LOS SUEÑOS DE LA IZQUIERDA Y EL EFECTO LLAMADA.

LOS SUEÑOS DE LA IZQUIERDA Y EL EFECTO LLAMADA.

Soy una ignorante  en política: lo confieso. Hace muchos años que se me disociaron en el cerebro los sueños y las realidades, quizá porque soy mujer y me falta capacidad de abstracción y de comprensión.

Y quizá por eso mismo me parecen clases de profe aburrido y decimonónico  las proclamas de Podemos: cada vez que abren la boca, saco el cuaderno para tomar apuntes: son todos licenciados en Pedagogía, teóricos de la inmadurez y enfermos de juventud. Y no entiendo nada y nada de lo que dicen tiene un referente a mi alrededor. La libertad, la justicia, la igualdad, los derechos civiles… dejaron de tener sentido para mí desde casi la más tierna infancia. Luego, en la sede de la cultura, la cosa se agravó: me dejaba prácticamente idiota la actitud progresista y de izquierdas de los hijos de los gobernadores civiles y militares de Franco y las cofias de las criadas de las esposas de dirigentes comunistas. Mi barrio y mis vecinos llegaban con los garbanzos a final de mes a muy duras penas y a costa de pedir prestado a Pedro, el dueño de la tienda de ultramarinos.

Casi todos odiaban el sistema político en el que vivían, casi todos eran pobres y casi todos tenían miedo. Las palabras de mis compañeros de universidad me sonaban a cuento chino: los fines de semana se iban a esquiar a Sierra Nevada, mientras, yo bajaba a pedir prestado un kilo de patatas y un poco de café. Y jamás abrí la boca para proclamar nada: me daba auténtica vergüenza.

Han pasado muchos años y Julio Iglesias sigue cantando la misma horterada de mi juventud. Oigo y veo, y he visto y oído a lo largo de este tiempo, miles, millones de frases, arengas, discursos, promesas… de la gente que se llama de izquierdas, progresista, revolucionaria…

En casi todos los casos, y hay alguna gloriosa y admirable excepción, no predicaban con el ejemplo, cosa que la gente conservadora, la inmensa mayoría cuando cierran la puerta de su casa o se encuentran en un pequeño grupo de confianza, saben hacer a las mil maravillas, claro que, hay que reconocerlo, esto es muchísimo más fácil.

Quién coño va a querer, sinceramente, pagar con sus impuestos las operaciones de cambio de sexo mientras que la Seguridad Social no  cubre los problemas dentales de sus hijos ni los suyos propios. Quién coño va a defender que se meta en su piso, o en el de sus padres, un grupo de familias y te dejen en la calle después de llevar cuarenta años pagando la hipoteca. Me imagino al propio Iglesias dejando su casa y la de sus progenitores, hermanos y cuñados,  a grupos de desahuciados, para dar ejemplo.

Quién quiere vivir en el mismo bloque que los gitanos chabolistas realojados. A quién no le causa sorpresa, y sentimientos peores, ver en el Metro al héroe de turno: ropa de hombre, tacones y meneo de caderas. Atiende a l nombre de Diana y tiene los huevos de ir solo por la vida con esa pinta. Pero nadie quiere acompañarle en sus paseos.

Quién no habla y habla y habla como cotorra en celo verbal  maravillosamente correcta y  luego, cuando va al partido de turno, insulta al árbitro, al jugador africano, al que cree marica, al equipo de enfrente  y a la madre que los parió a todos, con absoluta impunidad.

Quién no defiende el pacifismo de boca y luego, cuando el coche del imbécil te adelanta por la derecha, lo matarías si tuvieras algo a mano para hacerlo, impunemente también, clero.

Solo el miedo a ser pillado y castigado, impide que le pinchemos la rueda al vecino que nos jode todos los días cuando aparca el coche encima del nuestro.

La libertad es un arma de muchos filos y, como soy mema, quienes la usan todo el santo día como si fueran sus dueños, me suenan a las palabras del cura en las misas de mi infancia: palabra de dios.

El populismo y la demagogia han existido siempre, por intereses ocultos o sin ellos. Lo terrible es que los cerebros bienintencionados no se den cuenta de que la realidad no les sigue y que la gente que les escucha se da cuenta enseguida: basta con mirar alrededor. La historia real de los hombres no se escribe en discursos parlamentarios. Cuando se quieren cambiar las cosas, quizá lo primero que hay que hacer es conocer las cosas y llamarlas por su nombre, aceptando de entrada, que todos cagamos y no hay una sola mierda que huela bien. Ni de izquierdas ni de derechas. A partir de este ejercicio de humilde realismo, podríamos empezar a actuar.

El otro día, escuchando la radio, la cadena Ser exactamente, me dio un pasmo cerebral.

Los sindicatos habían asistido en masa a la manifestación que en Barcelona defendía la llegada de refugiados a España y la libertad de tránsito de todos los seres humanos, planteamiento que apoyaban y compartían fervorosamente.

Acto seguido, en una noticia de ámbito nacional, se explicaba cómo los mismos sindicatos, no creo que inventasen unos nuevos para esta noticia, estaban en pie de guerra, dispuestos s la huelga y a manifestaciones y acciones varias, apoyados por interinos y padres de los mismos, para impedir que se convocasen oposiciones  a profesores de Secundaria en la comunidad murciana.  Y me quedé perpleja: los sindicatos llevan años y años pidiendo que se convoquen oposiciones y se invierta más en servicios públicos, etc.

