DEL CAFÉ COMERCIAL, POSTUREOS Y ANIVERSARIOS.

Entré con cierto temblor de piernas, como casi siempre. El Comercial es para mí, y para muchos madrileños, el álbum de fotos más romántico de nuestra vida, el que más recuerdos, comienzos y finales, aventuras, esperanzas y  esperas de color sepia evoca en la añoranza o, al menos, en el recuerdo.

Puedo trazar el hilo de mis aniversarios a través de sus salones de mesas de mármol algo roñosas, de sus ventanales que permitían otear a tutiplén las idas y venidas de la gente, los amigos o los amores que se acercaban o alejaban de la salida del Metro de Bilbao. Los camareros, tan roñosos como las mesas, uno de ellos especialmente, el de turno de mañana en el salón, antipático y desagradable como el vinagre en una vinagreta clásica y poco generosa, daban aliciente a la petición pobretona de un café, solo café, razón de su malhumor genético.

Una luz amarillenta y pobretona también y el ir y venir de gentes de todo tipo y condición que se juntaban en aquella especie de ONU o casa de putas donde todos nos cobijábamos fuéramos quienes fuéramos, sin importarnos la personalidad del de al lado, salvo si el del al lado y nosotros buscábamos algo, que también había búsquedas en el Comercial, daban sentido y perfil de novela del XX a nuestras vidas.

Arriba, casinos semiocultos y lugar de conciertos y hasta de milongas en los últimos tiempos.

Pero llegó la hora de cerrar y todos nos entristecimos porque su cierre ponía fin a la posibilidad romántica de poner telón de fondo y decorado a nuestros recuerdos, amores y aniversarios y, a ratos, hacer que cobrasen vida de fantasmas entre sus paredes, delante de un café, solo un café.

Pero ha resucitado de entre los muertos. Y lo han maquillado convenientemente con nuevas luces, mucho más modernas, mostradores bajos y taburetes y un cambio radical de aspecto a los muebles de la terraza, como de jardincito pijo y mono. En lo que han derrochado el alma y el bolsillo ha sido en los baños: lujo asiático incomprensible, metidos allá al fondo, excesivos en todo, con exposiciones en vitrinas magníficas donde la mirada, después de recrearse con los murales del wáter, pueden recrearse también mientras te lavas las manos, o no, depende de lo guarro que te hayas levantado.

Vamos, un maquillaje barato, algo excesivo en los labios, invisibles casi bajo la máscara de novedad. Las barras, las mesas y los tabiques de separación son los mismos, con polvetes y sombras en los párpados.

Terrible: se han cargado la puerta giratoria, aquella en la que gocé por primera vez de la aventura de pasar por un tío vivo enorme y gratuito que me trasladó a un lugar hasta entonces desconocido, donde olía a café, sol y sombra y puro: yo era una niña. La puerta ha dejado entrar y salir de mis recuerdos a gentes y sensaciones  que se fraguaron y se condimentaron en ese Café Comercial en el que ya nunca olerá a sol y sombra ni a puro: no huele a nada, ni siquiera a churros.

El ejército de chaquetillas blancas que chocan y se agolpan tras la barra altísima sin saber a dónde van ni para qué están allí es lo más triste de este nuevo café. Son más los camareros que los clientes en las ocasiones en que he vuelto a entrar y produce una sensación de melancólica tristeza y desilusión  comprobar que uno asiste a una especie de representación teatral del caos de las palomas tontas mientras espera a que alguna de ellas se dé cuenta de que abajo hay un cliente esperando un café, solo un café.

 

LOS SUEÑOS…SUEÑOS SON.

Los  míos sobre el teatro, sueños frustrados.

Soy muy antigua, veterana de guerra, y me cuesta mucho adaptarme a los nuevos tiempos. Unos tiempos en que la mayor parte del teatro que busco, o que encuentro, se representa sin representarse, es decir, se cuenta o se recita, pero no representa nada. No hay decorados ni atrezzo ni actos ni escenas. La mayor parte de las veces, un solo actor, o dos a los sumo, hablan sin parar sobre multitud de cuestiones propias de un congreso, una mesa de conferenciantes o un aula universitaria. Vueltas y más vueltas a anécdotas actuales, chistes populacheros, concesiones a los genitales de unos y otros por amor de no sé qué guión que lo exige, travestismo, música de los ochenta o sesenta o cincuenta, proyecciones con cañones de luz, de los que tenemos todos en casa…, pero ni una sola emoción natural fruto de la mentira mágica que tiene lugar ante los ojos del que mira y participa, aunque solo sea con la atención.

