HAMLET… DE MIGUEL DEL ARCO. TEATRO DE LA COMEDIA DE MADRID.

Me asusté. Así, como suena. La aparición del torso desnudo de un Hamlet moreno y agitanado sobre fondo negro me dejó pasmada. Me recordaba un tipo antiguo de marioneta oriental, donde los artistas, de negro sobre fondo negro, mueven de forma totalmente realista a títeres de tamaño natural. Y ese parecía ser el caso: el torso de Hamlet se movía a instancias de espasmos terribles, de sollozos y contorsiones. Su torso, su estómago desnudo y su voz: no había nada más sobre el escenario. Y sospeché que esa sería la tónica de la versión de este Hamlet.

La acumulación de muertos del final nunca fue de mi agrado: acabar con todos los personajes es cómodo y ni a Shakespeare se lo perdono, pero comerse escenas enteras tampoco me parece perdonable. Pensé que la obra, entonces, sería más corta que el original, habida cuenta de que ni el principio ni tampoco el final se atenían al texto del británico.

Pero no fue así. A cambio del escamoteo, la modernidad se cobró su impuesto revolucionario y nos presentó a sepultureros cachondos, hablando medio en caló medio en jerga muy española, en medio del frío de Dinamarca. Hubiera sido más creíble un Hamlet de Jerez de los Caballeros, por poner un ejemplo.

No digamos nada de la forma chulesca y jocosa de hablar, a veces, del bendito protagonista, trasmutado de loco soñador y visionario con espasmos y gritos trágicos, en graciosillo de guateque.

Tampoco vi tanto como hubiera querido al fantasma del rey asesinado: se escamotean varias apariciones, pero a cambio, vimos a una especie de Madonna  con micrófono, cantando como una poseída diva del pop, subiéndose como loca por las camas reales, animando al público y meneando lascivamente su faldita  de muñeca japonesa de manga-lolita en tono fucsia. La dulce Ofelia parecía una mezcla de salida, poseída y reina de la noche.

La pistolita de Hamlet tampoco me estusiasmó.  A cambio, la escena del duelo entre este y Laertes tuvo su gracia: al menos formaba parte del texto original, aunque tampoco se atenía a él con exactitud.

Recordaba las tragedias de Shakespeare llenas de solemnidad, de filosofía, de elegancia, de grandeza. Así eran antes las tragedias.

Al terminar, también de  una manera extraña, parte del público había empezado a levantarse para salir y la otra, para aplaudir. Vi caras de bloqueo mental entre los espectadores que desfilaban hacia la calle.

Casi tres horas seguidas de una olla podrida de tragedia y folletín, de sainete y musical, son demasiado para mi estómago.  Me he despertado buscando a Shakespeare desesperadamente.

NOTA.: ES CURIOSO QUE NO HAYA ENCONTRADO NI UN VÍDEO NI UNA IMAGEN DE LAS ESCENAS QUE COMENTO. SOLO LA QUE APARECE MÁS ARRIBA.

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