LA CANTANTE CALVA, DE IONESCO, EN EL ESPAÑOL DE MADRID.

Confieso nuevamente mi admiración y empatía por el alma agridulce de Ionesco, así que iba a tiro hecho: muy malos debían ser la interpretación y el montaje como para no gustarme. El texto, lo primordial para mí,  es magnífico y llevaba ganada la batalla de antemano.

La edad tiene una cosa buena: le ha dado tiempo a una a ver y escuchar de todo, o casi, y una de las suertes de mi vida fue nacer cuando nací y hacerme jovencita cuando lo fui: en el periodo que antecedió y siguió a la muerte de Franco. No voy a hablar del miedo, la inseguridad o la esperanza que sentía, ya lo hacen otros que no estaban allí o estaban haciendo lo mismo que hacen ahora, los muy cabrones, no. Voy a recordar la explosión de novedad, de sorpresa, de valentía, de ansias de conocer y de cambiar que inundaba la vida de mi gente.

Una de esas sorpresas, uno de esos regalos, fue la venida de Ionesco a España: quería supervisar personalmente el estreno en Madrid, 1973,  de su  Macbeth. Yo estaba allí, no me preguntéis cómo ni por qué porque no voy a contarlo, pero estaba y uno de los encuestadores, micrófono en mano, que nos esperaban a la puerta, me preguntó mi opinión sobre la obra. La bobalicona que yo era, y espero haber dejado de ser en parte, contestó casi lo mismo que contestaría hoy: estoy anonadada. Y lo estaba y lo seguiría estando, no solo por la obra y el pensamiento de Ionesco: dos años después moriría el dictador y en 1977 ocurrieron sucesos que pasarían a la historia, pero que mi generación vivió como barcas de pesca en un temporal.

Ese teatro del absurdo, aunque a Beckett y a Ionesco les incomodara el titulillo, es uno de los grandes descubrimientos de la cultura europea moderna y uno de los actos de valentía del francorromano: la estrenó cinco años después de acabar la segunda Guerra Mundial. Era la primera vez que alguien se atrevía a plantar en un escenario la mierda social, el drama de la incomunicación, del miedo, de la soledad del hombre de ahora mismo, de la mentira, el fracaso… envuelto en el papel de celofán, limpio y transparente del humor y del thriller.

Como decía Rosa María Mateo, que no sé qué pintaba allí, y ella tampoco, pero no me importa porque el postre que representa es delicioso, mi corazón entiende a la perfección lo que esconden las risas y los absurdos de esta cantante calva que no existe,  y aun así,  marca en el tempo de la obra la debacle final.

Magnífica y agotadora, sobre todo verbalmente, la interpretación de todos, quizá  menos de Tejero, quien confesaba el duro proceso de asimilación de su papel, y a quien se le notan los ticks de sus repetidas e innumerables historias de amor con la televisión y las comedias de serie a la española es en mismo papelito con ligeras variantes. Temí lo mismo del resto: todos son actores de series, de tele y de cine. Pero esta vez hubo suerte y su veteranía, sobre todo de Adriana Ozores, superó con creces las expectativas.

Tiempo ágil, contención, complicidad sin concesiones fáciles a la galería, buena adaptación, también sin concesiones a las anécdotas de actualidad o a los tópicos facilones y mucha inteligencia a la hora de medir el tiempo total de la obra: seis actores, por muy buenos que sean y muy bueno que sean texto, adaptación y montaje, largando por la verdiú, como diría un calé, durante tres horas acaban con el culo, los riñones y la paciencia del más pintado.

En definitiva, el menú fue exquisito: una cena ligera y de calidad, regada con vinos suaves y frescos, divertida y agradable, sin extravagancias ni griterío, que entraba sin darse uno cuenta, una hora y pico, una breve pausa y un gran postre con todos los ingredientes, de civiles, sentados en la boca del escenario, aguantando las preguntas de los espectadores y en el centro, como la reina madre que es, Rosa María Mateo, una mujer mayor en todo, en sabiduría, en coherencia, en inteligencia y, más que nada, en seguir siendo la dueña de una de las voces más bellas, aterciopeladas e inmutables que yo recuerdo. Mi homenaje y mi agradecimiento desde aquí.