La explicación era esta: en Murcia no se quiere que se convoquen oposiciones si no se convocan en las comunidades vecinas, no sea que se produzca el efecto llamada y los vecinos vengan a hacer oposiciones a Murcia, sean mejores que los murcianos, y ganen las oposiciones que son nuestras, o sea, de los de Murcia. Vamos, que los emigrantes futuros profesores y opositores valencianos , andaluces o manchegos no son bienvenidos en Murcia. Palabra de sindicatos.

O sea, que vengan sirios y sirios, porque esos no van a vivir a nuestro lado ni nos van a quitar el puesto en la oposición ni la tranquilidad en el bloque, pero a los vecinos reales del pueblo de al lado, ni agua, que lo nuestro es para nosotros.

Un ejemplo estupendo de los sueños, incoherentes, de la izquierda.

Es mucho más cómodo aliarse con los que, desde el principio, defienden que mi casa es mía y no me la puede quitar nadie, que mi dinero es mío y hago con él lo que quiero, que los gitanos no deben vivir con los payos, que los maricas no tienen que pavonearse por la calle so pena de sufrir las consecuencias… Es muchísimo más cómodo y más real. No tenéis más que ir a un partido de fútbol, o ver un fragmento por la tele: da miedo. El mismo que da la inconsistencia histórica de los próceres que se dicen de izquierdas, tan locuaces y soñadores y tan poco prácticos, valientes ni real y personalmente comprometidos. Para nuestra puta desgracia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

COSTAS LAS DE LEVANTE…

Las últimas tempestades habían llenado de basura y desperdicios parte de su coqueto escote. Palmeras enteras flotaban por las rías, enseres, algas muertas en cantidades ingentes y botellas, papeles, ropas, alambradas… Olía a mar del norte toda la costa, a pescado pocho y a violencia.

Pero el sol, tan amable casi siempre conmigo, lució como una antorcha en cuanto me vio llegar. Y a su luz de fuego, todo aquello tomó otro cariz porque entre las algas y los desperdicios, sonaban las máquinas limpiadoras y los gritos de los surfistas y sus acrobacias llenaban el horizonte, aprovechando los últimos coletazos del enfado marino.

El paseo artificial de todos los mares del este estaba limpio y brillante como una patena y se podía pasear arriba y abajo con la tranquilidad de un niño en la guardería. Gran parte de los negocios estaban abiertos y las gentes de fuera, como yo, y las de dentro, de más adentro, aprovechaban el buen tiempo para merodear y ver los estragos del bendito temporal, tomar algo y pasear al sol.

Todo hecho. Nada que preparar ni cocinar ni recoger. Solo la preocupación de salir al horizonte tan coqueta y limpia como la playa antes del temporal. La vida perfecta.

Me dormía cada noche después de ver la postal de la luna brillando sobre la ría y la playa y oyendo los coletazos del agua. No imagino ningún otro placer que lo pueda superar.

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¡DICHOSO MOMENTO!

Lo creo firmemente: elegir el momento, pillar la ocasión por los pelos, acertar con el instante preciso, es una habilidad de la que carecemos la mayoría de los humanos. No disfrutamos ya del instinto salvaje y a lo bestia que tuvimos (algunos, sí, quede claro), y muchos de nosotros despreciamos el valor inmenso de saber hacer o decir en el momento preciso, ni antes ni después.

He intentado explicar esto a gente joven, a la gente mayor ya no le explico nada, pero no lo entienden en general. Interpretan que cuando alguien te pide que hagas algo en un momento determinado es un tirano contra el que hay que rebelarse por el sencillo sistema de hormonas en estado de alteración perpetua.

Pero están equivocados y probablemente se den cuenta cuando ya sea tarde: no besar a esa mujer magnífica que está tan cerca, en ese momento en el que le da la luz del sol en los ojos y la hace pestañear, es un tremendo error del que no podrás recuperarte. Al cabo de unos días, ella entenderá que no te interesa lo suficiente y otro más listo que tú hará lo que no supiste hacer en su momento. Y la perderás.

No devolver el golpe inmediatamente después de la ofensa se convierte en venganza, en maquinación, en perversidad. No corregir el error y pedir perdón justo después de la palabra inconveniente provoca el rencor y la desconfianza de quien, de otro modo, valoraría como nobleza y valentía la capacidad de rectificar y reconocerlo de un modo inmediato.

No poner la comida en la mesa cuando es la hora de comer, no fregar los cacharros cada día cuando están sucios, sino acumularlos hasta que se desparrama la mierda por media casa, no ducharse a diario, desnudo y en el momento apropiado, podría llevarnos a hacerlo vestidos, a las cuatro de la mañana y cantando  parte de La Traviata, si es que nos la sabemos a medias.

Querer ser madre a los 65, enamorarse a los 80, ponerse minifalda a esa misma edad, cenar a las 6 de la mañana, reírse cuando los demás lloran, esperar que confíen en ti después de haberlos traicionado…. Solo son ejemplos varios de actitudes inoportunas. El hecho es bueno o malo, muchas veces, dependiendo de que uno sepa elegir el momento, ni antes ni después.

Tomar el sol cuando está atardeciendo es tan absurdo como esperar a ver si suena una campana que me diga si debo o no decir o hacer lo que estoy pensando. Hazlo. No des lugar a que el café se enfríe, el sol se apague o ella, o él, se aburran de esperar.

Si no te atreves o no tienes redaños para intentarlo, inoportuno amigo, vete a la cueva del oso, siéntate al amor de la lumbre y espera a ver si alguien más valiente y listo que tú quiere aprovechar el momento y acercarse a verte cuando el sol todavía caliente. No le des las gracias entonces por la visita. Espera a ver si alguna señal del cielo te indica el momento oportuno

LA SESIÓN FINAL DE FREUD, EN ARAPILES 16.

