NUEVA GUÍA DEL OCIO.18. FRUTA MUY MADURA.

El otro día, alguien encontró una de mis fotos, de esas que se hacen por jugar, de broma, sin motivo alguno. Tendría yo casi 10 años menos.

Era demoledora. El verdugo que encontró la foto y me la enseñó no pudo callarse: “Aquí parecías mucho más vieja, gorda, fea y cansada que ahora”. La confianza y el afecto le salvaron de llevarse una colleja… o algo peor.

Pero tiene razón. Yo también me asusté cuando me vi. No había caído en la cuenta  lejana. Sabía, me sabía, siempre he sabido que la vida es dura, que arrastraba pesos pesados propios y ajenos y muchas cosas más, sin embargo, hasta que el tiempo no ha demostrado con imágenes innegables la terrible verdad, no había constancia del delito.

Ese terrible delito que nos mantiene pegados a la rueda de molino por miles de razones, todas generosas. Ese delito que nos dice que sigamos esperando, aunque en el fondo sabemos que no hay ya nada que esperar, ese delito que nos lleva a cargar con quien nos hizo daño en el pasado, a ocultar los defectos ajenos mientras nos acusan de fruslerías varias, a mirar hacia otro lado cuando la envidia acecha, a sobrellevar liturgias odiosas, a mantener el rimmel en su sitio a pesar de las noches de insomnio, a hacer lo que no queremos, a no hacer nunca lo que realmente nos apetece…

Es un perfil bastante habitual, común en nuestra sociedad, y quizá tiene mucho que ver con la presión y el estrés de las que, en la escalera de bajada de los sesenta, creímos que éramos tan valiosas como el que más, que podíamos y debíamos, que toda la responsabilidad era nuestra, que teníamos principios  e ideología, que teníamos la oportunidad… Mientras nuestras madres y abuelas habían inundado nuestras mentes de tópicos y miedos y El parvulito o Mi pequeña enciclopedia nos habían indicado el único camino: ser una buena, sumisa, paciente y callada esposa.

Nacimos de la posguerra, vivimos con Franco, nos rebelamos con la Platajunta,  nos ilusionamos con Felipe y nos reventamos a trabajar.

Ni un átomo de agradecimiento ni un pequeño fruto de nuestro esfuerzo.

La rabia y el cansancio llenaron de manchas nuestros rostros. Engordamos porque cocinábamos para otras gentes que exigían alimentos de sustancia y no teníamos fuerzas ni tiempo ni dinero para comer otra cosa, la piel se volvió cetrina y ni el rimmel ni el colorete era capaz de tapar lo que no tenía remedio. Ni solteras ni casadas ni viudas, nos enseñaron a obedecer, nos negamos a someternos y cargamos voluntariamente con tirios y troyanos. Ni conciliación laboral ni igualdad social ni leches.

Y ahora, cuando el mundo que conocimos se ha muerto, cuando el tiempo y la vida se ha encargado de su parte y nos ha dejado solas,  ahora…. Estamos de vacaciones. De vacaciones ganadas a pulso, de libertad arañada a sangre y fuego, de indiferencia por los intereses ajenos, de sabiduría, de desconfianza y de autosuficiencia.  Ahora ya no tenemos nada que perder. Si tuvimos algo valioso alguna vez, lo llevamos dentro para siempre o lo perdimos por el camino: ya no tiene arreglo.

Ahora que la fruta está más que madura, ahora es el momento de volar, de gritar y de cuidar de nosotras mismas. Algunas sobreviven llenas de heridas incurables, del cuerpo y del alma, pero el camino es recto y no hay nada que dudar.

Me voy a París en cuanto pueda y si alguien me lleva a bailar salsa, bailaré. He aprendido para qué sirve el primer y sé cómo se hace un smoky. Me río con la boca abierta, me importan un bledo las opiniones ajenas e incluso las propias. No distingo entre los botarates que manejan el cotarro y los adolescentes de treinta y tantos que dejan los conciertos llenos de mierda al lado de los contenedores ni a los que les aplauden y justifican. Me aburre la televisión, me niego a ver un solo anuncio publicitario, no entiendo la música moderna y no me sabe a nada la nueva cocina.

Así que me voy a París, con los ojos en smoky sobre el primer, la boca abierta y el cuerpo de jota.  Y los que vengan detrás, que arreen.

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MADRID RÍO… SECO. MUCHO RUIDO: NI GOTA DE AGUA.

 

 

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