AMORES CANOS Y CALVOS.

Es inquietante y doloroso darse cuenta de que no aprendemos nada a lo largo de la vida, al menos, nada que merezca la pena tanto tiempo y esfuerzo.
Colgué hace tiempo en este mismo blog una reseña sobre la novelita corta de Ernesto Sábato, El túnel, y reproduje dos fragmentos con toda la mala intención: sabía y sé que nadie se acercaría a la lectura de la obra original y, por lo menos, esos dos fragmentos se los llevaban puestos.
Pues ni así: he hablado y escuchado después a gentes que los leyeron e incluso leyeron la novela y no han aprendido nada de ella, absolutamente nada.
Tampoco suele uno parar en la leyenda, no puedo atestiguar su historicidad, sobre los amores de Garcilaso de la Vega e Isabel de Freire, pero parece, resumiendo, que a pesar del dolor de saber que nunca sería suya, casada a la fuerza con un ricachón portugués, vivía con su imagen viva en el recuerdo y se consolaba escribiendo de ella. Pero la muerte de Isabel en su primer parto enloqueció al poeta y dicen algunos que llegó a cometer actos impensables fruto de un sufrimiento que no podía soportar. Mientras la sabía viva, sobrellevaba la ausencia, pero su muerte, y no su vida con otro, le sumió en el más terrible de los infiernos.
Y estas historias cortitas serían de ayuda a la gente que ya no cumple los cincuenta si supieran aplicarlas a su propia vida cuando ya los romeos y julietas han pasado por la trilla de la madurez y la experiencia de la vida y ya sabemos todos calibrar sus amores y sus muertes.
Pero muchos de nosotros no hemos aprendido a tomar lo que nos dan y a no pedir nada, no hemos aprendido a agradecer una sonrisa, un interés, una confesión sincera, una flor regalada sin motivo alguno… No valoramos ni lo que tenemos ni lo que nos ofrecen, empeñados en seguir como patéticos romeos y julietas intentado imitar los moldes romanticones y bobos de nuestra adolescencia.
Todos vivimos en nuestro túnel, nadie puede salir de él en toda nuestra vida: es nuestra intimidad más profunda, pero si alguna vez alguien se para a mirar por nuestras ventanitas, nos sonríe o nos acompaña, lejos de ser felices con ello, acabamos matando a lo que no podemos poseer o ahogando esa relación, lo que casi viene a ser lo mismo.
No hemos aprendido a tener nuestro espacio y a respetar el espacio del otro, se nos olvida con frecuencia que la libertad es un derecho que no se puede negar a nadie, menos a quien decimos querer, y seguimos buscando a alguien que nos cuide, nos ayude y nos entienda, pero no al contrario.
De manera que acabamos todos como la calavera enamorada del estudiante, con los cuévanos vacíos, los dedos huesudos y el cráneo seco, intentando arrastrar a nuestra tumba a un bobo que nos sirva el guiso a la viva fuerza.

Hay quien regala rosas sin más motivo que hacer la vida agradable a los demás. .. ¡Son tan pocos!

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BRONCANO, DE JUVENTUDES FRIKINDERAS. AMÉN.

32 años en canal, barbita mona, feo por debajo y voz de estudiante universitario. Le escuchaba cada domingo en la SER, la cadena de mi cruz mariluz, donde se agrupa lo más moderno y guay del periodismo progresista español. Parece que el chaval, como tal se comporta, es famosillo en muchos frentes y no precisamente por ser luchador de ninguna causa noble.

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Con 32 años todavía vive al margen: se permite el lujo asiático de reírse de lo divino y humano de su profesión y de los aledaños, y sin embargo, y mira que me gusta a mí criticar, no me gusta. No me gusta que le resulte gratis hacer entrevistas a pie de calle sin cuidar un ápice su lenguaje, plagado de tacos de los de andar por casa, forma de hipersemia que huele a regüeldo de vieja y que no tiene ningún mérito ni lingüístico ni artístico ni ideológico, con una falta absoluta de respeto hacia los entrevistados de los que se burla abiertamente, poniendo en su boca frases y comentarios que no han hecho y a los que trata como si fueran material de derribo, olvidando el muchacho que esos viandantes de los que se ríe no son muñecos de cera sino imbéciles que le dan de comer.
No es mejor su actitud cuando, acabada la entrevista, vuelve al estudio a participar en el show que monta con esa excusa Javier del Pino: un profesional real participa en él para dar opinión o presentar sus productos y Broncano es el conejillo de indias que prueba los productos y da opinión. Me matarían antes de dejar que semejante profesional objetivo y elegante opinase sobre lo que fabrico, o sea, lo que me da a mí de comer. La idea es hacer gracia utilizando la burla y la humillación de los otros, rellena de tacos de barrio de los de toda la vida y de interrupciones que no permiten a ninguno de los asistentes enlazar más de cuatro palabras seguidas.

Sé que se lleva la mala educación, la crítica subjetiva, el ataque gratuito, pero creía que su jefe y la cadena SER tenían más interés en practicar un periodismo limpio, objetivo, de calidad… Como Broncano, hay una plaga de jóvenes cómicos, a los que algunos veteranos a quienes no llegan ni a la suela del zapato insisten en alabar, que confunden lo que es la crítica comprometida y reflexiva, valiente y generosa, con la risa zafia y gratuita, sin preocupación alguna por la forma, la ética, la originalidad ni el compromiso, aunque sea con uno mismo.
Demasiado fácil, Broncano.
Lo peor es que Javier del Pino te sigue la corriente, quizá porque vendes. Un par de amigos tuyos se llevaron la pasta caliente por presentar una famosa gala hace no mucho: hicieron el mayor de los ridículos. Hay que trabajar más, comprometerse más y pensar más antes de decir tacos en la radio a cambio de unas cuantas pelas: semejante negocio no te hace merecedor de respeto alguno, cabrón, que supongo que no te importa que te califique con los adjetivos que tanto te gustan, y te recuerdo, si es que sueñas con que eres un ideólogo provocador y debemos agradecértelo, que la provocación, usada desde el origen de los tiempos, es otra cosa: atreverse a ir delante, romper lo establecido, golpear las conciencias, todo con el objetivo de cambiar, de adelantar, y casi siempre con el peligro de ser destruido por ello. No es tu caso ni de lejos, amigo: tú pareces un adolescente cabreado, maleducado e inmaduro que insulta a cualquiera que se mueva, un francotirador del insulto sin reflexión ni criterio. Lo malo es que cobras por ello. Sociedad loca.

