EL HARARIKI DE TRILLO.

De entre todas las virtudes patrias que nos adornan, la coherencia ideológica y el sentido de la ética son las más notables. Por eso, además de avergonzarnos de nuestra mala pronunciación inglesa por puro orgullo español, nos avergonzamos de nuestros errores y de nuestras decisiones equivocadas o dañinas.

Y así lo venimos haciendo durante siglos y más siglos. Por eso, nadie espera subvenciones del estado: todos damos por hecho que en una sociedad mercantilista, capitalista y librecambista, además de liberal y europea, la propiedad privada es sagrada e individual y la del estado, de todos, y por tanto, intocable si no es por decisión de todos también. Por eso, todos pagamos impuestos relativos, adecuados a nuestros ingresos y, por supuesto, a ningún artista o catedrático se le ocurre pedir subvenciones, ni al estado darlas, para promover grandes viajes y escaladas a montañas ignotas ni personales investigaciones vendibles luego a grandes empresas farmaceúticas. ¡Quiá! En este país, no. Por supuesto, nadie protege a una religión sobre el resto, y a todas sobre los que no la tienen: lo privado es individual y cada cual subvenciona su intimidad como su dios, o ninguno, le da a entender. Recordemos que, además, esta es una monarquía parlamentaria aconfesional. ¡Faltaría más! Nada de regalar parcelas a congregaciones religiosas para que monten su colegio ni, por supuesto, seguir manteniendo subvenciones a colegios privados que hacen segregación sexual, y racial también, claro. ¡Somos un país libre y democrático!

Mucho menos vamos a quitar subvenciones a ONGS que han demostrado cumplidamente que se pasan las leyes judiciales y las morales por el forro de…. ¡Ni mucho menos! Y nada de agravios comparativos entre sexos, razas o religiones: la Seguridad Social se ocupa lo mismo de una cirrosis, que de un cambio de sexo o de la dentadura de todos los españoles. Por los… Perdón por el ripio.

Ni que decir tiene que nadie aceptaría jamás que cuando uno decidió en su día, sin tener cuatro cuartos, comprarse una casita de dos plantas, más que nada por no desentonar con los vecinos, luego tendría que hacerse cargo de la hipoteca, eso ni pensarlo. Por supuesto, no hay nadie en este país que piense que se debería meter en vereda a los usureros, perdón, bancos, y obligarles a cargar con su mierda como hacemos todos los españoles, cada uno con la suya. ¿O no? Porque aquí, en un país tan justo y tan democrático, tan poco demagógico, donde los medios de comunicación de uno y otro lado jamás manipularían la idem, jamás se generalizaría por intereses especulativos o por vender lo que fuere. Aquí se ve cada caso en particular y no se piensa que todos los que deben dinero al banco tienen razones justas para no devolverlo ni que todos los funcionarios son vagos, todos los militares, fascistas, todos los de izquierdas, honestos, todos los periodistas, valientes… ¡Para nada! Aquí analizamos reflexivamente cada caso y somos realistas, como consta en nuestra hermosa tradición cultural, madre y padre de la novela picaresca , por poner un ejemplo.

Por eso, nuestros líderes, sean del color que sean, asumen siempre las consecuencias de sus decisiones políticas, porque las judiciales ya se las obligan a tomar jueces impolutos, de moral democrática intachable  que tienen muy claros los derechos de hombres y mujeres y están a la última en sicología clínica y sociología. Nada de jueces de la Guerra del 14, nada de machistas trasnochados, ni curas ni alcaldes mussolinianos, ni monjas franquistas, ni progres burgueses, ni vividores con funcionariados por libre designación, ni rectores plagiarios, ni padres irresponsables que no controlan a sus hijos, ni cuentistas. Aquí, no.

Aquí la cultura la surte el estado a todos por igual y el que quiere una más mona para sus amigos, se la paga de su bolsillo. Los libros son baratísimos y, por supuesto, los premios literarios no se dan nunca a amigos de periodistas, por poner un ejemplo imaginario.

No hay ninguna diferencia entre un barrio y otro y los pitufos no ponen multas a los curritos mientras hacen la vista gorda a los cochazos aparcados en el barrio de La Manca, por poner otro ejemplo más.

En este pulcro país, todos somos iguales. Por eso, los grandes políticos, cargados de razones y de orgullo patrio y genético, próceres intachables que nos regalan a todos con su inmensa y demostrada sabiduría, prefieren hacerse el harakiri, con seppuku incluido, antes que aparecer en la televisión de todos, la más ecuánime y culta de todas porque la pagamos entre todos, contando una coplilla de borracho para explicar cómo deja un sillón para volver al suyo, el mismo desde el que parece que opinan que tuvo un pequeño tropiezo de unos cuantos muertos. En este hermoso país, un funcionario lo es hasta la muerte, para eso se lo ha ganado en justa pugna.  Y un político también.

Por eso, cierto digno ministro ha seguido el camino de un colega japonés y ha aparecido harakirado anoche, en su lujoso chalet de la Moral Vieja. Justo y digno final para quien se caracterizaba por la defensa de aquella frase tan española y eterna: el que la hace, la paga y viva Honduras.

Y que vivan  también las virtudes patrias.

 

 

NUEVO AÑO 2017.

O aseguro que seguirán saliendo brillitos de purpurina muchos meses después de que los Reyes  vengan esta noche a verme. Llegará el verano y seguiré viendo relucir polvo de colores por entre los muebles, encima de las ruedas del aspirador o en la taza del wáter. No hay forma de librarse de ellos una vez que los has adoptado, como los hijos tontos, los novios tontos o cualquier otro tipo de tonto con sello de garantía y código de barras, o sea los de calidad: no hay forma de librarse de ellos.

Y aquí seguimos, pasados unos cuantos días llenos de tópicos y de alharacas, con un nuevo decimal pegado al culo y los mismos rollos del decimal anterior. Los niños lo perciben y lo esperan como un ciclo nuevo y diferente, ilusionados con cumplir los doce o los dieciocho, emocionados con los regalitos que les van a endosar los Reyes.

Pero los que ya nos sabemos el truco del almendruco, utilizamos las fiestas tópicas y típicas para saltarnos a la torera los regímenes, ver a la familia más que de costumbre, comprarnos ropita un poco más ridícula, dar grititos al son de una copa de más, comer lo que nos da la gana, reírnos de lo que sea y olvidarnos de lo que podamos. Los ciclos de los yayos no se corresponden con los ciclos lunares. Para nada.

