BICHOS IRRACIONALES.

Estaba sentado en una curva imposible: se agachaba sobre un aparato que sujetaba con ambas manos y al que miraba sin pestañear haciendo extraños gestos de perfil variable, pero sin mover un solo músculo del resto de un cuerpo delgaducho y joven del que sobresalía una pierna que cruzaba sobre la rodilla de la otra en forma de escuadra, desinhibido y sin darle la menos importancia al espacio que se comía del asiento de al lado.

Y al lado se sentó una chica rubia de cabello lacio y dientes de conejo que se empeñaba en lucir doblando el labio superior, o similar, en un rulo que escondía contra las encías. Era fea, descaradamente fea, joven y con unos pendientes que no se llevan desde que mi madre era adolescente: no era española, aunque hablaba español… y a grititos, con una compatriota, supongo, que decidió no sentarse a su lado, aunque había asientos libres, sino enfrente, con lo cual, mantenían un diálogo de patio con el pasillo por medio por voluntad propia. Daba lo mismo, entre el ruido ambiente y los cascos que todos llevaban puestos a modo de orejeras, no debían de entender gran cosa del animado cotilleo que se traían las dos.

De pronto, como sacado de un película de Jorge Negrete, entra un mariachi, con el sombrero en la mano guardado en una bolsa de tela y el resto de la indumentaria a punto de reventar: el mariachi tenía unos cuantos años de más, estaba casi caducado vamos, y ya no le abrochaban los botones dorados sobre la barriga tremenda que ceñía una talla de metro cincuenta como mucho; pelo ralo, teñido, ojos y nariz de indio y un terrible color de cera verde en su piel, como si le hubieran maquillado para hacer una película de vampiros. Me dio miedo y pena. Y a él le debía de dar lo mismo, porque miraba como un besugo a diestro y siniestro hasta que se sentó y se abotonó dos párpados como dos bizcochos borrachos.

El hombretón que había entrado antes tenía un buen cuerpo de veintimuchos, pelo cortado a navaja muy bonito y un librazo de esos de arquitectura o pintura, con foticos a la izquierda y texto a la derecha, como un catálogo de los caros. Lo miraba arrobado, sin cascos, cosa que me extrañó, y acabo sentándose al lado de la mujer conejo. De repente, estornudó dos veces, con agudo de mujeruca, discreto y tibio, y sus ojos se cruzaron con los míos y ambos sonreímos, y entonces me di cuenta de que tenía el labio leporino y unos ojos cortados a la mitad por párpados misteriosos y con el borde de abajo bien visible: ojos de asesino.

Mientras tanto, la niña mulata llamaba a su madre desde este lado del pasillo y la madre, con una coleta escuálida en todo lo alto, cerraba los ojos para no contestarla. Se notaba que comía demasiado, que estaba cansada, envejecida y harta de algo, o de todo, porque no le importaba nada a pesar de tener enfrente al padre de la niña, otro mulato, pero presumido, guapo y bien arreglado que confortaba a la enana para que se sintiera feliz.

El chino de las gafas estaba ensimismado en sí mismo y no se sentaba: quizá tenía miedo de algún contagio. Dos latinos dormitaban y olían a alcohol y a obra, sin enterarse de que aquel loco pedía dinero para comer porque tenía varios hijos a quien alimentar y todos vivían en la puta calle.

Yo miraba alrededor sin saber qué hacer. Temí ser engullida por el asesino de labio leporino y máster en arquitectura, o que el mariachi se despertase y sacase el guitarrón para marcar el paso o que la mulata se cabrease por los gritos de la niña, que la llamaba mamá con toda confianza, y se liara a hostias con quien pillase más cerca. Las argentinas seguían gallineando como si el mundo no fuera a acabarse nunca y el chino empezó a mirarme con cara de sospecha….

Una voz de ultratumba metálica anunció “Próxima estación, Pirámides”. Salí por patas.

NOTA.: Steve Cutts es el autor de las dos ilustraciones que acompañan el texto. Talento y sarcasmo a manos llenas: http://www.stevecutts.com/

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CASTILLA, DE SOL Y SOMBRA.