TIEMPO DE SILENCIO, EN LA ABADÍA DE MADRID.

Luis Martín Santos encabeza desde que yo recuerdo la lista de narradores que en los años sesenta del siglo pasado intentaron, y lo consiguieron, la renovación de la narrativa española.
La repentina muerte del autor contribuyó a convertir su novela en un mito para los que estudiábamos Literatura española. Sospecho que ya para todos y para siempre.
Por eso temía, siempre temo en cuando me dispongo a ver adaptaciones, el resultado de llevar a las tablas una novela tan compleja estilísticamente hablando, donde es la forma, y no el argumento o historia tan sencillos y tan al estilo de los narradores a lo Baroja, por ejemplo, lo que marca la novedad, el riesgo, el descubrimiento. La crudeza de la expresión y la cantidad tan diferente y compleja de recursos que utiliza el autor parecían quererme decir que no había tirio ni troyano que la adaptase con éxito.
Y me asusté: escenario frío, un muro de piedra, suelo de moqueta azul oscuro, dos escalones y nada más. Salen los actores al principio y se presentan, en semicírculo, de cara al público y uno de ellos comienza a narrar. Y ahí me acabé de acongojar.


Pero me equivocaba. Los actores narran la historia, no queda otra, pero se alternan en esa tarea con agilidad y una buena elección de fragmentos y de esta manera, nos ponen en seguida al día sobre la sencilla travesía vital del estúpido Pedro: un joven investigador que entra en contacto con un mundo que desconoce, chabolas, abortos, robos, alcohol, prostíbulos, etc., por el que se deja arrastrar sin poner de su parte ni una pizca de esfuerzo ni de reflexión valiente. Lo pierde todo, o casi, después de haber transitado como un Max Estrella cualquiera por el peor de los madriles.
Pero el mérito de la novela y de esta adaptación no está ahí, sino en la forma en que se transmite un tema narrativo tan antiguo como el viaje del protagonista por avatares que determinan su evolución, utilizando recursos nuevos y tremendamente arriesgados literariamente.

En el escenario, y tengo que decirlo una vez más, es la valía de los actores, su esfuerzo, su maestría, lo que consigue, de manos de una estupenda transcripción de lo lingüístico a lo visual y usando todo tipo de medios, convertir en un experimento nuevo y fresco lo que en el fondo podía no haber pasado de ser una anécdota.
Siete actores dan vida a una cantidad mucho mayor de personajes, salvo el de don Pedro. La expresión corporal, los sonidos, la actividad a veces desenfrenada, la voz, la música… todo contribuye a reflejar magníficamente la entraña formal de la novela de Martín Santos.


Y esto es ya subjetivo, me encantó la capacidad de la veterana Lola Casamayor para cambiar de registro y moverse en el dial tan difícil que le tocó: una mujer madura, o mayor, tan pronto matriarca protectora como madama descarada y rijosa o bailarina guarrindonga de verbena.
Dos horas, eso sí, el patio de butacas de la la sala roja lleno, con una cla incondicional en la zona izquierda y el merecidísimo agradecimiento del público, muy especialmente, al esfuerzo de los actores, aunque hay que reconocer la contribución de todos los demás integrantes de esta producción. Enhorabuena.

MADRID, MADRID…….

Una ciudad donde se gastan los recursos de todos para que cincuenta sujetos bailen jotas un sábado al caer la tarde sin saber a santo de qué. Y donde algunos concejales maquillan la ley a su antojo para que sea legal el ruido de las fiestas a todo trapo hasta las tres de la madrugada, también para sesenta monos y pagando todos. Una ciudad donde la cosa del ocio para minorías es obligatoria,  también por decreto ley, desde hace mucho tiempo: marathones que la paralizan, botellones que la degradan, fiestorros callejeros y peleas, calles cortadas por una minoría de padres que buscan más cómodamente a sus hijos al salir de clase….Una ciudad como Madrid.


Y luego, humo, ruidos y gases a todo tren. Hay que convertir la Gran Vía en una vía muerta, es decir, en un paseo para turistas, que es en lo que se ha convertido la hermosa avenida que fue: una inmensa ganadería de cuerpos grandes, de andares extraños que se paran en cualquier sitio para hacer fotos y que dejan sus cuatro perras en los chiringos que han convertido los tradicionales comercios y cafeterías en vergonzosas tiendas de souvenirs o barecitos de plástico donde venden comida de mentira en un decorado de plástico también, que todavía huele, y donde todo se ha parido al mismo tiempo y con el mismo objetivo: vender.
En Madrid sobra de todo: teatros a mil de todo tipo y color, cantantes,

espectáculos de magia y de poesía, cafés teatro, minibares, maxibares, actividades culturales para todo gusto y tendencia, la mayoría, artistas mediocres con textos y guiones de medio pelo y de circunstancias. Madrid está desbordada de artistas, señores, porque todos los madrileños lo somos por la gracia de San Isidro.
En la radio de Madrid ocurre lo mismo: hoy se lleva dar lametones rebajantes a la música electrónica y se eleva a los altares a dos señores que la montan con el ordenador, pero en el mismo programa, mañana, se nombra obispa del mogollón musiquero a una señora que canta como una rana con achaques, a su propio compás, pero, eso sí, con guitarra española y en directo la voz.