La mayoría hemos cerrado ya el ciclo del cuidado de los padres; algunos, que no lo saben, tienen la suerte de tenerlos todavía como sombras terribles colgadas de sus espaldas. Los demás los perdimos hace mucho tiempo y se nos quedaron las espaldas desnudas y heladas, sin carne humana donde apoyarlas.

El ciclo del cuidado de los hijos también se cerró y no porque los hijos no necesiten que le sigamos dando la tabarra, sino porque ya se han ganado el derecho a hacer el gilipollas como lo hicimos nosotros.

La mayoría ya no trabaja, vamos, no trabaja a cambio de cuatro pelas para comer. Son pensionistas, o sea, penden de la hucha del Estado y eso les preocupa terriblemente, pero aprendieron, mi generación por lo menos, a sobrevivir sin dinero, sin estufa, sin televisión, sin ropa de moda y sin ir a la peluquería más que una o dos veces al año. Éramos muy buenos aprendiendo estas cosillas.

Queda poco ciclo por cerrar. El del ocio lo soluciona el INSERSO o los viajes para mayores de El Corte Inglés, si es que te da la pensión para pagarlos.

Y el ciclo de la intimidad se lo apaña cada uno como puede. Unos, creyéndose todavía Don Juan  o Doña Inés, otros, disfrazándose de jovencitos y jovencitas en edad de merecer, aquellos, bebiendo, los otros, jugando, y muchos acompañándose, solo por la tranquilidad que debe de dar creer que hay alguien que te piensa en otra parte, que te espera para ir a tomar café y se irá contigo al bendito viaje del Inserso.

Y está muy bien. Cuando los ciclos se han cerrado y toca cambiar el disco y el tipo de música para una sesión final, la traca del fin de fiesta debe ser como se quiera, todo lo bestia que nos den los pulmones, todo lo bello que nos dejen las arrugas, todo lo vivo que nos deje la salud, todo lo hermoso que nos pida el corazón.

Vivamos y brindemos, no por un decimal de mierda: por nosotros y nuestra hermosa piel de purpurina. Feliz traca.

 

PEDIGÜEÑOS, INSENSATOS Y DORMIDOS.

En esta variopinta sociedad todo el mundo pide: en la tele, en el Metro, por la calle… Y me pregunto a dónde van a parar nuestros impuestos destinados a servicios sociales y a organizaciones sin ánimo de lucro, a investigación policial y  protección civil. Los padres de hijos desaparecidos, enfermos o muertos piden sin parar, abriendo cuentas donde los españolitos de buen corazón, la mayoría, echan la sangre de su venas. Y las lágrimas de sus ojos. Y es casualidad: el último caso de utilización de la propia miseria se había popularizado  por parte de ciertas cadenas de televisión y de los protagonistas del drama como medio de hacer caja y subir audiencia, botín a medias.

La publicidad de leches y compresas dedica parte de sus ventas, en aumento con ese reclamo seguramente, a enfermedades terribles; las ONGS venden su ayuda a los africanos con anuncios publicitarios magníficos y espeluznantes sobre la muerte, siempre, y la enfermedad terminal de niños muy pequeños. Y todos lloramos y lloramos.

No cuelgan en la televisión sus cuentas ni dan publicidad a las subvenciones que reciben, no: cuelgan la visión terrorífica de un niño negro y moribundo. Demasiado antiguo, demasiado indigno.

Para qué hablar de la moda del turismo solidario, ese en el que un joven se va a ayudar a las tortugas de no sé dónde a poner huevos. Paga sus vacaciones a la empresa que le facilita la solidaridad tortuguera y no sé si se pregunta a donde van a parar sus beneficios, los de la empresa, claro.

Yo me lo pregunto desde hace años, desde que dejé de entender todo esto cuando conocí de cerca a una hermosa ONG cuya directora cobraba del ayuntamiento un sueldo de funcionaria, lo mismo que su socia. Ambas presumían de su solidaridad: más solidario me parece un médico, un policía, un profesor, que ha estudiado y ha hecho oposiciones, le han mandado de un lado a otro y es un esclavo del estado y de la sociedad mientras que estos solidarios de empresa cobran lo mismo, no hacen oposiciones, organizan su trabajo a su voluntad y están muy bien vistos.

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COSTE DEL PROGRAMA

Duración Coste
2 semanas 690 €
3 semanas 900 €
4 semanas 1.110 €
Semana + 210 €

El coste total del voluntariado es el siguiente:

¿Qué incluye?

  • Recogida y traslado al alojamiento de San José en transporte privado.
  • Sesión informativa a tu llegada a San José con el coordinador del proyecto.
  • Alojamiento en San José a la llegada y a la salida (alojamiento y desayuno).
  • Transporte público de San José al proyecto.
  • Alojamiento en el proyecto durante toda la estancia.
  • 3 comidas al día, 7 días a la semana.
  • Asistencia permanente en destino (24 horas al día, 7 días a la semana).
  • Coordinación local.
  • Ayuda del personal de Cooperatour en todo momento.
  • Certificado que acredita tu participación en el programa (opcional).
  • Aportación económica al proyecto.
  • Costes de administración.

¿Qué NO incluye?

  • Billete de avión.
  • Seguro de viaje obligatorio.
  • Curso online de cooperación internacional.

Seguro de viaje: Podemos tramitar un seguro para las fechas que desees (+74,50€ para una cobertura de un mes completo).

Curso online de cooperación internacional: Si no has hecho ningún voluntariado con nosotros, deberás hacer un curso online en el que se explican las nociones básicas del voluntariado internacional (+40€).

——————————————————————————————————————¡Impresionante! Por unos 700 euros, más el coste del billete en avión ida y vuelta y otros 40 euros del cursillo para los novatos,te puedes pasar dos semanas en un lugar exótico currando sin parar. No tenéis más que buscar en Internet viajes solidarios y os salen un montón de tour operadores que os facilitan lo mismo que si buscáis un viaje a Benidorm.

Y, supongo, la empresa que te ofrece este lujo vive de ello. Como miles de empresas. No sé por qué se llaman voluntarias, sinceramente. Hasta las ONGS más inocentes, se mantienen al margen de los verdaderos problemas de los miserables: no se pringan ni se comprometen más allá de los que las instituciones permiten, y suelen permitir poco porque están sometidas a su pacto con políticos a quienes no interesa que una fundación ajena meta las narices en su trabajo. Y lo entiendo, vaya si lo entiendo. Pero, entonces… ¿Qué coño es esto?