La obra, de un autor estadounidense desconocido para mí (Mark St. Germain), es una pura delicia, aunque podría no haberlo sido. La pericia de autor, traductor y directora  y la estupenda, limpia y muy profesional interpretación de los dos actores,  hace posible que el rato en que asistimos a su debate sea un rato de reflexión divertida, de sana reflexión sin alharacas ni petulancias, de recuerdo de todo aquello que nos preocupaba en un momento en que nos preocupaba algo.

                      Freud y su hija Anna.

El debate entre los dos personajes históricos reunidos en el despacho decorado por la hija de Freud, herido ya  de muerte, por una circunstancia anecdótica, da pie a un diálogo en el que el respeto y el afecto entre dos seres humanos no impide su enfrentamiento intelectual. Lo que pudo haber sido un tremendo petardo aburrido y con aires de grandeza es un diálogo lleno de guiños, de humor elegante, de sutileza, de encanto, de ritmo y de diversión.

El padre de Las crónicas de Narnia, representando la creencia, y el padre del Psicoanálisis, con mayúsculas, representando la ciencia y la razón, se enredan en una hermosa conversación que el autor sabe jaspear de anécdotas familiares, de detalles tiernos y cercanos y de un ambiente tan agradable que se pasa el rato sin darse uno cuenta.

La sala, pequeña: menos de 200 butacas, estaba casi llena y en un día de diario.  No hacía frío en ella ni calor. Mucha gente joven o mayor, nada de parejas de paseo. Probablemente, muchos admiradores de Freud,  con quien uno puede, y siempre se pudo, no estar de acuerdo, pero a quien no se le puede negar la importancia crucial en la cultura europea de principios del XX.

Al final, Freud descansa sentado en la chaise longue tan femenina mientras la luz del escenario y de su vida se apagan. Es el día en que Inglaterra declara la guerra a Alemania. Freud moriría el 23 de septiembre, veinte días después. Solo el momento en que su enfermedad entra en crisis ante los espectadores, un momento estremecedor, se sale de los cauces del ambiente de emoción y drama contenidos.

Aplausos sin histeria pero contundentes, saludos contundentes, pero sin regodeo. No salen a recibir nuevos aplausos. La gente se va tranquilamente de la sala, comentando en voz baja.  Ni una brizna de artificio por parte de nadie.

Bravo por este sorbo de dignidad.

 

PD.: A pesar de lo que parezca, la autora de este comentario debió haber acudido a la consulta de Freud mientras vivía si ello hubiera sido posible. Seguramente, me hubiera ayudado con cierto problema: mi móvil ha fallecido en circunstancias inexplicables y de forma también inexplicable he perdido los contactos y teléfonos de muchos de mis amigos y conocidos. Parecerá que me he marchado de todas partes o que he borrado a mis contactos, pero no. Me lo han resucitado, pero los datos han volado para siempre.

Creo que  vais a tener que acudir en mi ayuda: yo estoy incomunicada entre la nieve y el psicoanálisis. Y sobre todo, ante la ausencia de datos. Tengo la sensación de haber rejuvenecido treinta años, cuando nos llamábamos por el hueco de la escalera. Un cablecito, por favor.

 

 

 

 

 

 

EL HARARIKI DE TRILLO.

De entre todas las virtudes patrias que nos adornan, la coherencia ideológica y el sentido de la ética son las más notables. Por eso, además de avergonzarnos de nuestra mala pronunciación inglesa por puro orgullo español, nos avergonzamos de nuestros errores y de nuestras decisiones equivocadas o dañinas.

Y así lo venimos haciendo durante siglos y más siglos. Por eso, nadie espera subvenciones del estado: todos damos por hecho que en una sociedad mercantilista, capitalista y librecambista, además de liberal y europea, la propiedad privada es sagrada e individual y la del estado, de todos, y por tanto, intocable si no es por decisión de todos también. Por eso, todos pagamos impuestos relativos, adecuados a nuestros ingresos y, por supuesto, a ningún artista o catedrático se le ocurre pedir subvenciones, ni al estado darlas, para promover grandes viajes y escaladas a montañas ignotas ni personales investigaciones vendibles luego a grandes empresas farmaceúticas. ¡Quiá! En este país, no. Por supuesto, nadie protege a una religión sobre el resto, y a todas sobre los que no la tienen: lo privado es individual y cada cual subvenciona su intimidad como su dios, o ninguno, le da a entender. Recordemos que, además, esta es una monarquía parlamentaria aconfesional. ¡Faltaría más! Nada de regalar parcelas a congregaciones religiosas para que monten su colegio ni, por supuesto, seguir manteniendo subvenciones a colegios privados que hacen segregación sexual, y racial también, claro. ¡Somos un país libre y democrático!

Mucho menos vamos a quitar subvenciones a ONGS que han demostrado cumplidamente que se pasan las leyes judiciales y las morales por el forro de…. ¡Ni mucho menos! Y nada de agravios comparativos entre sexos, razas o religiones: la Seguridad Social se ocupa lo mismo de una cirrosis, que de un cambio de sexo o de la dentadura de todos los españoles. Por los… Perdón por el ripio.