Y la lucha titánica del ayuntamiento contra la contaminación, solo la del aire porque la del sonido no toca hasta el milenio que viene, se da de tortas con el paseo continuo de los ruidosos y molestos camiones de Medio Ambiente, aparcados en doble fila continuamente, cruzándose como bailarinas de pericona, llenando barrios de su presencia, cortando el tráfico tranquilamente, regando a mano y a pie mientras el camión cisterna enorme va detrás sujetando el cordón umbilical del regador. Debe de ser menos contaminante escupir a cientos de camiones con un feto enmanguerado delante regando a pie mientras las procesiones de coches esperan a que el esforzado trabajador riegue por otra parte.


Y cientos y miles de baretos cerrados durante la semana, tanto, que una cree que el barrio se muda al extranjero, y sin embargo, como por arte de magia, los viernes por la noche tienen lugar los encierros: se abren las candelas, se sacan las mesas y las sillas, con manta por si, aunque haga frío, los nenes prefieren emborracharse con cervezorra en la calle, y a vender.


En los vagones del Metro ocurre de casi todo, a veces, incluso, que una se cree en Shangai o en Venezuela, solitaria en país nuevo y lejano, y otras, se calienta hasta el deseo incontenible de arrancar el móvil de manos de la tía fea y llena de granos, pero enseñando muslera, que está contando su vida de gallina vieja a todo el vagón a voz en grito. Ni cristo hace caso de los cartelitos prudentes y monines que ha puesto el ayuntamiento: se sientan en el suelo a gusto, te golpean con las mochilas, hablan por teléfono a gritos y ponen los vídeos sin auriculares, para que todo el vagón disfrute de su intimidad, una intimidad ramplona y sosa que no interesa una m. a nadie.
Hay locos de todo tipo y nivel; desde el cachondo que se pasea por el centro en una especie de moto espectáculo que lleva llena de lucecitas parpadeantes, luces de las que él se adorna igualmente, hasta el calvo gordete que el otro día sacaba efectivo en un cajero con unas bragas negras sobre pantys negro humo y encima , medias musleras de rayitas de colores, pasando por la hermosa mujer que iba en el Metro con zapatos de tacón de aguja sobre medias color carne de pantorrilla. La contaminación antiestética ha ganado la batalla y hoy día todo el mundo luce lorzas, grasas, calvas y granos con una alegría y una relajación despampanante.
Tan despampanante como la luz y el color del cielo que sobrevive a pesar de todo y de todos a los polvos, los ruidos y los gases que se arrastran por el suelo Madrid.


Y a pesar de no entender ni compartir ese ocio de minorías tan bien visto y tan mal pagado por todos, esos autobuses asesinos de viejos de la EMT, esos botellones de Metro, de parque o de esquina, la falta y la indiferencia de las fuerzas de orden público ante las manadas de perros que se pasean sueltos por los parques, ante los ruidos o el uso de las calles como vertederos particulares, las meadas de las esquinas, los borrachos, los vagabundos, los pedigüeños de toda clase y color, los jóvenes chillones y maleducados, los viejos que conducen como un perla en su concha, sin ver un pimiento de lo que les rodea y sufriendo un rábano por ello, los coches con L que hacen carreras consigo mismos por la autovías, el personal de Metro, engullido por las máquinas y escondidos detrás de los cristales pintados de sus antiguas peceras, los conciertos de barrio que te obligan a emigrar a una pensión cercana para poder dormir, las aceras tan llenas que hay que galopar entre los coches en marcha, los mangantes de bolsos, los buscadores de cualquier cosa, los sobones, los bobos, los límites de velocidad a 30 y a 70 por autovía, piérdetelo, el precio de la gasolina, para morirse, el precio de los alquileres, para reventar si no estás ya muerto, las procesiones cortando las calles de todos, de los ateos también, los viejos que acaparan los supermercados a media mañana y te ponen el minicarro de zancadilla a cada tres por dos, el ruido del camión de la basura que te despierta puntualmente, el regaeton de los viernes por la noche en loro gigante, los políticos dando espectáculo madrileño de gala hoy sí y mañana también, los atascos, las citas de meses para el médico, la subida fulminante del precio del salmón fresco o el olor de la basura…, a pesar de todo, a veces, sale el sol por detrás de tanta mierda, y brilla como si no hubiera un mañana, tanto que borra de un plumazo los grises de las calles y los ruidos de los chavales. Y el cielo tormentoso de la tarde se pone a ligar con él y montan un espectáculo gratuito, pagado por todos con el beneplácito del ayuntamiento, y se me cae la baba de gusto y, de momento, dejo de oír y de oler y me embalsamo de mirar. Vista de lejos, mi ciudad es una locura de belleza de cemento, desde abajo, una guerra sucia y sorda por la supervivencia.


Y sin embargo, bajo al ruedo a luchar cada día, a pelear por mi trocito de árbol, mi asiento en el Metro y mi cuota de olor a multitud. Luego, toca mirar a lo lejos y

consolarse porque hay algo en ella tan extraño que una ha vivido soñando con volver del mismo modo en que se sueña con recuperar un amor perdido, por mucho que duela. Y lo ha conseguido.

 

 

 

DE SÁTIROS, VIOLADORES Y DEMÁS BASURA. ESTRATEGIAS DEFENSIVAS.

Nosotras crecimos en el miedo, todas. Un miedo más o menos explícito, más o menos sutil, más o menos trágico, pero miedo sin ninguna duda.


