NUEVAS HISTORIAS DE BAILE. UNA TARDE ACIAGA.


Mucha gente baila tango y suele ir a milonguear, pero los humildes  van también a sitios donde se practica el tango, no como en las litúrgicas y pavas milongas donde todo es protocolo y engreimiento, no, sino como en una especie de taller donde, la propia palabra lo dice, se va a  solucionar problemas y corregir errores y donde hay profesores que te aconsejan y asesoran si les pides ayuda. Se supone que todos van a bailar con todos, sin distinción, porque no se trata de milonguear, sino de aprender y colaborar para bailar mejor. Sin embargo,  a veces, hubiera sido mejor quedarse en casa.

En una de estas prácticas, un abuelo con veleidades de mozo atractivo saca a bailar a las mujeres, preferiblemente jovencitas. Me toca el turno, aunque no soy jovencita, y el abuelo, estúpido donde los haya, se empeña en hacer  una figura absolutamente antinatural, forzada y ridícula, sobre todo teniendo en cuenta que él ya no está ágil y es barrigudo y que yo soy una mujerona de frente generoso: te paro los pies, te obligo a hacer un boleo a fuerza de empujarte con los brazos, te paro de nuevo sin dejarte hacerlo y te obligo, de la nada, a hacer otro boleo, al final, sin dejarte espacio alguno, levanto el brazo, pero no quiero que levantes tu pierna , sino que pases…. Según el gallo, una cosa muy bonita, un truquito suyo de creación personal. Una p… mierda.

Otro conocido se acerca y me ofrece la mano para salir a la pista, se la cojo y en ese momento, se acerca por el lateral derecho una mujer haciendo aspavientos, le agarra por el hombro y le obliga a girarse hacia ella. “Huy, solo quería saludarte”. Desde luego, este era justo el momento propio para saludarle, justo cuando está sacando a bailar a otra  mujer. Mi conocido número dos no tuvo más remedio que prometerle la tanda siguiente para quitársela de encima: el tango sonaba y no nos dejaba bailar.

Un desconocido me mira insistentemente: quería bailar conmigo para probar. La búsqueda de  pareja con quien uno pueda entenderse en un baile donde es la técnica y no la coreografía ni las figuras la que marca el estilo, la clase y el placer, es algo común. El hombre era en realidad un muchachito, uno de los muchachitos que se obsesionan con este baile arcaico como se pudieran obsesionar con los juegos de videoconsola. Al final, me mira sin quitar la vista, sonríe y se dirige hacia mí…, pero en ese momento, una gallina vieja sale de la oscuridad de un rincón y sin mirar ni darse cuenta de nada, se interpone y le tiende la mano para bailar. El muchacho me mira cariacontecido y cede ante la oferta de la otra dama. Curiosamente, aquí la educación se entiende de forma surrealista: uno debe bailar con las mujeres si te sacan, aunque no quieras bailar con ellas, pero una puede quitarle la pareja a otra mujer en las narices de ambos y no se le puede decir que no, o no se hace, salvo en casos excepcionales.

Otro hombre,  largo como el clérigo cerbatana y con los ojos enterrados en las cuencas como aquel, opina en alto, haciendo coro a la profesora que dirige el cotarro, que  todos tenemos que practicar y que cambiar de pareja es fundamental para aprender y que no hay que quedarse mirando, que todos tenemos que participar… Este nuevo licenciado Cabra apostilla que tenemos un espejo para vernos si queremos y todo y que la profesora tiene razón. El quijote lleva toda la tarde bailando con la misma jovencita larga de talle y de melena rubia y ondulada. De gilís así está lleno el mundo del milongueo.

Rellenan el resto de la pista tres o cuatro jóvenes torpes y novatos que  bailan como si no lo fueran componiendo el cuerpo en volutas de salsa y solo sacan a sus amigas, cuatro o cinco chavalas escuálidas con gafas de pasta enormes, todas, que sonríen y se cuelgan del chaval de marras esperando que las arrastre porque ellas, salvo los zapatos, no tienen más tango en el cuerpo. Las gallinas miran desde sus sillas y taburetes: nadie las saca, no hay hombres suficientes y los que hay, no entendieron lo de practicar y se dedican a sus conocidas y roces.

Me cambio los zapatos y me marcho. La misma historia en lugares diferentes. La próxima será en un garito de hip hop, o de rap, a ver si me dejan entrar a mis años. Lo mismo tienen menos prejuicios y mucha menos tontería.

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Se tiñe el pelo, no cabe la menor duda. Y no le culpo: es mayor, pero está tieso todavía, está fuerte como la mayoría de la gente que baila: no hay otro modo de mantener el eje del propio peso si uno no tiene una mínima fuerza.

