WELLCOME TO BENIYORK,S JUNGLE. (Dedicado a C. y M.E.)

Si me pidieran que dijese dónde podría encontrar al viejo más raro, a la abuela más estrambótica, al guiri más gordo, al camarero más mariquita, las manadas de elefantes más salvajes, los contrastes de mal gusto más coloreados, las reliquias del pasado más estridentes o los pellejos de carne humana más bronceados, no dudaría en responder que allí, en la jungla.

 

Entre las palmeras de cemento y hormigón y las de savia todo cabe, pero absolutamente todo, fundamentalmente, todo lo que no está bien visto fuera del estado independiente de Beniyork.

Solo el personal que cuida de las playas mantiene la cabeza fría, el cuerpo caliente y las playas limpias y seguras.

Fuera de ahí, la policía nacional se oculta en lugares estratégicos por si hay peleas. Eso es todo.

Los guiris se pasean por el mundo con las botellas de alcohol en las manos desde por la mañana y las manadas de gentes en todas direcciones y velocidades se entretejen en el paseo desde el Parque de las palomas, en realidad ese no es su nombre, hasta el final de la playa de Poniente. Una locura conseguir avanzar por entre los grupos de abuelas con minifalda, tocadores de acordeón, vendedores de biblias, ancianos mirones, abuelas ligonas con el pelo más rojo que una ensalada de tomate y más lentejuelas y joyas que la reina de los mares, carritos eléctricos en dirección contraria a la que van los andadores de otros abuelos, que hay muchos…

Pero ese no sería el problema: hay en otros lugares normas, pactos, uso del sentido común. No aquí: la vejez en Beniyork, y es una enfermedad contagiosa, da permiso a los abuelos para hacer lo que les da la gana y al grito de “Soy abuelo, todo vale”, no respetan a nada ni a nadie si se interpone entre ellos y una mesa estratégicamete situada en la cafetería, una tumbona a la sombra, un banco más cómodo, un poyo más cercano a las vistas de las abuelas en bikini, un árbol con asiento, un fondo para una buena foto o, simplemente, el capricho de pararse con sus quinientos amigos en mitad de una calle, porque les da la gana, y tardar veinte minutos en poner en marcha los motores oxidados de sus piernas, tras la maniobra tremenda de tener que girar el torso, vuelto a duras penas para poder escuchar al compañero de atrás. Arrastran mesas y sillas, en vilo no pueden, hasta donde quieren sentarse y con ellas, a todo bicho viviente, sedente o muerto que se ponga en su camino, gritan entre ellos para conseguirlo, golpean cabezas y cuerpos y consiguen, siempre, plantarse donde les apetece, a costa de quien sea y lo que sea. Da igual si la mesa ya está cogida, se sientan contigo porque seguro que no te importa y te acaban echando, tiran de las sillas y se plantan delante porque no ven bien, ocupan el paso de la acera porque con el café quieren tomar el sol y no les da… Si tu maleta está delante de la suya, la empujan hasta que la tiran y agarran su propiedad a pura fuerza de arrastrar, como vascos levantando piedras, pero por el suelo.

Pasear por el casco antiguo de la jungla es una tarea heroica. En cualquier época del año, llueva o no, que no suele llover, se tiran a la calle todos, en masa colorista de edades y estilos, en dirección a ninguna parte, arrasando como segadoras en un campo de trigo.

El cutrerío es aplastante: el himno del lugar (una locura), los vivas a España de la reina octogenaria de la playa, en bañador dando clases de gimnasia todas las mañanas, los modelitos de las señoras, explosivo muestrario de lo peor de las tiendas de ropa de los chinos en mezcla lujosa con la de la cadena de la vedette rancia del PP, los tintes de colores indefinibles, los labios en pliegues infinitos bajo el rosa fucsia de última hornada, los pantalones cortos con las canillas esqueléticas, los sombreritos de los señores, con barriga, tobillejos de pollo y fumando puros. Las guiris más obesas que he visto en mi vida, pasodobles, regaeton, rumbas, boleros del año en que acabó la Segunda Guerra… Tiendas de helados, tiendas de indios, rumanos, chinos, mercadonas, cafés, pizzas, gritos de taxistas, de bingueras borrachas, de viejos que vuelven de los bailes, de guiris que no pueden ya tenerse en pie….

Haga la temperatura que haga, es fácil ver un abrigo de piel sintética al lado de una camiseta de tirantes sobre piel quemada. Botas de rodilla junto a sandalias de dedo, gente tiritando al lado de bañistas que aprovechan las olas primaverales, mirones y borrachos, matrimonios y líos setentones, solos, viudos, casados, alejados, buscadores de chollos, enfermos, locos, sentados, esperando nada, yendo a ninguna parte, dando vueltas por ninguna rotonda, tomando el sol, eso sí, con ansia enfermiza, bebiendo a todas horas, con hambre a todas horas, con ganas de gritar a todas horas, en la puta calle a todas horas, del día y de la noche, pase lo que pase, duerma quien duerma, pese a quien pese.

