EL COLECCIONISTA, DE JOHN FOWLES, EN ARTE&DESMAYO DE MADRID.

Ignoro cuáles han sido las intenciones de Carlos Martínez-Abarca al versionar y dirigir esta obra, pero una gran parte de la carga de terror, género al que se ha asociado, ha desaparecido. Y lo ha hecho porque la parafernalia correspondiente ha desaparecido también, sustituida por un escenario desnudo, sin marcas siquiera para los actores, desprovisto de atrezzo y de elementos desasosegantes.

La obra se inicia, como  casi siempre ya en los teatros madrileños, in media res, aunque parezca una perogrullada. Es la moda: los actores aparecen y desarrollan parte de la trama, el preámbulo, la introducción o lucen su palmito mientras los espectadores están entrando, con las luces encendidas y a cuerpo descubierto. Luego, empieza la obra, o sea, empieza de verdad, entre comillas, cuando ya había empezado.

Ni esta obra de decorados casi inexistentes y de pretensiones humildes se libra de la moda, pero no está mal. Juanma Gómez es capaz de atraer la atención del público incluso sin cloroformo ni hachas: su mirada y su expresión corporal son suficientes. Da el perfil patético de loco inocente, de pobre desequilibrado, a la perfección. Una delicia verlo y escucharlo, sin desfallecer un solo momento, sin bajar el listón en toda la obra.

Cristina Arranz le da la réplica, una réplica que contrasta en cierta exageración con el papel de loco apacible del protagonista. La pobre secuestrada, la pija convencida de que puede manejar el tonto acomplejado, grita demasiado, es cierto y, probablemente porque su perfil de burguesa prepotente no se adapta a nuestros modelos culturales, resulta menos convincente.

Muchos sicópatas y asesinos han usado la novela de Fowles como libro de cabecera, incluso Stephen King la nombra como antecedente de su  Misery, aparecida  casi veinte años después, sin embargo, en esta versión desnuda en la que los pasajes descriptivos han sido necesariamente eliminados así como el atrezzo del género y la crueldad de ciertas escenas, el diálogo evolutivo de ambos personajes es el eje y las extremidades de la obra: no hay más y el espectador puede sacar con mucha facilidad conclusiones ideológicas del enfrentamiento entre los pensamientos y sentimientos de ambos, dos clases sociales diferentes, dos actitudes vitales, dos razonamientos opuestos que nadan, sin embargo en un mundo donde tener y aparentar son el objetivo único y último.

No desvelaré el final, solo diré que se atiene, afortunadamente, al texto original de la novela. Y añadiré que, ya el original de Fowles, encierra bajo la apariencia de una novela de serie de terror psicológico, otros mensajes interesantes y muy relacionados con los desórdenes que esta sociedad en que vivimos, todavía hoy, causa en el ser humano.

Hay que acercarse al Arte & Desmayo a verla: hay aire acondicionado y un humilde buffet que es un regalo para el espectador sediento y acalorado. La tarde noche puede estar llena de agradables sorpresas.

DE LO QUE PUDO HABER SIDO Y NO FUE.

Y lleno de curiosidad y de asombro me preguntas si me acuerdo de él. Sí, claro que lo recuerdo. ¿Cómo no hacerlo? Cuando alguien entra en tu vida y la desmonta, cuando alguien te regala aquello por lo que lloraste y esperaste tanto tiempo y te empapa de calor, de lágrimas, de susurros, de música… ¿Cómo olvidarlo?

Ni sus manos ni su olor ni sus perfiles, su sonrisa, su voz, sus sueños, sus caricias, sus esperanzas o sus miedos dejan  ya de formar parte de tu propio pasado. Todo él, con sus tremendos errores, sus crueldades, su egoísmo, sus mentiras… Todo él, todo su cuerpo y su alma contradictoria, absurda, incapaz de un mínimo de nobleza, pero capaz de toda la ternura… Un recuerdo eterno que no se puede arrancar, pero hay que seguir viviendo y por eso me aparté, porque el dolor de la sombra oscura era insuperable, porque la mentira y la desconfianza  habían sembrado el jardín de hierbas tan altas que ya no veía una sola flor ni un solo fruto. Porque el miedo a su cercanía era ya de tal calibre que  no reconocía en su rostro monstruoso el rostro de aquel a quien amaba con locura.