Es simpático y sonriente, baila muy bien y el deje andaluz que aún conserva le da un toque de exotismo. Es educado y respetuoso aderezado con un pelín de picardía y osadía, elementos que también son comunes en los bailarines de salón, de tango…, y de la vida. Genio y figura.

Suele sacarme a bailar cuando me encuentra y la cercanía le permite contarme cosas, nunca íntimas, de su vida: viajes, gustos, fiestas andaluzas que nunca olvida, etc. Se insinúa, me halaga, gira y hace piruetas, me lleva casi en volandas. Le entiendo muy bien bailando: el hombre que sabe y está seguro de sí mismo lo transmite y la mujer le entiende y puede seguirle con comodidad. Bailamos bien juntos y se empieza a desmelenar, es un decir, y a aumentar la temperatura de halagos y requiebros.

Mira el reloj entre pieza y pieza. Me avisa de que será la última: su mujer le espera para cenar. Seguro que es ella quien le tiñe el pelo. ¡Qué edad tan mala!

 

 


Mayor, un eufemismo como otro cualquiera, pelo cano, pero abundante, repeinado, con bigote y mosca, tirando a bajito, con mirada y mandíbula de sentir que tuvo y retuvo. Se acerca mariposeando, me mira y me tiende la mano. No me saluda ni se presenta: empieza a explicarme cómo caminar y cómo colocarme, cómo obedecer sus indicaciones para hacerlo bien…, y añade, con aires de seguridad y suficiencia, que “sabe ya algo de esto”.

Le miro con sorna y me callo: no tengo ni tiempo ni ganas de perderlos con él. Y busco la manera de librarme de semejante idiota, porque no cabe llamarle de otro  modo. No le interesa saber quién soy: le ha  interesado mucho más saber cómo soy, por fuera; no le interesa saber si sé o no sé bailar: le ha interesado hacerse el gallito y dar lecciones de lo que sea; no le interesaba compartir conmigo la música y aprender o buscar el modo de mejorar nuestra técnica o de entendernos bailando. le interesaba sentar cátedra, chulear, acallar, silenciar, regodearse en su propia egolatría de gallito viejo.

No sabe bailar apenas, pero no para de hablar y de moverse indicando lo que yo debería hacer si tampoco supiera. Le sigo el rollo porque la rabia no me deja casi respirar. Se acaba la pieza y con toda la mala educación del mundo, me largo de su lado sin decir ni pío. Me importa una mierda ser maleducada: no se merece menos.

Pasa la tarde y bailo con otros hombres y mujeres, eso no importa y él sigue mariposeando, solo a menudo, seguramente porque las otras mujeres se han dado cuenta como yo del perfil del abuelo alfa.

Me marcho y cuando me pongo el abrigo, se acerca muy cucamente y me espeta: “Perdona por mi actitud del principio”, pero su sonrisa de suficiencia  le delatan: no siente arrepentimiento alguno, por eso, entra al ataque acto seguido: “pero me has dejado plantado aunque no te guardo rencor”.

Y me aguanto la risa como puedo.  Abuelo, no me importas un rábano, ni siquiera me acordaba ya de ti. Puedes guardarme todo el rencor que quieras y si no vuelves a acercarte a mí, muchísimo mejor. Te repites como la vida misma, amante de tu ombligo, tonto de baba, infantil del escroto. Como en la sevillana, a la vida y al tango le sobra gente como tú.

 

 

 

 

 

 


Y VOLVER, VOLVER…..

No me he ido, es que la vida me empujó fuera  una temporada, corta, eso sí, pero intensa. Y mientras añoraba el bandoneón, intentaba no olvidar cómo las piernas empiezan en la cadera, como dice un entendido, o cómo los pies de la mujer deben buscar el punto más lejano que puedan encontrar sin perder el eje. Recordaba en las horas muertas los pivotes de cesta de flores, como dice otro entendido, que el mundo del tango está plagado de ellos, los abrazos abiertos o cerrados, las calesitas, los ganchos, las sacadas… Y me consolaba pensando que volvería a sentirlo otra vez.  Porque a pesar de lo que me pesan ciertas penumbras rancias del tango, no hay nada más bello que moverse con él. Y allá voy de nuevo, mientras el cuerpo aguante y el tango me deje abrazarle los pies.

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Un mundo aparte. Las milongas. Lugares de luz filtrada donde se mueven parejas, la mayoría pasadas de la edad de oro, a ritmo de tangos, milongas y valsecitos. Cuatro, tres y tres. Lugares donde el tiempo se detuvo y se mantienen normas de conducta y pensamientos que deberían haber muerto hace tiempo: el hombre te mira, te tiende la mano, te devuelve al sitio al terminar, lidera el baile, te da lecciones, baila toda la tanda si no quiere ofenderte… No hablan mientras  bailan y se visten todos adecuadamente, o lo intentan.