Ni dios entre la piedra y el sol duro y seco como un enorme soplete. Ni dios en las escaleras del castillo, de puro PVC de tan nuevo y moderno, ni dios en los jardincillos ni en las tiendas de recuerdos y productos artesanales. Dios no estaba el otro día.
La meteorología mentía esta vez: podría llover, quizá tormentas. Pero no, sol de justicia y no había manera de dar un paso sin ser la fuente porosa más grande del pueblo. A la otra, la pequeña fuente de agua potable debajo de un arbolito, acudían las avispas como moscas.
Y en la rotonda completamente nueva, el espectáculo más increíble : las murallas nuevas de un castillo viejo, tan viejo que es un joya histórica, o era, era una joya. Ahora, sinceramente, no sé lo que es. El diseño moderno y minimalista, creo, de piedra gris y cemento con que se ha rellenado el vacío del tiempo le hacen parecer, de lejos, un pastiche urbano, aborto de esos alcaldes que buscan rellenar huecos con paneles de piedra para ganar votos. No sé quién se lleva el dinero de la constructora, el constructor espero, pero que están llenos los pueblos de las antiguas Castillas de monumentos remozados a golpe de cemento y piedra gris en enormes cantidades, no hay necesidad de recordarlo: se tiran a los ojos a lo largo de la carretera como hijos sin madre, como herederos legítimos de la desidia.
Y en casi todos, por no parecer soberbia, se ofrece la visita guiada y teatralizada por una módica cantidad. Historietas graciosas representadas por…., no tengo puñetera idea, disfrazados de señores feudales, bufones o mozas del cántaro.
Y los puentes, más solitarios que Maki Navaja y los turistas más escasos que la calva de Zidane. Algunas tiendas casi escondidas ofrecían los dulces y los quesos tradicionales, el vino y las rosquillas mezclados con toda suerte de fruslerías y envoltorios industriales, bebidas frías para llevar y música ambiental del año de la Tana. Pero no había clientes: el calor los espantaba, y dado que no eran más de treinta los pocos zombies que pululaban por el pueblo, no daban para llenar tanta tienda vacía tostándose al sol.

La comida estaba sosa, tuvimos esa mala suerte, pero el vino, no, también tuvimos esa buena suerte, y saliendo de aquel pueblo de la desgracia soleada, topamos con otros, uno de ellos, lleno de vejetes marchosos, echados a la calle a pasar la tarde y la noche quemando el pueblo y partiendo la pana. Un verdadero espectáculo.
Y los campos relucían dorados, amarillos de incendio, sin un solo verdor que echarse a la boca, planos como pecho de doncella.
Pero a la vuelta, el meteorólogo acertó y de camino al sur, estalló la tormenta más grande que he visto en mi vida. Los ríos de agua llenaban lo que hasta entonces habían sido placas de asfalto y las olas de agua sucia subían hasta alturas inconcebibles, todo desbordaba, las gotas enormes golpeaban con saña y en unos minutos, la inundación de lo amarillo se convirtió en pura realidad.
Calados hasta los huesos, con los ojos abiertos como lentillas de colores, llegamos a casa, sorprendidos, incapaces de asimilar tanta contradicción, tanta locura, tanto cambio, tanta violencia sobre la paz del desierto.
La sonrisa de adolescente que esconde una gamberrada aleteaba por los rostros de los viajeros canosos. Nos habíamos calado a modo de Carmen Maura y su riégame, pero peor.
Y habíamos visto las terrazas llenas de castellanos tranquilos, defendiéndose del sol, con los coches brillantes a la puerta y las gafas de sol de marca en las mejillas, sobreviviendo en el desierto de Castilla. No es bueno el crudo verano para subir, pero seguro que cuando las tormentas dejen paso a la lluvia buena, habrá ocasión de encontrar a los viejos gamberros poblando las aceras y de comprar rosquillas y queso de la tierra, de la tierra del desierto del más acá.

DE CURRÍCULOS ACADÉMICOS Y PROFESORES ABYECTOS.