El primer hombre que nos asustaba era el hombre padre, el que mandaba en casa, el que gritaba como una hidra cuando se enfadada, el que actuaba casi siempre por sus cojones, por sus miradas, por sus amenazas, por sus puñetazos en la mesa, o, simplemente, por su poder físico, legal, social y económico. No razonaba: razonar con una hembra era una debilidad, la misma que han entendido muchos grupos de machos a lo largo de la historia: veían una degradación de su grandeza cualquier relación sexual con la hembra como no fuera solamennte para la reproducción.
Dios es hombre en todas partes y está en todas partes, como cada hombre. Los cabeza de familia eran y son mayoritariamente hombres, como los curas, los papas, los médicos, los jueces y los policías.
Y nosotras aprendimos enseguida a guardarnos de ellos, a temerlos, a habilitar estrategias para no ser sobadas, amenazadas, humilladas o, en última instancia, preñadas.Por eso, hasta cierta edad, las niñas no íbamos ni volvíamos solas al colegio: estoy segura de que la inmensa mayoría de las mujeres de mi generación ha sufrido en la infancia el acoso de un sátiro, o de varios, las proposiciones veladas o no de viejos verdes y las groserías disfrazadas de halagos de los vecinos de tu propio portal cuando te empezaban a apuntar las tetas. Y a casi todas nos ha llevado al colegio el abuelo, la abuela, el hermano o la vecina.
Se nos podía decir de todo, aunque que  fuéramos guapas en cierto contexto controlado no era una ofensa, al contrario, era un halago para la familia: ¡Cómo se está poniendo tu hija, Manolo!, y Manolo sonreía orgulloso de la buena disposición de su hija para encontrar semental de cría.


Nunca era la mujer la que protegía al hermano a no ser que fuera mucho más pequeño y ella sustituyera las labores maternales: era siempre el hermano hombre el que tenía que acompañar a la hermana, incluso en contra de su voluntad, a instancias del hombre padre: ambos tenían la obligación de defender y salvaguardar la honra de sus mujeres del resto de los hombres.
¿O es que no os habéis parado a pensar por qué puta razón siempre hay todavía un «caballero» que se brinda a acompañarnos aunque seamos más viejas que la hermana mayor de Matusalén? Nos acompañan para demostrarnos que nos aprecian y nos defienden de otros depredadores y advierto que a veces se trata solo de una estrategia más sutil para encender la llama en la soledad del coche o del portal. Cuidado con los depredadores protectores y amables.

Queda claro que los hombres de nuestra sangre tienen la obligación de protegernos de… ¿las palomas cagonas? ¿Los incendios forestales? ¿La lluvia de primavera? ¿La contaminación mañanera?…. ¡Qué va, por dios! ¡Nos protegen de los otros hombres!
Y es que no hay momento más crítico para un macho que conocer al dueño de su futura: su suegro, gallos ambos, que se van a pasar el vástago femenino. ¡Ya puedes cuidarla, que si no…!
Por qué coño nuestro padre amenaza a otro hombre por si acaso no nos cuida. ¿Es que cabe esa posibilidad! ¡Pues claro que cabe! Todos los hombres saben que son depredadores dependiendo del contexto y todos saben que el futuro de su hija puede ser uno de ellos.
No voy a hablar de la calle o del Metro, lugar donde cualquier hombre que estuviese cerca aprovechaba para restregarse gratuitamente, o cosas peores, razón por la que la generación de mi madre llevaba alfileres de punta gorda como arma de defensa, después se pusieron de moda los esprays y los pitos, que se vendían con el mismo objetivo.


Desde luego, las madres nos enseñaban a mirar hacia atrás antes de entrar en el portal. Entonces era bastante común que un fulano distraído se colase detrás de ti e, incluso, se metiera en el ascensor, lugar del que se nos enseñaba a huir en caso de que subiésemos solas.
Se nos inculcaba también la huida sistemática de los grupos de mayoría masculina estuviesen donde estuviesen y uno de los lugares de donde las mujeres debíamos apartarnos era la obra. En caso de no hacerlo, se sobreentendía o que la mujer era una provocadora y daba su consentimiento tácito a ser insultaba, humillada y vitoreada por todos los obreros a coro, o era una imbécil, con lo cual también se podía ejercer el mismo derecho.
Despachos en los que ya se nos sonreía al entrar, se nos echaba una visual medidora, fundamentalmente a tetas y culo, y se nos hacían preguntas indiscretas y proposiciones guarras con olor a chantaje de o tragas o te vas a la calle.
¿A qué mujer con cierta edad no la han encajonado en algún rincón del lugar de trabajo? Pues a la que no le había enseñado su maestra madre que no se mete una en los rincones de ninguna parte, que se pone una siempre en un lugar de rápida salida, que no se da la espalda, léase el culo, en el Metro, sino que se una se sitúa contra la pared, que no se acerca una a ningún hombre o grupo cuando ya ha oscurecido, máxime si están alrededor de un bar o similar…
Hay que tener cuidado también con los médicos y enfermeros, razón por la cual una mujer no debe de ir sola consultas ni a citas jamás, y no se va a la casa de una hombre solo por ninguna razón, incluso cuando tenga familia si no está en ese momento presente; no se mete una en una habitación con un hombre y cierra la puerta, jamás; no se mira a hombres desconocidos ni se aceptan invitaciones de ninguno; no se invita a casa a ningún hombre, salvo que una ya sepa y asuma que va a acabar con él en propia cama…

¡Y para qué hablar de la pareja! Ese hombre que no es de tu sangre pero va a juntarla con la tuya para hacer hijos y comprar el coche o el sofá a plazos, ir de viaje en vacaciones o dejar que le cuides cuando tiene fiebre. Eso es meter el enemigo en casa, pero ante él no había defensa posible: tenía todo el poder, el de la fuerza, el de la mentira y la simulación, la amenaza, el chantaje, la culpabilización… Estás obligada a acostarte con él, ya lo sabes, son sus derechos de patriarca y si no lo haces, pensará que eres una zorra que tiene un amante, porque los hombres jamas piensan que has dejado de quererlos o que les tienes miedo o que no te apetece, sin más. ¿Cómo no te va a apetecer acostarte con un barrigudo mentiroso y agresivo que acaba de mentar a tu madre? ¡Es tu marido! ¡Lo sepas!
Y así hasta el infinito.