Pagamos impuestos y con ellos se paga, lógica y justamente, a funcionarios cuya misión es atender a los desfavorecidos de nuestra sociedad y, además, de esos mismos impuestos, se subvenciona a empresas cuya misión es exactamente la misma, pero sin posibilidad de incidir en los sujetos que se supone que protege a no ser que los funcionarios se lo permitan. Una auténtica locura. Pagamos dos veces los mismos servicios y además hacemos donaciones particulares. Tres veces. Tres pagos para atender a las mismas personas. Deberían estar muy bien atendidas.

Los ciudadanos, pura inocencia demostrada, imaginan que lo que llaman ONGS se dedican a entregar su tiempo y sus posesiones a los pobres del mundo. Nada màs lejos de la realidad. Las ONGs tienen pringados de esos a los que marcan los límites con rotundidad para que no interfieran en cuestiones molestas, y el resto, los mandos, cobran un sueldo establecido en un contrato con la administración mediante el cual se comprometen a incidir en una zona social a cambio de cobrar como si fueran funcionarios. Eso, las locales, las interplanetarias escapan a mi humilde capacidad de comprensión: no distingo a Green Peace de Burger King.

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3 € es lo que aportará la Administración General del Estado en el año 2015 por cada persona que atienden los servicios sociales. En los Presupuestos Generales del Estado para 2015 se reconoce que hay casi 1,5 millones más de personas atendidas en los servicios sociales, que han pasado de 6.874.312 personas a 8.319.124 (un incremento del 18%). Sin embargo, el Plan Concertado de Prestaciones Básicas de Servicios Sociales –que es la partida destinada a financiar los servicios sociales más básicos de las entidades locales-, se mantiene en 27.413.730 €, una cifra similar a la del año anterior. Así, el Estado hace que en la práctica esta congelación signifique una reducción efectiva, cuyo significado es fácil de entender con una simple división: 3 € en todo el año por cada persona que atienen los servicios sociales a los que acuden en primera instancia en sus Ayuntamientos más de 8 millones de personas, que son las más afectadas por la crisis; Esa es la cifra con la que la Administración General del Estado colabora con las entidades locales para responder a su situación. Incalificable.

Más recursos para iniciativas sin ánimo de lucro que para las entidades públicas que atienden a las personas más necesitadas. 100 millones de euros destinan los Presupuestos Generales del Estado para apoyar a las ONGs en sus programas de servicios sociales, pero sólo 63 millones para colaborar con las Comunidades Autónomas en estos mismos programas. Una diferencia que expresa a las claras la intención del Gobierno de la Nación de abandonar las responsabilidades de las Administraciones Públicas respecto a la cobertura de las necesidades más básicas de sus ciudadanos empobrecidos por la crisis o en riesgo de exclusión, y delegar estas responsabilidades en las ONGs, al más puro estilo del viejo modelo benéfico y asistencial que la Constitución de 1977–que tanto exhiben en otros aspectos-, había superado en España.

(Tomado de http://www.directoressociales.com/prensa/327-los-presupuestos-generales-del-estado-para-2015-olvidan-a-los-m%C3%A1s-necesitados.html)

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¡Más alucinante! Pagamos más  a las ONGS que a los servicios sociales del Estado.  100 millones de euros para las asociaciones sin ánimo de lucro.

Y me pregunto: si se destinasen a los servicios sociales del estado esos 100 millones de euros, y si se habilitase una inspección efectiva que impidiese cualquier tipo de corruptela en esos servicios sociales, si desapareciera el oscurantismo informativo que rodea el mundo de la marginalidad y la emigración, si se hicieran públicos los derechos y deberes de marginados y emigrantes, si se hiciesen evaluaciones públicas de los resultados de ese trabajo transparente…. Estoy convencida de que cambiarían muchas, muchas cosas.

Por ahora, si uno quiere ser voluntario, debe sufrir un calvario en la búsqueda de alguna ONG que te quiera, porque necesitas un currículo que se amolde a sus necesidades y suelen preferir donativos en efectivo a carne madura que quiera trabajar, no digo nada si además la carne tiene boca y ojos y pregunta, critica o molesta. Luego, debes hacer cursillos, por supuesto, pagando el transporte y en horario de su conveniencia e, incluso, pagando el propio cursillo. Después, a lo mejor consigues dedicar unas horas a la semana a acercarte a los desgraciados de la tierra, siempre, desde luego sin meterte donde no te llaman, porque entonces, el paraguas de la ONG te abandona, no sea que por tu culpa se quede sin la subvención estatal. ¡Con dos cojones!

Si conseguís enteraros de cuántas y cuáles son las ONGS de la comunidad de Madrid, decídmelo, por favor. Yo no lo consigo:

http://www.madrid.org/cs/Satellite?c=CM_InfPractica_FA&cid=1109168013293&idConsejeria=1109266187224&idListConsj=1109265444710&language=es&pagename=ComunidadMadrid%2FEstructura&pv=1142310188747

Las que ha subvencionado el Ayuntamiento para el año 2016 son pocas y con exigua subvención, pero sospecho que reciben subvenciones de otras instituciones y entidades.

https://sede.madrid.es/UnidadesDescentralizadas/ServSocialesYAtencionDependencia/Tramites/ConvocatoriaSubvenciones2016/ficheros/Anexo%20SUBV%20CONCEDIDAS.pdf

¡Ahí queda eso! Mi vecino va a solicitar presupuesto para una ONG que se llamará  Caviar para todos y mi prima segunda solicita el año próximo una que se dedicará a hacer el dobladillo de las faldas de las prostitutas del polígono Marconi. Yo me lo estoy pensando.

LA COCINA, DE WESKER, EN EL VALLE-INCLÁN.

Arnold Wesker (Stepney, Londres, 24 de mayo de 1932-12 de abril de 2016).

Abrumador. Un espectáculo abrumador. Si pienso en algún otro adjetivo es en “profesional”. No apasionante, no enternecedor, no extraordinario: abrumador y bien realizado.

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El escenario, una especie de semisótano rectangular que ha obligado a cambiar la fisonomía de toda la sala, se convierte por momentos en una máquina efervescente: veintiséis actores viviendo sus personajes al mismo tiempo, sin dar tregua ni a los ojos ni a los oídos del espectador que no sabe dónde mirar, como en un circo de muchas pistas en todas las cuales se desarrollase un acto de magia diferente: la cocina.