Para mí, ya advertí que soy antigua, la poesía es intimidad desnuda, la narración, historia de una fantasía temporal, y el teatro, acción vívida, escuchada, olida, sentida a pocos metros. Cuando me hablan y no “actúan”, me parece que me han colado gato por liebre: me han leído una novela, a veces mala, encima de un escenario.

Solo unos cuantos han sido capaces de escribir  y representar monólogos que parecían obras de teatro enteras y verdaderas. Los demás, definitivamente, no.

Por eso, entre otras cosas, elijo con cuidado infinito la obra que voy a ver. Ni me sobra el tiempo ni el dinero ni las ganas. Con el precio de una entrada de muchos teatros, cenan dos personas en menú del día. La comida de un día entero a cambio de ver una novela leída…. No, definitivamente, tampoco. Y que no se me diga aquello de que hay que apoyar el teatro. Sintiéndolo en el alma, soy comunista de la supervivencia: primero, todos con casa y comida y luego, el teatro y lo que venga. Puestos a apoyar, prefiero apoyar la hogaza y el tejado. Después, ya veremos. Todos somos iguales, la gente de teatro, también, espero… Hasta para no tener nada de nada.

Desde siempre, me gustó siempre elegir lo que quería sentir y antes lo tenía claro: cabaret, revista, alta comedia, juguetes cómicos, dramas, tragedias clásicas… o teatro alternativo. Ahora, madre del amor hermoso, no tengo ni idea de lo que voy a ver. Ni siquiera ha sobrevivido la crítica: me dejo las pestañas buscando críticas teatrales profesionales, no autoalabanzas laudatorias de la propia compañía o del propio teatro. Un desierto en cuanto a  opiniones profesionales, entendidas y objetivas.

Todos opinamos de todo convencidos de que el mero hecho de poder hacerlo es garantía de hacerlo bien. Y no. Estoy más que cansada de leer opiniones superficiales y tópicas de pedantes que, muy bien porque van al teatro, pero no tienen ni pajolera idea de la técnica teatral. Y no tienen por qué tenerla como espectadores opinantes, pero como críticos, sí. Y de estos últimos, están las tumbas llenas.

En definitiva, que me cuido muy mucho de seguir paladeando canapés de salmón reseco o tapitas de ensaladilla rusa con mayonesa aguada.

Tengo pensado arriesgarme a ver si me zampo un buen lomo de bacalao o unas cocochas, pero lo mismo se vuelve a repetir la historia y salgo del teatro con hambre y con rabia. Si tengo un cólico, os lo contaré. Por si alguno quiere alegrarse.

 

 

BARCELONA ES, SIN DUDA, BONA.

“Me lo dijeron mil veces,
pero nunca quise poner atención…”

Ni atención ni puñetero caso. En la gloria he estado con los catalanes, y eso que siempre iba por delante aquello de “Soy de Madrí”.

Ni un mal gesto. Me han hablado en castellano en cuanto han visto que mal entendía el catalán, me han tratado con la mayor cordialidad y no he sentido nada de eso que veo, leo y escucho en  los medios desde hace muchísimos años. Absolutamente nada.

Claro que yo soy de Madrí…, de verdad. Quiero decir, de los que no se meten donde no les llaman y les importa un bledo que los demás hagan lo que les salga de las narices. A mí, sinceramente, me importa un comino, menor que un bledo, que los catalanes pongan frontera, hablen en catalán o desayunen cebollas. Y quien dice “catalán”, dice cualquier otra nacionalidad o cultura, que raza no reconozco más que una. Si soy capaz de hablar con los chinos, conversar con los ingleses, mucho más raros que los chinos, casarme con los japoneses, ser amiga y familia de africanos…, por qué carajo no voy a poder hacer lo mismo con los catalanes.

Una belleza sus playas, muy diferentes en la mayoría de los casos de la costa levantina, una metrópoli plagada de culturas y de belleza Barcelona, una gloria su comida y un encanto sus gentes.

