EL HARARIKI DE TRILLO.

De entre todas las virtudes patrias que nos adornan, la coherencia ideológica y el sentido de la ética son las más notables. Por eso, además de avergonzarnos de nuestra mala pronunciación inglesa por puro orgullo español, nos avergonzamos de nuestros errores y de nuestras decisiones equivocadas o dañinas.

Y así lo venimos haciendo durante siglos y más siglos. Por eso, nadie espera subvenciones del estado: todos damos por hecho que en una sociedad mercantilista, capitalista y librecambista, además de liberal y europea, la propiedad privada es sagrada e individual y la del estado, de todos, y por tanto, intocable si no es por decisión de todos también. Por eso, todos pagamos impuestos relativos, adecuados a nuestros ingresos y, por supuesto, a ningún artista o catedrático se le ocurre pedir subvenciones, ni al estado darlas, para promover grandes viajes y escaladas a montañas ignotas ni personales investigaciones vendibles luego a grandes empresas farmaceúticas. ¡Quiá! En este país, no. Por supuesto, nadie protege a una religión sobre el resto, y a todas sobre los que no la tienen: lo privado es individual y cada cual subvenciona su intimidad como su dios, o ninguno, le da a entender. Recordemos que, además, esta es una monarquía parlamentaria aconfesional. ¡Faltaría más! Nada de regalar parcelas a congregaciones religiosas para que monten su colegio ni, por supuesto, seguir manteniendo subvenciones a colegios privados que hacen segregación sexual, y racial también, claro. ¡Somos un país libre y democrático!

Mucho menos vamos a quitar subvenciones a ONGS que han demostrado cumplidamente que se pasan las leyes judiciales y las morales por el forro de…. ¡Ni mucho menos! Y nada de agravios comparativos entre sexos, razas o religiones: la Seguridad Social se ocupa lo mismo de una cirrosis, que de un cambio de sexo o de la dentadura de todos los españoles. Por los… Perdón por el ripio.

Ni que decir tiene que nadie aceptaría jamás que cuando uno decidió en su día, sin tener cuatro cuartos, comprarse una casita de dos plantas, más que nada por no desentonar con los vecinos, luego tendría que hacerse cargo de la hipoteca, eso ni pensarlo. Por supuesto, no hay nadie en este país que piense que se debería meter en vereda a los usureros, perdón, bancos, y obligarles a cargar con su mierda como hacemos todos los españoles, cada uno con la suya. ¿O no? Porque aquí, en un país tan justo y tan democrático, tan poco demagógico, donde los medios de comunicación de uno y otro lado jamás manipularían la idem, jamás se generalizaría por intereses especulativos o por vender lo que fuere. Aquí se ve cada caso en particular y no se piensa que todos los que deben dinero al banco tienen razones justas para no devolverlo ni que todos los funcionarios son vagos, todos los militares, fascistas, todos los de izquierdas, honestos, todos los periodistas, valientes… ¡Para nada! Aquí analizamos reflexivamente cada caso y somos realistas, como consta en nuestra hermosa tradición cultural, madre y padre de la novela picaresca , por poner un ejemplo.

Por eso, nuestros líderes, sean del color que sean, asumen siempre las consecuencias de sus decisiones políticas, porque las judiciales ya se las obligan a tomar jueces impolutos, de moral democrática intachable  que tienen muy claros los derechos de hombres y mujeres y están a la última en sicología clínica y sociología. Nada de jueces de la Guerra del 14, nada de machistas trasnochados, ni curas ni alcaldes mussolinianos, ni monjas franquistas, ni progres burgueses, ni vividores con funcionariados por libre designación, ni rectores plagiarios, ni padres irresponsables que no controlan a sus hijos, ni cuentistas. Aquí, no.

Aquí la cultura la surte el estado a todos por igual y el que quiere una más mona para sus amigos, se la paga de su bolsillo. Los libros son baratísimos y, por supuesto, los premios literarios no se dan nunca a amigos de periodistas, por poner un ejemplo imaginario.

No hay ninguna diferencia entre un barrio y otro y los pitufos no ponen multas a los curritos mientras hacen la vista gorda a los cochazos aparcados en el barrio de La Manca, por poner otro ejemplo más.

En este pulcro país, todos somos iguales. Por eso, los grandes políticos, cargados de razones y de orgullo patrio y genético, próceres intachables que nos regalan a todos con su inmensa y demostrada sabiduría, prefieren hacerse el harakiri, con seppuku incluido, antes que aparecer en la televisión de todos, la más ecuánime y culta de todas porque la pagamos entre todos, contando una coplilla de borracho para explicar cómo deja un sillón para volver al suyo, el mismo desde el que parece que opinan que tuvo un pequeño tropiezo de unos cuantos muertos. En este hermoso país, un funcionario lo es hasta la muerte, para eso se lo ha ganado en justa pugna.  Y un político también.

Por eso, cierto digno ministro ha seguido el camino de un colega japonés y ha aparecido harakirado anoche, en su lujoso chalet de la Moral Vieja. Justo y digno final para quien se caracterizaba por la defensa de aquella frase tan española y eterna: el que la hace, la paga y viva Honduras.

Y que vivan  también las virtudes patrias.

 

 

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