NUEVAS HISTORIAS DE BAILE. SUCIA ENVIDIA.

¡Para morirse! No es porque me guste, que no me gustaría estar en sus huesos, ni por el esfuerzo ni por el estilo ni por la gente que te mira, a los pies sobre todo en el mundo de las milongas, y te clava las pupilas aceradas de quien se siente entendido y seguro tras la barrera de las mesas.

Me conformo con muy poco: caminar. Caminar sin esfuerzo, como si caderas y piernas tuvieran alas y miel en lugar de articulaciones, estirando los pies hasta marcar una curva larga y delicada, inalcanzable por el pie del hombre. Hasta eso es difícil.

¡Sacale viruta al piso hasta romper los sapatos!

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Se está generalizando: los bailarines, bailones y aficionados al baile se tiran a la calle, a cualquier calle, a bailar. Gratis, ante los ojos de cualquiera, ojos que siempre se paran porque ver bailar tango a unos centímetros, sean quienes sean los que lo acarician o decapitan, es un placer.

Se organizan cruceros de tango, cumbres, ponencias, eventos… y lo más curioso: los tangueros se juntan en cualquier parte para bailar. Siempre hay alguien que lleva la música, otros que van apareciendo como a escondidas, de detrás de los árboles, con la peculiar carga en la mano, todos parecidos, con una sonrisa en los labios, limpios, acicalados, deseosos de ver rostros y pies conocidos para empezar el juego.

He visto bailar en la calle, espontáneamente, a parejas de gente mayor que al oír un tango desde un coche aparcado, han saltado con cuidado a la pista de cemento para pasarlo de miedo y de vicio.

Estáis avisados: el tango engancha. Cualquiera puede bailar. No hace falta estar en forma ni dar saltos ni aprender figuritas de memoria. El hombre improvisa y la mujer le sigue y si se hace con la música, todo está bien. Probad.

DE TANGOS Y MILONGAS

 Raros, muy raros. Normas antiguas de torero clásico, imitadores de chulos porteños, rajas sobre malla negra en muslo viejo.

Todo tan extraño, tan ajeno… Y sin embargo, en algún momento, si uno tiene suerte, se toma su tiempo, confía en el enemigo, se entrega al ritmo de la música, no piensa en otras cosas y la luna está llena, se produce el milagro, al menos una vez.

Pero solo con el tango argentino, con ese que parece un rito, con el que uno no entiende porque no se puede entender.  El trance se parece al duende del flamenco, al misterio del jazz, a lo locura de la macumba.

Los bailarines se mueven sin pensar en nada, coinciden en todo sin saber por qué porque nada hay que saber y la pirindola de dos cabezas se amorra al compás de la música como si fueran un trío de ases, un cancerbero mágico y ciego.

El milagro dura poco. Luego, se hace la luz y el  encanto se desvanece como el sabor de los chicles. Saltan de nuevo a la pista bailarines locos, con los ojos abiertos y las rodillas prestas a engancharse, a voltearse y a doblarse en piruetas difíciles y vistosas.  Pero no hay ceguera en su luz.

TANGO.

Otro mundo, otro planeta, otra dimensión. Pura improvisación del hombre, ciega entrega de la mujer que, a veces, se permite el lujo de adornarse si el hombre la deja, se lo pide o se lo insinúa.

Dramas en las letras, sueños de amores truncados, de nostalgia y bandoneón. Se ha puesto de moda en casi todo el mundo. No es extraño, pero tampoco es para todos. Exige demasiado y a veces, duele.

Se puede hacer todo con él. Si se sabe y se siente.

HOMBRES….DE SALÓN.

Me miraba con sonrisita de conejo. Quizá me estaba equivocando. Seguro. Él no se equivoca nunca. Eso lo sé desde que era niña.

Su mano izquierda, incapaz de marcar paso ni movimiento alguno, era una masa de pan crudo pegada a mi espalda, abierta, inerte. Y como la mano derecha dormía, con la izquierda empujaba mi brazo derecho en la esperanza de que a fuerza de braceo, mis pies se moviesen, como por arte de magia, a donde él quería, o necesitaba, llevarlos.