Triunfa el regaeton, o eso parece, y su cetro se clava en los oídos de todos y a todo trapo. “Vamo a ser feliz, vamo a ser felices los cuatro! Y lo hacemos to el rato”. “ Y si no me acuerdo, no pasó”. Moral acorde con el caos vital de la ciudad: todo vale.

Han ido a Beniyork a disfrutar y a eso se dedican con tanto ahínco, que hay varios ancianos que tienen allí casa y la tienen cerrada porque viven en el hotel de enfrente, más cómodo, más acompañados y con ruido y música todo el día. Otros, mueren en el intento y la ambulancia de turno se los lleva del escenario, para que no desentonen.

No, Beniyork no duerme ni conoce la soledad ni el frío. Allí nunca hace frío y si lo hace no se nota porque allí siempre es verano, siempre hay playa, tumbona y china que ofrece masajes. Se oye música en vivo por todas partes, siempre: el hombre del saxo, el del acordeón, la coral de los mayores, el baile de la playa, el de los bares de baile.. A todas horas, por la mañana, después de comer, por la noche… Es lo mismo: no hay nada mejor que hacer en Beniyork que pasear, tomar el sol, comer, dormir, beber, jugar al bingo y bailar.

Hay solo dos lugares en medio de ese vendaval de idas y venidas, dos lugares donde no suele haber nadie y que, dentro de su humildad, abren una ventanita a otras opciones: el Museo Municipal de la Boca del Calvari, ahora con dos exposiciones, una de ellas sobre vestuario cinematográfico, y la otra, el Museo de Bolillos, muy cerca uno del otro, varados en medio del gentío.

Un gentío que tiene la suerte de vivir o pasar la vida a ratos en un lugar extraordinario, que no conoce leyes, ni siquiera de la climatología, donde todo siempre está abierto, donde se puede encontrar de todo y a todos, donde caben todas las excentricidades y locuras que uno pueda imaginar sin que a nadie se lo parezca, o al menos lo manifieste… En cualquier época del año allí se va a la playa, porque sus dos playas y media, la cala de Mal Fat, son preciosas, abiertas, limpias, agradables y seguras. Y sin llegar al agobio del verano, hay chinas masajistas, camareros con mojitos, tumbonas bien cuidadas, sombrillas, kilómetros de paseo por la orilla, clases de gimnasia y de baile en la misma arena, sobre las maderas que tienen montadas para el efecto, corales de voces blancas, orfeones, barcos, clases de vela… Y es que ahora, en las playas de Beniyork se puede encontrar un momento de paz si uno tiene la suerte de no coincidir con uno de esos grupos de familias españolas modernas que dejan libertad a sus niños para trotar a sus anchas por la vida, ellos van al gimnasio y ellas están operadas de todo, que se dedican a jugar al pin pon en la playa, pegados, como buenos españoles, al culo del vecino aunque esté libre el resto de la playa. Como los abuelos, unos y otros han dejado de sentir la obligación o tener el deseo de ser ejemplos vivos para los niños y los jòvenes, ejemplos positivos, quiero decir, porque del “hago lo que da la gana” son profesores expertos.

Pero no llega la sangre al río. No hay sangre ya casi en las venas. Todo queda en grititos de abuela y en nervios de abuelo al que si la rabia le mueve un poco las manos sarmentosas, se le caen los pantalones.

Porque gallean, eso sí, los vejetes españoles gallean. No ceden, no callan, no se conforman. Protestan, imponen su voluntad, exigen sus cafés como los han pedido, y luego, triunfantes, se lo explican a la pareja pelirroja, que no es su señora, llenos de orgullo y satisfacción. Hay en Beniyork muchas parejas mayores que son eso, parejas, tan modernos, tan permisivos y tolerantes como no lo fueron nunca.

Pero no todo en el casco antiguo es explosión de locos, no. Hay un lugar, un lugar que separa el corazón de Beniyork en dos mitades y que permite sentarse y sentir el viento del mar en la cara sin gritos ni empujones, un lugar desde donde se ven las dos bahías, el horizonte más limpio y los más bellos atardeceres: el mirador del Castell, en la PLaza de Santa Ana. Abajo, muy abajo, a costa de escaleras, otra balconada hundida en el agua te aparta definitivamente de la jungla y del caos: el Balcón del Mediterráneo.

Y luego, cuesta abajo, atravesando el barrio gay o cualquier otro, por las venas que se abren hacia las calles peatonales y tiendas, de vuelta poco poco a la locura de convivir en familia, pegados y aceptados por miles de cuerpos que no conoces, pero a los que te parece haber visto ya alguna vez en el Parque de Elche, tomando café en la terraza del Miramar o viendo caer la tarde desde la balconada de arriba. Y a nadie le importa, no hay cánones ni reglas ni normas. Ganan los viejos y viejas por goleada, eso sí, dueños y señores de una extraña juventud de arrugas de chocolate, llenos de un ansia efervescente por seguir vivos, por disfrutar de todo, instalados en un reino independiente, caótico y ruidoso, un reino en el que siempre es verano y siempre hay baile, mojitos, música y luz. Un reino casposo, colorista y libre, un reino donde nunca se pone el sol.

