LA NUMANCIA DE CERVANTES, EN EL TEATRO ESPAÑOL DE MADRID.

No soy objetiva, lo reconozco. Miguel, de Cervantes, es uno de esos personajes, no un mito, que siempre llamó mi atención. No hace falta saber demasiado de su vida ni haber leído parte de sus escritos y de lo escrito por todos sobre él, que sería imposible por otra parte, para sentirle cercano, tan cercano como al chuleras que vive en el piso de abajo.

Su vida misteriosa, plagada de agujeros negros, pasajes tortuosos, rasgos elevados y acciones miserables, es una novela en sí misma.

Nunca me gustó su teatro. Ni a él tampoco. Estoy segura. Pero lo escribió.

Esta Numancia, uno de los pocos homenajes institucionales al mejor narrador de todos los tiempos en lengua castellana, es una belleza en su montaje.

Buen ritmo y relativa fidelidad a los textos, excluyo las morcillas anacrónicas y modernitas, plagadas de interpretaciones del adaptador que no tienen nada que ver con el mundo y la mentalidad de Miguel: hablar de democracia mientras el imperio se iba patas abajo es una estupidez histórica, cuando menos. Felipe II sería el encargado de vengar la tragedia de los celtíberos numantinos, ejemplos patrios del valor y el sacrificio hasta la muerte. O sea, lo de siempre, lo del viva España en versión cervantina. Lo lógico y natural, lo que siempre vende.

El emperador cristiano de mallas oscuras y obsesiones varias se apoderaría de todo y en su imperio no se pondría el sol, probablemente porque la mano de  dios le protegía. Nada de democracia, nada de modernidad, nada de nada. El propio Miguel caía en contradicciones de todo tipo y era muy capaz de apoyar y despreciar la libertad de la mujer y de denunciar y compartir al tiempo el trato infamante que se daba a los judíos. Las morcillas ideológicas sobraban a mi entender.

No sé si las ruedas de las damas de Elche en los tocados también sobraban.

El resto, la interpretación de  la mayoría de los actores, el ritmo de la obra, la escenografía y la música embellecían la obra de Cervantes. Un montaje enriquecedor de una obra clásica, porque así la quería Cervantes. Lope le pisaba los talones, le superó por muchos metros, se comíó el pastel, le picó la moral y le tocó las narices, pero eso es otra historia.

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