No hay personajes. Los tópicos ideológicos  representados por los cocineros y similares, el carácter belicoso o tierno de algunos de ellos, a mí parecer  asociados muy fácilmente  con la cultura que representaban en la Europa de la II Guerra Mundial, y las pequeñas anécdotas de la convivencia en un lugar agobiante, estresante, abrumador, ya lo he dicho, conforman el proceso de la obra.

Lo mejor: los cocineros cocinando aire como si realmente tuvieran masas de hojaldre entre los dedos, un ejercicio que se me antoja dificilísimo. Llevan y traen resmas de huevos sin huevos, baten harina y leche con una batidora de aire, rebañan el cuenco de la masa sin masa, cortan chuletas inexistentes y hacen té y sopa de pura fantasía. Eso, y la interpretación de los acentos de las diferentes culturas, incluso los bailes y canciones en cada una de las lenguas, debe de dificultar aún más su trabajo. Cada una de las fases de esa “cochina” o cocina enorme se ralentiza por medios sencillos: los actores se paralizan y la luz baja. Luego, volvemos al caos y a la evolución de un argumento sin complicaciones.

Una fiesta del caos, con muchos de sus integrantes a punto de reventar, donde todos y cada uno se mueve a instancias de su propio perfil, un perfil que debe armonizar con el del resto del largo reparto. Actores y actrices muy conocidos, pegados al público en una escenografía ya ensayada hace años: el ruedo en medio y obligado paseíllo ante las butacas.

El final es igual de sencillo, sin alharacas ni estridencias. Los tubos de metal hueco, como tubas de órgano, que penden del techo, se iluminan y bajan al acabar la obra. Maranga, el italiano dueño de la cocina, les pregunta ante la violencia final: “Os lo he dado todo. ¿Qué más queréis? ¿Qué más queréis? ¿Qué más queréis?….” Telón, digo, bajada de luces.

Lo mejor para mí: la escenografía y el ritmo infernal de los actores y su representación. Lo peor: la duración. Como casi siempre últimamente, se empeñan en que las obras deben durar más de dos horas, como si lo más fuera más. Y creo que a La cocina, como a muchas otras grandes obras, le sobraba mucho tiempo, tanto, que algunos espectadores tuvieron que salir a medias de la obra y otros, con problemas de movilidad, cambiarse de sitio para poder estirar las piernas. Dos horas y media, clavadas, duró la obra. Agotados y abrumados todos.

El público aplaudió cada vez con más ánimo, pero sin pasión. Un trabajo muy profesional y una estupenda escenografía, sencilla, pero efectiva.

Volvería a verla, en versión reducida, con un poco de Pedro Ximénez y algo más de cebolla.

 

¡MUERTO SOY!

¡Me lo han matado! Sí, según el padre embotado por la rabia y la tristeza, alguien había matado a su hijo. Su hijo, un chavalote mayor de edad que acostumbraba a ir de botellón y de discoteca, de ruta del bacalao y afterhours, había muerto por culpa de no se sabía quién, desde luego no por culpa del propio chaval, que había ingerido dosis letales de alcohol y de drogas, y mucho menos por culpa de la educación que le habían dado sus padres, por supuesto. El ayuntamiento, que no impedía estas cosas, le había matado.

Lo mismo ha ocurrido hace muy poco en un pueblo de Madrid tras la muerte de una niña por coma etílico: estaba celebrando de botellón a las tantas de  la madrugada y bebiendo como de costumbre, actividad que todo el pueblo conocía. Pero los padres han estimado que es el ayuntamiento, y no su propia desidia y abandono de las responsabilidades paternas, el culpable de la muerte de su hija y han denunciado al consistorio, no sé si por homicidio involuntario o por denegación de auxilio.

Una afligida madre se quejaba en la radio el otro día del acoso al que llevaba sometido su hijo desde hacía muchos años. Y decía con amargura que ella lo había entregado sano y feliz y se lo habían devuelto hecho unos zorros. Y es que esta madre no sabe que cuando uno presta algo propio y no lo vigila y protege, suele ocurrir lo que ella cuenta. Tampoco sabe que se puede cambiar de centro a un hijo cuando y donde a uno le dé la gana, maniobra simple que habría evitado el acoso de su retoño en cuanto  ella  hubiera querido, independientemente de las acciones legales que hubiera podido tomar. La preocupación tan tremenda por su hijo le ha durado más de siete años, tiempo en que ha mantenido al niño en esa situación de tortura sin sacarlo del centro.  Ahora, mira cómo se lo han devuelto a la pobre mujer.

Para qué voy a describir las rotura de vestiduras ante la muerte repentina, o el asesinato de los ideólogos y periodistas de otro signo, de una política que no se caracterizaba exactamente por estar libre de sospecha. Las malas lenguas, ocurrentes siempre, cuentan una versión fantástica de los hechos: alguien se cargó a la madrina antes de que, voluntariamente y en venganza por la traición de los suyos, declarase y los llenase de mierda a todos. Como argumento de novela negra no tiene desperdicio.

Algunos defienden su trayectoria política porque “hizo muchas cosas para Valencia”. ¡Hasta ahí podíamos llegar! Franco hizo muchas cosas para España y Hitler para el mundo y Castro y Mussolini y Marx… ¡Y yo! No he parado de hacer cosas desde que mi madre me trajo al mundo.  Pero ni el Tato me da las gracias ni disculpa mis errores por ello. Siempre ha habido clases.

Y no tan de repente, porque tenía 90 años, ha muerto un personaje histórico. Vamos a ver ahora de quién es la culpa, porque estoy segura de que los mismos que exoneran a la madrina acusarán al anciano comunista, los mismos que lloran hipócritamente la muerte de aquella a quien traicionaron y relegaron, ahora celebrarán la muerte del viejo cubano. Los mismos que alaban las cosas que hizo la una, escupirán sobre lo que hizo el otro.

Mientras en La Habana lloran unos, en Miami lo celebran otros. Y son todos hijos de la misma tierra. Con Paco sucedió lo mismo.

Y es que parece que ni los jueces toman cartas y empiezan a exigir a los padres que asuman por completo la obligación moral y legal de proteger y educar a sus hijos y no de delegar esas funciones en el primer mecanismo o profesional que se ponga a tiro ni los representantes de esos sesudos padres que no saben que lo son, tiene clara su postura ante la muerte de un ser humano. Parece que la idea igualatoria y consoladora de la Parca de hace muchos siglos ya no tiene sentido: uno se alegra o se entristece ante la muerte de alguien dependiendo de nuestro juicio personal y de nuestras ideas políticas. O sea, como muchos jueces.

