VOY A AFILIARME AL PP. CON AMIGAS Y CONOCIDAS.

Samantha, la robot que interactúa con humanos creada por Sergi Santos.

Sí, voy a hacerlo. Y voy a ir de rodillas al monasterio del Valle de los Caídos en penitencia por mi descreimiento y falta de cordura durante los últimos chiquicientos mil años de vida que llevo a las espaldas.

No suelo, pero el otro día, mientras comía, puse la tele de todos/del PP, y había un grupo de señoras, maduras en su mayoría, que comentaban en plan femenino y feminoide, o sea, frívolo y desenfadado que es como se entiende la forma de comentar de las mujeres, la actualidad.

Me importaban un pimiento sus opiniones personales y casi íntimas sobre anécdotas del momento hasta que un ingeniero friki irrumpió en el programa en directo. Presentaba una muñeca robot de tamaño natural que permanecía sentada a su lado. El ingeniero intentaba explicar una forma de entender la vida y su trabajo con el robot- tía buena completamente diferente de lo habitual, pero la parvada de ocas chillonas del plató no quería escucharle. Gritaban enfebrecidas contra la esclavitud sexual femenina, la vergüenza y el cataclismo universal que suponía que un señor inventase un robot que podía sustituir la compañía femenina, el pánico al sentido antifeminista que suponía, el asco de tener relaciones afectivas con una máquina….

Las locas en pleno mediodía se arañaban el maquillaje con tal de no oír lo que el loco de la robótica pretendía explicar. El hombre, entre grito y grito, pudo hilar un par de frases: “Por qué mides la realidad en función de tus propias necesidades o deseos. El ser humano no es el centro del universo” Madre de dios. Educados desde la eternidad en la idea de que lo somos, sobre todo, porque el dios creador de todo nos hizo, agárrate Catalina, a su imagen y semejanza, o sea, como diosecitos diminutos e imperfectos,  viene ahora el friki a echarnos en cara nuestra estúpida soberbia y a ponernos delante una compañera-máquina perfecta. En un programa femenino, jódete, a la hora de comer y en la tele de todos/del PP.

Y me quedé de piedra cuadro Isabel San Sebastián, periodista de derechas derechas de toda la vida y pija donde las haya, hizo la pregunta del millón al ingeniero: “¿Para cuándo un robot igual, masculino?”

La periodista, española nacida en Chile en 1959, de ideología inequívocamente conservadora.

Olé tus ovarios, Isabel. Razonaba como una reina mítica: toda la vida han existido, y existen, juguetes sexuales: muñecas hinchables, mujeroides japonesas perfectas,  peluches que duermen con los niños y los grandes, animales de compañía, almohadones cariñosos…, pero el mejor argumento de Isabel, el bueno bueno fue algo parecido a esto: “Nos pasamos la vida en las redes sociales y hay quien desarrolla su vida afectiva y sexual exclusivamente en un mundo virtual. Esta muñeca está acorde con la evolución informática de la sociedad”. Y reclamaba su derecho a disfrutar de un compañero robótico masculino, amable, cariñoso, inteligente, obediente y sexualmente activo. O sea, a hacer con su intimidad lo que le diera la gana, en este caso, compartirla con una máquina mucho más completa y agradable que un vibrador de toda la vida. Y que muchos señores de carne y hueso, todo hay que decirlo.

Mujercitas de la 1: parecéis una tertulia de Acción Católica. Si se pretende mostrar lo que valemos las mujeres, prefiero que pongáis una película de Doris Day o traigáis directamente a plató a la plana mayor del PP: parece que son mucho más progresistas que todas vosotras juntas.

Muñeca japonesa de piel artificial. Casi humana y de venta al público al precio de unos 2000 dólares americanos. Están en el mercado desde hace unos años. Ningún escándalo.