Y lo amaba porque sí.  No había ningún motivo, nunca lo hubo. Ocurrió, sin más. Y no era el momento ni la forma, pero ocurrió. Y por ello, luché contra todo y contra todos, incluso contra mí misma. Era lo más importante del mundo para mí y lo siguió siendo siempre. Por eso, salté por encima de mi orgullo, de mi vergüenza, de las advertencias de unos y otros y, sobre todo, de él. Un él que no entendía nada, que no valoraba nada, que nunca estaba satisfecho con nada, que no había nunca entregado su vida por nadie, que temía de todos, que necesitaba ser escuchado siempre, que no aceptaba amar desde el silencio o la prudencia, que no tenía nada material que dar y mucho que pedir. Que guardaba lo mejor de sí mismo para sí mismo, asustado ante la posibilidad de perderlo al entregarlo, empecinado en comprobar que yo le amaba apuñalando día a día nuestra relación. De tanta sangre, de tanta hemorragia, aquel sentimiento enorme, inabarcable, cayó al suelo como un viejo caballo moribundo y allí permaneció mucho tiempo hasta que una madrugada, él le asestó la puntilla definitiva. Y lo mató.

Y no pudo ser, a pesar del amor, de la ternura, de los momentos maravillosos, de la pasión innegable, de la atracción mutua y mantenida, de la esperanza muerta, al final, de cambio, de los años de tormenta continuada, de las palabras, de las súplicas, de los razonamientos, las promesas… No pudo ser.

Pero fue. Él fue en aquel momento lo más importante de mi vida, aunque en aquel entonces no se diera cuenta. Fue la clave y la llave de mi vida, el motivo de mi amargura y de mi alegría, el secreto de muchas esperanzas, la razón de la impaciencia, el origen de los celos, la verdad de los secretos… Y todo eso debe ser suficiente para saber que uno no se va ya sin haber sido profunda e indudablemente  amado, aunque  el tiempo  del amor se haya esfumado  y la bruma de la vida nos hayan convertido en una triste canción.

Sí, amigo mío, claro que lo recuerdo, con pena y con ternura, como a alguien que formó parte de mí y me dio la vida y la muerte, al mismo tiempo,  claro que lo recuerdo… como a algo maravilloso que pudo haber sido y no fue.

 

TANGO.

Siento un tremendo desapego hacia lo litúrgico desde que era pequeña y, si me apuras, hacia lo normativo. Solo le encuentro explicación a ambas cosas cuando los intérpretes y adoradores de sendas opciones sienten placer a su través  o las han elegido libremente porque  les producen algún beneficio, del tipo que sea, que les compensa de esa enorme servidumbre.

Pero me sigue sorprendiendo observar los giros, pivotes y traspiés de los bailarines imbuidos de una especie de gesto sacrosanto, ensimismados incluso sabiendo que muchos ojos se fijan en ellos, o tal vez por eso mismo, como si de la ceremonia de un culto satánico y prohibido se tratase. Van vestidos con uniforme, variados eso sí, que se extiende desde el progre con barba y coleta, delgado y muy entregado a su arte, que baila con los ojos cerrados, al anciano de pelo blanco, vestido de negro , que intenta seguir marcando los pasos con la seriedad de su juventud.

Las mujeres, y eso casi todas, se atusan de forma que muchas de ellas deben de  llegar en taxi o con impermeable para no levantar sospechas. Quizá es también el ambiente tolerante de esta ciudad lo que las permite ir maqueadas de esa guisa nada natural: rajas en las faldas, escotazos de vértigo, colores vistosos, cola trasera en los vestidos, piernas al aire a todo trapo…., en una exhibición multicolor muy alejada de la moda callejera.