A ver si alguien me aclara si tengo o no que alegrarme por la muerte de Rita o la de Fidel, por las dos o por ninguna. Tengo la botella de champán y el moquero preparados, pero no sé por dónde empezar. Lo mismo no son muertos, sino asesinados por algún ayuntamiento, en cuyo caso, esperaré a que un juez objetivo lo resuelva para decidir: creo que el cava no caduca.

 

 

FRANCISCO, PERICO, LEONARDO Y CRISTINA.

Se han ido los cuatro juntos, como un grupete de amigos después de una juerga, maltrechos, hartos de vino y de sueño.

Fácil emparejarlos: el boxeador y la chica estupenda. Los dos creadores, juntos. Dos parejas extraordinarias, luces y sombras, inteligencia y torpeza humana, longevidad y muerte joven, compasión y aplausos, críticas y elogios, belleza e inteligencia, fuerza y constancia, momentos de gloria y la gloria eterna.

No sé cuál de las dos parejas me gusta más. Francisco Nieva llevaba mucho tiempo enfermo, encerrado en su mutismo: 91 años.  No voy a enumerar sus méritos ni sus obras: están por todas partes y yo soy una de sus admiradoras.  Su capilla ardiente se ha dispuesto en el Teatro María Guerrero de Madrid. ¡Qué menos!

Leonard Cohen, con quien podrá charlar en otra dimensión sobre los dimes y diretes de la creación literaria, las pócimas envenenadas, los negros y la mierda escondida bajo muchas alfombras persas. 82 años, canadiense y de todas partes. Admirado, deseado, imitado y seguido. Tampoco hace falta más. Buscad en la Wikipedia.

Perico Fernández Castillejos. Campeón del mundo de los pesos superligeros en 1975. Admirado, seguido y abandonado luego por las masas. Ha vivido retirado, pintando y necesitado de ayuda económica hasta el final.

Cristina Ortíz Rodríguez, la Veneno, 52 años. Un cuerpo de locura, un escándalo hecho cuerpo y una vida despeñada por el precipicio de la marginación. Famosísima en su momento, deseada y buscada, encarcelada, enferma y destruida después. Ha sido encontrada muerta en su propia casa.

Y yo también me quedo muerta mirando las imágenes de los cuatro. Y no puedo entender qué tenían en común para marcharse juntos. La pirámide invertida del éxito y la desgracia, de más a menos, más longevos cuanto más geniales, cultos y pacíficos. Más violenta y triste su muerte cuanto más torpes, más equivocados y menos cultos. ¿O no?

Porque Perico y Cristina no debían de  pertenecer a más élite que a la de su familia, chunga a lo mejor, y a la de los consejeros, amigos y managers que les rodearon cuando la cosa iba cotizando en bolsa y debieron, seguramente, abandonarlos después, cuando la carne se puso fofa y las músculos colgones, incluidos los músculos del cerebro.

Francisco y Leornardo, dos genios creativos, quizá pertenecieron a familias menos chungas, al menos, con algo más de platica, lo que les permitió ir a la universidad, ese sitio extraordinario donde se aprende de todo, y ellos aprendieron y aprovecharon y agarraron al genio inspirador por el copete y supieron llegar a todos nosotros y permanecer.

Pues allá van los cuatro, fondo estampado de los recuerdos de muchos, o de todos, desde la locura profunda y densa de las tablas del teatro a la fuerza cósmica de dos brazos de hierro moviéndose en el aire, desde la dulzura y la amargura del corazón del hombre a la atracción animal de un cuerpo encendido y usado hasta las mismas puertas del límite.

Buena juerga, buena charla y buen viaje. El mundo ancho y ajeno os olvidará, por eso aprovecho el instante del chocolate con churros final para despedirme. Buen viaje. A los cuatro.

 

 

 

 

ME ENAMORÉ DE UN PSICÓPATA. AMOR ZERO.

Y no tendría nada de extraño: cuanto más encantador, tierno y semejante a nosotros, cuanto más sorprendente sea nuestra complicidad y confianza a primera vista, mayor nuestra mutua atracción y mayor nuestra empatía,  mayor posibilidad hay de que ese ser maravilloso que la suerte nos ha puesto delante cuando más abatidos estábamos, sea un auténtico psicópata.

Y no lo digo yo: lo dicen los que se ocupan de esto y llevan muchos años, siglos, estudiando el perfil preocupante e incurable de esta personalidad, porque ellos, sicólogos y siquiatras, dicen que no se trata de locos, sino de otra cosa que yo, desde luego, no he podido acabar de comprender. Y lo digo porque he leído sobre el tema durante años, tratando de averiguar cuál es la razón por la que alguien disfruta, incluso sin saberlo, del sufrimiento ajeno concentrado en una sola víctima propiciatoria.

Claro, eso es igual que no decir nada y hay que tener cuidado no sea que cunda el pánico y hasta nuestra abuela, tan protectora y tierna, nos parezca una vieja psicópata como la madre de Psicosis, o el hijo, o huyamos del vecino de arriba como del papi de abajo.

La razón de esta penúltima vuelta de tuerca y de este comentario es la lectura de un éxito editorial que me ha llamado la atención: Amor Zero. Es una obra de divulgación, la primera de este tipo que leo, y no voy a entrar en la crítica del género, que podría y querría, y de la que solo diré que parece que tiene todos los defectos del mismo: mezcla indefinible de cientificismo barato, paternalismo, demagogia, compasión, generalizaciones y tópicos.

Pero entre toda esa paja, repite las mismas claves, o muy parecidas, de todos los textos que yo conozco y que tratan sobre el tema y sobre el que aviso tres cosas que todo el mundo debería conocer:  el psicópata no es el que sale en los sucesos  de vez en cuando ni el protagonista de las películas de asesinos en serie, no. Aquí hablamos del psicópata de familia, del de barrio, de ese que conocemos y con el que tratamos, de nuestro padre, nuestra hermana o nuestro marido o mujer, lo más probable de todo. Cada uno de ellos, o de nosotros, que a lo mejor formamos parte del batallón, es diferente y los grados en que se puede pertenecer al grupo son variados. Desde tener ciertos rasgos o tendencias a ser un psicópata de libro. Y tercero y más importante: ni la psicopatía tiene cura ni el psicópata admitirá jamás, ni externa ni íntimamente, que lo es. Es imposible.

Lo digo porque todos los esfuerzos encaminados a salvarle, a curarle, a hacerle comprender, son, clínica y familiarmente, inútiles. Lo único que se puede hacer es alejarse de ellos intentando recibir la menor cantidad de puñaladas posibles. Si alguien ha convivido con uno de ellos, estoy segura de que al leer esto se le abrirán las cicatrices si es que ha conseguido cerrar las heridas.