Él nunca tiene los pies grandes o torpes ni mal colocados. Nunca. Él nunca olvida qué movimiento debe hacer a continuación para no romper el ritmo ni muchísimo menos olvida que debe marcar con tiempo los míos.

Él dirige. Así es la vida. El macho de los pavos siempre dirige. En esto también. Y como siempre, olvida que quien dirige es el responsable de los resultados del asunto. Salvo que las pavas seamos todas tontas, que lo piensan, si la pava no le sigue es porque el pavito no sabe guiarla. Así es, muchas veces, la misma vida.

Ahora bien, si el pavo reconociese desde el fondo de sus plumas de colorines  que no sabe bailar apenas, que es mayor y no le sujetan las piernas, que es torpe o que no tiene ritmo, la raza humana se despeñaría por el abismo de la locura y el absurdo. Los brazos del hombre colgarían a ambos lados de su cuerpo y moriría el baile.

El único sentido de la danza demasiado a menudo: la mujer, sombra silenciosa, sigue los movimientos torpes y equivocados de un viejo, o menos viejo, pavo orgulloso y pagado de sí mismo. Como la vida misma.

 

TANGO

 Suenan los compases, su mano es mi espalda… y es como si dentro de mí se deshojara una flor, lenta, suavemente, mientras bailo y me convirtiera en algo diferente a lo que soy, dejara de ser un mamífero humano y me naciese de dentro  una ninfa volátil, pero llena de fuego, enloquecida al ritmo de un tambor de seda, de un tambor que marca un ritmo suave y sinuoso, que me rodea como el abrazo de una serpiente de algodón caliente, que me posee y me duerme entre los sones de la música, reptando, cortando, trabando, barriendo las alas del cuerpo, describiendo círculos y figuras geométricas, deslizando el alma por el suelo como pirindola de pan caliente, como almohada de hierbabuena, como las lágrimas más dulces del mayor placer.

 

 

 

 

 

 

LA GARZA HUMILDE.

Algo así, algo como una garza erguida y bella, esbelta y leve, armoniosa y amable. Así me parece a veces que se mueven las bailarinas, pero la altivez del cuello doblado en mil aristas artificiales de algunas bailarinas recuerda más el aire de un monigote enorme y ridículo.

Por eso las garzas bailando deben ser humildes, mantener el cuello erguido, la mirada perdida y el cuerpo en el aire, pero no cortar en ángulos impostados los recovecos del cuello, la blandura de las manos ni el acero de los ojos.

Las garzas amables flotan como Ginger Rogers, alzan sus pies en el aire entre gasas blancas de algodón, pero no arañan el aire con cuchillos de músculos tensos ni hacen piruetas atléticas como bailarines en la cuerda floja.

Lo que debiera ser dulzura y elegancia se convierte a veces, por arte de la exageración y la petulancia, en baile metálico de cajita de música, en pareja de muñecos en la tarta de boda, en ejercicios gimnásticos de pura exhibición, en artificio frío, ajeno y cruel.

Y SIN PODER VOLAR…

Te dice quien sabe de esto mucho más que tú que gires ligera, que levantes los brazos al cielo, que no separes las piernas, que cruces siempre en el centro, que no dobles las rodillas…

¡Te dice tantas cosas! Y luego le ves bailar y comprendes que todas son posibles, que el cuerpo humano parece, algunas veces, de un material desconocido, de una calidad tan extraordinaria que vibra, gira y se eleva como un pañuelo de gasa tirado al aire, sin apenas gravedad, sin esquinas, muy lejos de esos  codos puntiagudos,  de esas  rodillas flexionadas, asustadas de perder pie, de esas  caderas soldadas a fuego y sangre, incapaces de dibujar ni un solo semicírculo por su propia cuenta.

No. Ya no es posible y quizá nunca lo fue y nunca lo será. No todos los que bailan tienen el cuerpo de un pájaro ni la gracia de un cisne ni la levedad de la mousse de chocolate. Algunos se arreglan con el ritmo de la cuchara en la botella de anís, del saltito sobre la ola, del giro de cabeza o el trote de percherón. Pero todos disfrutamos igualmente, todos sentimos lo mismo, profe, aunque no podamos volar.

(Mi profe, de negro y plata, volando).

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