Porque las agredidas , violadas o similar se sienten culpables. ¿Y de qué coño se sienten culpables si han sido ellas las víctimas? Culpables de no haber sabido prevenir, de no haber sido prudentes, de no haber sido cautas y decentes, de haber quedado manchadas para toda la vida. El hombre no tiene la culpa de nada: es así por naturaleza, pero nosotras, no, queridas. Las propias mujeres las culpan de no haber aprendido a defenderse, a mantenerse alejadas de ellos, a no ir por caminos solitarios o no salir de noche. Es que somos nosotras las que tenemos que evitarlo, jodías, a ver si lo entendéis.

La cosa es bien simple: todas las mujeres son unas putas, menos mi madre y la reina Sofía. (Cita de Torrente). Y lo son no porque ejerzan la prostitución, sino porque llevan dentro la semilla de la promiscuidad y la mentira, por eso no pueden ser ellas las diosas de las religiones poderosas, por poner un ejemplo. El mérito mayor de una diosa, la Virgen María, es precisamente el de seguir siendo virgen, es decir no tener mancha,seguir inmaculada, después de parir. Ese es el punto. Las demás somos putas in parto, ante parto y post parto. No hay más.
Y ser puta consiste, entre otras cosas, en provocar los instintos del macho. ¿Y cómo se hace eso? Pues muy fácil: existiendo.
Para que lo entendamos. El hombre no puede dominar sus lícitos instintos de reproducción de gorila humano y si una hembra de buen estar y ver se le acerca, al olor, se enciende el mecanismo secundario de las zonas pelvianas, único que les funciona siempre a no ser que ya estén para el desgüace.


Y eso no tiene posibilidad de control. Una vez que se enciende el mecanismo, o sigue o le da un ataque de represión penial tan fuerte que tiene que irse al médico o arreglárselas solo, aunque también puede paliarse mediante el contrato de señoras putas por horas que hacen el trabajo que no hacen las demás.
Por eso, de toda la vida, han existido los prostíbulos, servicio social que consistía en tener lugares donde los gorilas, digo señores, iban a «desahogarse», actividad que todo el mundo veía como algo natural, tanto que se guardaban derramas en testamentos o se iniciaba a hijos y sobrinos en esta cuestión por pura necesidad: iban a convertirse en clientes lo quisieran o no y había que enseñarles el mejor lugar y la madama más limpia.

Si una mujer, por puta o desinformada, encendía los instintos pelvianos del jefe, médico, compañero, sátiro profesional, viajante de Metro, vecino del quinto, jefe, etc., o salía corriendo o se exponía a ser requerida para arreglar el desaguisado. La posibilidad de pagarle ella la puta al señor no ha sido nunca comtemplada y no entiendo por qué: hubiera sido lo más lógico. Yo te enciendo, tú te quemas por mi culpa, pues yo te pago el cubo de agua que te apague y todos tan contentos. Ante un posible violador, y también pueden serlo maridos, tíos, primos, vecinos, profesores, jefes, policías, etc., cabría la posibilidad de ofrecer un ticket para el prostíbulo más cercano, de urgencia o con cita previa, dependiendo del descontrol del pobre hombre victimado.

Por todo ello, las mujeres, en cuanto éramos capaces de encender la pelvis gorilera, éramos obligadas a recogernos el pelo, a ponernos sostén, a no acercarnos a los chicos, a juntar las piernas, a no montar el bici , y según en qué culturas, a taparnos cabeza, piernas y brazos… Os recuerdo que en algunas de esas culturas, la virginidad es exigencia legal prematrimonial so pena de sufrir penas sociales y, no digamos ya, divinas. En el lote se incluye el maquillaje facial, elemento de adorno que también enciende a los hombres, motivo por el cual, cualquier mujer pintada es sospechosa y si es de noche, se le pide la tarifa.

De este fenómeno natural se nos ha mantenido informadas desde que existe el hombre sobre la tierra: no se tocan las plantas cuando se tiene la regla ni se hace mayonesa, que se corta y además,se está inhabilitada para el mecanismo de marras, el polo opuesto a la virgen de lo que sea. No digo nada si además la mujer manchada suele desmelenarse los fines de semana y es cachonda. ¡Lo que es es una guarra con todas las letras! Y a las guarras se las puede utilizar para solucionar problemas pelvianos del hombre, porque, para qué otra cosa valen, y si no, que no lo sean.

Claro que el depredador más peligroso está en casa. Es ese del que tú pensabas que era diferente a los demás hombres. ¡Qué graciosa! Uno que te habían fabricado para ti sola, pedazo de tonta. Uno que no te llamaba puta, más o menos finamente, en cuanto le llevabas la contraria, que no te mentía ni amenazaba, que no vacilaba con toda la que se le ponía a tiro y te exigía a ti fidelidad de monja, noooo. Uno respetuoso, que te veía como a un igual, que no pretendía que se hiciera lo que él quisiese, a quien no le molestaría jamás que tuvieses más éxito que él en tu trabajo. Uno que comentaba contigo las cosas del día a día e intentaba comprender tu punto de vista, uno que no veía chochos en lugar de mujeres, que te daba tu espacio y admiraba tus habilidades como persona, que no te despreciaba porque te habías puesto gorda, que no gritaba en cuanto se le contradecía, que no te daba miedo, sino admiración, que no te provocaba tensión, sino dulzura, que no te hacía desconfiar, sino en quien confiabas más que en tu propia vida, y, claro está, uno que jamás te hubiera levantado la mano ni te hubiera sometido a crueldad de ningún tipo, sicológica tampoco. Pónganme cuarto y mitad si encuentran algo así en alguna parte… y no importa el precio.