Todos siguen la liturgia milonguera: gesto serio y concentrado, sonrisas medidas, miradas culpables lanzadas a distancia hacia él o ella, acercamiento lento y sutil, cogida de manos, silencio en los pasos, abrazo prolongado por todo el tango, milonga o valsecito, ojos cerrados en muchos casos durante la ejecución, alarde de arte, sudor disimulado y sonrisa, de nuevo, final. Vuelven a su sitio, observan con atención los giros de los otros danzantes y esperan  mientras buscan, de lejos, otros ojos a quien seducir.

Mientras los gritos y las payasadas de los borrachos inundan la noche o los cuerpos de muchos giran entre la música despiada, ellos siguen el paso del tango como si de su propia vida se tratara. Se regodean en la penumbra de las mesas y en el calor de los focos, atienden con comedimiento las directrices del jefe de pista y  obedecen ciegamente su propio sentido de la importancia y de la dignidad.

Ni un estrépito de alegría ni una risa de serpiente cascabel ni un vacío ni una broma ni una explosión de naturalidad. La liturgia llega a su fin con otro rito, la Cumparsita, himno del adiós de los tangueros de milonga, y después, los saludos corteses de la despedida hasta la próxima ceremonia.

Mientras los veo y percibo su autosatisfacción, un hilillo de incredulidad se me descuelga por los labios. El mundo, tan ancho y ajeno, tan explorable, tan increíble, se resume para ellos en la liturgia del tango, como una secta o una iglesia, y les produce una inmensa satisfacción, un extenso sentimiento de autocomplacencia.

Bailan. Todos bailamos, de una u otra forma, con una u otra coreografía, con nuestro diferente y distinto corazón, nuestra pobreza, nuestro cuerpo desmadejado, nuestra pena o nuestra esperanza. No nos parece al resto que bailar sea el origen de la vida, ni el final, ni pueda explicarla, ni siquiera un poquito. No nos parece que bailar sea solo un rito para elegidos, guapos ni preparados. No nos gustan a muchos los uniformes ni los gestos preconcebidos ni las ofertas sutiles.

Ayer hacía demasiado calor en la milonga y un poco de aire fresco hubiera venido muy bien. Ya que bailamos, bailemos todos.

 

 

 

 

 

PORNO, NACHO… Y LA SER.

Los mismos presentadores de cadenas supuestamente progresistas que atacan la prostitución, cágate lorito, alaban y entrevistan  a Nacho no sé qué. Un conocido, y querido, parece ser, actor porno. Del mismo modo, Pepa Bueno, que cuenta con todo mi respeto, adopta un tono de vieja contradicha, con retintín incluido, e interrumpe continuamente a los entrevistados en cuanto no responden cómo y lo que ella quiere. Los de la derecha son absolutamente coherentes: lo mismo es ese el secreto de su éxito.

Y, o me he perdido algo por el camino o lo porno consiste en hacer guarreridas que todos hacemos en privado, en público y con más o menos arte, de manera que los que miramos, nos solacemos, animemos e inspiremos.  Corregidme si me equivoco. Y esto debe de ser tan importante, progresista y necesario,  que se  entrevista en radio y televisión al miembro más relevante de esta actividad profesional como si de un científico se tratara.

Pero no acabo de entender la jugada. O sea, que dos o tres o unas cuantas personas ensayan, lo admito, se juntan bajo los focos de un plató y a golpe de acción, se ponen a hacer guarreridas mil, en pelota picada. Luego, se monta, o se edita o se imprime, o todo junto, y se vende como quien vende una morcilla de Burgos. Esto no es prostitución, digo yo. Pero si uno o una, en un lugar privado o medio medio, hace guarreridas y las vende, eso sí.