 

 

 

 

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http://www.aecsoledad.org/

Me he quedado pasmada. Sabemos desde hace tiempo que hay asociaciones para todo. Se parecen mucho a ciertas asignaturas académicas entre las que, a poco que nos descuidemos, se podrá cursar Metodología para beber agua en botijo, La borrachera de cerveza: su protocolo y ventajas, Censura social de ideologías izquierdistas: un nueva ventana al futuro, etc. También se pueden ampliar a máster y cursos de doctorado o intercambio internacional, pos supuesto.

 

Pues bien, si os pasáis por las páginas de las famosas ongs, esas de tú haces falta (debería poner, hace falta tu dinero, no tú), encontraréis, entre otras opciones no menos sutiles, esta de la asociación contra la soledad.

Al presidente, bienintencionado sin paliativos, le han hecho una entrevista radiofónica y daba razones del motivo de su asociación: es un problema social esto de la soledad.

No me cabe duda. Un problema social, personal, vital, ideológico, sociológico, económico, etc. Como todos los problemas que afectan a los seres humanos, y que se resumen en tres, como los diez mandamientos: el tiempo, la vida el amor.

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Pero, amigo mío, eso de la soledad no debería tratarse con demagogia, como casi nada. La soledad no es un saco de lentejas.

Hay gente que, efectivamente, esta sola porque no puede bajar las escaleras de su casa sin ascensor y no sale a la calle, pero no olvidemos que las escaleras pueden subirse, aunque el anciano no baje, y que su familia, si la tuviera, podría acompañarle, subirle, bajarle y hacerle compañía. Pero tampoco se dan esas otras opciones, con lo que uno tiene que plantearse seriamente si la soledad es solo un problema de dependencia física.

Hay soledades deseadas y elegidas, soledades que se prefieren a la residencia o a meter en tu casa a un joven estudiante, otra de las opciones que daba el presidente de la asociación. Seguramente, el anciano del que hablan no tiene nietos, y quizá tampoco hijos, y por eso le vendría bien la adopción metafórica de jóvenes desconocidos que le harían compañía a cambio de vivir gratis en su casa. Eso se llama simbiosis desde que existe la Biología.

Pero en ambos casos, más que un problema social, es un problema económico: si el anciano tuviera dinero para vivir en una casa con piscina adaptada, ascensor al segundo piso, dos criadas, cocinera y médico en el chalet de al lado, se habrían acabado sus problemas.

Conozco yo gente madura que nunca está sola y es que tienen dinero para pagar las copas del grupete que les acompaña. Otro tema que se ha solucionado con dinero. Es norma en muchos casos: normalmente, el varón suele ofrecer una invitación a cenar para empezar a intimar, a un crucero si la cosa ha pasado a mayores y regalos sin cuento de joyas y vestidos, sobre todo si la acompañante es algo más joven que el acaudalado mozo. Una forma tradicional de no estar solo ni sola: la simbiosis basada en las pelas.

Existen, además, los programas del INSERSO, con balnearios y viajes a todo trapo, donde ancianos y ancianas se acompañan y relacionan a sus anchas en un marco incomparable. Basta tener el tiempo y el dinero, no demasiado, para pagarse el viajecito.

Es decir, que dejando de lado el tema de la soledad dependiente físicamente, las otras se pueden arreglar, y esa también, pagando.

Pero hay otras soledades, ademas de estas sin recursos. La soledad buscada y querida por múltiples razones: uso y abuso de la propia libertad sin condiciones, misantropía extrema, sicopatías variadas, delincuencia, espionaje, señoritas que reciben en casa, venta de drogas en el salón…

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La cosa se desmelena si uno empieza a pensar en todas las opciones que pueden llevar al ser humano a estar solo. Pero, claro, mi amigo entrevistado no ha pensado en la más importante y fundamental: la soledad interior. Y esa se puede disfrutar o sufrir en compañía de la familia entera, hijos y nietos incluidos, durmiendo con la pareja, con el amante de turno, con el joven estudiante que comparte tu piso, con el trabajador social y hasta en medio de un concierto multitudinario.

No, no es la solución buscarte a alguien que te haga bulto al lado: los bultos no matan la soledad. La soledad a veces se palía si durante toda una vida uno ha establecido compromisos y ha asumido deberes, ha dado vida a costa de muchos sacrificios, ha sido constante y ha tenido suerte. Muchos maduros y maduras solteros que conozco se duelen de su soledad y envidian a los que tenemos hijos que nos vienen a ver. Pero no se acordaban de nada de eso mientras viajaban libres por el mundo, se acostaban con quien querían, hacían los que le daba la gana y no pasaban ni una noche sin dormir por la fiebre del enano ni limpiaban mocos ni pañales, por mencionar lo más divertido. Eso se llama justicia vital y uno debería asumir que si no se siembran, no puede uno recoger nabos. Incluso sembrando, a veces no hay cosecha que recoger. Así es la vida.