Pero el sabor amargo de las especias queda en el paladar del buen comedor, para repartírselo cada uno en su camino de vuelta a casa, mientras va recordando cómo debajo del absurdo y de las sonrisas, del misterio, las sorpresas, la ironía, los guiños y la agilidad,  Ionesco  esconde para quien lo pueda ver,  la tristeza y la desesperanza de un ser humano, entonces y ahora,  incapaz de comunicarse ni de entender lo que le rodea, acobardado y sorprendido, perdido y solo.

 

MADRID.

Lo comentaba con otro cliente el argentino entradito en años que me servía el café. Parece que un mágico silencio se ha apoderado del barrio. Ayer, el estruendo y los coches, los gritos, la marabunta, y ahora, de repente, no se oye nada, nada de nada.

Yo también podía casi escuchar el repiqueteo de las ruedas de los coches de caballos en su rodar por el pavimento del cogollo de Madrid. Un cogollo contradictorio, extraño y mágico, sobre todo, en la mañana soleada y fresca en la que este silencio repentino se había apoderado del barrio.20170509_111331

 

baño femenino


Muy poca gente por la calle y el majestuoso edificio, viejo, sucio y casi abandonado, emblema del Madrid de otra época, vigilando las calles y callejuelas adyacentes, como si fueran miembros de su propio ejército. Y la luz del sol que flirteaba con las pequeñas terrazas casi vacías, donde miembros del otro ejército, el de los inactivos, tomaban café arrebujados, medio dormidos en sus brazos.

En las aceras, sol y sombra y los restos de las juergas de la noche pasada, abandonadas a su suerte  para testimonio de la diversión, del descaro y la mugre que convive con nosotros desde tiempo inmemorial. Y el colegio arzobispal, testimonio hermano casi de lo mismo.

Y las mujeres mayores, pocas, camino de la compra, los turistas, menos, haciendo fotos de las puertas inmensas que daban entrada a
la ciudad cuando el ganado la atravesaba de punta a punta. Y el silencio. Un magnífico silencio que dejaba sentir, en lo hondo, el contraste inimaginable de los viejo, abandonado o tomado por
hordas de marginales en estado místico, y lo nuevo, igual a sí mismo, ligero, etiquetado y oliendo a PVC y a cemento fresco. Todo junto, hermanado en la locura del caos en medio del silencio.

Volví la cara y a los pies de los restos del edificio memorable, un jardín recién construido, de parterres de rosas, con una estatua incomprensible y vulgar, tan típica que hacía daño a la vista, blanca, absurda, rompiendo el horizonte, en medio de los cuadraditos verdes y rojos.

Y el resto de Madrid intentando de puntillas sobresalir por encima de los árboles centenarios, plantados ni sé cuando para placer y delicia de reyes horteras.

A la izquierda, mirando el templo y el jardín, en palco de platea preferente, edificios nuevos, bajos, monísimos de la muerte, fuera de lugar y de época, con áticos llenos de florecillas y colores pasteles y blancos, luminosos y, seguro, carísimos.

Y el silencio, aplastándolo todo en un puré de sol y magia que me recordaba, entonces, a la misma ciudad por la que el santo patrón de los vagos madrileños llenaba la boca de las majas y los chulos de mi barrio de rosquillas y anís. Los cascos de las mulas que tiraban de los carros de leche o de vino, las vaquerías en los patios y corralas del barrio, las cogedoras de carreras en las medias, las costureras, las vendedoras de lotería, los borrachos de sol y sombra y cazalla al amanecer, los serenos, los confidentes de la bofia, con revólver, las cruces de mayo, las misas de campaña, las comparsas de madrugada anunciando la fiesta, los vendedores de gorritos de papel, las atracciones de feria, las barcas, las cestas, la horchata, las alpargatas de los obreros, los monos sucios por la calle, las tarteras, los zapatos de charol blanco con tacones de aguja…