Eso es lo malo que tiene la manía de este país de dejar opinar en los medios a cualquiera sobre cualquier cosa: ya sé que sale mucho más barato, pero envenena y, en este caso, degrada el verdadero valor de las mujeres. Afortunadamente ni Isabel  San Sebastián ni yo ni millones de mujeres estamos mínimamente preocupadas por el puñetero robot, nos importa un bledo con quien se la pela la vecina de al lado y, en la mayoría de los casos, preferimos escuchar la opinión de un friki con varias ingenierías a la vuestra de andar por casa en pantuflas con los rulos puestos, por muy y muchas mujeres que seáis. Yo preferiría, si no hay más remedio, escuchar la un grupo de señores maduros en plan calzoncillos de andar por casa, despeinados y de tumbe en el sofá con una cerveza: ya no tendría excusa alguna para no reservarme, por vía de urgencia, un magnífico robot.

En series españoals actuales. Ningún escándalo.

LOS SUEÑOS DE LA IZQUIERDA Y EL EFECTO LLAMADA.

LOS SUEÑOS DE LA IZQUIERDA Y EL EFECTO LLAMADA.

Soy una ignorante  en política: lo confieso. Hace muchos años que se me disociaron en el cerebro los sueños y las realidades, quizá porque soy mujer y me falta capacidad de abstracción y de comprensión.

Y quizá por eso mismo me parecen clases de “profe” aburrido y decimonónico  las proclamas de Podemos: cada vez que abren la boca, saco el cuaderno para tomar apuntes: son todos licenciados en Pedagogía, teóricos de la inmadurez y enfermos de juventud. Y no entiendo nada porque nada de lo que dicen encuentra un referente a mi alrededor. La libertad, la justicia, la igualdad, los derechos civiles…  dejaron de tener sentido para mí desde casi la más tierna infancia. Luego, en la sede de la cultura, la cosa se agravó: me dejaba prácticamente idiota la actitud progresista y de izquierdas de los hijos de los gobernadores civiles y militares de Franco y las cofias de las criadas de las esposas de dirigentes comunistas. Mi barrio y mis vecinos llegaban con los garbanzos a final de mes a muy duras penas y a costa de pedir prestado a Pedro, el dueño de la tienda de ultramarinos.

Casi todos odiaban el sistema político en el que vivían, casi todos eran pobres y casi todos tenían miedo. Las palabras de mis compañeros de universidad me sonaban a cuento chino: los fines de semana se iban a esquiar a Sierra Nevada, mientras, yo bajaba a pedir prestado un kilo de patatas y un poco de café. Y jamás abrí la boca para proclamar nada: me daba auténtica vergüenza.

Han pasado muchos años y Julio Iglesias sigue cantando la misma horterada de mi juventud. Oigo y veo, y he visto y oído a lo largo de este tiempo, miles, millones de frases, arengas, discursos, promesas… de la gente que se llama de izquierdas, progresista, revolucionaria…

En casi todos los casos, y hay alguna gloriosa y admirable excepción, no predicaban con el ejemplo, cosa que la gente conservadora, que es la inmensa mayoría en cuanto cierran la puerta de su casa o se encuentran en un pequeño grupo de confianza, saben hacer a las mil maravillas, claro que, hay que reconocerlo, esto es muchísimo más fácil: conservar es lo nuestro.

Quién coño va a querer, sinceramente, pagar con sus impuestos las operaciones de cambio de sexo mientras que la Seguridad Social no  cubre los problemas dentales de sus hijos ni los suyos propios. Quién coño va a defender que se meta en su piso, o en el de sus padres, un grupo de familias a golpe de patada en la puerta y te dejen en la calle después de llevar cuarenta años pagando la hipoteca. Me imagino al propio Iglesias dejando su casa y la de sus progenitores, hermanos y cuñados,  a grupos de desahuciados, para dar ejemplo.

Quién quiere vivir en el mismo bloque que los gitanos chabolistas realojados. A quién no le causa sorpresa, y sentimientos peores, ver en el Metro al héroe de turno: ropa de hombre, tacones y meneo de caderas. Atiende a l nombre de Diana y tiene los huevos de ir solo por la vida con esa pinta. Pero nadie quiere acompañarle en sus paseos.