Pues yo debo de estar muy mayor porque no entiendo nada. ¿No es lo mismo? Resulta ahora que ser pornoactivo, transexual, homosexual con pluma o puta de tele es algo estupendo, moderno, progresista, mientras que llevar velo, como las monjas católicas, o ponerse en medio pelotas a pie de carretera, eso no. ¿No es lo mismo? Libertad para todos. ¿No? Quiero llevar velo, pues póntelo. Quiero llevar velo de monja, pues a ello. Quiero vender mis folladas, pues venga. Quiero vender mi cuerpo serrano, pues ale. Quiero vender mi coche, mi casa, mi marido.. Pues a vender si encuentras quién te lo compre. Esta es una sociedad capitalista, liberal, mercantilista… A no ser que los taxistas consigan imponer una república marxista-leninista donde solo ellos puedan transportar a ciudadanos, que a este paso, lo consiguen.

O a lo mejor es que no se puede, o debe, vender todo. ¿Y quién decide los que son productos de la huerta y los que no? Porque yo ya estoy muy perdida. Si Nacho no sé qué vende su cuerpo y sus cosas privadas y es admirado por ello por la progresía pesoísta, ¿no deberían ser igualmente admiradas todas las personas que hacen exhibición pública y gratuita de las suyas? Son mucho más generosos: no cobran por animar el cotarro. Y la gente les llama exhibicionistas. ¡Una pena!

Así que no entiendo nada, pero nada de nada, y a mi edad, eso empieza a asustarme. Lo que se vende es producto y lo que se da es donación, o eso creía yo. Los que venden un pepino de medio metro en la pantalla o fuera de ella, venden sexo. El amor, pensaba yo, no se vende, ni la ética, la fidelidad, la sinceridad o la generosidad.

Porque yo, como cabezota que soy, cuando compro algo, entiendo que hay un negocio entre el que vende y el que compra, aunque los vendedores sean  negros manteros en plaga por Madrid y sus clientes, blancos madrileños con poca pasta..

PREMIO NOBEL DE LITERATURA. 1956.

Pero nadie fiscaliza ni culpa a los que ven a Nacho no sé qué vendiendo su cuerpo serrano y sus atributos playeros por ahí. Y en las cadenas de radio progresistas le dan tratamiento de famoso muy querido  e integrante de la élite cultural española. Y yo me c…. O es que además es un premio Nobel de Literatura o Medicina urológica y no me he enterado. Perdón en ese caso. Yo, que soy una viciosa, me siento especialmente atraída por los premios Nobel, independientemente de la longitud de su pepino y su habilidad privada. Admiro la inteligencia y la generosidad ejercidas en lo público. Usar los agujeros del cuerpo me ha parecido siempre una ordinariez peligrosa, porque puede ser que todos, perdida la medida de las cosas, vayamos a acabar confundiendo los agujeros propios y ajenos , los bolsillos propios y ajenos, los cerebros ajenos con los pepinos ajenos, los personajes con los personajillos, los derechos propios y los  ajenos….que ya hace mucho que confundimos, a todos los niveles, el culo con las témporas.

 

LA CANTANTE CALVA, DE IONESCO, EN EL ESPAÑOL DE MADRID.

Confieso nuevamente mi admiración y empatía por el alma agridulce de Ionesco, así que iba a tiro hecho: muy malos debían ser la interpretación y el montaje como para no gustarme. El texto, lo primordial para mí,  es magnífico y llevaba ganada la batalla de antemano.

La edad tiene una cosa buena: le ha dado tiempo a una a ver y escuchar de todo, o casi, y una de las suertes de mi vida fue nacer cuando nací y hacerme jovencita cuando lo fui: en el periodo que antecedió y siguió a la muerte de Franco. No voy a hablar del miedo, la inseguridad o la esperanza que sentía, ya lo hacen otros que no estaban allí o estaban haciendo lo mismo que hacen ahora, los muy cabrones, no. Voy a recordar la explosión de novedad, de sorpresa, de valentía, de ansias de conocer y de cambiar que inundaba la vida de mi gente.