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O sea, eliminados de la lista los que, conscientes o no, eligieron no asumir relaciones  que dieran fruto, nos quedamos con los que quieren estar solos y los que no.

Y poco más. Menos asociación y más dinero a los yayos para invitar y marcharse de viaje, pagar enfermeras o enfermeros y acompañantes de cenas y paseos, y olvidemos el tema.

La soledad es invisible, solo se ven sus síntomas. Se lleva por dentro en medio del gentío, al lado de la pareja durmiente y sirviendo la cena a la familia. Y eso, no hay asociación que lo arregle. Palabra.

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LA HABANA ESTÁ ROTA.

El cansancio no me impidió percibir el primer impacto de vida y bullicio. Un humilde aeropuerto el de La Habana, Martí, siempre Martí, que te escupe de  manos a boca a un ensanche magnifico, mezcla de plaza de pueblo y de terminal de autobuses de provincia. Y los pitidos de los taxis viejos y antiguos, una cosa o la otra, peleándose por pasar o por llamar la atención de los posibles clientes.

A nadie le importé. No llamábamos allí la atención todavía. Ir y venir, conversaciones en voz alta con ese chamulleo de lengua tan cadenciosa que usan algunos cubanos. Mulatos, negros, rubios, morenos, orientales…. Todos mezclados en una sinfonía interminable de posibilidades. Trasiego continuo de gentes con maletas humildes y bultos, buscando taxi o lo primero que apareciera.

 

Nos estaban esperando tranquila y puntualmente. Así va a ser siempre. Un recorrido nocturno extraño y sorprendente. La Habana es oscura de noche, y los habaneros se desperdigan como migas de pan por toda la superficie de su tierra, asfalto, adoquín, arena, piedra, bordillo, parque o llanura: no hay un solo tramo en el que no haya vida humana yendo y viniendo. Sin pasos de cebra ni apenas semáfonos, cruzan con una alegría que armoniza con la de los conductores, muy pocos comparados con los de Madrid sin almendra.

Lujo asiático que en España no lo sería. Piscina con snack bajo una edificio miserable que aparentaba haber sido bombardeado tiempo atrás. Desde sus balcones de campamento de vagabundos, podían ver a los europeos, canadienses o norteamericanos tomar su baños de sol y sus pizzas cómodamente tumbados a la vera del agua. Luego supe que aquellos a los que creí desgraciados, eran en realidad la clase media alta de la Habana, los privilegiados que vivían en la Habana Vieja y tenían balcón, preciosas vistas abajo e incluso pequeñas televisiones cuyas antenas colgaban de los balcones oxidados.

Tardé unos días en enfrentarme con una realidad mucho más dura: la de la Habana Centro y la calle de San Lázaro, paralela al malecón. La pobreza de las casas sin puertas ni ventanas, de las paredes desconchadas y sin pintar, los agujeros que horadan todo lo habido y por haber, los tejados derruidos y la cantidad de estratagemas que los habaneros urden para sobrevivir entre aquella ciudad que, en muchas partes , da la sensación de estar en guerra, destruida, rota, sangrando por todas las esquinas. Algunos dueños de casas, siempre abiertas a la calle, antiguas naves muchas de ellas, con una verja oxidada de hierro como muralla o listones de madera, utilizan trozos de cartón para mullir sus butacas mientras miran la calle, a veces, con el puro encendido, tan suyo como un sexto dedo.

Hasta en la Habana Vieja hay miseria, una miseria constante. La calle Obispo, la columna vertebral de este barrio de turistas, es peatonal y eso solo quiere decir que no pasan coches. El bullicio pasa al lado de las tiendas oscuras y encajonadas sobre las aceras, de las que es imposible saber qué se esconde detrás del destrozo y el batiburrillo de sus fachadas: solo en ciertos lugares de La Habana sobreviven los letreros, no hay imprentas, imprimir es caro, por eso, ni siquiera en el lujoso hotel hay folletos de ninguna clase ni mapas. No pueden permitírselo. Y uno camina a ciegas entre puertas, portalones desnudos, aceras troceadas, agujeros llenos de agua, bordillos desgastados y gente que también pasea, unos buscando averiguar el misterio de la Habana Vieja y otros buscando ganar algunos pesos convertibles, de los que usan los extranjeros, porque los cubanos cobran en otra moneda, casi una cuarta parte de valor del CUC, reciben mensualmente, todos sin excepción, una dote de comida y usan autobuses que los extranjeros no pueden usar.