Quién no habla y habla y habla como cotorra en celo verbal  maravillosamente correcta y  luego, cuando va al partido de turno, insulta al árbitro, al jugador africano, al que cree marica, al equipo de enfrente  y a la madre que los parió a todos, con absoluta impunidad.

Quién no defiende el pacifismo de boca y luego, cuando el coche del imbécil te adelanta por la derecha, lo matarías si tuvieras algo a mano para hacerlo, impunemente también, claro.

Solo el miedo a ser pillado y castigado impide que le pinchemos la rueda al vecino que nos jode todos los días cuando aparca el coche encima del nuestro.

La libertad es un arma de muchos filos y, como soy mema, quienes la usan todo el santo día como si fueran sus dueños, me recuerdan a las palabras del cura en las misas de mi infancia: palabra de dios.

El populismo y la demagogia han existido siempre, por intereses ocultos o sin ellos. Lo terrible es que los cerebros bienintencionados no se den cuenta de que la realidad no les sigue y que la gente que les escucha se da cuenta enseguida de que les están soltando un discurso de proclamas y consignas, algunos, de la época de Maricastaña. La historia real de los hombres no se escribe en discursos parlamentarios. Cuando se quieren cambiar las cosas, quizá lo primero que hay que hacer es conocer las cosas y llamarlas por su nombre, aceptando de entrada, que todos cagamos y no hay una sola mierda que huela bien. Ni de izquierdas ni de derechas. A partir de este ejercicio de humilde realismo, podríamos empezar a actuar.

El otro día, escuchando la radio, la cadena Ser exactamente, me dio un pasmo cerebral.

Los sindicatos habían asistido en masa a la manifestación que en Barcelona defendía la llegada de refugiados a España y la libertad de tránsito de todos los seres humanos, planteamiento que apoyaban y compartían fervorosamente.

Acto seguido, en una noticia de ámbito nacional, se explicaba cómo los mismos sindicatos, no creo que inventasen unos nuevos para esta noticia, estaban en pie de guerra, dispuestos a la huelga y a manifestaciones y acciones varias, apoyados por interinos y padres de los mismos, para impedir que se convocasen oposiciones  a profesores de Secundaria en la comunidad murciana.  Y me quedé perpleja: los sindicatos llevan años y años pidiendo que se convoquen oposiciones y se invierta más en servicios públicos.

La explicación era esta: en Murcia no se quiere que se convoquen oposiciones si no se convocan en las comunidades vecinas, no sea que se produzca el efecto llamada y los vecinos vengan a hacer oposiciones a Murcia, sean mejores que los murcianos y ganen las oposiciones que son nuestras, o sea, de los de Murcia. Vamos, que los emigrantes-futuros profesores-y-opositores valencianos , andaluces o manchegos no son bienvenidos en Murcia. Palabra de sindicatos.

O sea, que vengan sirios y sirios, porque esos no van a vivir a nuestro lado ni nos van a quitar el puesto en la oposición ni la tranquilidad en el bloque, pero a los vecinos reales del pueblo de al lado, ni agua, que lo nuestro es para nosotros.

Un ejemplo estupendo de los sueños, incoherentes, de la izquierda. Y es que seguir hasta el límite las propias consignas da mucho miedo.

Y al personal de a pie le resulta mucho más cómodo aliarse con los que, desde el principio, defienden que mi casa es mía y no me la puede quitar nadie, que mi dinero es mío y hago con él lo que quiero, incluso llevármelo a Ginebra, que los gitanos no deben vivir con los payos, que los maricas no tienen que pavonearse por la calle so pena de sufrir las consecuencias… Es muchísimo más cómodo y más real. No tenéis más que ir a un partido de fútbol, o ver un fragmento por la tele: también da miedo. El mismo que la inconsistencia histórica de los próceres que se dicen de izquierdas, tan locuaces y soñadores y tan poco prácticos, valientes ni real y personalmente comprometidos. Para nuestra puta desgracia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

COSTAS LAS DE LEVANTE…

Las últimas tempestades habían llenado de basura y desperdicios parte de su coqueto escote. Palmeras enteras flotaban por las rías, enseres, algas muertas en cantidades ingentes y botellas, papeles, ropas, alambradas… Olía a mar del norte toda la costa, a pescado pocho y a violencia.

