BIZARRO. EN LA SALA TARAMBANA.

Empezaré por el resumen, el final, para ir a tono con el título. El defecto: no hacer caso del refrán español tan importante: quien mucho abarca, poco aprieta. La virtud: lo sorprendente, transgresor y divertido del espectáculo.

13 personas en las gradas. Ni una más.  Amiguetes de los actores en su inmensa mayoría. Una ruina económica.

Sala muy pequeña y dos hombres en forma, encantados con el rollo nipón tan de moda. Un contexto absurdo y deforme: una de las muchas leyendas de amor trágico japonés donde la muerte se apodera de todo, y todo el mundo lo sabe desde el principio, porque el amor es imposible. No voy a recordar a Romeo y Julieta, el Renacimiento europeo, las novelas sentimentales ni los temas caballerescos.  Ya lo he hecho.

Pero estos dos actores hacen una versión burlona y extrema  del tema, aunque se nota a la legua que en el fondo les encanta el sufrimiento, los gestos, el maquillaje, el cambio de kimonos, a lo Norma Duval cualquiera en un musical, la tragedia absurda a los ojos del realismo, la lentitud en el desarrollo… Han conservado del kabuki uno de los ejemplos más antiguos de las drag queen: todos son hombres disfrazados de hombres o de mujeres. Y la apariencia lejana: pelucón con colgajos de tienda de los chinos, maquillaje blanco, boquita de cerezo y grititos de histérica autocontrolada. Era gracioso, pero demasiado largo y demasiado ensimismada la geisha en sus monólogos. Luego,  el híbrido entre geisha y bruja- serpiente malvada acaba volviéndote loco y uno no sabe si está en Japón o en el bosque mágico de lady Macbeth. Daba igual: era divertido y nadie esperaba ver un clásico.

Con esa vaina, era difícil hacer aparecer  a los muñecotes, la parte más provocadora e hilarante del espectáculo, y la más chocante. Un concurso de monstruos donde cada uno exhibe sus habilidades, a veces demasiados cercanas a mierdas televisivas que conocemos: Sandro Rey, la muñeca comecaca, el conejito de la Loren, el monstruo cantarín, uno de los mejores momentos de la obra donde los dos actores y el muñeco entonan una triste canción japonesa con mala pronunciación, pero muy buen gusto y una estética agradable. El pescador recuerda a otro de los conocidos cómicos de este país en su gran éxito: su divertida pelea con  perchas y  sillas.

Escupían con gracia y descaro un montón de elementos y datos dispares que han llenado y llenan la vida de todos nosotros a partir de la publicidad y los medios de comunicación. Lo original: el tremendo contraste que puede no gustar a algunos. Quizá debieran haber profundizado en la trastiena del perfil de las marionetas y olvidado tanta estética nipona de cartón piedra.

Pero era divertido si entrabas en su juego y algo más importante: nada pedante. No querían nada que no fuera sorprender y hacer pasar el rato sin dar tregua.

Esto es: la base del teatro, el espectáculo, no los mítines ideológicos del autor o traductor o adaptador, la acción, la sorpresa, la diversión y, por encima de todo, la humildad.

Para ser una obrita de barrio con dos actores en un cuartito, más que suficiente.

Por cierto, yo sí voy a ser pedante. No tengo nada en contra del uso de galicismos, pero sí de la pérdida de memoria a temprana edad. “Bizarro” tiene en español un significado clásico y de siglos asociado a la valentía, la belleza y el saber estar del hombre. La idea de  “raro y extravagante” con la que asocian el término los jóvenes españoles desde hace años es un galicismo cuya misteriosa atracción está sin resolver para mí. Cosas de la globalización bizarra.

bizarro-1

 

 

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