NUEVA GUÍA DEL OCIO. 19. ESPERPENTO DRAMÁTICO NACIONAL.

No voy a dar un solo dato real: me da vergüenza.

Ya tenía noticias de la sala: calor insoportable, colas para entrar, retraso en la apertura de puertas, vamos, la manera moderna de tratar al público de algunos grupos alternativos. Nos tratan como si fuéramos de la familia: todo vale y es perdonado porque mamá me quiere.

Yo, que soy poco condescendiente, no entiendo esas confianzas. Quiero entrar a mi hora, no pasar un calor espantoso y ser tratada con el respeto de un cliente.

Pero nada más empezar la obra de un autor mediocre, sinceramente, con soniquetes de los Diez Negritos, de Agatha Christie, tan agudos que dolían los tímpanos, y sorpresa final cantada, al estilo de la alta comedia decimonónica, las carcajadas de parte del público, no por la gracia del personaje del abuelo sino por lo patético de su interpretación forzada y ridícula, apuntaban a  lo que iba a ser el resto de la obra.

La adaptación era exactamente eso: una adaptación en la que se había eliminado a gran parte de los personajes para que no les faltaran actores.  Y el resto, una obra de fin de curso. Nada más. Para los padres de los niños y pasar un buen rato con los compañeros.

La gente se divertía. La entrada era gratuita. Ir al teatro gratis era un reclamo estupendo. Sin embargo, había truco. Una voz en off nos avisó de que el sobrecito, mugriento en mi caso, que acompañaba al programa de mano, era para introducir en él el pago que cada uno estimase oportuno por los servicios prestados.  Yo hubiera introducido una pistola cargada, pero no llevaba en aquel momento.

La manía de tomar el pelo al personal en este país solo es comparable con el placer que les produce a muchos, cada vez más, dejárselo tomar. Parece que cualquier mierda nos conforta, cualquier vómito nos orgasmiza, cualquier mentira, cualquier engaño, cualquier estupidez  nos estimula. Como si nos hubieran lavado el cerebro.

La gente aplaudía…. A una obra de mierda de la que se habían estado riendo durante toda la representación.  Sinceramente, yo no he llegado todavía a ese limbo. No me gusta la mierda ni las mentiras ni los tahúres ni los imbéciles ni los que se disfrazan de modernos para vender porquerías culturales. Huelo la mierda debajo de cualquier ropita mona o cualquier nombrecito raro. Es lo malo que tiene haber dejado de fumar hace mucho tiempo: tengo un olfato estupendo.

Ni la obra ni otras cosas más notables dejaban lugar a dudas: pura mierda y en ración doble. A mis paisanos parece gustarles.  Hay que dejar de fumar.

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