Una de esas sorpresas, uno de esos regalos, fue la venida de Ionesco a España: quería supervisar personalmente el estreno en Madrid, 1973,  de su  Macbeth. Yo estaba allí, no me preguntéis cómo ni por qué porque no voy a contarlo, pero estaba y uno de los encuestadores, micrófono en mano, que nos esperaban a la puerta, me preguntó mi opinión sobre la obra. La bobalicona que yo era, y espero haber dejado de ser en parte, contestó casi lo mismo que contestaría hoy: estoy anonadada. Y lo estaba y lo seguiría estando, no solo por la obra y el pensamiento de Ionesco: dos años después moriría el dictador y en 1977 ocurrieron sucesos que pasarían a la historia, pero que mi generación vivió como barcas de pesca en un temporal.

Ese teatro del absurdo, aunque a Beckett y a Ionesco les incomodara el titulillo, es uno de los grandes descubrimientos de la cultura europea moderna y uno de los actos de valentía del francorromano: la estrenó cinco años después de acabar la segunda Guerra Mundial. Era la primera vez que alguien se atrevía a plantar en un escenario la mierda social, el drama de la incomunicación, del miedo, de la soledad del hombre de ahora mismo, de la mentira, el fracaso… envuelto en el papel de celofán, limpio y transparente del humor y del thriller.

Como decía Rosa María Mateo, que no sé qué pintaba allí, y ella tampoco, pero no me importa porque el postre que representa es delicioso, mi corazón entiende a la perfección lo que esconden las risas y los absurdos de esta cantante calva que no existe,  y aun así,  marca en el tempo de la obra la debacle final.

Magnífica y agotadora, sobre todo verbalmente, la interpretación de todos, quizá  menos de Tejero, quien confesaba el duro proceso de asimilación de su papel, y a quien se le notan los ticks de sus repetidas e innumerables historias de amor con la televisión y las comedias de serie a la española es en mismo papelito con ligeras variantes. Temí lo mismo del resto: todos son actores de series, de tele y de cine. Pero esta vez hubo suerte y su veteranía, sobre todo de Adriana Ozores, superó con creces las expectativas.

Tiempo ágil, contención, complicidad sin concesiones fáciles a la galería, buena adaptación, también sin concesiones a las anécdotas de actualidad o a los tópicos facilones y mucha inteligencia a la hora de medir el tiempo total de la obra: seis actores, por muy buenos que sean y muy bueno que sean texto, adaptación y montaje, largando por la verdiú, como diría un calé, durante tres horas acaban con el culo, los riñones y la paciencia del más pintado.

En definitiva, el menú fue exquisito: una cena ligera y de calidad, regada con vinos suaves y frescos, divertida y agradable, sin extravagancias ni griterío, que entraba sin darse uno cuenta, una hora y pico, una breve pausa y un gran postre con todos los ingredientes, de civiles, sentados en la boca del escenario, aguantando las preguntas de los espectadores y en el centro, como la reina madre que es, Rosa María Mateo, una mujer mayor en todo, en sabiduría, en coherencia, en inteligencia y, más que nada, en seguir siendo la dueña de una de las voces más bellas, aterciopeladas e inmutables que yo recuerdo. Mi homenaje y mi agradecimiento desde aquí.

Pero el sabor amargo de las especias queda en el paladar del buen comedor, para repartírselo cada uno en su camino de vuelta a casa, mientras va recordando cómo debajo del absurdo y de las sonrisas, del misterio, las sorpresas, la ironía, los guiños y la agilidad,  Ionesco  esconde para quien lo pueda ver,  la tristeza y la desesperanza de un ser humano, entonces y ahora,  incapaz de comunicarse ni de entender lo que le rodea, acobardado y sorprendido, perdido y solo.

 

MADRID.

Lo comentaba con otro cliente el argentino entradito en años que me servía el café. Parece que un mágico silencio se ha apoderado del barrio. Ayer, el estruendo y los coches, los gritos, la marabunta, y ahora, de repente, no se oye nada, nada de nada.