Pero el sol, tan amable casi siempre conmigo, lució como una antorcha en cuanto me vio llegar. Y a su luz de fuego, todo aquello tomó otro cariz porque entre las algas y los desperdicios, sonaban las máquinas limpiadoras y los gritos de los surfistas y sus acrobacias llenaban el horizonte, aprovechando los últimos coletazos del enfado marino.

El paseo artificial de todos los mares del este estaba limpio y brillante como una patena y se podía pasear arriba y abajo con la tranquilidad de un niño en la guardería. Gran parte de los negocios estaban abiertos y las gentes de fuera, como yo, y las de dentro, de más adentro, aprovechaban el buen tiempo para merodear y ver los estragos del bendito temporal, tomar algo y pasear al sol.

Todo hecho. Nada que preparar ni cocinar ni recoger. Solo la preocupación de salir al horizonte tan coqueta y limpia como la playa antes del temporal. La vida perfecta.

Me dormía cada noche después de ver la postal de la luna brillando sobre la ría y la playa y oyendo los coletazos del agua. No imagino ningún otro placer que lo pueda superar.

img_20170201_123200 img_20170202_124822 img_20170202_124813 img_20170202_121332 img_20170131_132305 img_20170131_132212 img_20170130_111950 img_20170129_110108 img_20170128_124000 img_20170128_122400 img_20170128_122149 img_20170128_110052

¡DICHOSO MOMENTO!

Lo creo firmemente: elegir el momento, pillar la ocasión por los pelos, acertar con el instante preciso, es una habilidad de la que carecemos la mayoría de los humanos. No disfrutamos ya del instinto salvaje y a lo bestia que tuvimos (algunos, sí, quede claro), y muchos de nosotros despreciamos el valor inmenso de saber hacer o decir en el momento preciso, ni antes ni después.

He intentado explicar esto a gente joven, a la gente mayor ya no le explico nada, pero no lo entienden en general. Interpretan que cuando alguien te pide que hagas algo en un momento determinado es un tirano contra el que hay que rebelarse por el sencillo sistema de hormonas en estado de alteración perpetua.

Pero están equivocados y probablemente se den cuenta cuando ya sea tarde: no besar a esa mujer magnífica que está tan cerca, en ese momento en el que le da la luz del sol en los ojos y la hace pestañear, es un tremendo error del que no podrás recuperarte. Al cabo de unos días, ella entenderá que no te interesa lo suficiente y otro más listo que tú hará lo que no supiste hacer en su momento. Y la perderás.

No devolver el golpe inmediatamente después de la ofensa se convierte en venganza, en maquinación, en perversidad. No corregir el error y pedir perdón justo después de la palabra inconveniente provoca el rencor y la desconfianza de quien, de otro modo, valoraría como nobleza y valentía la capacidad de rectificar y reconocerlo de un modo inmediato.

No poner la comida en la mesa cuando es la hora de comer, no fregar los cacharros cada día cuando están sucios, sino acumularlos hasta que se desparrama la mierda por media casa, no ducharse a diario, desnudo y en el momento apropiado, podría llevarnos a hacerlo vestidos, a las cuatro de la mañana y cantando  parte de La Traviata, si es que nos la sabemos a medias.

Querer ser madre a los 65, enamorarse a los 80, ponerse minifalda a esa misma edad, cenar a las 6 de la mañana, reírse cuando los demás lloran, esperar que confíen en ti después de haberlos traicionado…. Solo son ejemplos varios de actitudes inoportunas. El hecho es bueno o malo, muchas veces, dependiendo de que uno sepa elegir el momento, ni antes ni después.

Tomar el sol cuando está atardeciendo es tan absurdo como esperar a ver si suena una campana que me diga si debo o no decir o hacer lo que estoy pensando. Hazlo. No des lugar a que el café se enfríe, el sol se apague o ella, o él, se aburran de esperar.