A esta imposibilidad de cura, el autor añade muchas otras características del personaje en cuestión, y cito literalmente: … disfruta cuando consigue destruir o manipular psicológicamente a alguien; cuando se le descubre en mentiras o en flagrantes contradicciones, lo niega por más que sean evidentes; tiene una patológica necesidad de adoración y atención y que tienen encanto y locuacidad superficiales, lo que les convierte muchas veces en personas muy populares dentro de los grupos sociales y muy bien catalogadas; el origen de su encanto es su falsa apariencia de víctima y esa es la forma en que consigue a sus presas…

Ya es suficiente con eso, pero hay mucho más. El amor de tu vida, ese hombre, o mujer, que parece que le conocieras desde siempre, que es tu alma gemela, que te comprende como no lo hecho nadie jamás, tiene un problema íntimo y lejano, quizá por maltrato o quién sabe qué, que le lleva a necesitar de tu sangre psicológica, como un vampiro sediento, y representa un papel magnífico para que caigas en la trampa de tu dominación. Ese es su objetivo y su necesidad: dominarte, tener toda la información, asegurarse de que te tiene prisionera, impedir, a cambio, que tú accedas a su intimidad, que no es capaz de compartir. Y la técnica fundamental es sencilla, pero efectiva: una de cal y otra de arena, continua, inexorablemente, hasta conseguir que la víctima no pueda distinguir su locura de la su verdugo y se encuentre metida en un círculo de sinrazón y dependencia que no puede romper, normalmente, sin la ayuda de un profesional.

Los que han tenido la suerte de no haberse encontrado todavía a uno de estos monstruos en su camino, que toquen madera, porque la estadística dice que en España hay varios millones pululando por las calles, disfrazados de príncipes azules y princesas rosas, buscando carne y sangre inocente para sentirse a gusto consigo mismos, para disfrutar del poder de someter y hacer sufrir a algún cordero o cordera enamorados.

No puedo describir aquí, no me daría la vida, la cantidad ingente de actitudes, estratagemas y argucias de las que se vale, porque no tiene ética alguna y puede pasar de una postura a la contraria sin solución de continuidad ni asomo de vergüenza. Es, desde luego, un mentiroso compulsivo y descarado, un chantajista, un ser colérico que amenaza con abandonarte o con suicidarse o, si le interesa más, se presenta como una víctima de tu incomprensión, sin que se le mueva un solo músculo. Todo es teatro.

Lo primero que sorprende de ellos cuando ya te han cazado, pero la relación es todavía corta, es que nunca se quitan la máscara, ni siquiera en la intimidad más íntima… Siempre están representando un papel.  A partir de ahí, si tienes la mala suerte de no rendirte, de serles fiel, de quererlos  y de ser inocente y pensar que se pueden curar… estás perdido/a.

Abusa de ti y te explota, exige que se cumplan sus deseos, te vigila y te manipula, miente sin recato,  reacciona violentamente si alguien ataca su imagen pública, si alguien pretende quitarle la máscara…

Y puede hacerlo porque Piñuel, el autor, explica que el cerebro humano está preparado para defenderse de una ingente cantidad de amenazas, pero no lo está para defenderse de algo que a él, y  a mí, le parece inasumible para ningún ser humano: esperar el daño de nuestros seres queridos. La mente del maltratado, que no lo entiende y necesita entenderlo, entra en una especie de bucle obsesivo que él llama repetición compulsiva del trauma. Y con ello, en su infierno particular.

Lo normal, y lo mejor, es que el psicópata, una vez estrujado y sacado el zumo de tu vida, se busque a otra víctima, proceso que tampoco le causa ningún rubor y para el que tiene mil y una excusas que darse, todas falsas.  Solapa a todas las víctimas en cadena para no tener jamás un vacío en su alimentación anímica. Pero no tendrá remordimientos ni lo reconocerá jamás. Cuando el psicópata empieza a tratarte con frialdad y con una lejanía y calma inusuales, no es que esté cambiando ni haya reflexionado, no, lo más probable es que ya tenga a otra víctima en la recámara, con la que te engañará primero y se irá después, disfrutando del placer de restregártelo por la cara, de gritar a los cuatro vientos su triunfo y su poder sobre la gente y tratando de humillarte de todas las maneras posibles para redondear su placer.

Dice Piñuel: Su incapacidad moral de responsabilizarse por sus actuaciones, su comportamiento duro e insensible, su sentido de la grandiosidad y de merecerlo todo sin mediar esfuerzo alguno para conseguirlo, lleva al psicópata a rechazar sentir malestar, culpa o remordimiento por su propio comportamiento indolente, parasitario, desleal o directamente depredador. Son siempre los demás quienes tienen la culpa.

Habla también del “syllabus horrorem” o catálogo de horrores por los que pasa la víctima de un psicópata: hay más de treinta elementos de su comportamiento que deberíamos conocer, aunque, tengo que reconocerlo, solo un psicópata de película los cumpliría todos. Conozco a algún psicópata que se amolda religiosamente a veinte de esos caracteres, otros a veinticinco, pero no  a la totalidad.

Entre ellos, llama la atención su incapacidad para asumir responsabilidad alguna en las cuestiones cotidianas (gastos, facturas, problemas, de la pareja o familia) y su facilidad para convertirse en un parásito, su incapacidad para cumplir promesas o pactos, sus mentiras continuas y su actitud equívoca que hace a la pareja convertirse en un investigador privado de un comportamiento contradictorio que no puede entender: alejamientos misteriosos, vacíos a lo largo del día, desapariciones inexplicadas e inexplicables. Carencia de amigos cercanos, nulo respeto por tu territorio y tu intimidad, afición por el romanticismo, el fetichismo o la pornografía, juntos o por separado, absoluta ingratitud por tus esfuerzos y tu interés y envidia malsana que le pone violento por tus virtudes morales de las que él carece y que le generan una violencia gratuita que no puede explicar… Y así hasta casi cuarenta. Invito a su lectura, aunque advierto que no es fácil acceder al libro de forma pública. Espero que se me esté entendiendo.