Ni que decir tiene que nadie aceptaría jamás que cuando uno decidió en su día, sin tener cuatro cuartos, comprarse una casita de dos plantas, más que nada por no desentonar con los vecinos, luego tendría que hacerse cargo de la hipoteca, eso ni pensarlo. Por supuesto, no hay nadie en este país que piense que se debería meter en vereda a los usureros, perdón, bancos, y obligarles a cargar con su mierda como hacemos todos los españoles, cada uno con la suya. ¿O no? Porque aquí, en un país tan justo y tan democrático, tan poco demagógico, donde los medios de comunicación de uno y otro lado jamás manipularían la idem, jamás se generalizaría por intereses especulativos o por vender lo que fuere. Aquí se ve cada caso en particular y no se piensa que todos los que deben dinero al banco tienen razones justas para no devolverlo ni que todos los funcionarios son vagos, todos los militares, fascistas, todos los de izquierdas, honestos, todos los periodistas, valientes… ¡Para nada! Aquí analizamos reflexivamente cada caso y somos realistas, como consta en nuestra hermosa tradición cultural, madre y padre de la novela picaresca , por poner un ejemplo.

Por eso, nuestros líderes, sean del color que sean, asumen siempre las consecuencias de sus decisiones políticas, porque las judiciales ya se las obligan a tomar jueces impolutos, de moral democrática intachable  que tienen muy claros los derechos de hombres y mujeres y están a la última en sicología clínica y sociología. Nada de jueces de la Guerra del 14, nada de machistas trasnochados, ni curas ni alcaldes mussolinianos, ni monjas franquistas, ni progres burgueses, ni vividores con funcionariados por libre designación, ni rectores plagiarios, ni padres irresponsables que no controlan a sus hijos, ni cuentistas. Aquí, no.

Aquí la cultura la surte el estado a todos por igual y el que quiere una más mona para sus amigos, se la paga de su bolsillo. Los libros son baratísimos y, por supuesto, los premios literarios no se dan nunca a amigos de periodistas, por poner un ejemplo imaginario.

No hay ninguna diferencia entre un barrio y otro y los pitufos no ponen multas a los curritos mientras hacen la vista gorda a los cochazos aparcados en el barrio de La Manca, por poner otro ejemplo más.

En este pulcro país, todos somos iguales. Por eso, los grandes políticos, cargados de razones y de orgullo patrio y genético, próceres intachables que nos regalan a todos con su inmensa y demostrada sabiduría, prefieren hacerse el harakiri, con seppuku incluido, antes que aparecer en la televisión de todos, la más ecuánime y culta de todas porque la pagamos entre todos, contando una coplilla de borracho para explicar cómo deja un sillón para volver al suyo, el mismo desde el que parece que opinan que tuvo un pequeño tropiezo de unos cuantos muertos. En este hermoso país, un funcionario lo es hasta la muerte, para eso se lo ha ganado en justa pugna.  Y un político también.

Por eso, cierto digno ministro ha seguido el camino de un colega japonés y ha aparecido harakirado anoche, en su lujoso chalet de la Moral Vieja. Justo y digno final para quien se caracterizaba por la defensa de aquella frase tan española y eterna: el que la hace, la paga y viva Honduras.

Y que vivan  también las virtudes patrias.

 

 

NUEVO AÑO 2017.

O aseguro que seguirán saliendo brillitos de purpurina muchos meses después de que los Reyes  vengan esta noche a verme. Llegará el verano y seguiré viendo relucir polvo de colores por entre los muebles, encima de las ruedas del aspirador o en la taza del wáter. No hay forma de librarse de ellos una vez que los has adoptado, como los hijos tontos, los novios tontos o cualquier otro tipo de tonto con sello de garantía y código de barras, o sea los de calidad: no hay forma de librarse de ellos.

Y aquí seguimos, pasados unos cuantos días llenos de tópicos y de alharacas, con un nuevo decimal pegado al culo y los mismos rollos del decimal anterior. Los niños lo perciben y lo esperan como un ciclo nuevo y diferente, ilusionados con cumplir los doce o los dieciocho, emocionados con los regalitos que les van a endosar los Reyes.

Pero los que ya nos sabemos el truco del almendruco, utilizamos las fiestas tópicas y típicas para saltarnos a la torera los regímenes, ver a la familia más que de costumbre, comprarnos ropita un poco más ridícula, dar grititos al son de una copa de más, comer lo que nos da la gana, reírnos de lo que sea y olvidarnos de lo que podamos. Los ciclos de los yayos no se corresponden con los ciclos lunares. Para nada.

La mayoría hemos cerrado ya el ciclo del cuidado de los padres; algunos, que no lo saben, tienen la suerte de tenerlos todavía como sombras terribles colgadas de sus espaldas. Los demás los perdimos hace mucho tiempo y se nos quedaron las espaldas desnudas y heladas, sin carne humana donde apoyarlas.

El ciclo del cuidado de los hijos también se cerró y no porque los hijos no necesiten que le sigamos dando la tabarra, sino porque ya se han ganado el derecho a hacer el gilipollas como lo hicimos nosotros.

La mayoría ya no trabaja, vamos, no trabaja a cambio de cuatro pelas para comer. Son pensionistas, o sea, penden de la hucha del Estado y eso les preocupa terriblemente, pero aprendieron, mi generación por lo menos, a sobrevivir sin dinero, sin estufa, sin televisión, sin ropa de moda y sin ir a la peluquería más que una o dos veces al año. Éramos muy buenos aprendiendo estas cosillas.

Queda poco ciclo por cerrar. El del ocio lo soluciona el INSERSO o los viajes para mayores de El Corte Inglés, si es que te da la pensión para pagarlos.