Y las grandes palabras se te tatuan a fuego en los oídos hasta reventar: ¿Taxi? De dónde? ¡Ah! La madre patria. ¿De Madrid? De Madrid al cielo pasando por La Habana. Mire, le hago un precio… Taxis de todos los colores y tipos. Motor, motociclo, pedales…, antiguos o viejos, coches de caballos…. El transporte es una locura en La Habana. Los extranjeros no podemos usar los autobuses de línea y el taxi es el único medio de acercarse a ciertos lugares. Los habaneros los pillan a puerta gayola, desde la calzada, taxis llenos de gente que te llevan si su plan coincide con el tuyo.

El Paseo del Prado, con leones incluidos, llega casi desde el nudo ferroviario hasta el malecón, hasta la fortaleza de San Esteban de la Punta. Y es como una herida que se abre entre dos barrios. La Habana Vieja es puro turismo, con una zona limpia y nueva, siempre que no mires hacia los pisos de arriba, alrededor de la Plaza Vieja, y en el Parque Central, corazón turístico de La Habana. Grandes hoteles cerca del Coliseo, coches antiguos lujosos, puros enormes, hombres trajeados… Y todo aquello que sabemos desde aquí: La bodeguita del Medio, Floridita, Club Social, etc.

Pero la falta de mantenimiento que ya se ve en La Habana Vieja no es nada comparada con la ciudad bombardeada que parece Centro Habana y el Barrio Chino. Pero todo cambia camino del Vedado y no digamos del barrio de Miramar, donde antiguos y bellísimos hotelitos se conservan, solo algunos, en pie recordando su antigua y coqueta belleza. Pintados de colores, con arcos y palmeras, son como pasteles de luz bordeando las aceras. Pero aun así, la mayoría necesita pintura y limpieza, dos de los elementos de que carece La Habana. Los habaneros, a veces, en las cercanías de los hoteles, barren la acera y dejan el montón de basura arrimado a la pared, sobre los litros de orines secos. Nadie los lleva a los contenedores. Falta de costumbre, tiempo o ganas. Quién lo sabe.

El malecón bordea toda la ciudad y lo llena todo del alma de una isla. Allí se acerca la gente por la tarde, se sienta, ronea, vacila, escucha música a todo trapo, liga o tira los botes vacíos de cerveza al mar. Los barcos enormes y las hogueras y el humo imparables de sus calderas industriales en el mismo puerto, lo llenan todo. La Habana huele a gasóleo, a humo y a gas.

Y en todos los locales hay orquestas con bailarines o sin ellos, que tocan y cantan en directo para delicia de los turistas del norte, de América o de Europa, que aplauden y algunos, echando mojitos a chorros por las orejas, se ponen a bailar, o como se quiera llamar, en mitad del espacio para delicia de los turistas del sur, de América o de Europa. A veces, el volumen insoportable de la música y su imparable continuidad me obliga a alejarme de la orquesta y buscar un silencio que no hay en La Habana ni de día ni de noche. Los fines de semana les dejan subir aún más el volumen de sus loros caseros o de calle y entonces, el estrépito es indescriptible.

Pero no he visto a la gente bailar por la calle como me cuentan algunos, salvo un pequeño grupo que practicaba tango en el Paseo del Prado un sábado por la mañana. Música, sí, en locales para turistas o enlatada en las casas de los vecinos.

Y al final, caí en la langosta, en medio de la langosta, el manjar que te ofrecen en todas partes, incluidos lo que llaman paladares. Langosta grillada o enchilada. Con arroz o sin él.

Las grandes avenidas y enormes y bellos edificios, desarbolados ahora, contrastan con las callejuelas viejas y desmoronadas de otras partes. La avenida 25 y la calle San Lázaro, la plaza de la Revolución y el callejón de Hamel.

En La Rampa se mueven como en la Gran Vía, cubanos y extranjeros, de vuelta de visitar la famosa heladería Coppelia, que ocupa todo un parque, que parece un monumento nacional y que no permite que los extranjeros se sienten en las mismas terrazas que los cubanos a degustar un helado: la seguridad se ocupa de indicarte en qué lugar puedes sentarte y el cartel con los precios te explica claramente las razones de esa separación. El cine del fin de semana, enfrente, es gratuito, pero no imagino a ningún europeo soportando los títulos de las películas que se ofrecen, tan antiguas y teñidas de ideología como de azul el cielo de La Habana.

El tanque de la Victoria y el Museo Revolucionario contrastan con la sencillez y frialdad de la catedral de La Habana. Muy comprensible.

Y por algunas partes, menos de las esperables, hay cartelones enormes recordando a todos el pasado cercano de Cuba, Y el presente. Grandes como la Plaza de la Revolución y el monumento a José Martí. Tan grandes como el abandono y la suciedad terribles en que se sume el Parque Armendales, un lugar magnífico donde los habaneros van a celebrar los fines de semana entre la basura y el descuido más absolutos.

