MACHO ALFA.

Impecable, pero no antiguo: pantalón de tipo vaquero, de un tono beige o similar, con cinturón de piel más oscuro y camisa de marca a juego. Barbita cana bien cuidada y mata de pelo todavía con posibilidades de alquiler.

No he visto en mi vida tipo más sonriente y  parlanchín. Moreno de ojos grandes, pero cansados, y de mi edad aproximadamente. Un cuerpazo para tantos siglos sobre las espaldas.

Seguro de sí mismo, no duda en que voy a seguirle y me tiende el brazo. Me río. Me divierten sus bromas.

Sabe hacer de todo y aunque vive una situación familiar compleja, es libre de hecho para ir y venir y no le falta el dinero ni las mujeres. Me río de nuevo: es muy entretenido escucharle.

Monta a caballo y hace esgrima y ahí mi risa es ya cascabelera. Un auténtico macho alfa. Me provoca porque noto en su rictus que no entiende muy bien  mi alegría. Y entonces se interesa por mí: ¿te gusta el chicle? Por qué no te lo tragas. Y me río todavía más acompañando mi risa con un gesto que casa poco con su elegancia. Vamos, que mastico chicle porque me da la gana y no me lo trago por la misma razón. No quiero que se engañe: yo no soy ni alfa ni beta, no monto a caballo y mi elegancia no está a la altura de la suya.

Pero el tipo no se rinde. Insiste en darme lecciones sobre saber estar, la femineidad, la sensualidad y otros temas de ese jaez. Que si en no sé qué baile hay que levantar las dos manos, que si hay que sujetar el brazo no sé dónde, que si yo debería sentarme dentro y él fuera, como es lógico porque él es el hombre y protege… Una acumulación de sabiduría que me desborda. Y yo me callo, le miro y me río.

Tiene un abanico pequeño, negro, de hombre, que usa con suavidad y elegancia. Y yo, siguiendo el juego, abro el mío de un golpe mortal y lo muevo como si fuera el último tsunami conocido, desplegando una ola de aire de varios kilómetros. Se sorprende. Y me explica que el suyo es de hombre. Entonces, yo le imito y me abanico como él, a sorbitos. Pone un gesto extraño y se va al servicio.

A la vuelta, ha recobrado las fuerzas. Me dice sonriendo que si no me he dado cuenta de que es un macho alfa. Asiento con la cabeza y sigo riendo. Me estoy divirtiendo un montón.

Nos miramos, siempre  sonrientes, y en un descuido, me dice que se va. Se levanta, se atusa, se envara, se despide de la concurrencia repartiendo besos tranquilos y precisos, pero a mí no me besa: se me encara con un gesto ceremonioso de manos. Yo le respondo girando la muñeca en saludo de reina austríaca. Desaparece.

Parece que tenía prisa. Ya se sabe, los machos alfas están muy ocupados. O a lo mejor le dolía el tobillo demasiado. No puedo creer que mi tosca actitud le haya borrado la sonrisa de la boca. Echo de menos un beso de despedida. Esta noche no duermo… de la jartá a reír.

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