¡QUÉ CANSANCIO!

Me metieron a rastras a pesar de mis intentos de fuga. Y es que ya lo sabía.

Minúsculos trozos de carne, pescado o masa, tanto da, sobre una cama de  puré de boniato, medio invisible bajo el equilibrio leve de verduras de colores, todo cortado  con una perfección admirable en trocitos del mismo tamaño, y salpicado el plato de lágrimas de salsa con reducción de Pedro Ximénez, este hombre ha sido tan reducido  que dudo que quede algo de él, cebollas caramelizadas y un chorrito de aceite de oliva virgen en todo lo alto, como el descabello final. Dentro de lo que cabe, lo más normal; nada comparado con un  bacalao sobre crema de garbanzos y toques de morcilla seca,  canelón de pollo en tres texturas y tartar de verduras o chipirones a la sartén con miniacelgas tiernas salteadas y jugo cremoso de jamón.

Entiendo los desmayos del  personal habida cuenta de que a los autores de semejantes obras de arte les parecen mágicos los boquerones o supermagníficas las lentejas viudas y maravillosos los trozos de bacalao desalado. Un simple tomate despierta en ellos tal placer orgásmico que imagino lo que debe de sentir un pobre hambriento ante un mendrugo de pan.

La mañana anterior, ante el comentario de una modernísima locutora de radio que  describía  al grupo musical de turno como al hallazgo del siglo, casi me da un vahído: he escuchado el rasgueo horripilante de una guitarra española acompañada por los acordes de un acordeón que repetía una y otra vez la misma melodía sin variación alguna. Ni me molesto en describir la voz cascada del vocalista, poeta e intelectual también según parece; cantante, lo parece menos. Me he agarrado a la radio para no caerme de culo y he quitado los plomos, no sea que vuelva a caer… en la tentación. A los tres segundos, yo ya canturreaba el tema sin dificultad alguna: es que no había ninguna dificultad. Me he tomado un vermú después, para olvidar.

Todo esto llueve sobre el mojado bareto donde he estado el otro día, creo, porque no puedo distinguirlo de los miles de baretos iguales que conozco: rollete modernito, colorines, atiborramiento, decoración de reciclaje, libros en las paredes, escaleritas, caballos de noria, calvetes con sombrero, peludas sin él, mojitos de frambuesa, piñas coladas ecológicas…. Duración de una temporada o dos a lo sumo. No da para más el tenderete.

Ni hablar de las quinientas series de televisión, extranjeras la mayoría, donde se repite la misma historia con la rubia cambiada y el guaperas diferente: poli viejo y listo, poli guapa y lista, poli guapo y listo, poli hispano y  tonto, jefe viejo y tonto, poli duro y violento…. Antes de que acaben los escasos títulos de crédito, uno ya sabe que  la pareja que se magrea cerca del parque va a encontrar un cadáver, casi siempre de una mujer, y lo va a hacer gritando ella como una posesa, gritos que dejarán paso a la sirena de policía y ambulancias.

Cambio de canal y me voy a por un vaso de agua fría… para echármela por encima. En decenas de ellos aparece un señor maduro, trajeado y muy serio recordándonos en versión personalísima lo que dice dios. En cada uno, dios tiene un nombre  diferente, el locutor , que lo conoce íntimamente  (a dios), es muy parecido en todas y la amenaza de castigo, la promesa de premio y los ojos de estar abducidos , o trastornados por alguna sustancia, de los asistentes al fiestón, exactamente los mismos.

Con la cabeza empapada, vuelvo a cambiar y cuerpos cortados por el diafragma me dicen que tengo que llamar y entrar, que me va a tocar la lotería, voy a encontrar al amor de mi vida y todo me va a ir de perlas después de una charlita con ellos. Y lo saben porque lo pone en alguna parte de las cartas que echan sobre una mesita cutre llena de símbolos y santos. Sospecho que es el dios polinómico de los de antes, pero que la forma de intimar con él es diferente. Unos hablan con dios con letanías y otros por carta. Total, dios es muy listo y los entenderá igual a todos.

Me voy a la calle y los ojos se me llenan de lágrimas: todas las jóvenes que van delante de mí llevan pantaloncitos cortos enseñando un trocito de cacha culo, sin excepción. Busco la salvación y miro a las maduras. Todas llevan pantalones estampados  y amplios, salvo en los tobillos.  Miro al suelo y está lleno, como siempre, de mierda de perro y botellas de refresco. Busco en los coches y pasan a gran velocidad machitos con el pelo rapado en los laterales, el flequillo tieso y gafas de sol, todos con cara de ser los más guapos y chulos del barrio y parte del extranjero. El resto se divide entre barbudos y hunos, con una colita en lo alto de la cabeza que, espero, no sea el trasunto del lugar donde dicen las malas lenguas que guardan sus neuronas, lo digo porque cabrían pocas…

Busco la cartelera, esperando que alguien me sorprenda tanto que me quede petrificada, anonada, tonta, si es que ya no lo estoy. Y definitivamente, se me acaba de correr el rimmel. Secuestros, no sé qué numero multimillonario hace, comedias españolitas de toda la vida, comedias norteamericanas de toda la vida, vamos, tipo Doris Day,  efectos especiales, fricadas de las antiguas… No voy a comentar lo que hay en el teatro porque viene a ser lo mismo: versiones y versiones de versiones, convencidos los versionadores de que la suya es la que se ajusta a la versión que el autor primero querría haber dado y no supo o no pudo, no como ellos que con menos actores y nula escenografía, abordan la versión buena y contextualizada que se  corresponde con este mundo moderno en que vivimos. Amén.

De vuelta a casa, me siento en un banco, este sí que es igual que el resto de los bancos del hermoso parque lleno de basura. Pienso en el encierro de torre de marfil: no hay una sola sorpresa ni un genio en los alrededores. ¡Qué cansancio, madre mía, qué cansancio!

 

PD.: Las tres recetas que se enumeran son absolutamente reales y su nombre, aunque no lo parezca, también. Los eminentes cocineros que las parieron juran que no estaban borrachos en el momento del parto.

La locutora es también real, igual que el grupo musical de marras. Ella responde a las siglas L.L. Y no digo más. Por si las moscas…

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