Y el ciclo de la intimidad se lo apaña cada uno como puede. Unos, creyéndose todavía Don Juan  o Doña Inés, otros, disfrazándose de jovencitos y jovencitas en edad de merecer, aquellos, bebiendo, los otros, jugando, y muchos acompañándose, solo por la tranquilidad que debe de dar creer que hay alguien que te piensa en otra parte, que te espera para ir a tomar café y se irá contigo al bendito viaje del Inserso.

Y está muy bien. Cuando los ciclos se han cerrado y toca cambiar el disco y el tipo de música para una sesión final, la traca del fin de fiesta debe ser como se quiera, todo lo bestia que nos den los pulmones, todo lo bello que nos dejen las arrugas, todo lo vivo que nos deje la salud, todo lo hermoso que nos pida el corazón.

Vivamos y brindemos, no por un decimal de mierda: por nosotros y nuestra hermosa piel de purpurina. Feliz traca.

 

PEDIGÜEÑOS, INSENSATOS Y DORMIDOS.

En esta variopinta sociedad todo el mundo pide: en la tele, en el Metro, por la calle… Y me pregunto a dónde van a parar nuestros impuestos destinados a servicios sociales y a organizaciones sin ánimo de lucro, a investigación policial y  protección civil. Los padres de hijos desaparecidos, enfermos o muertos piden sin parar, abriendo cuentas donde los españolitos de buen corazón, la mayoría, echan la sangre de su venas. Y las lágrimas de sus ojos. Y es casualidad: el último caso de utilización de la propia miseria se había popularizado  por parte de ciertas cadenas de televisión y de los protagonistas del drama como medio de hacer caja y subir audiencia, botín a medias.

La publicidad de leches y compresas dedica parte de sus ventas, en aumento con ese reclamo seguramente, a enfermedades terribles; las ONGS venden su ayuda a los africanos con anuncios publicitarios magníficos y espeluznantes sobre la muerte, siempre, y la enfermedad terminal de niños muy pequeños. Y todos lloramos y lloramos.

No cuelgan en la televisión sus cuentas ni dan publicidad a las subvenciones que reciben, no: cuelgan la visión terrorífica de un niño negro y moribundo. Demasiado antiguo, demasiado indigno.

Para qué hablar de la moda del turismo solidario, ese en el que un joven se va a ayudar a las tortugas de no sé dónde a poner huevos. Paga sus vacaciones a la empresa que le facilita la solidaridad tortuguera y no sé si se pregunta a donde van a parar sus beneficios, los de la empresa, claro.

Yo me lo pregunto desde hace años, desde que dejé de entender todo esto cuando conocí de cerca a una hermosa ONG cuya directora cobraba del ayuntamiento un sueldo de funcionaria, lo mismo que su socia. Ambas presumían de su solidaridad: más solidario me parece un médico, un policía, un profesor, que ha estudiado y ha hecho oposiciones, le han mandado de un lado a otro y es un esclavo del estado y de la sociedad mientras que estos solidarios de empresa cobran lo mismo, no hacen oposiciones, organizan su trabajo a su voluntad y están muy bien vistos.

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COSTE DEL PROGRAMA

Duración Coste
2 semanas 690 €
3 semanas 900 €
4 semanas 1.110 €
Semana + 210 €

El coste total del voluntariado es el siguiente:

¿Qué incluye?

  • Recogida y traslado al alojamiento de San José en transporte privado.
  • Sesión informativa a tu llegada a San José con el coordinador del proyecto.
  • Alojamiento en San José a la llegada y a la salida (alojamiento y desayuno).
  • Transporte público de San José al proyecto.
  • Alojamiento en el proyecto durante toda la estancia.
  • 3 comidas al día, 7 días a la semana.
  • Asistencia permanente en destino (24 horas al día, 7 días a la semana).
  • Coordinación local.
  • Ayuda del personal de Cooperatour en todo momento.
  • Certificado que acredita tu participación en el programa (opcional).
  • Aportación económica al proyecto.
  • Costes de administración.

¿Qué NO incluye?

  • Billete de avión.
  • Seguro de viaje obligatorio.
  • Curso online de cooperación internacional.

Seguro de viaje: Podemos tramitar un seguro para las fechas que desees (+74,50€ para una cobertura de un mes completo).

Curso online de cooperación internacional: Si no has hecho ningún voluntariado con nosotros, deberás hacer un curso online en el que se explican las nociones básicas del voluntariado internacional (+40€).

——————————————————————————————————————¡Impresionante! Por unos 700 euros, más el coste del billete en avión ida y vuelta y otros 40 euros del cursillo para los novatos,te puedes pasar dos semanas en un lugar exótico currando sin parar. No tenéis más que buscar en Internet viajes solidarios y os salen un montón de tour operadores que os facilitan lo mismo que si buscáis un viaje a Benidorm.

Y, supongo, la empresa que te ofrece este lujo vive de ello. Como miles de empresas. No sé por qué se llaman voluntarias, sinceramente. Hasta las ONGS más inocentes, se mantienen al margen de los verdaderos problemas de los miserables: no se pringan ni se comprometen más allá de los que las instituciones permiten, y suelen permitir poco porque están sometidas a su pacto con políticos a quienes no interesa que una fundación ajena meta las narices en su trabajo. Y lo entiendo, vaya si lo entiendo. Pero, entonces… ¿Qué coño es esto?