El refugio del hotel, sin aire acondicionado fuera de las habitaciones, pero con una eterna brisa que consiguen a base de estar abiertos a la calle y a la vida las 24 horas del día, nos consuela del sol de febrero, un sol que me ha permitido probar las aguas del mar Caribe, tan limpias, tan broncas, tan agradables de temperatura. Playas enormes y magnificas, pero descuidadas como todo lo que me rodea. Las palmeras le sirven de marco y la amabilidad de los que alquilan las sombrillas puede surtirte, si lo deseas, de cualquier cosa que necesites, incluida la comida, porque en La Habana los turistas comen en las hamacas, tumbados a pie de piscina o playa, como las antiguas cortes imperiales de Roma. Si lo pides, y los turistas del norte lo piden siempre, te ponen tu mesita al lado de la hamaca y, tras ella, la pizza o la ensalada de salmón o pollo rebozado, helado de vainilla, que es el único que suele haber, y café.

Los enormes mosquitos de que me hablaron habían emigrado y ni siquiera el riesgo temerario de tomar algo con hielo me produjo malestar digestivo alguno. Eso sí, ni el agua embotellada ni Tukola, la cola de Cuba, son fáciles de soportar si tienes el paladar delicado.

Curiosamente, frente al interés extraordinario de los habaneros en venderte o alquilarte taxis, paladares, coches de caballos o guías, en el diminuto aeropuerto la desidia de los vendedores de las escasas tiendas duty free es incomprensible, o comprensible con muy mala voluntad: no tienen interés alguno ni en vender ni en trabajar y permanecen tumbados o ligando mientras cobran a los turistas que no saben si algún día volverán a La Habana. La sala de espera de vuelos internacionales es como un isla en el mar de las pistas de despegue. Se puede saber antes que el piloto si un avión va a salir o no. Todo a la vista, todo diáfano y pequeño, tan pequeño como parece La Habana, cuajada de luces, desde el cielo de Cuba.

 

 

 

 

CUBA, QUIERO BAILAR LA SALSA…..

No bailan en cualquier parte ni para cualquiera: lo hacen en los hoteles, restaurantes y cafeterías, previo pago, y en las fiestas del régimen, quizá gratis; luego, a los turistas, les venden sus CDs caseros por 10 pesos convertibles.

Forman parte del mundillo artístico que vive del turismo de La Habana. Y son como son, humildes, auténticos y variopintos. Desde un desfile de corte colonial con baile recorriendo toda la Habana Vieja hasta el Parque Central, hasta una exhibición para los clientes de uno de los hoteles más céntricos y tradicionales de La Habana.

La seguridad no me deja subir otros archivos, así que por seguridad (no sé de quién), os quedáis sin ver en vivo y en directo cómo se baila en La Habana Vieja.

 

 

 

 

 

 

 

Lo siento por vosotros, pero volar a Cuba, compensa, casi más que el día del padre. Os doy mi palabra.

 

LA LOBA Y EL CAIMÁN. (CUENTOS TANGUEROS).

Alto, demasiado alto para bailar, bastante más joven que la media, se sentaba medio agachado, observando los pies y las piernas de los otros bailarines. Buscaba, sin ninguna duda, una pareja a su nivel. Joven, esbelta, guapa y que bailase el tango tan primorosamente como él. Es un perfil tan típico que da risa. El chulito de milonga convencido de su calidad y elegancia en el baile, orgulloso como un pavo, despectivo con el resto de los bailarines mediocres y torpes, callado, huidizo y a la expectativa, escondiendo su mirada a las otras miradas para no tener que pasar por el trance de bailar con un saco de castañas.

Resultado de imagen de PAYASO BAILANDO CON MUÑECA DE TRAPO DE TAMAÑO NATURALPero esa tarde, la mala suerte se movía como el aire acondicionado azotando la sala dulcemente, tan dulcemente como la vieja loba iba de macho en macho, exigiendo, con los brazos extendidos y las palmas de las manos hacia arriba, su baile. Le daba igual si aquello estaba lleno de mujeres que no tenían pareja, si el hombre iba ya sonriendo a otra mujer de la sala, si el galán le volvía la cabeza o tenía que corretear entre los que bailaban para enganchar a su presa por la manga de la camisa, separaba a parejas a punto de bailar u obligaba a hacerlo a gente que ya se iba . A ella todo se le daba una higa, tan antiguo como ella. Vestida de jovencita restallante, pero muy mayor, no paraba de bailar molestando a unos y otros por su falta de tacto y de respeto y porque los hombres, tan valientes ellos, no se atreven a decir que no a una señora, aunque sea una loba con ninguna pizca de educación.

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En una de sus ataques lobizeros, se acercó al caimán, que horrorizado, se puso de pie, fucsia como un tomate de granja, y de inmediato se agachó para coger un vaso que había dejado en el suelo; le soltó una disculpa: estaba esperando a otra mujer a quien había prometido la pieza. A la loba le seguía dando una higa todo lo que no fuera bailar ella y abrió la boca de carillas nuevas con una sonrisa de artesanía y le espetó aquello de “bueno, pero mientras viene, bailamos”.

