SÓCRATES, EN LAS NAVES DEL MATADERO DE MADRID

Blanco roto sobre madera de palets. Semicírculo casi completo. Y los consabidos harapos, la última moda en vestuario teatral.

Un foro, una plaza de toros, un tribunal, y entre los bancos de madera, los personajes. El más alto, el más lento y el que va descalzo: el filósofo Sócrates.

Los gabanes de los personajes les sirven de toga: estamos en la Atenas anterior a Cristo. Los personajes nos van narrando cómo un hombre bueno y valiente que buscaba la verdad fue ajusticiado por la ciudad de Atenas. Todo es narración.

Escuchamos, luego, una especie de juicio en el que Sócrates hace gala de su capacidad extraordinaria para usar el lenguaje y persuadir, pero aquello era también habilidad de los sofistas, a quienes se les tenía por charlatanes peligrosos. Esa era una de las grandes acusaciones contra Sócrates: no se menciona la palabra ni el parecido en ningún momento.

Tampoco se incide en la contradicción que puede significar que alguien muera dignamente por obedecer las leyes de una democracia en la que no cree: no deben gobernar aquellos a quien designe la suerte, sino los mejores. ¿Una oligarquía de la excelencia? Ya sabemos todos lo de las moscas que comen mierda: democracia mayoritaria, gana la mierda. Ni una palabra sobre el particular.

Loor y gloria a uno de los mitos de nuestra cultura, pero se podía haber metido el dedo en algún ojo, se podía haber cuestionado algo más sobre el filósofo que no escribió nada, se podía haber dramatizado algo más su vida y su muerte. No ocurre en ningún momento.

Correcto y frío, yo gocé de las voces y la interpretación de dos actores de mi vida: José María Pou y Amparo Pamplona, de voz inconfundible.

Pero allí no había crítica ni valentía para cuestionar el mito ni ofrecer otro punto de vista. Solo la historia, casi contada, del final legendario del primer filósofo de nuestra cultura: todos la conocíamos de memoria.

Lo peor: Sócrates regañó al pueblo ateniense, sentado alrededor del foro, por usar móviles, mirar mensajes o toser. Le reconozco la autoridad, pero el guiño fácil rompía la grandeza del personaje.

Hacía un frío tremendo en la calle. Apenas lo noté.

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s