Y no lo eché de menos. La variedad  y el caos de mi ciudad de locos sigue oliendo a lo mismo que olió siempre, a supervivencia y ganas de vivir, a pobreza y mugre, a tolerancia y mierda, a portón abierto a todo, incluso a lo que no debería, a alegría y placer, a futuro indeciso, a eternidad. Y parece mentira, lo sé, con la que está cayendo, pero es la pura y puñetera verdad: Madrid, chata mía, todavía te quiero.

 

PUTAS Y PUTOS.

¡Menudo tema! Está de moda, porque se habla mucho de una de las últimas propuestas del obispo del PSOE. Hay que prohibir esa actividad indigna que esclaviza a las mujeres.

Y estoy de acuerdo. La esclavitud  debe ser exterminada de la capa de la tierra. Nadie debe ser utilizado por otro como si fuera un animal ni comprado ni vendido. Eso está claro. Y mucho menos se debe consentir que los intermediarios se lucren con ese comercio.

Sí, señor. Claro que… llamar prostitución solo al alquiler por minutos de una parte del cuerpo de una hembra a un macho desconocido a cambio de un precio fijado de antemano es definir la palabra con pocas miras. Al revés, también será prostitución, digo yo.

¿Y si en lugar de una parte del cuerpo es el cuerpo entero y durante unos cuantos años, vía matrimonio civil o canónico a cambio de una suma, muy superior en este caso y totalmente legal, de dinero?

¿Y si el papelito que dieron a aquella chica tan mona que se metía de todo en una peliculita y de la que no se ha vuelto a saber se hizo previo pago de un ratejo en el sofá del productor, ya mayor, que solo tuvo que bajarse la bragueta?

¿Y si el fontanero te pone delante de todas en la lista de clientas con prisa para arreglar el grifo porque al venir a ver el estropicio ha visto, de paso, un canalillo más que atrayente?

¿Y si conozco en una discoteca a un jovenzuelo en paro y me enrollo con él y luego le invito a cenar?

¿Y si quiero acoger a un africano en mi casa y dejo que me chulee porque me da la gana?

Y si…

¿A qué llamáis prostitución? Solamente es prostituta la extranjera pobre, la rumana, la negra, la que enseña las nalgas al borde de las autovías. ¡Claro que no! Esas son antiestéticas y la mayoría, víctimas de un hijo de puta que las explota a la fuerza, es decir, en contra de su voluntad.

Pero las chicas de compañía de alto standing, universitarias y que hablan varios idiomas y cobran un pastizal, esas… ¿pertenecen o no a la misma profesión? Muchas se han hecho famosas en la tele y las conocemos todos. ¿O no?

¿Y los que traicionan a sus votantes porque el partido de enfrente les ofrece un carguito mucho más majo? ¿Son prostitutos o no? ¿Y los que cambian leyes y normas en propio beneficio? ¿Y los que no pagan el IVA? ¿Y los que ponen  multas a mala leche? ¿ Y los que se las quitan a sus familiares y amigos?¿Y los que usan y abusan de su intervención en las instituciones para conseguir que sus hijos saquen buenas notas o su abuela se salte la lista de espera? Estos no venden ni compran nada, seguro. NI siquiera a sí mismos o a su dignidad, seguro. Sospecho que llaman prostitución solo a la cosa física de fuera, a vender semen, no, por ejemplo. Ni sangre. Ni a alquilar el útero para que otros se den el gustazo de tener un niño con su propia marca de fábrica mientras miles y miles de niños se mueren de hambre y miseria a pocos kilómetros, huérfanos y abandonados.

Y digo yo ¿Qué diferencia hay entre enseñar el culo para conseguir votos y hacerle una paja a un viejo en un coche? Vender es en ambos casos.

¿La diferencia es que una venta es legal, no moral, y la otra ninguna de las dos cosas a este paso?