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Y el caimán no tuvo ya valor para negarse, la enganchó del talle y aceptó su mala suerte, pero no tuvo compasión. Marcaba una milonga a ritmo frenético,  usaba el traspié continuamente como un desesperado y giraba y giraba sin parar…  La loba vieja se quedó atascada en el primer lance, incapaz de mover las piernas en ninguna dirección. Tuvieron que parar varias veces en medio de la pista, para vergüenza de ambos, y aunque él aparentaba ayudarla, volvía a marcar giros y traspiés a propósito, vengativo y rabioso, sabiendo que ella no podía responder: las piernas de trapo colgaban a los lados del cuerpo como si no tuvieran vida, las rodillas rígidas, el torso blando y desmadejado de la loba indicaban a las claras que no sabía apenas bailar y que ni con minifalda la edad perdona. El caimán parecía uno de esos artistas de circo que simulan bailar con una muñeca de trapo de tamaño natural. Y lo hacían , eso sí, estupendamente.

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La sala estallaba en sonrisitas de burla y todos miraban a la pareja estrambótica. Él, tan alto y tan colorado, con los ojos brillantes de rabia y de vergüenza, ella, colgada del obelisco y zarandeada de un lado a otro, roja también, quizá del esfuerzo, y con un rictus amargo de cansancio y perdón. Cuando el suplicio acabó, no antes de acabar la pieza, él le explicaba con retintín que ya se lo había advertido y ella  se disculpaba. Ninguno de los dos dejará de repetir la escena. Ni los lagartos ni las lobas tienen memoria de los hechos cercanos. Espero estar de nuevo presente para comprobarlo, no más.

VIEJAS Y VIEJOS…

Iba en el tren, bien arreglado, de maneras amables, socialmente activo y muy simpático. No aparentaba la edad que tenía y tenía la suficiente: un par de nietos.

Lo sabía ya todo de la vida, o casi todo, y había pasado de sobra la edad, o las edades, en que a los seres humanos nos dan ataques de oxitocina o de progesterona para perpetuar la especie. Sabía perfectamente que alguien mayor que ya ha sufrido y ha gozado todas las opciones y variantes de la vida, recibe ya pocos ataques de locura animal.

Pero sí tenía deseos de compartir, de disfrutar a dúo de cosas bonitas, de películas, viajes o paseos, sin pedir nada, sin esperar nada ni renunciar a su propia vida.

Tranquilo y calmado, le explicó que hacía tiempo que estaba solo y que no necesitaba dinero, que se había liberado de sus negocios y se dedicaba a hacer de su capa un sayo, objetivo de todos los que no han podido hacerlo jamás, lo sé por propia experiencia. Que viajaba solo normalmente, que le gustaba relacionarse con la gente, pero no intimar salvo con personas muy concretas, que iba al fisioterapeuta todas las semanas, andaba, acudía al gimnasio, casi para que los huesos no le dijeran que se fuera a sentar a la mecedora para siempre, y le gustaba conversar con gente inteligente y amable.

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También contó que el amor de su vida eran sus nietos y sus hijos, a los que veía con frecuencia, y algunos amigos con los que mantenía una relación casi fraternal y con los que iba aquí o allá o jugaba a las cartas.

Pero echaba de menos a alguien más. Una mujer, una amiga con la que hablar y salir de viaje, sin más compromiso. Con respeto y educación, iguales en actitud ante la vida, capaces de compartir algunos momentos, pero sin más lazos ni obligaciones que las cada uno quisiera tomar.

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Y pensé para mis adentros que era agradable y fácil de compartir la idea, que era el sueño de todos los yayos y yayas que conocía y que tengo claro que es un sueño materialmente imposible de cumplir.

Las parejas de mayores no suelen durar más de un par de meses, lo que dura la novedad. Luego, uno de los dos, o los dos, se olvida de que las miserias de la vida abrieron heridas en la carne del compañero, heridas que ya no pueden curar, que sus madres murieron hace siglos y que son ellos los que llevan toda la vida cargando con los demás, que están cansados de maridos prepotentes y tiránicos, de esposas caprichosas y malgastadoras, de jefes torpes e injustos, de hijos egoístas, de bobos entremetidos, de locos, de parásitos, de chulos, de idiotas… y de malas noches, de urgencias de madrugadas, de muertes, de partidas…, que llevan mucho tiempo esperando la paz y la libertad que les permita conciliar el sueño por la noche sin llorar, sin tener miedo, sin sentirse utilizados o amenazados, agredidos, dañados o abandonados. Y cuando lo han conseguido y pueden vivir en paz, enfermos y cansados, cargados de heridas, de rencores, de traumas o de miedos, pero libres de la tiranía del trabajo, la familia, los compromisos, las enfermedades los problemas y todo lo demás, dueños de sí mismos, capaces de vivir como quieran y hacer lo que les da gana al fin, no van a aceptar que otro viejo les imponga sus manías, sus creencias o sus necesidades.