Si no te atreves o no tienes redaños para intentarlo, inoportuno amigo, vete a la cueva del oso, siéntate al amor de la lumbre y espera a ver si alguien más valiente y listo que tú quiere aprovechar el momento y acercarse a verte cuando el sol todavía caliente. No le des las gracias entonces por la visita. Espera a ver si alguna señal del cielo te indica el momento oportuno

LA SESIÓN FINAL DE FREUD, EN ARAPILES 16.

La obra, de un autor estadounidense desconocido para mí (Mark St. Germain), es una pura delicia, aunque podría no haberlo sido. La pericia de autor, traductor y directora  y la estupenda, limpia y muy profesional interpretación de los dos actores,  hace posible que el rato en que asistimos a su debate sea un rato de reflexión divertida, de sana reflexión sin alharacas ni petulancias, de recuerdo de todo aquello que nos preocupaba en un momento en que nos preocupaba algo.

                      Freud y su hija Anna.

El debate entre los dos personajes históricos reunidos en el despacho decorado por la hija de Freud, herido ya  de muerte, por una circunstancia anecdótica, da pie a un diálogo en el que el respeto y el afecto entre dos seres humanos no impide su enfrentamiento intelectual. Lo que pudo haber sido un tremendo petardo aburrido y con aires de grandeza es un diálogo lleno de guiños, de humor elegante, de sutileza, de encanto, de ritmo y de diversión.

El padre de Las crónicas de Narnia, representando la creencia, y el padre del Psicoanálisis, con mayúsculas, representando la ciencia y la razón, se enredan en una hermosa conversación que el autor sabe jaspear de anécdotas familiares, de detalles tiernos y cercanos y de un ambiente tan agradable que se pasa el rato sin darse uno cuenta.

La sala, pequeña: menos de 200 butacas, estaba casi llena y en un día de diario.  No hacía frío en ella ni calor. Mucha gente joven o mayor, nada de parejas de paseo. Probablemente, muchos admiradores de Freud,  con quien uno puede, y siempre se pudo, no estar de acuerdo, pero a quien no se le puede negar la importancia crucial en la cultura europea de principios del XX.

Al final, Freud descansa sentado en la chaise longue tan femenina mientras la luz del escenario y de su vida se apagan. Es el día en que Inglaterra declara la guerra a Alemania. Freud moriría el 23 de septiembre, veinte días después. Solo el momento en que su enfermedad entra en crisis ante los espectadores, un momento estremecedor, se sale de los cauces del ambiente de emoción y drama contenidos.

Aplausos sin histeria pero contundentes, saludos contundentes, pero sin regodeo. No salen a recibir nuevos aplausos. La gente se va tranquilamente de la sala, comentando en voz baja.  Ni una brizna de artificio por parte de nadie.

Bravo por este sorbo de dignidad.

 

PD.: A pesar de lo que parezca, la autora de este comentario debió haber acudido a la consulta de Freud mientras vivía si ello hubiera sido posible. Seguramente, me hubiera ayudado con cierto problema: mi móvil ha fallecido en circunstancias inexplicables y de forma también inexplicable he perdido los contactos y teléfonos de muchos de mis amigos y conocidos. Parecerá que me he marchado de todas partes o que he borrado a mis contactos, pero no. Me lo han resucitado, pero los datos han volado para siempre.

Creo que  vais a tener que acudir en mi ayuda: yo estoy incomunicada entre la nieve y el psicoanálisis. Y sobre todo, ante la ausencia de datos. Tengo la sensación de haber rejuvenecido treinta años, cuando nos llamábamos por el hueco de la escalera. Un cablecito, por favor.

 

 

 

 

 

 

EL HARARIKI DE TRILLO.

De entre todas las virtudes patrias que nos adornan, la coherencia ideológica y el sentido de la ética son las más notables. Por eso, además de avergonzarnos de nuestra mala pronunciación inglesa por puro orgullo español, nos avergonzamos de nuestros errores y de nuestras decisiones equivocadas o dañinas.