Volveré mientras me quieran, a pesar de los pesares. La locura del Museo Teatro de Dalí necesita mucho más tiempo y más calma, tanto y tanta como los que hagan falta para acabar de alucinar con todo lo que pude ver, pero no digerir.

Hice muy bien en no hacer caso de lo que veo, leo y escucho: la plaga de opinadores aficionados que saben de todo y no tienen la más mínima preparación de nada, empezando por no saber expresarse en su propia lengua a pesar de vivir de ella, es decir, de darle a la sin hueso en todos los medios de comunicación, los intereses oscuros de los señores políticos, su ineficacia o torpeza y la idiotez contagiosa de muchos que no quieren hacer el más mínimo esfuerzo por analizar y constatar personalmente y se contentan con creer las memeces de los youtubers de turno o de escritorcillos del tres al cuarto, han concluido en pancartas monolíticas ante las que nos arrodillamos como gilipollas. Vamos, que nos hemos vuelto todos creyentes ultras, como los del autobús, pero de otro color. Lástima que yo nací sin fe desde siempre y no creo casi nada hasta que no lo compruebo, sobre todo, si el que me lo cuenta dice aquello de “poner en valor” o “transversalidad”, para no soltar la ristra de gallegadas y otras lindezas que ya conocemos todos.

Prefiero morir bajo la sombra de la Sagrada Familia. Que viva Cataluña, lejos, cerca o donde le dé la gana. ¡Mientras haya AVE…!

 

MI AMIGO.

He cogido un vicio extraño e inocuo, como de monja.

El sol del amanecer, de las primeras horas del día, asoma directamente  por  todos los huecos de mi casa.

Sentada frente a él, me quedo como  embobada: solo siento la luz golpearme las pestañas y una ligera sensación de calor en el pecho. Todo lo olvido.

Es un sol de panorámica, de película, de foto, que golpea el perfil de todo lo que encuentra y deja detrás sombras alegres, frescas y agradecidas en el laurel, las hortensias y los olmos.

No molesta. Reconforta. El aire es fresco y abajo no hay más que uno o dos corredores que van echando la lengua fuera y otros dos o tres amos de perros que aprovechan, como yo, el contraste de la luz del sol y el aire de la mañana.

Silencio, olor a tierra mojada y el sol solo para mí. Y ahora, que hace tiempo que me aburrí de leer novelas famosas y mediocres, teorías manidas, proclamas demagógicas, groserías sin análisis ninguno y el ruido superficial, insulso y cobarde de gran parte de lo que me rodea, escribo al sol.

Cada mañana lo espero, porque él no me espera en absoluto, con el café y el zumo de naranja y mientras me saluda, sin fallar un día, le brindo un folio en blanco que voy llenando de hormiguitas negras mientras él levanta el genio orgulloso y me va envolviendo y asando hasta que no puedo soportar más su luz ni su calor.

Entonces, le saludo y me despido. Libres los dos, pero fieles, sabemos que volveremos a encontrarnos el próximo amanecer, unidos en el secreto de nada, porque el placer de vivir a veces es tan barato y tan sencillo que no hace falta un solo euro para disfrutarlo. Siempre estuve convencida de que el amor y el placer son gratuitos. Y tenía razón. Ni le pido ni me pide. Nos encontramos cada día a una hora parecida. Disfrutamos y nos despedimos, sin sospechas, promesas ni exigencias, como ese amor de ensueño que una siempre quiso tener.

VOY A AFILIARME AL PP. CON AMIGAS Y CONOCIDAS.

Samantha, la robot que interactúa con humanos creada por Sergi Santos.

Sí, voy a hacerlo. Y voy a ir de rodillas al monasterio del Valle de los Caídos en penitencia por mi descreimiento y falta de cordura durante los últimos chiquicientos mil años de vida que llevo a las espaldas.

No suelo, pero el otro día, mientras comía, puse la tele de todos/del PP, y había un grupo de señoras, maduras en su mayoría, que comentaban en plan femenino y feminoide, o sea, frívolo y desenfadado que es como se entiende la forma de comentar de las mujeres, la actualidad.

