de mi vida. Por detrás, la basura que ellos no ven, la mentira, la corrupción la indiferencia del sistema, me ha golpeado las espaldas día a día.

No me ha importado. El sistema público de enseñanza de este país es una mierda. Una gran mierda que no le importa a nadie y cuando alguno, además de hacer gestos, protesta y se pringa, lo linchan como a un cerdo, eso sí, con una sonrisa encantadora y culta.

No me queda sino agradecer a esos locos rebeldes y vagos sus miradas: con ellas se puede llenar una vida entera. Gracias.

 

 

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