EL ALBERGUE DE SAN ISIDRO.

Recuerdo perfectamente que mi madre me tenía advertido del peligro  del paso por esa calle, el Paseo del Rey. Ya entonces estaba allí el albergue y desde entonces, y a temporadas, saltaban a las páginas de los periódicos problemas en sus alrededores. Sé ahora que otros se han ocultado y estoy casi segura de que se seguirán ocultando.

Pero la vida, que da muchas vueltas, y mi propia voluntad me han metido allí de cabeza. El revoloteo de los residentes por los alrededores es lo más cromático del paisaje, porque los cabrones se empeñan en ir tambaleándose, sentarse a tomar el sol en los bordillos, tener los ojos vidriosos o beber del brick de cartón sin el más mínimo recato. Caca. Eso no se hace.

Dentro, todo parece normal: pecera con funcionarios, seguratas en la puerta, sillas, mesas, ventanales y, otra vez, mis amigos de colores dando vida a los pasillos fríos: tumbados sobre las mesas algunos, paseando por un caminito fijo a lo largo de la pared, yendo y viniendo sin parar otros, hablando solos, gritando en grupo, en silencio, esperando o, en algunos otros casos, jugando al parchís, yendo al huerto del vecino Calatrava como le llaman ellos, en realidad, el albergue La Rosa, menos colorista y divertido que el de San Isidro por muchas y malas razones, saliendo a la calle cojeando en muchos casos, todos sin un céntimo, con ropa de ropero y el alma y el cuerpo estragados.

He visto gentes de todas partes y de casi todas las edades. Unos más lúcidos, otros menos, pero en todos he visto a un ser humano machacado, destruido, solo.

Dan miedo. Es verdad. Sé con absoluta seguridad que bajo la apariencia de residencia de la tercera edad se esconde toda la miseria humana imaginable y que bajo las sonrisas desdentadas de la mayoría hay pensamientos oscuros.

Viven allí durante años, tienen comida y cama gratis y un patio donde tomar el sol. Eso está bien. Pero les faltan muchas otras cosas, quizá la más importante: la atención y la memoria del resto de sus conciudadanos.

Doña Botella y doña Carmena han ido a verlos y se han hecho fotos con ellos, pero eso no parece haber mejorado el menú ni arreglado la calefacción.

Muchos diréis que no tenemos por qué pagar los demás sus problemas, sus alimentos ni sus camas. Y lo mismo tenéis razón. Yo también me reboto cuando veo tirillas blancas haciendo declaraciones impunes por la tele o enormes catedrales, o mezquitas, sostenidas por todos para el placer de una parte. Total, aquí todos mantenemos a los demás, incluidas sus vacaciones y sus áticos. Yo casi prefiero mantener a estos, caca, que me quedan más cerca, piden poco, no tienen nada y, a lo mejor, podrían ayudarnos a pagar las catedrales si abandonaran esa hermosa y fría residencia que, al menos eso no se puede negar, les sirve de cobijo.

Entre ellos, un pequeño grupo de jóvenes y voluntarios bracean entre la niebla. Y aunque parezca poco creíble, los residentes, incluso después del brick, son capaces de contestar, mirarte y sonreír.

Unos poquitos asisten a talleres, entre ellos, el de radio.

http://alberguesanisidro.wix.com/casitodoradio#!programas-de-radio/cjg9

www.facebook.com/Casitodoradio/videos

Pero además de la radio, el huerto y el sol,  son necesarias otras cosas para paliar su situación. Unos cuantos protestan porque no les hacen caso. Probablemente, porque no existen. Hoy día, estoy segura de que la mayoría de los ciudadanos siguen dando un rodeo para no pasar por el Paseo del Rey. Caca. Eso no se hace.

 

 

 

 

 

 

 

 

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