Pues bien. Todas estas enseñanzas no escritas y más o menos desordenadas, se han ido traspasando de madres a hijas en aras a la autoprotección, conscientes siempre de que la mujer estaba en inferioridad de condiciones y de que no había un solo hombre que una vez encendida la máquina de matar, no matase, y no se excluía a ninguno.
Pero la modernidad ha traído estos lodos: las madres dejaron de transmitir estos conocimientos convencidas de que los hombres habían cambiado, de que ya no era necesario defenderse de ellos, de que todo ese calvario de siglos había terminado. Y la realidad nos ha demostrado lo terrible de su equivocación.
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Hace unos años, no muchos, en un contexto de absoluta confianza y libertad, ante la creencia de muchas chavalas de que sus compañeros no eran ya machistas como sus padres, hice una pregunta sencilla y pedí, solo, sinceridad. ¿Cuántos de vosotros aceptaría sin distinciones como madre de sus hijos a una chica promiscua?
La respuesta fue aplastante y dolorosa: ni uno solo de los chavales la quería como compañera, salvo para un rato. Para tener hijos y crear una familia, todos preferían una virgen o, al menos, una chavala decente.

Como sus putos ancestros. ¡Qué asco de los gorilas!

¡¡¡¡¡¡QUE NO!!!!!!!!

Le ponía aquella tía, tan altiva, tan chula, tan segura de sí misma. Y la miraba sonriente, empeñado en hacérselo notar, convencido de que acabaría por encontrar la ocasión apropiada de tenerla cerquita, a su alcance.

Solo cruzaban los saludos de rigor hasta que un día, cuando ella fue a entrar en el portal, se lo encontró a la espalda. Se metió en su territorio acercando la cara y sonriente, como un maki navaja con colmillo dorado, agrandó el mundo de sus palabras y empezó a situar a la presa. Ella disimuló y le respondió con evasivas, ya se sabe: las mujeres son muy listas y las más listas de todas se hacen las estrechas para encelar a los hombres, eso estaba claro, así que con aquel bagaje de misión cumplida, dejó paso al morlaco y se retiró hasta nueva orden.

Insistió en la estrategia, aunque era dura de pelar y se negaba a tomar un café ahí al lado, total, qué importancia podía tener, hasta que un día, ella aceptó la invitación. Y de ahí al paseo, la cena y la cama no hubo nada. Acabaron juntos, era de esperar, aunque ella era dada a negarse a todo, casi por cabezonería heredada de la madre, tan burra como ella.

Pero al poco tiempo, después del primer hijo, le dijo que aquella noche no quería historias con él, que no la tocase, que no le apetecía, y él, que la quería, lo dejó pasar. Ya se sabe, las tías se vuelven locas cuando tienen la regla o será por haber parido hace poco, vaya usted a saber. Se reincorporó al trabajo y a él no acababa de gustarle la idea de imaginarla entre el resto de los machitos de la empresa. Era él muy dueño de sus cosas para compartir ni una  sonrisa de ella con nadie más, así que le propuso que dejara de trabajar, y ella, erre que erre, se negó, costumbre absurda que tenía desde que eran novietes. Pero ya se sabe, las mujeres hacen caso de sus madres más que de nadie y de nuevo la suegra pinchaba por detrás. El hombre tenía una tremenda paciencia.

La encontró llorando un día y le preguntó qué le pasaba, se sentía sola y sospechaba que la engañaba, pero él se echó a reír, tontina, cómo iba yo a engañarte con nadie ¿no te fías de mí? Y ella lo negó, no se fiaba, eran demasiados retrasos, demasiadas pequeñas y grandes mentira, demasiado no saber dónde estaba, demasiadas excusas, demasiadas conversaciones por chat, demasiada agenda  de trabajo. Y se acercó a acariciarla, pero ella se negó. No quería caricias, quería respeto y sinceridad, bobadas que dicen las mujeres cuando tienen ganas de buscarte las cosquillas. Decía no sé qué de que eso de meterla mano cuando estaba enfadada era  tratarla como a una niña imbécil o un animal, que se le contenta con una golosina o un polvo. Que quería aclararlo y no sé cuántas tonterías más. Y se negó a acostarse con él, que era el padre de su hijo, su compañero, solo por humillarle. Y eso esta vez le dolió. Y la sujetó por el codo con cara amenazante y empezó a gritarla que si esto que si lo otro. Y ella se defendía: no me grites, no me toques, no me zarandees, no me amenaces, no me empujes, no me… Y el niño se despertó y ella salió corriendo a mirar qué le pasaba. Aquella noche, a pesar de sus negativas, hubo cama. Qué iba a hacer, era su marido, según él, tenía derecho ¿o es que ella tenía un querido? Por qué no iba a querer hacer el amor con él, qué motivo podía tener salvo que tuviera a otro. Pero ella decía que no, siempre el no por delante, que no sentía en ese momento ni un átomo de cariño por él, que se sentía humillada, amenazada y maltratada. Otra vez las tonterías de siempre, negarse para vengarse de él. Las malditas estrategias de las mujeres que estaban empezando a hartarle.

Pero la tía altiva y cabezona que conocíó seguía dentro de aquella compañera triste y esquiva en la que se había convertido y un día ella quiso explicarle: estoy cansada, algo no va bien, no me gusta tu comportamiento, no me fío de ti ya, no te entiendo, me siento maltratada, no me respetas, aprovechas que no tengo tiempo para hacer lo que te da la gana, no sé dónde estás  nunca, me levantas la voz continuamente… Y esto se tiene que terminar.

¡Y lo decía tranquilamente! Él, que la quería con locura, que se había desvivido por hacerla feliz, resulta que, encima, se quejaba, que no tenía bastante, que se sentía maltratada. Seguro que se le había adelantado la menopausia o que estaba deprimida por algo, las mujeres siempre andan que si me siento así, que si me siento asá, que si no me quieres, que me engañas. ¡Cuánta tontería!

Y no hizo caso, se le pasaría como se le habían pasado otras cosas. Pero un día, encontró la casa medio vacía  y una nota en la puerta del frigorífico. Se iba previa consulta con su abogado. No quería hacerle daño, pero no podía soportar más esa situación. Le tenía miedo, sus gritos y sus amenazas eran terribles para ella, sus mentiras, evidentes, su falta de respeto, intolerable ya.