Pagamos impuestos y con ellos se paga, lógica y justamente, a funcionarios cuya misión es atender a los desfavorecidos de nuestra sociedad y, además, de esos mismos impuestos, se subvenciona a empresas cuya misión es exactamente la misma, pero sin posibilidad de incidir en los sujetos que se supone que protege a no ser que los funcionarios se lo permitan. Una auténtica locura. Pagamos dos veces los mismos servicios y además hacemos donaciones particulares. Tres veces. Tres pagos para atender a las mismas personas. Deberían estar muy bien atendidas.

Los ciudadanos, pura inocencia demostrada, imaginan que lo que llaman ONGS se dedican a entregar su tiempo y sus posesiones a los pobres del mundo. Nada màs lejos de la realidad. Las ONGs tienen pringados de esos a los que marcan los límites con rotundidad para que no interfieran en cuestiones molestas, y el resto, los mandos, cobran un sueldo establecido en un contrato con la administración mediante el cual se comprometen a incidir en una zona social a cambio de cobrar como si fueran funcionarios. Eso, las locales, las interplanetarias escapan a mi humilde capacidad de comprensión: no distingo a Green Peace de Burger King.

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3 € es lo que aportará la Administración General del Estado en el año 2015 por cada persona que atienden los servicios sociales. En los Presupuestos Generales del Estado para 2015 se reconoce que hay casi 1,5 millones más de personas atendidas en los servicios sociales, que han pasado de 6.874.312 personas a 8.319.124 (un incremento del 18%). Sin embargo, el Plan Concertado de Prestaciones Básicas de Servicios Sociales –que es la partida destinada a financiar los servicios sociales más básicos de las entidades locales-, se mantiene en 27.413.730 €, una cifra similar a la del año anterior. Así, el Estado hace que en la práctica esta congelación signifique una reducción efectiva, cuyo significado es fácil de entender con una simple división: 3 € en todo el año por cada persona que atienen los servicios sociales a los que acuden en primera instancia en sus Ayuntamientos más de 8 millones de personas, que son las más afectadas por la crisis; Esa es la cifra con la que la Administración General del Estado colabora con las entidades locales para responder a su situación. Incalificable.

Más recursos para iniciativas sin ánimo de lucro que para las entidades públicas que atienden a las personas más necesitadas. 100 millones de euros destinan los Presupuestos Generales del Estado para apoyar a las ONGs en sus programas de servicios sociales, pero sólo 63 millones para colaborar con las Comunidades Autónomas en estos mismos programas. Una diferencia que expresa a las claras la intención del Gobierno de la Nación de abandonar las responsabilidades de las Administraciones Públicas respecto a la cobertura de las necesidades más básicas de sus ciudadanos empobrecidos por la crisis o en riesgo de exclusión, y delegar estas responsabilidades en las ONGs, al más puro estilo del viejo modelo benéfico y asistencial que la Constitución de 1977–que tanto exhiben en otros aspectos-, había superado en España.

(Tomado de http://www.directoressociales.com/prensa/327-los-presupuestos-generales-del-estado-para-2015-olvidan-a-los-m%C3%A1s-necesitados.html)

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¡Más alucinante! Pagamos más  a las ONGS que a los servicios sociales del Estado.  100 millones de euros para las asociaciones sin ánimo de lucro.

Y me pregunto: si se destinasen a los servicios sociales del estado esos 100 millones de euros, y si se habilitase una inspección efectiva que impidiese cualquier tipo de corruptela en esos servicios sociales, si desapareciera el oscurantismo informativo que rodea el mundo de la marginalidad y la emigración, si se hicieran públicos los derechos y deberes de marginados y emigrantes, si se hiciesen evaluaciones públicas de los resultados de ese trabajo transparente…. Estoy convencida de que cambiarían muchas, muchas cosas.

Por ahora, si uno quiere ser voluntario, debe sufrir un calvario en la búsqueda de alguna ONG que te quiera, porque necesitas un currículo que se amolde a sus necesidades y suelen preferir donativos en efectivo a carne madura que quiera trabajar, no digo nada si además la carne tiene boca y ojos y pregunta, critica o molesta. Luego, debes hacer cursillos, por supuesto, pagando el transporte y en horario de su conveniencia e, incluso, pagando el propio cursillo. Después, a lo mejor consigues dedicar unas horas a la semana a acercarte a los desgraciados de la tierra, siempre, desde luego sin meterte donde no te llaman, porque entonces, el paraguas de la ONG te abandona, no sea que por tu culpa se quede sin la subvención estatal. ¡Con dos cojones!

Si conseguís enteraros de cuántas y cuáles son las ONGS de la comunidad de Madrid, decídmelo, por favor. Yo no lo consigo:

http://www.madrid.org/cs/Satellite?c=CM_InfPractica_FA&cid=1109168013293&idConsejeria=1109266187224&idListConsj=1109265444710&language=es&pagename=ComunidadMadrid%2FEstructura&pv=1142310188747

Las que ha subvencionado el Ayuntamiento para el año 2016 son pocas y con exigua subvención, pero sospecho que reciben subvenciones de otras instituciones y entidades.

https://sede.madrid.es/UnidadesDescentralizadas/ServSocialesYAtencionDependencia/Tramites/ConvocatoriaSubvenciones2016/ficheros/Anexo%20SUBV%20CONCEDIDAS.pdf

¡Ahí queda eso! Mi vecino va a solicitar presupuesto para una ONG que se llamará  Caviar para todos y mi prima segunda solicita el año próximo una que se dedicará a hacer el dobladillo de las faldas de las prostitutas del polígono Marconi. Yo me lo estoy pensando.

LA COCINA, DE WESKER, EN EL VALLE-INCLÁN.