Me importaban un pimiento sus opiniones personales y casi íntimas sobre anécdotas del momento hasta que un ingeniero friki irrumpió en el programa en directo. Presentaba una muñeca robot de tamaño natural que permanecía sentada a su lado. El ingeniero intentaba explicar una forma de entender la vida y su trabajo con el robot- tía buena completamente diferente de lo habitual, pero la parvada de ocas chillonas del plató no quería escucharle. Gritaban enfebrecidas contra la esclavitud sexual femenina, la vergüenza y el cataclismo universal que suponía que un señor inventase un robot que podía sustituir la compañía femenina, el pánico al sentido antifeminista que suponía, el asco de tener relaciones afectivas con una máquina….

Las locas en pleno mediodía se arañaban el maquillaje con tal de no oír lo que el loco de la robótica pretendía explicar. El hombre, entre grito y grito, pudo hilar un par de frases: “Por qué mides la realidad en función de tus propias necesidades o deseos. El ser humano no es el centro del universo” Madre de dios. Educados desde la eternidad en la idea de que lo somos, sobre todo, porque el dios creador de todo nos hizo, agárrate Catalina, a su imagen y semejanza, o sea, como diosecitos diminutos e imperfectos,  viene ahora el friki a echarnos en cara nuestra estúpida soberbia y a ponernos delante una compañera-máquina perfecta. En un programa femenino, jódete, a la hora de comer y en la tele de todos/del PP.

Y me quedé de piedra cuadro Isabel San Sebastián, periodista de derechas derechas de toda la vida y pija donde las haya, hizo la pregunta del millón al ingeniero: “¿Para cuándo un robot igual, masculino?”

La periodista, española nacida en Chile en 1959, de ideología inequívocamente conservadora.

Olé tus ovarios, Isabel. Razonaba como una reina mítica: toda la vida han existido, y existen, juguetes sexuales: muñecas hinchables, mujeroides japonesas perfectas,  peluches que duermen con los niños y los grandes, animales de compañía, almohadones cariñosos…, pero el mejor argumento de Isabel, el bueno bueno fue algo parecido a esto: “Nos pasamos la vida en las redes sociales y hay quien desarrolla su vida afectiva y sexual exclusivamente en un mundo virtual. Esta muñeca está acorde con la evolución informática de la sociedad”. Y reclamaba su derecho a disfrutar de un compañero robótico masculino, amable, cariñoso, inteligente, obediente y sexualmente activo. O sea, a hacer con su intimidad lo que le diera la gana, en este caso, compartirla con una máquina mucho más completa y agradable que un vibrador de toda la vida. Y que muchos señores de carne y hueso, todo hay que decirlo.

Mujercitas de la 1: parecéis una tertulia de Acción Católica. Si se pretende mostrar lo que valemos las mujeres, prefiero que pongáis una película de Doris Day o traigáis directamente a plató a la plana mayor del PP: parece que son mucho más progresistas que todas vosotras juntas.

Muñeca japonesa de piel artificial. Casi humana y de venta al público al precio de unos 2000 dólares americanos. Están en el mercado desde hace unos años. Ningún escándalo.

Eso es lo malo que tiene la manía de este país de dejar opinar en los medios a cualquiera sobre cualquier cosa: ya sé que sale mucho más barato, pero envenena y, en este caso, degrada el verdadero valor de las mujeres. Afortunadamente ni Isabel  San Sebastián ni yo ni millones de mujeres estamos mínimamente preocupadas por el puñetero robot, nos importa un bledo con quien se la pela la vecina de al lado y, en la mayoría de los casos, preferimos escuchar la opinión de un friki con varias ingenierías a la vuestra de andar por casa en pantuflas con los rulos puestos, por muy y muchas mujeres que seáis. Yo preferiría, si no hay más remedio, escuchar la un grupo de señores maduros en plan calzoncillos de andar por casa, despeinados y de tumbe en el sofá con una cerveza: ya no tendría excusa alguna para no reservarme, por vía de urgencia, un magnífico robot.

En series españoals actuales. Ningún escándalo.

LOS SUEÑOS DE LA IZQUIERDA Y EL EFECTO LLAMADA.

LOS SUEÑOS DE LA IZQUIERDA Y EL EFECTO LLAMADA.