Me parece que, puestos ya en este mercado libre, que cada uno venda o se venda cómo y cuándo le dé la gana. De hecho, todos nos vendemos, empezando por los obispos de los partidos y de las iglesias: ¡menudas ceremonias de venta de votos organizan! ¡Y con el dinero de los demás, cojones!

Dejen que cada cual haga con su cuerpo lo que quiera, que ya todos lo hacemos con nuestro espíritu, amén. Dejen de proteger siempre a los mismos putos y putas, legalicen a todos, déjenles que vendan lo que quieran, sin peligro, en paz y con salud y que paguen como pagamos todos.

Y al primero que se aproveche del uso de la libertad ajena o la coarte, al trullo: a mí me llevan coartando desde que me acuerdo.  No digo más: ya no podré hablar con un hombre más joven que yo, a ver si se piensan que le vendo o le compro algo y me meten en la cárcel. ¿O esto va solo con las putas de carretera? Putos y putas caras están a salvo. Los políticos y aledaños, también. ¡Qué alivio!

 

LOS SUEÑOS DE ECHANOVE EN EL TEATRO DE LA COMEDIA. MADRID.

Un escenario blanco, blanco sucio, y minimalista, con la consabida piscina, seca en este caso, dibujando límites de no se sabe qué. ¿Blanca la España de los últimos Austrias? Negra como noche sin luna.

Un hombre avejentado, corpulento, encorvado, vestido con un camisón blanco, y sucio, y mostrando los pies heridos se retuerce, gime, llora, grita, contorsiona la voz en mil matices, algunos tan agudos que parece una sílfide borracha. ¿Francisco de Quevedo, en hábito de la orden de Calatrava? ¿Francisco de Quevedo, espía, intrigante, contradictorio, gran espadachín, desgraciado amante, amigo y lameculos de nobles, políglota, conspirador, provocador, soberbio…? ¿Gordo, en camisón, retorciéndose y gimiendo?

Arminta, el doctor y el propio enfermo de exceso y de histrionismo recitan a lo largo de la obra sonetos típicos, y geniales, de  Francisco, pero ¿los Sueños no eran una de las mejores obras en prosa del Barroco español? Satírica hasta el delirio, caótica, enloquecida, blasfema, irreverente, dotada de la más absoluta genialidad, del atrevimiento más poderoso.

DISCURSO.

 Fue el caso que entré en San Pedro a buscar al licenciado Calabrés, clérigo de bonete de tres altos hecho a modo de medio celemín, orillo por ceñidor y no muy apretado, puños de Corinto, asomo de camisa por cuello, rosario en mano, disciplina en cinto, zapato grande y de ramplón y oreja sordal, habla entre penitente y disciplinante, derribado el cuello al hombro como el buen tirador que apunta al blanco, mayormente si es blanco de Méjico o de Segovia, los ojos bajos y muy clavados en el suelo, como el que cudicioso busca en él cuartos, y los pensamientos tiples, color a partes hendida y a partes quebrada, tardón en la mesa y abreviador en la misa, gran cazador de diablos, tanto que sustentaba el cuerpo a puros espíritus.(…). (Sueño segundo: El alguacil endemoniado).

Un ejemplo minúsculo de la genialidad del miope cojitranco.  Ni rastro de ella en el texto de la obra de Echanove

Y entre grito y lágrima, sudor y gemidos lastimeros se nos van desgranando fechas históricas, ninguna importante para la trayectoria política y social de Quevedo: fechas de amores y enfermedades. No se explican las razones de su encarcelamiento ni sus andanzas de espía ni sus intrigas cortesanas, pero ¿no se trataba de los Sueños? ¿O era una biografía fantasiosa mal contada?

Era Echanove al más puro estilo. No he dejado de ver, en el teatro, una sola obra de la que este actor fuera protagonista sin que no me hayan salpicado sus babas, mocos y lágrimas a no ser por el abanico parapeto que uso para estos casos. Echanove y sus excesos y todo lo demás, comparsa de sus humores.