Arnold Wesker (Stepney, Londres, 24 de mayo de 1932-12 de abril de 2016).

Abrumador. Un espectáculo abrumador. Si pienso en algún otro adjetivo es en “profesional”. No apasionante, no enternecedor, no extraordinario: abrumador y bien realizado.

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El escenario, una especie de semisótano rectangular que ha obligado a cambiar la fisonomía de toda la sala, se convierte por momentos en una máquina efervescente: veintiséis actores viviendo sus personajes al mismo tiempo, sin dar tregua ni a los ojos ni a los oídos del espectador que no sabe dónde mirar, como en un circo de muchas pistas en todas las cuales se desarrollase un acto de magia diferente: la cocina.

No hay personajes. Los tópicos ideológicos  representados por los cocineros y similares, el carácter belicoso o tierno de algunos de ellos, a mí parecer  asociados muy fácilmente  con la cultura que representaban en la Europa de la II Guerra Mundial, y las pequeñas anécdotas de la convivencia en un lugar agobiante, estresante, abrumador, ya lo he dicho, conforman el proceso de la obra.

Lo mejor: los cocineros cocinando aire como si realmente tuvieran masas de hojaldre entre los dedos, un ejercicio que se me antoja dificilísimo. Llevan y traen resmas de huevos sin huevos, baten harina y leche con una batidora de aire, rebañan el cuenco de la masa sin masa, cortan chuletas inexistentes y hacen té y sopa de pura fantasía. Eso, y la interpretación de los acentos de las diferentes culturas, incluso los bailes y canciones en cada una de las lenguas, debe de dificultar aún más su trabajo. Cada una de las fases de esa “cochina” o cocina enorme se ralentiza por medios sencillos: los actores se paralizan y la luz baja. Luego, volvemos al caos y a la evolución de un argumento sin complicaciones.

Una fiesta del caos, con muchos de sus integrantes a punto de reventar, donde todos y cada uno se mueve a instancias de su propio perfil, un perfil que debe armonizar con el del resto del largo reparto. Actores y actrices muy conocidos, pegados al público en una escenografía ya ensayada hace años: el ruedo en medio y obligado paseíllo ante las butacas.

El final es igual de sencillo, sin alharacas ni estridencias. Los tubos de metal hueco, como tubas de órgano, que penden del techo, se iluminan y bajan al acabar la obra. Maranga, el italiano dueño de la cocina, les pregunta ante la violencia final: “Os lo he dado todo. ¿Qué más queréis? ¿Qué más queréis? ¿Qué más queréis?….” Telón, digo, bajada de luces.

Lo mejor para mí: la escenografía y el ritmo infernal de los actores y su representación. Lo peor: la duración. Como casi siempre últimamente, se empeñan en que las obras deben durar más de dos horas, como si lo más fuera más. Y creo que a La cocina, como a muchas otras grandes obras, le sobraba mucho tiempo, tanto, que algunos espectadores tuvieron que salir a medias de la obra y otros, con problemas de movilidad, cambiarse de sitio para poder estirar las piernas. Dos horas y media, clavadas, duró la obra. Agotados y abrumados todos.

El público aplaudió cada vez con más ánimo, pero sin pasión. Un trabajo muy profesional y una estupenda escenografía, sencilla, pero efectiva.

Volvería a verla, en versión reducida, con un poco de Pedro Ximénez y algo más de cebolla.

 

¡MUERTO SOY!

¡Me lo han matado! Sí, según el padre embotado por la rabia y la tristeza, alguien había matado a su hijo. Su hijo, un chavalote mayor de edad que acostumbraba a ir de botellón y de discoteca, de ruta del bacalao y afterhours, había muerto por culpa de no se sabía quién, desde luego no por culpa del propio chaval, que había ingerido dosis letales de alcohol y de drogas, y mucho menos por culpa de la educación que le habían dado sus padres, por supuesto. El ayuntamiento, que no impedía estas cosas, le había matado.

Lo mismo ha ocurrido hace muy poco en un pueblo de Madrid tras la muerte de una niña por coma etílico: estaba celebrando de botellón a las tantas de  la madrugada y bebiendo como de costumbre, actividad que todo el pueblo conocía. Pero los padres han estimado que es el ayuntamiento, y no su propia desidia y abandono de las responsabilidades paternas, el culpable de la muerte de su hija y han denunciado al consistorio, no sé si por homicidio involuntario o por denegación de auxilio.

Una afligida madre se quejaba en la radio el otro día del acoso al que llevaba sometido su hijo desde hacía muchos años. Y decía con amargura que ella lo había entregado sano y feliz y se lo habían devuelto hecho unos zorros. Y es que esta madre no sabe que cuando uno presta algo propio y no lo vigila y protege, suele ocurrir lo que ella cuenta. Tampoco sabe que se puede cambiar de centro a un hijo cuando y donde a uno le dé la gana, maniobra simple que habría evitado el acoso de su retoño en cuanto  ella  hubiera querido, independientemente de las acciones legales que hubiera podido tomar. La preocupación tan tremenda por su hijo le ha durado más de siete años, tiempo en que ha mantenido al niño en esa situación de tortura sin sacarlo del centro.  Ahora, mira cómo se lo han devuelto a la pobre mujer.

Para qué voy a describir las rotura de vestiduras ante la muerte repentina, o el asesinato de los ideólogos y periodistas de otro signo, de una política que no se caracterizaba exactamente por estar libre de sospecha. Las malas lenguas, ocurrentes siempre, cuentan una versión fantástica de los hechos: alguien se cargó a la madrina antes de que, voluntariamente y en venganza por la traición de los suyos, declarase y los llenase de mierda a todos. Como argumento de novela negra no tiene desperdicio.