Soy una ignorante  en política: lo confieso. Hace muchos años que se me disociaron en el cerebro los sueños y las realidades, quizá porque soy mujer y me falta capacidad de abstracción y de comprensión.

Y quizá por eso mismo me parecen clases de “profe” aburrido y decimonónico  las proclamas de Podemos: cada vez que abren la boca, saco el cuaderno para tomar apuntes: son todos licenciados en Pedagogía, teóricos de la inmadurez y enfermos de juventud. Y no entiendo nada porque nada de lo que dicen encuentra un referente a mi alrededor. La libertad, la justicia, la igualdad, los derechos civiles…  dejaron de tener sentido para mí desde casi la más tierna infancia. Luego, en la sede de la cultura, la cosa se agravó: me dejaba prácticamente idiota la actitud progresista y de izquierdas de los hijos de los gobernadores civiles y militares de Franco y las cofias de las criadas de las esposas de dirigentes comunistas. Mi barrio y mis vecinos llegaban con los garbanzos a final de mes a muy duras penas y a costa de pedir prestado a Pedro, el dueño de la tienda de ultramarinos.

Casi todos odiaban el sistema político en el que vivían, casi todos eran pobres y casi todos tenían miedo. Las palabras de mis compañeros de universidad me sonaban a cuento chino: los fines de semana se iban a esquiar a Sierra Nevada, mientras, yo bajaba a pedir prestado un kilo de patatas y un poco de café. Y jamás abrí la boca para proclamar nada: me daba auténtica vergüenza.

Han pasado muchos años y Julio Iglesias sigue cantando la misma horterada de mi juventud. Oigo y veo, y he visto y oído a lo largo de este tiempo, miles, millones de frases, arengas, discursos, promesas… de la gente que se llama de izquierdas, progresista, revolucionaria…

En casi todos los casos, y hay alguna gloriosa y admirable excepción, no predicaban con el ejemplo, cosa que la gente conservadora, que es la inmensa mayoría en cuanto cierran la puerta de su casa o se encuentran en un pequeño grupo de confianza, saben hacer a las mil maravillas, claro que, hay que reconocerlo, esto es muchísimo más fácil: conservar es lo nuestro.

Quién coño va a querer, sinceramente, pagar con sus impuestos las operaciones de cambio de sexo mientras que la Seguridad Social no  cubre los problemas dentales de sus hijos ni los suyos propios. Quién coño va a defender que se meta en su piso, o en el de sus padres, un grupo de familias a golpe de patada en la puerta y te dejen en la calle después de llevar cuarenta años pagando la hipoteca. Me imagino al propio Iglesias dejando su casa y la de sus progenitores, hermanos y cuñados,  a grupos de desahuciados, para dar ejemplo.

Quién quiere vivir en el mismo bloque que los gitanos chabolistas realojados. A quién no le causa sorpresa, y sentimientos peores, ver en el Metro al héroe de turno: ropa de hombre, tacones y meneo de caderas. Atiende a l nombre de Diana y tiene los huevos de ir solo por la vida con esa pinta. Pero nadie quiere acompañarle en sus paseos.

Quién no habla y habla y habla como cotorra en celo verbal  maravillosamente correcta y  luego, cuando va al partido de turno, insulta al árbitro, al jugador africano, al que cree marica, al equipo de enfrente  y a la madre que los parió a todos, con absoluta impunidad.

Quién no defiende el pacifismo de boca y luego, cuando el coche del imbécil te adelanta por la derecha, lo matarías si tuvieras algo a mano para hacerlo, impunemente también, claro.

Solo el miedo a ser pillado y castigado impide que le pinchemos la rueda al vecino que nos jode todos los días cuando aparca el coche encima del nuestro.

La libertad es un arma de muchos filos y, como soy mema, quienes la usan todo el santo día como si fueran sus dueños, me recuerdan a las palabras del cura en las misas de mi infancia: palabra de dios.

