LA LÍNEA DEL CIELO.

Era un olor conocido, antiguo, casi olvidado. El olor a los geranios que se acaban de regar. Habían revivido después de unos meses de cariño, como soñaba ella que debía de hacer todo lo que se cuida y se riega. Revivir sin condiciones.

No era así. Lo sabía de sobra, pero los geranios la habían entendido y después de largas ausencias de compañía y alimento, la saludaban a diario con unas matas de hojas y flores casi salvajes, exageradamente altas y frondosas, desordenadas y agrestes, como en homenaje de gratitud.

Y a su lado se sentaba ella a menudo, a mirar solamente la línea del cielo, el hortera skyline, que se veía por todas partes sin poderlo evitar. A escuchar la radio o a eliminar aquellos diminutos pelitos que rompían su propia línea del cielo. Benditas cejas.

Y entonces pensaba sin nostalgia en lo poco que hace falta para sentirse confeso y convicto con uno mismo. Un poco de inteligencia y un casi nada de bienestar. Y lo difícil que es entenderlo cuando en la marabunta de la vida, el ignorante ser que somos casi todos no comprende  gran cosa de lo que es ni de lo que le rodea. Y lucha, agrede y se defiende de sombras que ni siquiera existen, se preocupa por mantener posesiones que no son suyas, anhela dominar territorios celestes y necesita conformar el orbe a su manera para sentir que forma parte de él. Y se equivoca. Hace falta muy poco para navegar al lado de la línea del cielo, tan poco que parece mentira que uno no se haya dado cuenta antes.

Probablemente, hace falta haber caminado mucho y haber dejado muchas camisas de piel, como las serpientes, enganchadas en las zarzas, mucha sangre, mucho esfuerzo y mucha soledad.  La ventaja de algunos es que ya sabían desde el principio de la carrera lo que era importante y lo que no, sabían lo que querían y lo que era malo, lo que era mentira y lo que era auténtica tortilla de patatas con cebolla hecha con amor y ahora solo tenían que dejar de pensar en los pensamientos ajenos y comerse la tortilla a bocados, sin mirar a ningún lado, sin dejar ni las migas para nadie más.

Y de ese modo,  los geranios huelen ahora a primavera, aunque sea verano, mientras el tiempo transcurre entre las manos de ella, organizado poco a poco, medido y usado a su capricho con absoluta soberbia. Y entre sus manos van saliendo ratos de ocio pausado, noches de cenas sin gritos ni algarabía, músicas cercanas y dulces, silencios a la luz de velas de olor frente al espejo de su línea del cielo, zapatos de tacón fino y coqueto, visitas amables de aquellos a quienes verdaderamente ama y amó siempre,  despertares al amanecer sin tiempo fijo, sueños en el sofá, zumos de naranja recién hechos, la radio de fondo, las flores de teloneras, el viento refrescando el nido como un amigo poderoso de las alturas… Y sus manos marcando el compás de  su propia vida, una canción sin estéreo, medio salvaje, pausada, mecida por los pájaros y el viento, por los geranios y las velas, en lo más alto de una colina que  no tiene ya caminos ni puertas.

Las visitas utilizan un helicóptero, allá, en el filo de la línea del cielo de Madrid.

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