METAMORFOSIS DE LA VACA.

Siempre, desde que tenía memoria: pilas de platos, de cubiertos, de vasos, apiñados dentro y fuera del fregadero. El desorden de los aledaños, contundente, como un puñetazo en la mandíbula. Había que fregar, recoger, ordenar, limpiar… desde que el mundo fue creado. Pero antes del apocalipsis, aquella visión maldita había desapareció. Un plato solitario dentro del fregadero y a veces, ni eso: la cocina permanecía embalsamada de un día para otro, intacta, como de escaparate de muebles de grandes almacenes.

Había olvidado cómo se cocinaban los guisos y el aceite no formaba parte de la lista de la compra. No había lista de la compra… ni compra casi. Ni tendedero ni  plancha ni ensaladeras gigantes ni manteles kilométricos.

Y aquellas habitaciones llenas de todo, sin restricciones, de desorden, de elementos apiñados, de elementos sobrantes… También habían desaparecido. El viento ululaba continuamente en las alturas de aquellas otras habitaciones ordenadas, limpias, que olían a ella y a nada más. Nadie entraba en su ordenador, nadie cogía sus rotuladores ni gastaba sus folios.

Ya no había vigilancia continua. Eso era lo más chocante: no vigilaba. Su cuello de buitre, erguido siempre, controlando cuentas bancarias, controlando gastos, controlando salidas y entradas, controlando sus propias palabras…, ya no llevaba las cuentas de lo que se movía alrededor. Echaba a volar sin mirar a los lados, sin pedirse permiso.  Una auténtica vaca voladora. Tan lenta para todo, tan cabezota, tan protectora de los terneros propios y adoptados, tan tolerante con los suyos, tan beligerante con los otros, tan brava y tan lechera…  Volaba.

Era un espectáculo sorprendente para todos, para ella también. Volaba sola y no programaba los vuelos, no pedía cita a ninguna torre de control y no esperaba a nadie, ni minutos ni horas.

La puerta de su casa se abría y se cerraba en cualquier momento. El mundo estaba allí, en el horizonte abierto de aquellas alturas inmensas donde había plantado el nido. Había perdido parte de su apariencia de raza, parte de su peso, parte de su interés por ciertas cosas, parte de su paciencia y su tolerancia, parte de su autoexigencia, parte de su memoria, parte de su corazón.  Volar era un nuevo espectáculo, un espectáculo que nunca había practicado, un espectáculo maravilloso, que siempre envidió a los otros, a los pájaros que habían aleteado en círculos a su alrededor durante años y años sin tomar tierra jamás. Ahora los comprendía. La belleza del vuelo  es incomparable. Los que han nacido pájaros no pueden renunciar a sus alas ni al esplendor de su soledad libre y poderosa.  Pero ella había estado mirando siempre desde abajo, con la pata atada a un taco de madera, como el elefante indio, con los cuernos preparados, el pecho de titanio y la procesión sonando en su interior.

Buscó un espejo de cuerpo entero y se miró: no reconoció a nadie. Las manchas del lomo habían desaparecido, las pezuñas, la piel, las pestañas vacunas de cine, las orejitas gachas… Con un mugido de gloria, se tiró en plancha sobre el sofá blanco e inmenso: el vermut la llamaba haciendo cabriolas al son de la música. A lo lejos, el mundo, ancho y ajeno, la esperaba brindando al sol.

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