NUEVA GUÍA DEL OCIO.17. SAMUR SOCIAL.

La cafetería es muy coqueta, moderna, de esas en las que se mezcla la madera y el metal, tienen sillas vintage de jardín, pizarras para anunciar los productos, bollería propia y wi-fi, como poco. Los taburetes, altísimos, son una de las barreras que hay que superar: no están pensadas para ancianos, sino para jóvenes ejecutivos, creadores y extranjeros ociosos y cotillas. Tres mesitas, pequeñas, sirven de consuelo a los canosos y canosas que ya no pueden encaramarse a los taburetes, por el vértigo fundamentalmente.

En cada mesita, un tiestecito de metal con una mata de guindillas en flor: muy cuco. Precios asequibles, camareros guapos y bien peinados, todos sonrientes.  La calle, frente a un enorme y moderno centro comercial, no está muy transitada a estas horas. Es zona regia, como diría un argentino.

El café, grande, delicioso, y la tostada de pan con tomate, en su punto, crujiente, ligera, con el tomatito recién rayado…  A media mañana, semejante fruslería no engorda y resucita a un muerto, sobre todo si el muerto no suele comer ni beber en exceso.

Mañana de sol y sombra, con viento y frío. De maldita primavera.

Y lo vi. Los vi.

A pocos metros de allí, tres se apiñaban en el pedrusco de la esquina, tambaleantes, andrajosos, sucios, intentando esconder el cartón de vino debajo de las piernas.  Otros, beben y orinan en la entrada del Metro y allí se refugian o pasean cuando su del coro al caño les acaba mareando más de lo que lo hace Don Simón,  o un frasco de colonia de baño que, para el caso, no creo que notasen la diferencia.

No tienen un céntimo, ninguno. Por eso, trapichean con lo que pillan. Algunos no beben, solo están lisiados y enfermos, abandonados y solos, perdida la noción del tiempo y del espacio. Otros están demenciados, simplemente. Hay también extranjeros sin papeles, dinero, oficio ni beneficio, prostitutas drogadictas. .. ¡Vamos! ¡La flor y nata de nuestra hermosa sociedad!

Y un poco más allá del pedrusco, en la calle maldita, hay más.. y más. Salen a tomar el sol cuando se puede y a beber, cuando hay.

Dentro queda el resto, al calor de los salones o al refugio del patio. No tienen nada que hacer, nada que esperar, ningún sitio a donde ir. Su prisión es, al mismo tiempo, su paraíso.

He salido de la cafetería tan mona con el estómago caliente y el sabor del tomate y las migas de pan todavía entre los dientes y me he dado tal cabezazo contra la realidad monstruosa que se movía a duras penas en la acera de enfrente, que el chichón será inevitable.

Unos y otros comparten la misma calle, el mismo oxígeno, el mismo cielo, pero se mantienen a raya, alejados por el muro de la desigualdad sangrienta.

Los dos obispos claman contra pecados medievales como si fueran dos momias de Torquemada, y se clavan en el pecho del siglo XXI como lanzas malolientes, como pura basura entronizada. Pero no hay denuncias. Los civiles no podemos incitar el odio, es delito, pero los canónigos cristianos aman al prójimo incitando al desprecio y a la condena de quienes son diferentes a ellos, afortunadamente para todos los demás.

Los muertos inocentes pueblan cada día nuestra vida como los obuses una guerra antigua. Y después, nos vamos a tomar cafés y copas a la cafetería moderna y coqueta, como si celebrásemos que esta vez no nos ha tocado, con unos gramos de amnesia en vena. Muy lejos, otros miles morirán también, de lo que sea: agua en los pulmones, hambre, miseria, enfermedades o un par de balazos.

Estoy segura de que los desharrapados se quejan de la comida, de que les roban, de que tienen frío por la noche, de que nadie les hace caso. La jefa suprema de su cárcel de puertas abiertas es una buena mujer que vende ropa confeccionada por presas en sus ratos libres. ¿Habrá escuchado sus lamentos? Lo dudo.

Yo, solo con la tostada, he entrado casi en coma, no sé si etílico o tomatero, y me he acordado de aquello del materialismo histórico y el materialismo dialéctico. No me cabe duda de que estamos en la fase de la antítesis. El problema es cuándo se abatirá sobre nosotros la síntesis.

Y lo  peor: ¿cómo lo hará? Que los obispos momias me pillen confesada, si no, queda el recurso de tirarme al suelo en mitad de la calle y ponerme a gritar, que motivos hay. Seguro que  me recoge el Samur Social.

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