¡MUERTO SOY!

¡Me lo han matado! Sí, según el padre embotado por la rabia y la tristeza, alguien había matado a su hijo. Su hijo, un chavalote mayor de edad que acostumbraba a ir de botellón y de discoteca, de ruta del bacalao y afterhours, había muerto por culpa de no se sabía quién, desde luego no por culpa del propio chaval, que había ingerido dosis letales de alcohol y de drogas, y mucho menos por culpa de la educación que le habían dado sus padres, por supuesto. El ayuntamiento, que no impedía estas cosas, le había matado.

Lo mismo ha ocurrido hace muy poco en un pueblo de Madrid tras la muerte de una niña por coma etílico: estaba celebrando de botellón a las tantas de  la madrugada y bebiendo como de costumbre, actividad que todo el pueblo conocía. Pero los padres han estimado que es el ayuntamiento, y no su propia desidia y abandono de las responsabilidades paternas, el culpable de la muerte de su hija y han denunciado al consistorio, no sé si por homicidio involuntario o por denegación de auxilio.

Una afligida madre se quejaba en la radio el otro día del acoso al que llevaba sometido su hijo desde hacía muchos años. Y decía con amargura que ella lo había entregado sano y feliz y se lo habían devuelto hecho unos zorros. Y es que esta madre no sabe que cuando uno presta algo propio y no lo vigila y protege, suele ocurrir lo que ella cuenta. Tampoco sabe que se puede cambiar de centro a un hijo cuando y donde a uno le dé la gana, maniobra simple que habría evitado el acoso de su retoño en cuanto  ella  hubiera querido, independientemente de las acciones legales que hubiera podido tomar. La preocupación tan tremenda por su hijo le ha durado más de siete años, tiempo en que ha mantenido al niño en esa situación de tortura sin sacarlo del centro.  Ahora, mira cómo se lo han devuelto a la pobre mujer.

Para qué voy a describir las rotura de vestiduras ante la muerte repentina, o el asesinato de los ideólogos y periodistas de otro signo, de una política que no se caracterizaba exactamente por estar libre de sospecha. Las malas lenguas, ocurrentes siempre, cuentan una versión fantástica de los hechos: alguien se cargó a la madrina antes de que, voluntariamente y en venganza por la traición de los suyos, declarase y los llenase de mierda a todos. Como argumento de novela negra no tiene desperdicio.

Algunos defienden su trayectoria política porque “hizo muchas cosas para Valencia”. ¡Hasta ahí podíamos llegar! Franco hizo muchas cosas para España y Hitler para el mundo y Castro y Mussolini y Marx… ¡Y yo! No he parado de hacer cosas desde que mi madre me trajo al mundo.  Pero ni el Tato me da las gracias ni disculpa mis errores por ello. Siempre ha habido clases.

Y no tan de repente, porque tenía 90 años, ha muerto un personaje histórico. Vamos a ver ahora de quién es la culpa, porque estoy segura de que los mismos que exoneran a la madrina acusarán al anciano comunista, los mismos que lloran hipócritamente la muerte de aquella a quien traicionaron y relegaron, ahora celebrarán la muerte del viejo cubano. Los mismos que alaban las cosas que hizo la una, escupirán sobre lo que hizo el otro.

Mientras en La Habana lloran unos, en Miami lo celebran otros. Y son todos hijos de la misma tierra. Con Paco sucedió lo mismo.

Y es que parece que ni los jueces toman cartas y empiezan a exigir a los padres que asuman por completo la obligación moral y legal de proteger y educar a sus hijos y no de delegar esas funciones en el primer mecanismo o profesional que se ponga a tiro ni los representantes de esos sesudos padres que no saben que lo son, tiene clara su postura ante la muerte de un ser humano. Parece que la idea igualatoria y consoladora de la Parca de hace muchos siglos ya no tiene sentido: uno se alegra o se entristece ante la muerte de alguien dependiendo de nuestro juicio personal y de nuestras ideas políticas. O sea, como muchos jueces.

A ver si alguien me aclara si tengo o no que alegrarme por la muerte de Rita o la de Fidel, por las dos o por ninguna. Tengo la botella de champán y el moquero preparados, pero no sé por dónde empezar. Lo mismo no son muertos, sino asesinados por algún ayuntamiento, en cuyo caso, esperaré a que un juez objetivo lo resuelva para decidir: creo que el cava no caduca.

 

 

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