LA COCINA, DE WESKER, EN EL VALLE-INCLÁN.

Arnold Wesker (Stepney, Londres, 24 de mayo de 1932-12 de abril de 2016).

Abrumador. Un espectáculo abrumador. Si pienso en algún otro adjetivo es en “profesional”. No apasionante, no enternecedor, no extraordinario: abrumador y bien realizado.

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El escenario, una especie de semisótano rectangular que ha obligado a cambiar la fisonomía de toda la sala, se convierte por momentos en una máquina efervescente: veintiséis actores viviendo sus personajes al mismo tiempo, sin dar tregua ni a los ojos ni a los oídos del espectador que no sabe dónde mirar, como en un circo de muchas pistas en todas las cuales se desarrollase un acto de magia diferente: la cocina.

No hay personajes. Los tópicos ideológicos  representados por los cocineros y similares, el carácter belicoso o tierno de algunos de ellos, a mí parecer  asociados muy fácilmente  con la cultura que representaban en la Europa de la II Guerra Mundial, y las pequeñas anécdotas de la convivencia en un lugar agobiante, estresante, abrumador, ya lo he dicho, conforman el proceso de la obra.

Lo mejor: los cocineros cocinando aire como si realmente tuvieran masas de hojaldre entre los dedos, un ejercicio que se me antoja dificilísimo. Llevan y traen resmas de huevos sin huevos, baten harina y leche con una batidora de aire, rebañan el cuenco de la masa sin masa, cortan chuletas inexistentes y hacen té y sopa de pura fantasía. Eso, y la interpretación de los acentos de las diferentes culturas, incluso los bailes y canciones en cada una de las lenguas, debe de dificultar aún más su trabajo. Cada una de las fases de esa “cochina” o cocina enorme se ralentiza por medios sencillos: los actores se paralizan y la luz baja. Luego, volvemos al caos y a la evolución de un argumento sin complicaciones.

Una fiesta del caos, con muchos de sus integrantes a punto de reventar, donde todos y cada uno se mueve a instancias de su propio perfil, un perfil que debe armonizar con el del resto del largo reparto. Actores y actrices muy conocidos, pegados al público en una escenografía ya ensayada hace años: el ruedo en medio y obligado paseíllo ante las butacas.

El final es igual de sencillo, sin alharacas ni estridencias. Los tubos de metal hueco, como tubas de órgano, que penden del techo, se iluminan y bajan al acabar la obra. Maranga, el italiano dueño de la cocina, les pregunta ante la violencia final: “Os lo he dado todo. ¿Qué más queréis? ¿Qué más queréis? ¿Qué más queréis?….” Telón, digo, bajada de luces.

Lo mejor para mí: la escenografía y el ritmo infernal de los actores y su representación. Lo peor: la duración. Como casi siempre últimamente, se empeñan en que las obras deben durar más de dos horas, como si lo más fuera más. Y creo que a La cocina, como a muchas otras grandes obras, le sobraba mucho tiempo, tanto, que algunos espectadores tuvieron que salir a medias de la obra y otros, con problemas de movilidad, cambiarse de sitio para poder estirar las piernas. Dos horas y media, clavadas, duró la obra. Agotados y abrumados todos.

El público aplaudió cada vez con más ánimo, pero sin pasión. Un trabajo muy profesional y una estupenda escenografía, sencilla, pero efectiva.

Volvería a verla, en versión reducida, con un poco de Pedro Ximénez y algo más de cebolla.

 

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