Algunos defienden su trayectoria política porque “hizo muchas cosas para Valencia”. ¡Hasta ahí podíamos llegar! Franco hizo muchas cosas para España y Hitler para el mundo y Castro y Mussolini y Marx… ¡Y yo! No he parado de hacer cosas desde que mi madre me trajo al mundo.  Pero ni el Tato me da las gracias ni disculpa mis errores por ello. Siempre ha habido clases.

Y no tan de repente, porque tenía 90 años, ha muerto un personaje histórico. Vamos a ver ahora de quién es la culpa, porque estoy segura de que los mismos que exoneran a la madrina acusarán al anciano comunista, los mismos que lloran hipócritamente la muerte de aquella a quien traicionaron y relegaron, ahora celebrarán la muerte del viejo cubano. Los mismos que alaban las cosas que hizo la una, escupirán sobre lo que hizo el otro.

Mientras en La Habana lloran unos, en Miami lo celebran otros. Y son todos hijos de la misma tierra. Con Paco sucedió lo mismo.

Y es que parece que ni los jueces toman cartas y empiezan a exigir a los padres que asuman por completo la obligación moral y legal de proteger y educar a sus hijos y no de delegar esas funciones en el primer mecanismo o profesional que se ponga a tiro ni los representantes de esos sesudos padres que no saben que lo son, tiene clara su postura ante la muerte de un ser humano. Parece que la idea igualatoria y consoladora de la Parca de hace muchos siglos ya no tiene sentido: uno se alegra o se entristece ante la muerte de alguien dependiendo de nuestro juicio personal y de nuestras ideas políticas. O sea, como muchos jueces.

A ver si alguien me aclara si tengo o no que alegrarme por la muerte de Rita o la de Fidel, por las dos o por ninguna. Tengo la botella de champán y el moquero preparados, pero no sé por dónde empezar. Lo mismo no son muertos, sino asesinados por algún ayuntamiento, en cuyo caso, esperaré a que un juez objetivo lo resuelva para decidir: creo que el cava no caduca.

 

 

FRANCISCO, PERICO, LEONARDO Y CRISTINA.

Se han ido los cuatro juntos, como un grupete de amigos después de una juerga, maltrechos, hartos de vino y de sueño.

Fácil emparejarlos: el boxeador y la chica estupenda. Los dos creadores, juntos. Dos parejas extraordinarias, luces y sombras, inteligencia y torpeza humana, longevidad y muerte joven, compasión y aplausos, críticas y elogios, belleza e inteligencia, fuerza y constancia, momentos de gloria y la gloria eterna.

No sé cuál de las dos parejas me gusta más. Francisco Nieva llevaba mucho tiempo enfermo, encerrado en su mutismo: 91 años.  No voy a enumerar sus méritos ni sus obras: están por todas partes y yo soy una de sus admiradoras.  Su capilla ardiente se ha dispuesto en el Teatro María Guerrero de Madrid. ¡Qué menos!

Leonard Cohen, con quien podrá charlar en otra dimensión sobre los dimes y diretes de la creación literaria, las pócimas envenenadas, los negros y la mierda escondida bajo muchas alfombras persas. 82 años, canadiense y de todas partes. Admirado, deseado, imitado y seguido. Tampoco hace falta más. Buscad en la Wikipedia.

Perico Fernández Castillejos. Campeón del mundo de los pesos superligeros en 1975. Admirado, seguido y abandonado luego por las masas. Ha vivido retirado, pintando y necesitado de ayuda económica hasta el final.

Cristina Ortíz Rodríguez, la Veneno, 52 años. Un cuerpo de locura, un escándalo hecho cuerpo y una vida despeñada por el precipicio de la marginación. Famosísima en su momento, deseada y buscada, encarcelada, enferma y destruida después. Ha sido encontrada muerta en su propia casa.

Y yo también me quedo muerta mirando las imágenes de los cuatro. Y no puedo entender qué tenían en común para marcharse juntos. La pirámide invertida del éxito y la desgracia, de más a menos, más longevos cuanto más geniales, cultos y pacíficos. Más violenta y triste su muerte cuanto más torpes, más equivocados y menos cultos. ¿O no?

Porque Perico y Cristina no debían de  pertenecer a más élite que a la de su familia, chunga a lo mejor, y a la de los consejeros, amigos y managers que les rodearon cuando la cosa iba cotizando en bolsa y debieron, seguramente, abandonarlos después, cuando la carne se puso fofa y las músculos colgones, incluidos los músculos del cerebro.

Francisco y Leornardo, dos genios creativos, quizá pertenecieron a familias menos chungas, al menos, con algo más de platica, lo que les permitió ir a la universidad, ese sitio extraordinario donde se aprende de todo, y ellos aprendieron y aprovecharon y agarraron al genio inspirador por el copete y supieron llegar a todos nosotros y permanecer.

Pues allá van los cuatro, fondo estampado de los recuerdos de muchos, o de todos, desde la locura profunda y densa de las tablas del teatro a la fuerza cósmica de dos brazos de hierro moviéndose en el aire, desde la dulzura y la amargura del corazón del hombre a la atracción animal de un cuerpo encendido y usado hasta las mismas puertas del límite.

Buena juerga, buena charla y buen viaje. El mundo ancho y ajeno os olvidará, por eso aprovecho el instante del chocolate con churros final para despedirme. Buen viaje. A los cuatro.