Salvo alguna frase sacada de la obra original, ni rastro de los Sueños. Los demás personajes  parecen pertenecer todos al Sueño del Juicio Final, sin grandiosidad, sin contraste, sin el cinismo de las descripciones , sin la  visión apocalíptica del valle convertida en catarsis de la mierda, …Todos enharinados, croquetas de un guiso sin aceite ni especias.

Alguien que escribió de joven las Gracias y desgracias del ojo del culo y ya no paró de escarbar, no puede ser este enfermo quejica y amanerado, desnudo y descalzo, sucio y exhibicionista.

Larguísima la obra. Echanove es mucho Echanove, pero no tanto como para soportar sus habilidades vocales y gestuales durante dos horas seguidas. Sospecho que el versionador, José Luis Collado, ha versionado tanto que le ha salido un Quevedo soñado.., por él para un amigo actor. Y se ha olvidado de los Sueños de Quevedo. Seguramente, el divino contrahecho se estará revolviendo en su tumba y cuidado con que no saque su ropera  y rebane alguna lorza en pura venganza. No le hacían gracia los graciosos, los judíos, los extranjeros ni los que se atrevían a poner en entredicho ni un pelo de su honor, su soberbia o su imagen. Es más, no le hacía gracia casi nada de lo que se cocía en el siglo XVII. Le pasaba lo mismo que a mí, que tampoco me hacen gracia los graciosos que cocinan humo, anuncian juicios inexistentes y llenan de mocos los escaparates. ¡Un poco de respeto y de contención, por favor!

Como diría el otro gran genio, un poco más viejo.

”(…) Esto oyó un valentón y dijo: «Es cierto
cuanto dice voacé, seor soldado,
y el que dijere lo contrario miente».

Y luego, in continente,
caló el chapeo, requirió la espada,
miró al soslayo, fuese y no hubo nada.”

 

 

 

 

DEL CAFÉ COMERCIAL, POSTUREOS Y ANIVERSARIOS.

Entré con cierto temblor de piernas, como casi siempre. El Comercial es para mí, y para muchos madrileños, el álbum de fotos más romántico de nuestra vida, el que más recuerdos, comienzos y finales, aventuras, esperanzas y  esperas de color sepia evoca en la añoranza o, al menos, en el recuerdo.

Puedo trazar el hilo de mis aniversarios a través de sus salones de mesas de mármol algo roñosas, de sus ventanales que permitían otear a tutiplén las idas y venidas de la gente, los amigos o los amores que se acercaban o alejaban de la salida del Metro de Bilbao. Los camareros, tan roñosos como las mesas, uno de ellos especialmente, el de turno de mañana en el salón, antipático y desagradable como el vinagre en una vinagreta clásica y poco generosa, daban aliciente a la petición pobretona de un café, solo café, razón de su malhumor genético.

Una luz amarillenta y pobretona también y el ir y venir de gentes de todo tipo y condición que se juntaban en aquella especie de ONU o casa de putas donde todos nos cobijábamos fuéramos quienes fuéramos, sin importarnos la personalidad del de al lado, salvo si el del al lado y nosotros buscábamos algo, que también había búsquedas en el Comercial, daban sentido y perfil de novela del XX a nuestras vidas.

Arriba, casinos semiocultos y lugar de conciertos y hasta de milongas en los últimos tiempos.

Pero llegó la hora de cerrar y todos nos entristecimos porque su cierre ponía fin a la posibilidad romántica de poner telón de fondo y decorado a nuestros recuerdos, amores y aniversarios y, a ratos, hacer que cobrasen vida de fantasmas entre sus paredes, delante de un café, solo un café.