¡Y creía que iba a quedar así la cosa! Hasta los huevos estaba de oír negativas desde el mismo día en que intentó ligar con ella en el portal. Ni una puta vez le había obedecido, ni una puta vez le había seguido sin protestar, criticar o negar. Ni una puta vez la había encontrado dócil. Se negaba a acostarse con él, la muy puta. Le criticaba, le exigía a gritos que no le levantase la voz… Pero quién coño se había creído que era.

La enganchó por el brazo cuando salía del trabajo, la metió en el coche y salió pitando. Ella gritaba y lloraba al mismo tiempo, pero esta vez le daba igual. Intentó acercarse a ella con el coche parado en el arcén de ninguna parte, pero su mujercita salió corriendo, aterrorizada, huía de él, de su marido, como si fuera un monstruo, un loco o un violador. Y ya no tenía paciencia para tanta negativa.

La encontraron en un charco de sangre, entre los matorrales que separaban la valla ganadera del arcén de la autopista. No sabía que había pasado. Quería hacer las paces, estar un rato juntos como cuando eran novios, pero ella decía a todo que no, se defendía de él como si fuera a hacerla daño, lo miraba como si no le conociese… Y se le nubló la vista. Necesitaba ver sus ojos suplicantes de caricias, escuchar su silencio, sentir que le quería, que nunca le dejaría… Pero la muy puta volvió a decirle que no.

 

 

 

 

VIEJUNOS : UNA VIDA MARAVILLOSA.

Oigo una y otra vez a grupos sociales quejarse de todo, de absolutamente todo, y aunque soy una quejica congénita y una criticona indomable, a veces, sus quejas me causan dolor.

En mi infancia no existía la leche embotellada, pasteurizada o ningún otro ada de nada: había que ir a comprarla con un cacharro de aluminio con asa a las vaquerías, que las había en el centro de Madrid, te medían la pócima con un jarro de aluminio, la tapabas y volvías a tu casa con el miedo profundo de que se derramase al compás de tus pasos cantarinos. Luego, había que hervirla tres veces para matar los bichos, y recoger la nata, que algunas de las mujeres obreras de mi barrio la aprovechaba para muchas cosas. Si se salía la leche o se socarraba, había desgracia familiar y bronca: no había más dinero para comprar otra lechera y había que tomarla socarrada por narices. Por supuesto, en la inmensa mayoría de los hogares, que entonces éramos obreros, no había teléfono ni televisión, ni hospitales a donde acudir si había una urgencia, solo casas de socorro, eso sí, en cada barrio, donde te cosían las heridas sin anestesia porque no había. Y lo digo con absoluto conocimiento de causa.

Conserva aún la placa, en Retiro.

La policía de Franco, hasta mucho después, te daba pal pelo solo con  que te reunieras en una esquina con más de cuatro amigos, y si te llevaban a los calabozos de la DGT, hoy Comunidad de Madrid, no había ni juez ni leches: te daban una paliza y te soltaban si no tenías antecedentes, pero te fichaban y ya los tenías…, para la próxima.

ALMODÓVAR, ANTES DE SERLO.

Las mujeres no podíamos salir de casa solas al anochecer, so pena de ser etiquetadas para siempre de putas y provocar el desprecio y el rechazo de los casaderos del barrio cuando los vecinos miraban.

EN LOS CUARENTA.

No había un duro para hacer la compra, los sueldos eran tan miserables que había que vivir de prestado todo el mes y pagar luego cuando te daban el sobre en la empresa. No voy a explicar lo imposible de comprarse un piso: los matrimonios vivían con sus hijos y sus padres en la casa de alquiler que ocupaba el anciano desde antes de la guerra. Y las corralas eran tan normales que hasta los pequeños empresarios vivían en ellas, las más monas, eso sí, pero corralas al fin y al cabo.

EN LOS OCHENTA.

No se comían filetes a la plancha ni se iba a los restaurantes: eso era para los ricos, una minoría que solía tener buenas relaciones con el poder, directa o indirectamente. La clase media no existía o yo no la recuerdo. No  se puede imaginar cómo las parejas jóvenes se casaban, tenían hijos y los criaban: los hombres trabajaban en varios sitios y no tenían un solo día de descanso a la semana. Y eso si no eran borrachos o jugadores, que de todo había entre los pobretones. De droga, nasti de blasti, ya estaba el chato vino y la cazalla, tónicos que permitían a los esclavos de la industria o la construcción trabajar miles de horas por  casi nada.

En la universidad, y tengo constancia directa, era normal que por cada trescientos alumnos, muchos hijos de terratenientes de provincias que les mantenían en colegios mayores, solo había dos hijos de familia obrera.  Echad el cálculo de la proporción.

los setenta.

Nada de relaciones prematrimoniales  ni de libertad femenina. A la mujer que se atrevía a ir al cuartel de la Guardia Civil o a la comisaria de Policía, una por barrio como poco, a denunciar que su marido le había dado la paliza del jueves, la mandaban a casa entre sonrisas de burla. Y es que era lo que había tocado: no había divorcio ni derechos femeninos ni posibilidad de huir del mostrenco, o monstruo directamente, que te hubiera tocado en suerte, porque si no te casabas, era peor. Los niños, a callar y a besar la mano de los curas por la calle, a ir a misa y a hacer la comunión, no sea que sospechasen que tu padre  era un puto rojo y ahí sí que la habías cagado para siempre.

MAYO FRANCÉS.

Y durante años y años, las cosas cambiaron muy poquito, sobre todo para los que no tenían rentas vitalicias, poder, amigos ni enchufes, que era lo que se llevaba, a ver si os vais a creer que la corrupción es un vino joven y no de cosecha y crianza de un  montón de años.  A lo más que podía aspirar una chavala de mi quinta era a ser vendedora del El Corte Inglés o secretaría, trabajo que solía incluir ser la querida del  jefe por imperativo categórico.