Y así lo venimos haciendo durante siglos y más siglos. Por eso, nadie espera subvenciones del estado: todos damos por hecho que en una sociedad mercantilista, capitalista y librecambista, además de liberal y europea, la propiedad privada es sagrada e individual y la del estado, de todos, y por tanto, intocable si no es por decisión de todos también. Por eso, todos pagamos impuestos relativos, adecuados a nuestros ingresos y, por supuesto, a ningún artista o catedrático se le ocurre pedir subvenciones, ni al estado darlas, para promover grandes viajes y escaladas a montañas ignotas ni personales investigaciones vendibles luego a grandes empresas farmaceúticas. ¡Quiá! En este país, no. Por supuesto, nadie protege a una religión sobre el resto, y a todas sobre los que no la tienen: lo privado es individual y cada cual subvenciona su intimidad como su dios, o ninguno, le da a entender. Recordemos que, además, esta es una monarquía parlamentaria aconfesional. ¡Faltaría más! Nada de regalar parcelas a congregaciones religiosas para que monten su colegio ni, por supuesto, seguir manteniendo subvenciones a colegios privados que hacen segregación sexual, y racial también, claro. ¡Somos un país libre y democrático!

Mucho menos vamos a quitar subvenciones a ONGS que han demostrado cumplidamente que se pasan las leyes judiciales y las morales por el forro de…. ¡Ni mucho menos! Y nada de agravios comparativos entre sexos, razas o religiones: la Seguridad Social se ocupa lo mismo de una cirrosis, que de un cambio de sexo o de la dentadura de todos los españoles. Por los… Perdón por el ripio.

Ni que decir tiene que nadie aceptaría jamás que cuando uno decidió en su día, sin tener cuatro cuartos, comprarse una casita de dos plantas, más que nada por no desentonar con los vecinos, luego tendría que hacerse cargo de la hipoteca, eso ni pensarlo. Por supuesto, no hay nadie en este país que piense que se debería meter en vereda a los usureros, perdón, bancos, y obligarles a cargar con su mierda como hacemos todos los españoles, cada uno con la suya. ¿O no? Porque aquí, en un país tan justo y tan democrático, tan poco demagógico, donde los medios de comunicación de uno y otro lado jamás manipularían la idem, jamás se generalizaría por intereses especulativos o por vender lo que fuere. Aquí se ve cada caso en particular y no se piensa que todos los que deben dinero al banco tienen razones justas para no devolverlo ni que todos los funcionarios son vagos, todos los militares, fascistas, todos los de izquierdas, honestos, todos los periodistas, valientes… ¡Para nada! Aquí analizamos reflexivamente cada caso y somos realistas, como consta en nuestra hermosa tradición cultural, madre y padre de la novela picaresca , por poner un ejemplo.

Por eso, nuestros líderes, sean del color que sean, asumen siempre las consecuencias de sus decisiones políticas, porque las judiciales ya se las obligan a tomar jueces impolutos, de moral democrática intachable  que tienen muy claros los derechos de hombres y mujeres y están a la última en sicología clínica y sociología. Nada de jueces de la Guerra del 14, nada de machistas trasnochados, ni curas ni alcaldes mussolinianos, ni monjas franquistas, ni progres burgueses, ni vividores con funcionariados por libre designación, ni rectores plagiarios, ni padres irresponsables que no controlan a sus hijos, ni cuentistas. Aquí, no.

Aquí la cultura la surte el estado a todos por igual y el que quiere una más mona para sus amigos, se la paga de su bolsillo. Los libros son baratísimos y, por supuesto, los premios literarios no se dan nunca a amigos de periodistas, por poner un ejemplo imaginario.

No hay ninguna diferencia entre un barrio y otro y los pitufos no ponen multas a los curritos mientras hacen la vista gorda a los cochazos aparcados en el barrio de La Manca, por poner otro ejemplo más.

En este pulcro país, todos somos iguales. Por eso, los grandes políticos, cargados de razones y de orgullo patrio y genético, próceres intachables que nos regalan a todos con su inmensa y demostrada sabiduría, prefieren hacerse el harakiri, con seppuku incluido, antes que aparecer en la televisión de todos, la más ecuánime y culta de todas porque la pagamos entre todos, contando una coplilla de borracho para explicar cómo deja un sillón para volver al suyo, el mismo desde el que parece que opinan que tuvo un pequeño tropiezo de unos cuantos muertos. En este hermoso país, un funcionario lo es hasta la muerte, para eso se lo ha ganado en justa pugna.  Y un político también.