Conozco a uno que lleva años buscando compañera, y eso que casi no le aguantan las piernas. Y las encuentra, pero le dejan en un pis pas: el muy idiota se empeña en hacerse el marido, en ser un perfecto y antiguo caballero, llevar las riendas y poner sus condiciones. Las rubias, todas sus novias son rubias, le mandan a paseo en cuanto intenta ponerse tieso o dar lecciones de vida. Y a sus espaldas comentan riéndose que ya aguantaron al difunto hasta que se murió para aguantar a otro por la patilla y a estas alturas y, traviesas, vuelven la vista hacia las carnes más tiernas: esas ni piden ni exigen ni mandan ni gritan ni imponen su voluntad. Duran menos de dos meses, eso es verdad, pero total, para lo que les queda en el convento….

 

TÁNGER DE MI ALMA.

Me dolió cuando él se dolió: la mujer madura que paseaba a mi lado por la Medina, apiñados entre las paredes multicolores, le preguntó con ojos de desconfianza qué quería y él le contestó levantando la muñeca llena de pulseras: “No somos ladrones, no robo. Solo quiero vender”.

La escena se repitió varias veces, casi tantas como los intentos de los tangerinos, las mujeres no existen en la vida pública al parecer, de cambiar monedas de euros, diez euros siempre, por un billete. Pedían el cambio una y otra vez, desde el maitre del restaurante al viajero del ferry. Querían a toda costa cambiar monedas por billetes, pero los extranjeros del norte, desconfiados en extremo, se negaban en redondo a abrir la cartera delante de ellos. Aquí estamos acostumbrados a pensar, sentir y creer que todos los moros son ladrones. Los de aquí lo son algunos, lo sé por experiencia, pero a lo mejor se nos olvida que no siempre viene a visitarnos lo mejor de cada casa.

Insistentes si son, tremendamente insistentes, listos como el hambre, saben que al cabo de horas de persecución y ruegos, las mujeres van a comprarles algo, lo que sea. Y entonces, te lo agradecen, te llaman “buena mujer” y te bendicen de mil maneras. Pero solo los vendedores como  tropas de palomas, estorninos o gaviotas, pululan y corren de un lado a otro de la zona más turística de Tánger persiguiendo caravanas de extranjeros.

Los otros hombres, arreglados, en chilaba y kaftán o a la occidenteal, se sientan achulados, relajados, sin prisa ni más entretenimiento que mirarnos y beber té o café en las terrazas de los cafés famosos de Tánger, viejos, llenos de un olor y un sabor indescriptible, misteriosos y peligrosos, vedados para las mujeres musulmanas y, si no es a costa de un acto de valentía, para las occidentales también.

La vida, salvo las carreras de los vendedores ambulantes, es lenta como una serpiente en plena digestión, pero llena de olores, olores que no he disfrutado juntos en mi vida: canela, cinamomo, cilantro, anises, mezclas de curry, distintos tipos de pimienta, nigella, comino negro… Y unas hermosas e increíbles ramas de dátiles dorados de tamaño de nueces enormes, jugosos, naturales y baratos: en cualquier tienda los venden por 5 euros el kilo.

El pan se puede comer caliente, recién sacado del horno, tierno y oloroso porque está especiado : se come con dátiles y, en mi caso, por la calle, mientras sorteaba los escalones y las curvas, recovecos y rampas por las que nos llevaban de un lado a otro en un laberinto interminable, estrecho, colorista y misterioso. Perderse allí hubiera sido una tragedia: no hubiera vuelto jamás. Una relativa tragedia, claro.

Desde El Continental, el hotel más antiguo y legendario del norte de África, nido de espías, actrices, políticos, sibaritas y vividores, se ve en una especie de panorámica de cine toda la bahía y costa de Tánger y, a veces, el peñón de Gibraltar.

Me daba igual su pasado,  el hotel privado está, sin embargo, abierto a cualquiera que quiera ver sus tesoros: a nadie le importa, nadie te pregunta a dónde vas ni te exige una consumición. Subimos y bajamos por las escaleras, vimos la fuente, las monturas, las lámparas y los patios, allí, en la esquina de Tánger, en todo lo acto del cielo y el mar.

Los monumentos y la historia de esta ciudad legendaria, teñida por el ADN de distintas razas y culturas, la española entre ellas, la tenéis en cualquier parte. El baile arrítmico, para mí,de la mujer bereber vestida de verde brillante, los músicos del restaurante, las bocas sin dientes de la mayoría de los hombres, los ojos brillantes e inquisitivos, directos y misteriosos de los niños, los colores de las casas pobres y pequeñas, abiertas a la calle como cuevas alfombradas, las lámparas, el olor a cuero recién curtido, la canela, los gritos de los vendedores… Todo era como un sueño cuando ya camino del ferry, uno de aquellos jóvenes, alto y delgado como un mimbre, se quedó andando a mi lado y me dijo en un español casi perfecto: “Por caridad te lo ruego, llévame contigo a España”. Y en su mirada vi tanta impotencia que el mar no me pareció ya igual durante el viaje de vuelta. Lo imaginaba escondido en el recoveco oculto de algún camión, envuelto en un profundo olor a canela y el corazón teñido de esperanza.