Hay dos cosas más que querría aclarar, con prisa, para que no se me olviden. La primera es que observo con tristeza cómo el desconocimiento de esta plaga, que la gente llama relaciones tóxicas generalizando, es objeto de desprecio y descreimiento de los que no la han sufrido en sus carnes y, como el psicópata es un ser encantador de puertas afuera, como una gran parte de los maltratadores y otras alimañas, el cansancio y el sufrimiento visible de las víctimas se convierte en su peor enemigo: una parte de la sociedad las acusa de cómodas, débiles, estúpidas, pervertidas, etc., por soportar algo que ellas dicen tan doloroso y que nadie ve. La vergüenza y la imposibilidad de ser comprendidas y apoyadas es absoluta. Si le comentas a alguien lo que te pasa con tu pareja, lo más probable es que te diga que exageras o te conteste con ese tópico de desprecio y suficiencia que te hundirá más en la puta miseria: ¡Pues no sé por qué lo aguantas! Como si esa incapacidad de asumir el daño de un ser querido en la intimidad se pudiera solucionar tan fácilmente como quitarse de encima a un vendedor de flores de los fines de semana.

La otra es que todo lo que aquí se ha escrito es por mi parte, una opinión, y por parte de Piñuel, la exposición divulgativa, supongo, de un profesional de la psicología, y esta  segunda forma va en cursiva, para que nadie confunda una y otra cosa. Lo advierto porque debo ser sincera: no creo que  todos los millones de psicópatas que pululan por este país sean iguales ni se amolden como un folio a la descripción inmóvil de Piñuel, que se refiere a ellos siempre con términos similares a los que usaríamos para hablar de un extraterrestre. Aunque reconozco que, vistos de cerca, no parecen humanos.

Si lo tomamos todo al pie de la letra, ahora mismo me encierro y no salgo más, porque los cortejadores de cierta edad mienten continuamente y sobre cualquier cosa para conseguir sus objetivos, los hijos adolescentes chantajean a sus padres de mil maneras, algunas mujeres provocan a los hombres para conseguir efectos… secundarios, los publicistas manipulan la realidad, los políticos, idem de idem, los creyentes viven convencidos de que ellos están en posesión de una verdad irrefutable que los demás, pobre gente, no disfruta, los aficionados al fútbol son capaces de agredir a cualquiera que no lleve su camiseta y de esta manera, no acabaríamos nunca y resultaría que la sociedad entera es un clan universal de psicópatas…,  que puede.

Pero no hablamos de ello: hablamos del que solo actúa en la intimidad, entre las nubes de indefensión del amor y del cariño, entre las cuatro paredes de tu casa, allí donde no es admisible ni aceptable encontrar la maldad.

Y advierto por último: el libro da miedo. Un miedo infinito a caer en la trampa y una tremenda pena ante la imposibilidad de cura de seres no humanos que carecen de principios morales.

A modo de medicina preventiva dejo aquí este comentario. Y repito. Cuidado con los encantadores de serpientes, con los amores a primera vista y con las almas gemelas. Hay que observar primero, no creer en las palabras y vigilar la coherencia o no de los hechos. Ante la primera sinrazón, incoherencia, secreto  o mentira, por pequeña que sea, poned tierra por medio. Os aseguro que, de no hacerlo, os arrepentiréis durante el resto de vuestra vida. Amén.

      Y muchos más.

 

NOTA.: Los datos del libro aparecen en la imagen primera, pero, en cualquier caso, la lealtad y el respeto (los que seáis psicópatas no entenderéis esto último) me obligan a ofrecerlos de nuevo:

PIÑUEL, Iñaki . Amor Zero. Cómo sobrevivir a los amores psicopáticos, sb. (Prólogo de Bernabé Tierno).

 

 

 

 

 

¡NO A LOS DEBERES DEL FIN DE SEMANA!

No quieren que sus hijos hagan deberes los fines de semana. Los niños deben tener tiempo libre para pasarlo con ellos y no estar estudiando, también, durante el fin de semana. Y es que  los padres están ansiosos de ocupar el tiempo perdido en el estudio, no en móviles ni en series de televisión que sus hijos jamás usan ni ven, por supuesto. Solo leen libros edificantes bajo su personal supervisión.  Sé de buena tinta, que si no fuera por los deberes, eso es lo que harían los  padres y madres de España.

Tampoco quieren que vendan chuches cerca de los colegios. Tienen demasiada azúcar y producen obesidad. Claro. Es imposible que, habiendo chuches cerca, no se las compres al niño que berrea y te deja sorda, sordo, hasta que no accedes a su petición. Si quitan las tiendas de chuches y las prohíben, se acabará el problema y ya no habrá niños gordos. Que se jodan los chinos y los fabricantes de gominolas. ¡Hasta ahí podríamos llegar! Milhojas, sobrasada, foie gras, chorizaco, chóped y pizzas no producen obesidad alguna, así que no hay de qué preocuparse. Por supuesto, los macarrones con tomate que esperan a sus hijos a mediodía en el microondas son sanísimos, cocinados desde la noche anterior, y las pizzas precocinadas, mucho más.

Estos padres mantienen disparidad de opiniones sobre el horario de los centros de enseñanza. Unos prefieren que se queden a comer hasta que el horario enlace con las actividades extraescolares que duran hasta las ocho de la noche. Así, a esas horas tan sanas, pueden practicar la lectura edificante que les está vedado compartir con sus hijos, por culpa de los deberes, durante los fines de semana.

Otros, creo que una minoría, prefiere que tengan jornada continuada: es más cómodo para los abuelos. Solo tienen que hacer dos viajes al día para llevarlos y traerlos del cole. Luego, los mismos abuelos pueden también practicar con ellos la edificante lectura que no pueden practicar los fines de semana por culpa de los dichosos deberes, mientras les ofrecen  una deliciosa merienda de tigretones y bocatas de toda especie.

Tienen la suerte de que las calles de Madrid se cortan, todas, a la hora en que los niños van al colegio. Padres, madres y abuelos, tiran los coches, que no es día de la bicicleta y no hay por qué ir andando o en bici a llevar  a los niños, y cruzan por entre los coches de otros ciudadanos que pretenden ir a sus labores, arriesgando sus vidas y las de sus hijos. Es que deberían, además de becas, regalar despertadores.  Es imposible que padres y niños se despierten a tiempo: el aperitivo de la noche se alargó hasta las once  o las doce y claro, no hay manera de acostarse antes de la una de la madrugada. Una cervecita, un vinito, otra de bravas y los chavales, tan felices, trotando y dando suelta a su alegría entre las mesas. Todos disfrutando de la infancia. Eso si algún padre no se ha llevado un cigarrito de la risa, que los niños no se dan cuenta de nada y no distinguen el alcohol de la cola.¡ Bendita inocencia que solo aprende de los buenos ejemplos y los otros, los olvida!