Yo también podía casi escuchar el repiqueteo de las ruedas de los coches de caballos en su rodar por el pavimento del cogollo de Madrid. Un cogollo contradictorio, extraño y mágico, sobre todo, en la mañana soleada y fresca en la que este silencio repentino se había apoderado del barrio.20170509_111331

 

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Muy poca gente por la calle y el majestuoso edificio, viejo, sucio y casi abandonado, emblema del Madrid de otra época, vigilando las calles y callejuelas adyacentes, como si fueran miembros de su propio ejército. Y la luz del sol que flirteaba con las pequeñas terrazas casi vacías, donde miembros del otro ejército, el de los inactivos, tomaban café arrebujados, medio dormidos en sus brazos.

En las aceras, sol y sombra y los restos de las juergas de la noche pasada, abandonadas a su suerte  para testimonio de la diversión, del descaro y la mugre que convive con nosotros desde tiempo inmemorial. Y el colegio arzobispal, testimonio hermano casi de lo mismo.

Y las mujeres mayores, pocas, camino de la compra, los turistas, menos, haciendo fotos de las puertas inmensas que daban entrada a
la ciudad cuando el ganado la atravesaba de punta a punta. Y el silencio. Un magnífico silencio que dejaba sentir, en lo hondo, el contraste inimaginable de los viejo, abandonado o tomado por
hordas de marginales en estado místico, y lo nuevo, igual a sí mismo, ligero, etiquetado y oliendo a PVC y a cemento fresco. Todo junto, hermanado en la locura del caos en medio del silencio.

Volví la cara y a los pies de los restos del edificio memorable, un jardín recién construido, de parterres de rosas, con una estatua incomprensible y vulgar, tan típica que hacía daño a la vista, blanca, absurda, rompiendo el horizonte, en medio de los cuadraditos verdes y rojos.

Y el resto de Madrid intentando de puntillas sobresalir por encima de los árboles centenarios, plantados ni sé cuando para placer y delicia de reyes horteras.

A la izquierda, mirando el templo y el jardín, en palco de platea preferente, edificios nuevos, bajos, monísimos de la muerte, fuera de lugar y de época, con áticos llenos de florecillas y colores pasteles y blancos, luminosos y, seguro, carísimos.

Y el silencio, aplastándolo todo en un puré de sol y magia que me recordaba, entonces, a la misma ciudad por la que el santo patrón de los vagos madrileños llenaba la boca de las majas y los chulos de mi barrio de rosquillas y anís. Los cascos de las mulas que tiraban de los carros de leche o de vino, las vaquerías en los patios y corralas del barrio, las cogedoras de carreras en las medias, las costureras, las vendedoras de lotería, los borrachos de sol y sombra y cazalla al amanecer, los serenos, los confidentes de la bofia, con revólver, las cruces de mayo, las misas de campaña, las comparsas de madrugada anunciando la fiesta, los vendedores de gorritos de papel, las atracciones de feria, las barcas, las cestas, la horchata, las alpargatas de los obreros, los monos sucios por la calle, las tarteras, los zapatos de charol blanco con tacones de aguja…

Y no lo eché de menos. La variedad  y el caos de mi ciudad de locos sigue oliendo a lo mismo que olió siempre, a supervivencia y ganas de vivir, a pobreza y mugre, a tolerancia y mierda, a portón abierto a todo, incluso a lo que no debería, a alegría y placer, a futuro indeciso, a eternidad. Y parece mentira, lo sé, con la que está cayendo, pero es la pura y puñetera verdad: Madrid, chata mía, todavía te quiero.

 

PUTAS Y PUTOS.

¡Menudo tema! Está de moda, porque se habla mucho de una de las últimas propuestas del obispo del PSOE. Hay que prohibir esa actividad indigna que esclaviza a las mujeres.

Y estoy de acuerdo. La esclavitud  debe ser exterminada de la capa de la tierra. Nadie debe ser utilizado por otro como si fuera un animal ni comprado ni vendido. Eso está claro. Y mucho menos se debe consentir que los intermediarios se lucren con ese comercio.