Por eso, cierto digno ministro ha seguido el camino de un colega japonés y ha aparecido harakirado anoche, en su lujoso chalet de la Moral Vieja. Justo y digno final para quien se caracterizaba por la defensa de aquella frase tan española y eterna: el que la hace, la paga y viva Honduras.

Y que vivan  también las virtudes patrias.

 

 

NUEVO AÑO 2017.

O aseguro que seguirán saliendo brillitos de purpurina muchos meses después de que los Reyes  vengan esta noche a verme. Llegará el verano y seguiré viendo relucir polvo de colores por entre los muebles, encima de las ruedas del aspirador o en la taza del wáter. No hay forma de librarse de ellos una vez que los has adoptado, como los hijos tontos, los novios tontos o cualquier otro tipo de tonto con sello de garantía y código de barras, o sea los de calidad: no hay forma de librarse de ellos.

Y aquí seguimos, pasados unos cuantos días llenos de tópicos y de alharacas, con un nuevo decimal pegado al culo y los mismos rollos del decimal anterior. Los niños lo perciben y lo esperan como un ciclo nuevo y diferente, ilusionados con cumplir los doce o los dieciocho, emocionados con los regalitos que les van a endosar los Reyes.

Pero los que ya nos sabemos el truco del almendruco, utilizamos las fiestas tópicas y típicas para saltarnos a la torera los regímenes, ver a la familia más que de costumbre, comprarnos ropita un poco más ridícula, dar grititos al son de una copa de más, comer lo que nos da la gana, reírnos de lo que sea y olvidarnos de lo que podamos. Los ciclos de los yayos no se corresponden con los ciclos lunares. Para nada.

La mayoría hemos cerrado ya el ciclo del cuidado de los padres; algunos, que no lo saben, tienen la suerte de tenerlos todavía como sombras terribles colgadas de sus espaldas. Los demás los perdimos hace mucho tiempo y se nos quedaron las espaldas desnudas y heladas, sin carne humana donde apoyarlas.

El ciclo del cuidado de los hijos también se cerró y no porque los hijos no necesiten que le sigamos dando la tabarra, sino porque ya se han ganado el derecho a hacer el gilipollas como lo hicimos nosotros.

La mayoría ya no trabaja, vamos, no trabaja a cambio de cuatro pelas para comer. Son pensionistas, o sea, penden de la hucha del Estado y eso les preocupa terriblemente, pero aprendieron, mi generación por lo menos, a sobrevivir sin dinero, sin estufa, sin televisión, sin ropa de moda y sin ir a la peluquería más que una o dos veces al año. Éramos muy buenos aprendiendo estas cosillas.

Queda poco ciclo por cerrar. El del ocio lo soluciona el INSERSO o los viajes para mayores de El Corte Inglés, si es que te da la pensión para pagarlos.

Y el ciclo de la intimidad se lo apaña cada uno como puede. Unos, creyéndose todavía Don Juan  o Doña Inés, otros, disfrazándose de jovencitos y jovencitas en edad de merecer, aquellos, bebiendo, los otros, jugando, y muchos acompañándose, solo por la tranquilidad que debe de dar creer que hay alguien que te piensa en otra parte, que te espera para ir a tomar café y se irá contigo al bendito viaje del Inserso.

Y está muy bien. Cuando los ciclos se han cerrado y toca cambiar el disco y el tipo de música para una sesión final, la traca del fin de fiesta debe ser como se quiera, todo lo bestia que nos den los pulmones, todo lo bello que nos dejen las arrugas, todo lo vivo que nos deje la salud, todo lo hermoso que nos pida el corazón.

Vivamos y brindemos, no por un decimal de mierda: por nosotros y nuestra hermosa piel de purpurina. Feliz traca.