NUEVA GUÍA DEL OCIO, 10: CARRILEROS.

No me lo esperaba: el sitio no era propicio. Apareció de repente a mi izquierda, enorme y con corte deportivo.  Circulaba en paralelo y, de vez en cuando, me adelantaba, lo suficiente para meterse en mi carril, situarse delante de mí medio cuerpo y volver a su línea a continuación.

Cansada, le pité. Entonces, el joven macho alfa de gafas oscuras y pelo engominado, se volvió ligeramente, me devolvió el pitido y me sacó un dedo, el corazón.

No solo me iba jorobando al circular, sino que, en lugar de disculparse, me insultaba. Me había atrevido a llamar la atención a un machote con un coche deportivo convencido, como muchos, de que las normas y los derechos ajenos son inventos de la tele.

No fue el único. Poco más adelante, un ciclista pasó a mi derecha depilándose las piernas con mi retrovisor, se me cruzó sin previo aviso y me miró con cara de odio después, perdonándome la vida, culpándome de existir y de no haber desaparecido para que él pudiera sin esfuerzo alguno cruzarse por delante de mí tres carriles de derecha a izquierda.

Pero es  bueno que los haya: carriles para los coches, con líneas continuas o discontinuas monísimas, carriles para los autobuses, taxis y motos, carriles para los sanos ciclistas, carriles para la cola del super, carriles para comprar las entradas, carriles para la aduana…

Yo seguiría defendiendo los derechos del pueblo  y, siendo justos, hay otros colectivos también necesitados de carriles: los usuarios de sillas de ruedas; las señoras, siguen siendo mayoría, que van a la compra con su carrito indomable; las mamás, también siguen siendo mayoría, que llevan a sus niños en el artilugio de ruedas machacapiernas; carriles para los perros y sus amos, si es que los llevan atados, que no suele ser el caso; carriles para los lentos ancianos con bastón que circulan en grupo taponando avenidas sin mirar alrededor; carriles para conductoras jóvenes que hacen lo mismo que los ancianos, pero dentro de su coche burbuja; carriles para los  que entran en los vagones del Metro sin esperar a que salgan los que estaban dentro; carriles para los corredores de fondo a las tres de la tarde con un sol de justicia, sobre todo para que no salpiquen su sudor y sus babas al resto, en ellos habría que instalar desfibriladores muy especialmente; carriles para los familiares de los concejales cuando aparecen por el ayuntamiento; para los hijos y parientes de figuras de postín; para los famosos cuando van a comprarse zapatos u otras fruslerías; para los fruteros indios y chinos y sus cajas de fruta pocha esparcida por la acera sin orden ni concierto; para los repartidores de media mañana; para los que aparcan en doble fila a la hora en que se les pone en alguna parte de su cuerpo de  gocho; para los camiones y furgonetas de medio ambiente que riegan tras la lluvia y esparcen las hojas a tutiplén entre viandantes asustados y coches en caravana a sus espaldas;  para los que acuden a los centros comerciales los fines de semana dentro de su coche, taponando autovías e impidiendo al resto de los usuarios seguir su camino sin comprar; para los murmuradores que se paran en cualquier parte a hablar mal de vecinos y conocidos, normalmente en grupos de tres y cuatro; para los jóvenes y maduros que se dirigen a hacer botellón en mitad de la calle o parque, pero muy cerca de donde otros intentamos dormir u oír la tele, en este caso, carriles insonorizados; para los repartidores y pegadores de publicidad en los coches; para los que llevan a rastras a la familia, siete u ocho miembros, repartida por la acera, y la lideran a gritos sin volver la cabeza; para los niños que juegan al fútbol a las cuatro de la tarde bajo la terraza de los vecinos, pero nunca bajo la de sus propios padres, en este caso, el carril pasaría obligatoriamente por las terrazas de los padres de cada niño del equipo, exactamente igual que en el caso de los skaters; para los carteristas, los que nunca se lavan y se cogen a la barra del techo de metros y autobuses, los que llaman a la novia a pitidos, los que oyen los partidos a volumen de sordera automática, los que dan conciertos para cuarenta y machacan los oídos, el sueño y el descanso  de 400 con cargo a los impuestos municipales, para los que mean en las esquinas, con retrete incluido, para los que todavía fuman, para los que odian a los que fuman todavía, para que están intentando dejar de fumar… Organicemos la cosa hasta sus últimas consecuencias y establezcamos carriles sin cuento: todos tenemos derecho a ocupar un espacio propio y protegido.

Y establezcamos un último carril, uno amplio, perfumado, con música y chiringuitos de helados cada 50 metros, tumbonas en los laterales y aire acondicionado, uno para las mujeres maduras, supervivientes de muchas batallas, marchosas y orgullosas que no soportan tanta mierda, tanta mala educación, tanta injusticia, pero, sobre todo, tanta estupidez.

¡A ver cuándo nos enteramos de que cada quien hace lo que le da la gana y no hay un puto taxi que circule por su carril ni una puta bicicleta que respete las normas de tráfico ni un puto líder que no se contradiga! ¡Cuánto dinero del pueblo invertido en defender privilegios de unos pocos, modernos o antiguos! ¡Cuánta demagogia y cuánto nepotismo! ¡Exijo mi carril! ¡Yo también pago impuestos!

Luego, lo usaré o no según me venga en gana. ¡No iba yo a ser menos!

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