Sí, señor. Claro que… llamar prostitución solo al alquiler por minutos de una parte del cuerpo de una hembra a un macho desconocido a cambio de un precio fijado de antemano es definir la palabra con pocas miras. Al revés, también será prostitución, digo yo.

¿Y si en lugar de una parte del cuerpo es el cuerpo entero y durante unos cuantos años, vía matrimonio civil o canónico a cambio de una suma, muy superior en este caso y totalmente legal, de dinero?

¿Y si el papelito que dieron a aquella chica tan mona que se metía de todo en una peliculita y de la que no se ha vuelto a saber se hizo previo pago de un ratejo en el sofá del productor, ya mayor, que solo tuvo que bajarse la bragueta?

¿Y si el fontanero te pone delante de todas en la lista de clientas con prisa para arreglar el grifo porque al venir a ver el estropicio ha visto, de paso, un canalillo más que atrayente?

¿Y si conozco en una discoteca a un jovenzuelo en paro y me enrollo con él y luego le invito a cenar?

¿Y si quiero acoger a un africano en mi casa y dejo que me chulee porque me da la gana?

Y si…

¿A qué llamáis prostitución? Solamente es prostituta la extranjera pobre, la rumana, la negra, la que enseña las nalgas al borde de las autovías. ¡Claro que no! Esas son antiestéticas y la mayoría, víctimas de un hijo de puta que las explota a la fuerza, es decir, en contra de su voluntad.

Pero las chicas de compañía de alto standing, universitarias y que hablan varios idiomas y cobran un pastizal, esas… ¿pertenecen o no a la misma profesión? Muchas se han hecho famosas en la tele y las conocemos todos. ¿O no?

¿Y los que traicionan a sus votantes porque el partido de enfrente les ofrece un carguito mucho más majo? ¿Son prostitutos o no? ¿Y los que cambian leyes y normas en propio beneficio? ¿Y los que no pagan el IVA? ¿Y los que ponen  multas a mala leche? ¿ Y los que se las quitan a sus familiares y amigos?¿Y los que usan y abusan de su intervención en las instituciones para conseguir que sus hijos saquen buenas notas o su abuela se salte la lista de espera? Estos no venden ni compran nada, seguro. NI siquiera a sí mismos o a su dignidad, seguro. Sospecho que llaman prostitución solo a la cosa física de fuera, a vender semen, no, por ejemplo. Ni sangre. Ni a alquilar el útero para que otros se den el gustazo de tener un niño con su propia marca de fábrica mientras miles y miles de niños se mueren de hambre y miseria a pocos kilómetros, huérfanos y abandonados.

Y digo yo ¿Qué diferencia hay entre enseñar el culo para conseguir votos y hacerle una paja a un viejo en un coche? Vender es en ambos casos.

¿La diferencia es que una venta es legal, no moral, y la otra ninguna de las dos cosas a este paso?

Me parece que, puestos ya en este mercado libre, que cada uno venda o se venda cómo y cuándo le dé la gana. De hecho, todos nos vendemos, empezando por los obispos de los partidos y de las iglesias: ¡menudas ceremonias de venta de votos organizan! ¡Y con el dinero de los demás, cojones!

Dejen que cada cual haga con su cuerpo lo que quiera, que ya todos lo hacemos con nuestro espíritu, amén. Dejen de proteger siempre a los mismos putos y putas, legalicen a todos, déjenles que vendan lo que quieran, sin peligro, en paz y con salud y que paguen como pagamos todos.

Y al primero que se aproveche del uso de la libertad ajena o la coarte, al trullo: a mí me llevan coartando desde que me acuerdo.  No digo más: ya no podré hablar con un hombre más joven que yo, a ver si se piensan que le vendo o le compro algo y me meten en la cárcel. ¿O esto va solo con las putas de carretera? Putos y putas caras están a salvo. Los políticos y aledaños, también. ¡Qué alivio!