NUEVO AÑO 2017.

O aseguro que seguirán saliendo brillitos de purpurina muchos meses después de que los Reyes  vengan esta noche a verme. Llegará el verano y seguiré viendo relucir polvo de colores por entre los muebles, encima de las ruedas del aspirador o en la taza del wáter. No hay forma de librarse de ellos una vez que los has adoptado, como los hijos tontos, los novios tontos o cualquier otro tipo de tonto con sello de garantía y código de barras, o sea los de calidad: no hay forma de librarse de ellos.

Y aquí seguimos, pasados unos cuantos días llenos de tópicos y de alharacas, con un nuevo decimal pegado al culo y los mismos rollos del decimal anterior. Los niños lo perciben y lo esperan como un ciclo nuevo y diferente, ilusionados con cumplir los doce o los dieciocho, emocionados con los regalitos que les van a endosar los Reyes.

Pero los que ya nos sabemos el truco del almendruco, utilizamos las fiestas tópicas y típicas para saltarnos a la torera los regímenes, ver a la familia más que de costumbre, comprarnos ropita un poco más ridícula, dar grititos al son de una copa de más, comer lo que nos da la gana, reírnos de lo que sea y olvidarnos de lo que podamos. Los ciclos de los yayos no se corresponden con los ciclos lunares. Para nada.

La mayoría hemos cerrado ya el ciclo del cuidado de los padres; algunos, que no lo saben, tienen la suerte de tenerlos todavía como sombras terribles colgadas de sus espaldas. Los demás los perdimos hace mucho tiempo y se nos quedaron las espaldas desnudas y heladas, sin carne humana donde apoyarlas.

El ciclo del cuidado de los hijos también se cerró y no porque los hijos no necesiten que le sigamos dando la tabarra, sino porque ya se han ganado el derecho a hacer el gilipollas como lo hicimos nosotros.

La mayoría ya no trabaja, vamos, no trabaja a cambio de cuatro pelas para comer. Son pensionistas, o sea, penden de la hucha del Estado y eso les preocupa terriblemente, pero aprendieron, mi generación por lo menos, a sobrevivir sin dinero, sin estufa, sin televisión, sin ropa de moda y sin ir a la peluquería más que una o dos veces al año. Éramos muy buenos aprendiendo estas cosillas.

Queda poco ciclo por cerrar. El del ocio lo soluciona el INSERSO o los viajes para mayores de El Corte Inglés, si es que te da la pensión para pagarlos.

Y el ciclo de la intimidad se lo apaña cada uno como puede. Unos, creyéndose todavía Don Juan  o Doña Inés, otros, disfrazándose de jovencitos y jovencitas en edad de merecer, aquellos, bebiendo, los otros, jugando, y muchos acompañándose, solo por la tranquilidad que debe de dar creer que hay alguien que te piensa en otra parte, que te espera para ir a tomar café y se irá contigo al bendito viaje del Inserso.

Y está muy bien. Cuando los ciclos se han cerrado y toca cambiar el disco y el tipo de música para una sesión final, la traca del fin de fiesta debe ser como se quiera, todo lo bestia que nos den los pulmones, todo lo bello que nos dejen las arrugas, todo lo vivo que nos deje la salud, todo lo hermoso que nos pida el corazón.

Vivamos y brindemos, no por un decimal de mierda: por nosotros y nuestra hermosa piel de purpurina. Feliz traca.

 

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