Pero algunos, incluso los mayores, empiezan a rebelarse contra tanta imposición y tanto machismo. Y no me refiero a ciertas milongas marginales, sean del tipo que sean,me refiero a lomás natural: que el tango y las milongas se abran a todo tipo de gentes y de actitudes. Puede liderar el hombre, pero ¿por qué no la mujer si el hombre no sabe? Mujeres con mujeres, hombres con hombres. Menos drama, menos protocolo, menos soberbia, menos pedantería, menos engreimiento, menos exigencias, menos cerrazón, menos juicios, menos críticas…. Y mucha más modernidad, aire limpio, luz y valentía.

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¿Cuánto pesa? Da igual. Mirad cómo se mueve, marca y ordena. Baila como un querubín alado. No hay límites físicos cuando alguien quiere y se empeña. Está en Facebook y en la vida, bailando. Me sube la moral cuando lo veo.

Y se me bajó de golpe cuando comprendí que su arte en la pista no le acompaña en la vida: vuelve la cara cuando una aficionada desconocida se acerca a saludarle. No sabes cuando lo siento, maestro del tango, nada más.

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¡Para morirse! No es porque me guste, que no me gustaría estar en sus huesos, ni por el esfuerzo ni por el estilo ni por la gente que te mira, a los pies sobre todo en el mundo de las milongas, y te clava las pupilas aceradas de quien se siente entendido y seguro tras la barrera de las mesas.

Me conformo con muy poco: caminar. Caminar sin esfuerzo, como si caderas y piernas tuvieran alas y miel en lugar de articulaciones, estirando los pies hasta marcar una curva larga y delicada, inalcanzable por el pie del hombre. Hasta eso es difícil.

¡Sacale viruta al piso hasta romper los sapatos!

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Se está generalizando: los bailarines, bailones y aficionados al baile se tiran a la calle, a cualquier calle, a bailar. Gratis, ante los ojos de cualquiera, ojos que siempre se paran porque ver bailar tango a unos centímetros, sean quienes sean los que lo acarician o decapitan, es un placer.

Se organizan cruceros de tango, cumbres, ponencias, eventos… y lo más curioso: los tangueros se juntan en cualquier parte para bailar. Siempre hay alguien que lleva la música, otros que van apareciendo como a escondidas, de detrás de los árboles, con la peculiar carga en la mano, todos parecidos, con una sonrisa en los labios, limpios, acicalados, deseosos de ver rostros y pies conocidos para empezar el juego.

He visto bailar en la calle, espontáneamente, a parejas de gente mayor que al oír un tango desde un coche aparcado, han saltado con cuidado a la pista de cemento para pasarlo de miedo y de vicio.

Estáis avisados: el tango engancha. Cualquiera puede bailar. No hace falta estar en forma ni dar saltos ni aprender figuritas de memoria. El hombre improvisa y la mujer le sigue y si se hace con la música, todo está bien. Probad.

DE TANGOS Y MILONGAS

 Raros, muy raros. Normas antiguas de torero clásico, imitadores de chulos porteños, rajas sobre malla negra en muslo viejo.

Todo tan extraño, tan ajeno… Y sin embargo, en algún momento, si uno tiene suerte, se toma su tiempo, confía en el enemigo, se entrega al ritmo de la música, no piensa en otras cosas y la luna está llena, se produce el milagro, al menos una vez.

Pero solo con el tango argentino, con ese que parece un rito, con el que uno no entiende porque no se puede entender.  El trance se parece al duende del flamenco, al misterio del jazz, a lo locura de la macumba.

Los bailarines se mueven sin pensar en nada, coinciden en todo sin saber por qué porque nada hay que saber y la pirindola de dos cabezas se amorra al compás de la música como si fueran un trío de ases, un cancerbero mágico y ciego.

El milagro dura poco. Luego, se hace la luz y el  encanto se desvanece como el sabor de los chicles. Saltan de nuevo a la pista bailarines locos, con los ojos abiertos y las rodillas prestas a engancharse, a voltearse y a doblarse en piruetas difíciles y vistosas.  Pero no hay ceguera en su luz.

TANGO.

Otro mundo, otro planeta, otra dimensión. Pura improvisación del hombre, ciega entrega de la mujer que, a veces, se permite el lujo de adornarse si el hombre la deja, se lo pide o se lo insinúa.

Dramas en las letras, sueños de amores truncados, de nostalgia y bandoneón. Se ha puesto de moda en casi todo el mundo. No es extraño, pero tampoco es para todos. Exige demasiado y a veces, duele.

Se puede hacer todo con él. Si se sabe y se siente.

HOMBRES….DE SALÓN.