En la movida madrileña, y a pesar de la publicidad, las mujeres que volvíamos solas por la calle éramos perseguidas sin faltar un día por hombres, más o menos peligrosos, que se creían con derecho absoluto a intimidarnos, porque ir sola por la calle, en plena movida y salvo para los modernos, era señal de hacer la calle o de desearlo.

Nuestros padres no podían ayudarnos, ya tenían bastante con mantenerse en la vejez con la miseria de pensión, si la tenían, que les quedaba, compartida ya entonces con el sueldo del jefe de la manada, con cuyo tesoro mensual tenían que sobrevivir padres, hijos y nietos, y dormir, que esa era otra: todos en una casa de corrala y en literas o en el comedor o encima del fuego o en un cajón de la cocina…

VÍCTIMAS DE LA POLIO, ENTRE ELLOS, AMIGOS Y VECINOS.

No había vacunas para los pobres y solo con la tragedia de la polio, Europa no se ha librado de ella hasta 2002,  las autoridades empezaron sobre los años cincuenta  a repartir vacunas que previeran aquel espanto que destrozó la vida de muchas familias. El Pelargón, leche infantil de la postguerra hasta los años cincuenta, otra gracia del momento, mucho después la colza, demuestran hasta qué punto la salud de la gente era un asunto de medio pelo para nuestro dirigentes. Y el tema del aceite de colza es de 1981, y también lo digo con absoluto conocimiento de causa: la primera muerte fue la de un niño vecino de Torrejón de Ardoz: nadie tomo precauciones higiénicas de ningún tipo y todos seguimos trabajando sin saber  dónde ni cómo podíamos contagiarnos. Un auténtico espanto que certifico.

Había becas, eso sí, pero solo para obreritos que superasen la nota media de notable en cada curso, lo mismito que ahora. Lo de repetir era algo desconocido, como el hecho de que se te calificase no por lo que sabías sino por la buena intención, ni recuperaciones ni gaitas: una prueba de ingreso para hacer bachillerato elemental, una reválida, o prueba externa ante un tribunal, a los catorce, acabado el Bachillerato elemental  y otra a los dieciséis, acabado el Bachillerato superior. Con todo ello aprobado, podías hacer el Curso Preuniversitario que te permitía, aprobado todo entero sin regalos de ninguna clase ni suma de  la media del expediente ni zarandajas, entrar en la universidad. Todos iguales, todos con el mismo nivel, todos con las mismas oportunidades teóricas y similares conocimientos. Y probablemente todos traumatizados para siempre por la dureza del sistema, tanto que aquellas generaciones hemos sido capaces de seguir adelante, protestar, criar a nuestros hijos y luchar hasta la muerte, sobre todo las mujeres, por conseguir una vida mejor. Unos traumas tremendos  e inhabilitadores … por los coj…

No se ayudaba a los menos favorecidos, es verdad, y si eras lento, torpe o vago, podías olvidarte para siempre de tener título académico alguno. Y tampoco existía el acoso: si no eras fuerte y tocabas las narices del grupo o eras diferente, te preparabas para recibir hostias como panes y, o te convertías en un tarado, o aprendías a defenderte. Y  en el primer caso, en lugar de ser el niño protegido de tus padres, eras la vergüenza del cabeza de familia que había educado a un imbécil que no tenía huevos para defenderse. Por supuesto, cualquiera podía darte una colleja, desde el profe si no obedecías como un muerto, hasta el vecino si te pillaba haciendo una gamberrada. Lo peor  era que el vecino solía chivarse y entonces tus padres, en lugar de pegar al vecino por regañar a su hijo, te daban otra mano de hostias por volver a avergonzarles, así que tenías mucho cuidado de no avergonzar a nadie por la cuenta que te traía.

Y eso, en el caso de las niñas, incluía sentarse con las piernas juntas, no enseñar jamás las bragas, no usar pantalones, que era de guarras y marimachos, no usar bikini, que apareció por estos lares sobre los años sesenta y le costó al entonces alcalde de Benidorm la amenaza de la excomunión, que a vosotros os dará risa, pero que en aquella época significaba que tu familia y tú te quedabas sin ningún derecho civil. Lo mismo que si se te acusaba de comunista, había que ser católico por narices, o hacías alguna mariconada sospechosa: se te aplicaba la Ley de vagos y maleantes como se aplicaba la Ley de Policía de espectáculos, con la que se cerraban cines y teatros a cascoporro cuando le convenía al obispo de marras, eso sin hablar de la censura artística, que ya está muy trillada.

No había maricas ni lesbianas, lo sepáis. En España, con toda la boca, solo había hombres de bien y mujeres de su casa. Y si no, atenerse a las consecuencias, que era siempre la eliminación de la sociedad del grano infecto por múltiples caminos más o menos sutiles.

Luego, los jóvenes empezaros a ponerse minifalda y pantalones y a dejarse los pelos largos y la lucha generacional entrañaba que los padres, dueños absolutos de las mujeres de la familia, te echaban de casa con una mano delante y otra detrás: y a hacer la calle para vivir o a encontrar a algún pavo que quisiera darle nombre al niño y darte a ti de comer. Si escudriñáis en el pasado de muchas famosas viejunas de este país, veréis como muchas fueron madres solteras, supervivientes de una sociedad que, según los jóvenes de ahora, es terrible y durísima para ellos, que no quieren tener hijos hasta haberse comprado una casa y montado un negocio, que creen que emborracharse sin motivo  a fecha fija  es un derecho universal y no se avergüenzan de vivir de sus viejos con cuarenta tacos, eso sí, muy ecológicos y sanos ellos, bien vacunados y bien vestidos, que no han visto una alpargata en su vida.

OCIO JUVENIL EN LOS DOS MILES.

Nenes,  protestad y exigid hasta reventar, siempre hay que protestar y exigir más derechos para los que no los tienen, refugiados y emigrantes por poner un ejemplo, seres a quienes no creo que vea nadie haciendo botellón ni pasando el fin de semana en la Sierra,  pero no vayáis de víctimas. No tenéis ni puta idea de lo que es eso, os lo aseguro.