Pero ha resucitado de entre los muertos. Y lo han maquillado convenientemente con nuevas luces, mucho más modernas, mostradores bajos y taburetes y un cambio radical de aspecto a los muebles de la terraza, como de jardincito pijo y mono. En lo que han derrochado el alma y el bolsillo ha sido en los baños: lujo asiático incomprensible, metidos allá al fondo, excesivos en todo, con exposiciones en vitrinas magníficas donde la mirada, después de recrearse con los murales del wáter, pueden recrearse también mientras te lavas las manos, o no, depende de lo guarro que te hayas levantado.

Vamos, un maquillaje barato, algo excesivo en los labios, invisibles casi bajo la máscara de novedad. Las barras, las mesas y los tabiques de separación son los mismos, con polvetes y sombras en los párpados.

Terrible: se han cargado la puerta giratoria, aquella en la que gocé por primera vez de la aventura de pasar por un tío vivo enorme y gratuito que me trasladó a un lugar hasta entonces desconocido, donde olía a café, sol y sombra y puro: yo era una niña. La puerta ha dejado entrar y salir de mis recuerdos a gentes y sensaciones  que se fraguaron y se condimentaron en ese Café Comercial en el que ya nunca olerá a sol y sombra ni a puro: no huele a nada, ni siquiera a churros.

El ejército de chaquetillas blancas que chocan y se agolpan tras la barra altísima sin saber a dónde van ni para qué están allí es lo más triste de este nuevo café. Son más los camareros que los clientes en las ocasiones en que he vuelto a entrar y produce una sensación de melancólica tristeza y desilusión  comprobar que uno asiste a una especie de representación teatral del caos de las palomas tontas mientras espera a que alguna de ellas se dé cuenta de que abajo hay un cliente esperando un café, solo un café.

 

LOS SUEÑOS…SUEÑOS SON.

Los  míos sobre el teatro, sueños frustrados.

Soy muy antigua, veterana de guerra, y me cuesta mucho adaptarme a los nuevos tiempos. Unos tiempos en que la mayor parte del teatro que busco, o que encuentro, se representa sin representarse, es decir, se cuenta o se recita, pero no representa nada. No hay decorados ni atrezzo ni actos ni escenas. La mayor parte de las veces, un solo actor, o dos a los sumo, hablan sin parar sobre multitud de cuestiones propias de un congreso, una mesa de conferenciantes o un aula universitaria. Vueltas y más vueltas a anécdotas actuales, chistes populacheros, concesiones a los genitales de unos y otros por amor de no sé qué guión que lo exige, travestismo, música de los ochenta o sesenta o cincuenta, proyecciones con cañones de luz, de los que tenemos todos en casa…, pero ni una sola emoción natural fruto de la mentira mágica que tiene lugar ante los ojos del que mira y participa, aunque solo sea con la atención.

Para mí, ya advertí que soy antigua, la poesía es intimidad desnuda, la narración, historia de una fantasía temporal, y el teatro, acción vívida, escuchada, olida, sentida a pocos metros. Cuando me hablan y no “actúan”, me parece que me han colado gato por liebre: me han leído una novela, a veces mala, encima de un escenario.

Solo unos cuantos han sido capaces de escribir  y representar monólogos que parecían obras de teatro enteras y verdaderas. Los demás, definitivamente, no.

Por eso, entre otras cosas, elijo con cuidado infinito la obra que voy a ver. Ni me sobra el tiempo ni el dinero ni las ganas. Con el precio de una entrada de muchos teatros, cenan dos personas en menú del día. La comida de un día entero a cambio de ver una novela leída…. No, definitivamente, tampoco. Y que no se me diga aquello de que hay que apoyar el teatro. Sintiéndolo en el alma, soy comunista de la supervivencia: primero, todos con casa y comida y luego, el teatro y lo que venga. Puestos a apoyar, prefiero apoyar la hogaza y el tejado. Después, ya veremos. Todos somos iguales, la gente de teatro, también, espero… Hasta para no tener nada de nada.