El populismo y la demagogia han existido siempre, por intereses ocultos o sin ellos. Lo terrible es que los cerebros bienintencionados no se den cuenta de que la realidad no les sigue y que la gente que les escucha se da cuenta enseguida de que les están soltando un discurso de proclamas y consignas, algunos, de la época de Maricastaña. La historia real de los hombres no se escribe en discursos parlamentarios. Cuando se quieren cambiar las cosas, quizá lo primero que hay que hacer es conocer las cosas y llamarlas por su nombre, aceptando de entrada, que todos cagamos y no hay una sola mierda que huela bien. Ni de izquierdas ni de derechas. A partir de este ejercicio de humilde realismo, podríamos empezar a actuar.

El otro día, escuchando la radio, la cadena Ser exactamente, me dio un pasmo cerebral.

Los sindicatos habían asistido en masa a la manifestación que en Barcelona defendía la llegada de refugiados a España y la libertad de tránsito de todos los seres humanos, planteamiento que apoyaban y compartían fervorosamente.

Acto seguido, en una noticia de ámbito nacional, se explicaba cómo los mismos sindicatos, no creo que inventasen unos nuevos para esta noticia, estaban en pie de guerra, dispuestos a la huelga y a manifestaciones y acciones varias, apoyados por interinos y padres de los mismos, para impedir que se convocasen oposiciones  a profesores de Secundaria en la comunidad murciana.  Y me quedé perpleja: los sindicatos llevan años y años pidiendo que se convoquen oposiciones y se invierta más en servicios públicos.

La explicación era esta: en Murcia no se quiere que se convoquen oposiciones si no se convocan en las comunidades vecinas, no sea que se produzca el efecto llamada y los vecinos vengan a hacer oposiciones a Murcia, sean mejores que los murcianos y ganen las oposiciones que son nuestras, o sea, de los de Murcia. Vamos, que los emigrantes-futuros profesores-y-opositores valencianos , andaluces o manchegos no son bienvenidos en Murcia. Palabra de sindicatos.

O sea, que vengan sirios y sirios, porque esos no van a vivir a nuestro lado ni nos van a quitar el puesto en la oposición ni la tranquilidad en el bloque, pero a los vecinos reales del pueblo de al lado, ni agua, que lo nuestro es para nosotros.

Un ejemplo estupendo de los sueños, incoherentes, de la izquierda. Y es que seguir hasta el límite las propias consignas da mucho miedo.

Y al personal de a pie le resulta mucho más cómodo aliarse con los que, desde el principio, defienden que mi casa es mía y no me la puede quitar nadie, que mi dinero es mío y hago con él lo que quiero, incluso llevármelo a Ginebra, que los gitanos no deben vivir con los payos, que los maricas no tienen que pavonearse por la calle so pena de sufrir las consecuencias… Es muchísimo más cómodo y más real. No tenéis más que ir a un partido de fútbol, o ver un fragmento por la tele: también da miedo. El mismo que la inconsistencia histórica de los próceres que se dicen de izquierdas, tan locuaces y soñadores y tan poco prácticos, valientes ni real y personalmente comprometidos. Para nuestra puta desgracia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

COSTAS LAS DE LEVANTE…

Las últimas tempestades habían llenado de basura y desperdicios parte de su coqueto escote. Palmeras enteras flotaban por las rías, enseres, algas muertas en cantidades ingentes y botellas, papeles, ropas, alambradas… Olía a mar del norte toda la costa, a pescado pocho y a violencia.

Pero el sol, tan amable casi siempre conmigo, lució como una antorcha en cuanto me vio llegar. Y a su luz de fuego, todo aquello tomó otro cariz porque entre las algas y los desperdicios, sonaban las máquinas limpiadoras y los gritos de los surfistas y sus acrobacias llenaban el horizonte, aprovechando los últimos coletazos del enfado marino.

El paseo artificial de todos los mares del este estaba limpio y brillante como una patena y se podía pasear arriba y abajo con la tranquilidad de un niño en la guardería. Gran parte de los negocios estaban abiertos y las gentes de fuera, como yo, y las de dentro, de más adentro, aprovechaban el buen tiempo para merodear y ver los estragos del bendito temporal, tomar algo y pasear al sol.

Todo hecho. Nada que preparar ni cocinar ni recoger. Solo la preocupación de salir al horizonte tan coqueta y limpia como la playa antes del temporal. La vida perfecta.

Me dormía cada noche después de ver la postal de la luna brillando sobre la ría y la playa y oyendo los coletazos del agua. No imagino ningún otro placer que lo pueda superar.

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