FRANCISCO, PERICO, LEONARDO Y CRISTINA.

Se han ido los cuatro juntos, como un grupete de amigos después de una juerga, maltrechos, hartos de vino y de sueño.

Fácil emparejarlos: el boxeador y la chica estupenda. Los dos creadores, juntos. Dos parejas extraordinarias, luces y sombras, inteligencia y torpeza humana, longevidad y muerte joven, compasión y aplausos, críticas y elogios, belleza e inteligencia, fuerza y constancia, momentos de gloria y la gloria eterna.

No sé cuál de las dos parejas me gusta más. Francisco Nieva llevaba mucho tiempo enfermo, encerrado en su mutismo: 91 años.  No voy a enumerar sus méritos ni sus obras: están por todas partes y yo soy una de sus admiradoras.  Su capilla ardiente se ha dispuesto en el Teatro María Guerrero de Madrid. ¡Qué menos!

Leonard Cohen, con quien podrá charlar en otra dimensión sobre los dimes y diretes de la creación literaria, las pócimas envenenadas, los negros y la mierda escondida bajo muchas alfombras persas. 82 años, canadiense y de todas partes. Admirado, deseado, imitado y seguido. Tampoco hace falta más. Buscad en la Wikipedia.

Perico Fernández Castillejos. Campeón del mundo de los pesos superligeros en 1975. Admirado, seguido y abandonado luego por las masas. Ha vivido retirado, pintando y necesitado de ayuda económica hasta el final.

Cristina Ortíz Rodríguez, la Veneno, 52 años. Un cuerpo de locura, un escándalo hecho cuerpo y una vida despeñada por el precipicio de la marginación. Famosísima en su momento, deseada y buscada, encarcelada, enferma y destruida después. Ha sido encontrada muerta en su propia casa.

Y yo también me quedo muerta mirando las imágenes de los cuatro. Y no puedo entender qué tenían en común para marcharse juntos. La pirámide invertida del éxito y la desgracia, de más a menos, más longevos cuanto más geniales, cultos y pacíficos. Más violenta y triste su muerte cuanto más torpes, más equivocados y menos cultos. ¿O no?

Porque Perico y Cristina no debían de  pertenecer a más élite que a la de su familia, chunga a lo mejor, y a la de los consejeros, amigos y managers que les rodearon cuando la cosa iba cotizando en bolsa y debieron, seguramente, abandonarlos después, cuando la carne se puso fofa y las músculos colgones, incluidos los músculos del cerebro.

Francisco y Leornardo, dos genios creativos, quizá pertenecieron a familias menos chungas, al menos, con algo más de platica, lo que les permitió ir a la universidad, ese sitio extraordinario donde se aprende de todo, y ellos aprendieron y aprovecharon y agarraron al genio inspirador por el copete y supieron llegar a todos nosotros y permanecer.

Pues allá van los cuatro, fondo estampado de los recuerdos de muchos, o de todos, desde la locura profunda y densa de las tablas del teatro a la fuerza cósmica de dos brazos de hierro moviéndose en el aire, desde la dulzura y la amargura del corazón del hombre a la atracción animal de un cuerpo encendido y usado hasta las mismas puertas del límite.

Buena juerga, buena charla y buen viaje. El mundo ancho y ajeno os olvidará, por eso aprovecho el instante del chocolate con churros final para despedirme. Buen viaje. A los cuatro.

 

 

 

 

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