Desde siempre, me gustó siempre elegir lo que quería sentir y antes lo tenía claro: cabaret, revista, alta comedia, juguetes cómicos, dramas, tragedias clásicas… o teatro alternativo. Ahora, madre del amor hermoso, no tengo ni idea de lo que voy a ver. Ni siquiera ha sobrevivido la crítica: me dejo las pestañas buscando críticas teatrales profesionales, no autoalabanzas laudatorias de la propia compañía o del propio teatro. Un desierto en cuanto a  opiniones profesionales, entendidas y objetivas.

Todos opinamos de todo convencidos de que el mero hecho de poder hacerlo es garantía de hacerlo bien. Y no. Estoy más que cansada de leer opiniones superficiales y tópicas de pedantes que, muy bien porque van al teatro, pero no tienen ni pajolera idea de la técnica teatral. Y no tienen por qué tenerla como espectadores opinantes, pero como críticos, sí. Y de estos últimos, están las tumbas llenas.

En definitiva, que me cuido muy mucho de seguir paladeando canapés de salmón reseco o tapitas de ensaladilla rusa con mayonesa aguada.

Tengo pensado arriesgarme a ver si me zampo un buen lomo de bacalao o unas cocochas, pero lo mismo se vuelve a repetir la historia y salgo del teatro con hambre y con rabia. Si tengo un cólico, os lo contaré. Por si alguno quiere alegrarse.

 

 

BARCELONA ES, SIN DUDA, BONA.

“Me lo dijeron mil veces,
pero nunca quise poner atención…”

Ni atención ni puñetero caso. En la gloria he estado con los catalanes, y eso que siempre iba por delante aquello de “Soy de Madrí”.

Ni un mal gesto. Me han hablado en castellano en cuanto han visto que mal entendía el catalán, me han tratado con la mayor cordialidad y no he sentido nada de eso que veo, leo y escucho en  los medios desde hace muchísimos años. Absolutamente nada.

Claro que yo soy de Madrí…, de verdad. Quiero decir, de los que no se meten donde no les llaman y les importa un bledo que los demás hagan lo que les salga de las narices. A mí, sinceramente, me importa un comino, menor que un bledo, que los catalanes pongan frontera, hablen en catalán o desayunen cebollas. Y quien dice “catalán”, dice cualquier otra nacionalidad o cultura, que raza no reconozco más que una. Si soy capaz de hablar con los chinos, conversar con los ingleses, mucho más raros que los chinos, casarme con los japoneses, ser amiga y familia de africanos…, por qué carajo no voy a poder hacer lo mismo con los catalanes.

Una belleza sus playas, muy diferentes en la mayoría de los casos de la costa levantina, una metrópoli plagada de culturas y de belleza Barcelona, una gloria su comida y un encanto sus gentes.

Volveré mientras me quieran, a pesar de los pesares. La locura del Museo Teatro de Dalí necesita mucho más tiempo y más calma, tanto y tanta como los que hagan falta para acabar de alucinar con todo lo que pude ver, pero no digerir.

Hice muy bien en no hacer caso de lo que veo, leo y escucho: la plaga de opinadores aficionados que saben de todo y no tienen la más mínima preparación de nada, empezando por no saber expresarse en su propia lengua a pesar de vivir de ella, es decir, de darle a la sin hueso en todos los medios de comunicación, los intereses oscuros de los señores políticos, su ineficacia o torpeza y la idiotez contagiosa de muchos que no quieren hacer el más mínimo esfuerzo por analizar y constatar personalmente y se contentan con creer las memeces de los youtubers de turno o de escritorcillos del tres al cuarto, han concluido en pancartas monolíticas ante las que nos arrodillamos como gilipollas. Vamos, que nos hemos vuelto todos creyentes ultras, como los del autobús, pero de otro color. Lástima que yo nací sin fe desde siempre y no creo casi nada hasta que no lo compruebo, sobre todo, si el que me lo cuenta dice aquello de “poner en valor” o “transversalidad”, para no soltar la ristra de gallegadas y otras lindezas que ya conocemos todos.

Prefiero morir bajo la sombra de la Sagrada Familia. Que viva Cataluña, lejos, cerca o donde le dé la gana. ¡Mientras haya AVE…!