LA ROSA TATUADA… O LA NADA. EN EL MARÍA GUERRERO.

De entrada, tengo que admitir que Tennessee Williams no es precisamente mi santo patrón. Me harté de ver sus obras llevadas al cine en blanco y negro, y de tal manera, que me pareció siempre un guionista de buenos melodramas de ambiente sureño y no un novelista, de nada.

Pero incluso en esos melodramas sureños, tan morbosos, tan represivos, tan llenos de mierda escondida que salta por los aires cuando la cloaca está llena, tan parecidos a la vida sexual tortuosa de su padre paridor, tan agobiantes, tan llenos de viejas malvadas del visillo…, había algo, aunque ni siquiera estuvieran sus críticas a una sociedad de doble moral, hipócrita y cobarde  a la altura de las que escritores del terruño han hecho, con una calidad y una altura poética e intelectual muy superiores, para mi gusto, a las del tortuoso escritor americano.

Pero el morbo, la pasión reprimida, la sociedad miserable y vigilante, los traumas, los atavismos, el enfrentamiento entre dos ópticas tan distintas como la mediterránea y la anglosajona en un país de emigrantes, el catolicismo retrógrado e incapaz de entender el corazón de sus fieles, la condena al ultranza del sexo, su elevación a estado de gracia por parte de Serafina, la italiana católica y prehistórica que fija su triunfo sobre el resto del mundo en una posesión casi animal: ella disfruta de un marido legal tan bello, tan floreciente, tan semental, tan intachable como la rosa magnífica que adorna su pecho.

Ana Magnani, en una de las versiones cinematográficas de la obra, borda la pasión, la locura, la rabia, la radicalidad, la irracionalidad, la animalidad enloquecida de esta siciliana aferrada el pasado, a las normas  en que cree a pies juntillas enfrentadas dentro de su propio cuerpo ardiente y vivo, de su propia vida, en una pelea que revienta cuando descubre que su triunfo no era más que otro marido infiel que compartía su cama , su vida y su rosa con una cabaretera.

Las vecinas agobiantes, el escándalo que la rodea, la represión violenta y el secuestro con que somete a su hija, víctima inocente de su miedo y su rabia, el ambiente siciliano de su casa y el encuentro con un camionero medio tierno medio estúpido, hacen que pase del luto escandaloso y trastornado al sexo buscado, sin solución de continuidad.

Si todo esto lo ponemos en una jarra de agua de las de más de dos litros, e incorporamos una escenografía simple y desagradable, la portada de su casa se abate sobre los ojos de los espectadores como la solapa inmensa del sobre de una carta, y una cantidad bien grande de horchata, muchos cubitos de hielo, una lentitud exasperante, una interpretación más que mediocre de todos, sin excepción, además de la ñoñería de madre e hija, más cercanas a la parodia de una familia pija que al drama que uno esperaba encontrar, se hace una idea aproximada de lo que fue aquel suplicio, lento, ñoño, falto de sangre, de pasión, de rabia, de sentimiento. Ninguno de los actores se creía ni de lejos su personaje.

Aitana da muy bien en cámara. Quizá el destino ha querido, no conozco su verdadero nombre (el del destino, digo), que últimamente aparezca como primera actriz en obras desgarradas representadas en teatros del estado, del que sea, escritas por celebérrimos autores. Pero Aitana da muy bien en cámara, tiene un cuerpo bonito, unos labios sensuales…  y, a veces, bien dirigida, papeles aceptables en la gran pantalla. Frente a frente, en directo, la muñeca de porcelana no está a la altura, y no es la primera ni la segunda vez, ni mucho menos. Para qué hablar de la nieta de la Lola de España.

Zapatera prodigiosa, a tus zapatos. He visto cosas mejores en teatro de aficionados.

El vecino de butaca dormía plácidamente a mitad de la obra. Yo estuve a punto de hacerlo. Cuatro fans gritaban sus “bravos”, el resto desfilaba lentamente hacia la salida, como si una manada de vampiros nos hubiera chupado la sangre. Lo hubiera preferido.

 

 

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