No digamos ya qué razón tienen para, además, pedir  padres y madres que se alargue el calendario escolar. Todo el año, sin vacaciones y sin verano. Solo quince días para que los niños vayan de campamento. Hay que conseguir armonizar la vida laboral y la familiar. Por supuesto. Así, podrán realizar esas beneficiosas lecturas con el monitor del campamento o con su tía la del pueblo, el caso es que las realicen, porque ahora es imposible con la carga de deberes de los fines de semana. Y que en el campamento no haya chuches para que nadie tenga que prohibirlas por la vía de la autoridad del monitor.

Claro que, asombrada por esta avalancha de madurez paterna y materna, quiero sugerir desde aquí otras ideas que redundarán sin duda, en el bienestar y la crianza de nuestros chavales.

Debería prohibirse la venta de cualquier alimento que engorde, sea el que sea, y del tabaco y el hachís, ¡Perdón, este no se vende! Se debería poner aforo limitado a bares y restaurantes para que quede más sitio a nuestros chavales para correr, siempre alrededor de las mesas donde sus padres no estén comiendo. Y por supuesto, a los mayorcitos, se les debería prohibir el uso de condones y la cercanía corporal: no tienen edad. Ya los usarán cuando sean mayores, cuarenta o cincuenta, y alguien, no se sabe quién, les explique para qué sirven.

Fuera papeleras. No tienen sentido. Obligar a un hijo a que tire el papel del caramelo en la papelera que está a 20 metros es un trabajo costoso y lento que les impide hacer la edificante lectura que no hacen los fines de semana por culpa de los deberes de marras.

La entrada a colegios e institutos debería hacerse en un  horario flexible de dos a tres horas. Así no habría problemas de tráfico ni se correrían riesgos innecesarios al saltar entre los coches, que, por supuesto, no habría porque también es imprescindible que se paralice en país entero durante los periodos de entrada y salida de escolares. Ya hay ayuntamientos, yo conozco uno en Móstoles, en el que desde hace tiempo la policía municipal ha cambiado las señales de tráfico y dedica toda una acera para que aparquen los padres de los niños,  dejando la calzada reducida a la mitad. Claro que se trata de un colegio concertado, seguramente, con algún cargo del ayuntamiento.

No hablemos ya de la razón que les asiste cuando exigen que se tomen medidas contra los acosadores en los colegios. Y tienen toda la razón.  La inmensa mayoría de los padres ponen el grito en el cielo y hacen huelga, dese hace mucho tiempo, cuando los hijos propios o ajenos acosan… al profesor. Y es que este siempre es un imbécil que tiene manía a sus hijos, no hace su trabajo y el muy cabrón disfruta poniéndoles innecesarios deberes para el fin de semana. ¡Hay que jorobarse!

 

 

 

MARIPOSA TRAICIONERA.

 

Hace días que me acosa. Ella, tan pequeña, no para de girar y dar vueltas alrededor de mi pequeño jardín. Al principio, creí que eran tres hermanas gemelas, pero no: es la misma mariposa diminuta enamorada del verde que te quiero verde.

Está amaestrada: no se asusta de mi presencia. Me asomo, me paro, la veo, pero ella sigue revoloteando y dando vueltas a mi alrededor. Es como si supiera que no puedo ni quiero hacer nada que no sea mirarla.

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Creí  que me traía el anuncio de la primavera, pero estamos en octubre y el cambio climático no ha llegado a ese punto todavía, ya llegará.

Luego, pensé que era el espíritu de alguien que me amó, pero aquel ser se despidió de mí hace mucho tiempo y su alma quería encarnarse en una mariposa blanca: estoy segura de que se le ha concedido ese don. Ella no se merecía menos.

No puedo creer que se trate de una mariposa blanca travestida o de una avispa escondida tras las alas de pálidos colores de esta mariposa reincidente.

No sé cuánta vida tendrá esta polilla venida a más: he leído que viven desde un mes a un año, dependiendo de múltiples factores.

Y tampoco sé si adoptarla. Lo malo de hacer esas cosas es que uno sufre cuando se van y la mariposa se irá, de eso estoy segura. Los seres tan inconsistentes siempre salen huyendo, buscando otros verdes y otros azules donde posarse y exhibirse.

Total, que dudo entre hacerle un chalet diminuto al pie del geranio más hermoso o echarla a escobazos para que no establezcamos dolorosos lazos de afecto.

Y eso que lo que más me gusta es pensar que es el espíritu de algún enamorado: no da ninguna guerra y ha elegido las vísperas de su cumpleaños para venir a saludarme.

Quizá se trate de una plaga de difuntos con corazón de turista. Cualquier cosa mejor que el asedio  de estúpidas y clónicas calabazas. Casi prefiero a los muertos vivientes….

 

OCTUBRE ROJO

No me lo esperaba. Quizá por eso me ha dejado medio boba, o boba del todo: venga calas y calas, venga palmeras, venga aguas transparentes, venga clima cambiante, venga chiringuitos, venga barcos y barquitos, venga arena, venga, venga, venga….

Y he ido. Y no he parado de ir y venir. Se me hinchaba el pecho por las calles medio vacías, y a veces mojadas, de sol, de aire y de libertad. El inmenso placer de sentir la vida en medio de un paisaje de cuento.

Y la alegría de entender que todavía corre sangre por las venas, que las cosas están ahí, a nuestro alcance y que es cierto: hasta el rabo, todo es toro.

Y disfrutar de la comida, de la música, de los neones de mil colores que no se apagan ni de  día ni de noche, de la tranquilidad de sentirse segura, de placer de no buscar nada y de la alegría de encontrar una hermosa conversación, una compañía amable, un saludo oportuno.

Ha llovido torrencialmente algunos días y otros, el sol del otoño parecía una llama sobre el mar y esta friolera de muerte se ha bañado. Era sí o sí. No podía despreciar el regalo. Y he recorrido y paseado y descubierto. Y he hablado con unos y otros sin conocerlos. Y he podido bailar y cantar.  Y ver tormentas estupendas a través de los cristales,  tomando café, mientras la piscina rodeada de palmeras brincaba como una olla diabólica en plena ebullición.

Y ha tocado volver con una lagrimita colgada del páncreas, para que nadie la viera, y abandonarlo todo.

Sin embargo, la bestia que llevo dentro pide sangre y promete regresar: no queda más que obedecer a las bestias y acabo de entregarme a una nueva aventura caribeña, o similar, para dentro de unos meses. Tentemos a la suerte mientras podamos.