Me miraba con sonrisita de conejo. Quizá me estaba equivocando. Seguro. Él no se equivoca nunca. Eso lo sé desde que era niña.

Su mano izquierda, incapaz de marcar paso ni movimiento alguno, era una masa de pan crudo pegada a mi espalda, abierta, inerte. Y como la mano derecha dormía, con la izquierda empujaba mi brazo derecho en la esperanza de que a fuerza de braceo, mis pies se moviesen, como por arte de magia, a donde él quería, o necesitaba, llevarlos.

Él nunca tiene los pies grandes o torpes ni mal colocados. Nunca. Él nunca olvida qué movimiento debe hacer a continuación para no romper el ritmo ni muchísimo menos olvida que debe marcar con tiempo los míos.

Él dirige. Así es la vida. El macho de los pavos siempre dirige. En esto también. Y como siempre, olvida que quien dirige es el responsable de los resultados del asunto. Salvo que las pavas seamos todas tontas, que lo piensan, si la pava no le sigue es porque el pavito no sabe guiarla. Así es, muchas veces, la misma vida.

Ahora bien, si el pavo reconociese desde el fondo de sus plumas de colorines  que no sabe bailar apenas, que es mayor y no le sujetan las piernas, que es torpe o que no tiene ritmo, la raza humana se despeñaría por el abismo de la locura y el absurdo. Los brazos del hombre colgarían a ambos lados de su cuerpo y moriría el baile.

El único sentido de la danza demasiado a menudo: la mujer, sombra silenciosa, sigue los movimientos torpes y equivocados de un viejo, o menos viejo, pavo orgulloso y pagado de sí mismo. Como la vida misma.

 

TANGO

 Suenan los compases, su mano es mi espalda… y es como si dentro de mí se deshojara una flor, lenta, suavemente, mientras bailo y me convirtiera en algo diferente a lo que soy, dejara de ser un mamífero humano y me naciese de dentro  una ninfa volátil, pero llena de fuego, enloquecida al ritmo de un tambor de seda, de un tambor que marca un ritmo suave y sinuoso, que me rodea como el abrazo de una serpiente de algodón caliente, que me posee y me duerme entre los sones de la música, reptando, cortando, trabando, barriendo las alas del cuerpo, describiendo círculos y figuras geométricas, deslizando el alma por el suelo como pirindola de pan caliente, como almohada de hierbabuena, como las lágrimas más dulces del mayor placer.

 

 

 

 

 

 

LA GARZA HUMILDE.

Algo así, algo como una garza erguida y bella, esbelta y leve, armoniosa y amable. Así me parece a veces que se mueven las bailarinas, pero la altivez del cuello doblado en mil aristas artificiales de algunas bailarinas recuerda más el aire de un monigote enorme y ridículo.

Por eso las garzas bailando deben ser humildes, mantener el cuello erguido, la mirada perdida y el cuerpo en el aire, pero no cortar en ángulos impostados los recovecos del cuello, la blandura de las manos ni el acero de los ojos.

Las garzas amables flotan como Ginger Rogers, alzan sus pies en el aire entre gasas blancas de algodón, pero no arañan el aire con cuchillos de músculos tensos ni hacen piruetas atléticas como bailarines en la cuerda floja.

Lo que debiera ser dulzura y elegancia se convierte a veces, por arte de la exageración y la petulancia, en baile metálico de cajita de música, en pareja de muñecos en la tarta de boda, en ejercicios gimnásticos de pura exhibición, en artificio frío, ajeno y cruel.

Y SIN PODER VOLAR…

Te dice quien sabe de esto mucho más que tú que gires ligera, que levantes los brazos al cielo, que no separes las piernas, que cruces siempre en el centro, que no dobles las rodillas…

¡Te dice tantas cosas! Y luego le ves bailar y comprendes que todas son posibles, que el cuerpo humano parece, algunas veces, de un material desconocido, de una calidad tan extraordinaria que vibra, gira y se eleva como un pañuelo de gasa tirado al aire, sin apenas gravedad, sin esquinas, muy lejos de esos  codos puntiagudos,  de esas  rodillas flexionadas, asustadas de perder pie, de esas  caderas soldadas a fuego y sangre, incapaces de dibujar ni un solo semicírculo por su propia cuenta.

No. Ya no es posible y quizá nunca lo fue y nunca lo será. No todos los que bailan tienen el cuerpo de un pájaro ni la gracia de un cisne ni la levedad de la mousse de chocolate. Algunos se arreglan con el ritmo de la cuchara en la botella de anís, del saltito sobre la ola, del giro de cabeza o el trote de percherón. Pero todos disfrutamos igualmente, todos sentimos lo mismo, profe, aunque no podamos volar.

(Mi profe, de negro y plata, volando).

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