Hubo una vez un profesor cruel, muy cruel, malvado y exigente que no permitía que ninguno de sus alumnos faltase a clase so pena de suspender la asignatura.
Tampoco aceptaba trabajos caseros para calificar asignaturas que exigian pruebas objetivas.
No llegaba tarde ni admitía que sus alumnos lo hiciesen y no toleraba que en su clase se charlase amigablemente mientras él explicaba sintaxis o gramática del texto.
Los padres le odiaban porque era una barrera insalvable por encima de la cual ningún chaval, por muy hijo de la presidenta del AMPA que fuera o del mismo gobierno de la nación, podían pasar. Protestaban ante la inspección y esta también le odiaba porque obligaba a los funcionarios inspectores a molestarse, ir al centro, revisar, atender, escuchar protestas y, al final, tener que admitir que el profesor cruel cumplía estrictamente la legislación.
Y es que ninguno de sus alumnos sabía escribir correctamente ni entendía una mierda de los textos literarios o no que se le presentaban, pero mientras que los demás profesores hacían la vista gorda, él se negaba a pasar por el aro de aquella amigabilidad y aquel colegueo que se había instalado en el mundo de la enseñanza desde hacía tiempo.
No aceptaba que la presión de un concejal hiciera posible el aprobado de su hijo ni que la demagogia de amor a los emigrantes permitiera que un alumno de origen rumano se examinara fuera de plazo para poder alargar las vacaciones en el país de origen.
No admitía trabajitos para subir nota ni, mucho menos, recensiones, ejemplos, redacciones o cualquier otra pamema a cambio de las notas obtenidas de la aplicación estricta, sin contar la ortografía desde luego, de los criterios establecidos para la corrección de las pruebas.


Soportó el ataque traicionero y malvado, las amenazas y la persecución de compañeros, padres y alumnos durante muchos años y nunca se rindió. La mayoría, al tiempo que le odiaban, sentían un inmenso respeto, hay quien le llamaba miedo, hacia él, pero su trabajo, tan querido, fue a veces convertido en un infierno por la corrupción de los que le rodeaban, empeñados en conseguir papeles sellados y timbres que no respondían a realidad alguna en lugar de exigirle que formara e informara a los chavales en la responsabilidad, el conocimiento, el esfuerzo, la justicia, la ética…

Luego, algunos de aquellos chavales cargados de títulos inmerecidos llegaron a ser ministros, alcaldes, concejales, gobernadores y hasta presidentes del gobierno y… periodistas.
Y poca gente se dio cuenta de que no sabían gran cosa, de que hablaban y se expresaban con ninguna corrección, que desconocían la ética y la moral en la teoría y en la práctica, que no sabían casi nada de historia y que no manejaban con soltura el significado de palabras  como dimisión, coherencia y justicia, entre el millón de carencias, defectos y deformaciones con que se habían educado.
Y no pasó nada. El profesor malvado acabó jubilándose y observando desde lejos y con cierta tristeza los frutos de un mundo académico corrompido.
Su único consuelo, su gran consuelo, es que jamás se sentaron en sus aulas Cristina Cifuentes, Pablo Casado, Luis Roldán, Elena Valenciano, Joana Ortega, Tomás Burgos, Carmen Montón, Celestino Corbacho, José Blanco, Bernat Soria, Patxi López, Miguel Ángel Gutiérrez Vivas, César Zafra, Juan Merlo, Gema Igual, Estela Goikoetxea, Pilar Rahola, Carles Puigdemont, …. ni muchos otros falsificadores de antecedentes: los hubiera suspendido una y mil veces.
¡Con estos mimbres……..!

 

AL OESTE DEL ALGARVE.

Creí que no iba a sobrevivir: los portugueses adelantan sin mirar, convencidos de que los demás vehículos va a apartarse hacia los arcenes como si volvieran a abrirse las aguas del mar Rojo. Y así ocurre normalmente, pero mi ignorancia sobre ese pacto no escrito y la sorpresa de ver semejante espectáculo de danza de la muerte me llenó de espanto nada más llegar. Eso, y las terribles carreteras entre maizales y trigales, sin arcenes, estrechas, de un solo carril y con los portugueses volando sentados a bordo de sus bólidos, hizo que se me atragantara el desayuno.

Son descuidados ¡mecachis en san nisesabe!, muy descuidados. Lo tienen todo para dar un servicio magnífico, pero no parece importarles demasiado dar servicio, les gusta más conservar la tierra en su estado primario de suciedad, polvo, paja y basuras. Son así de contradictorios… y llorones, sentimentales, callados, poco dados a exteriorizar sus sentimientos, pero generosos y nobles cuando les viene en gana. La madre que los parió.
Ni una puta toalla, ya no las fabrican seguramente. Mucho espectáculo montado para dar caza al turista, como en todas partes: callejuelas del centro histórico de cualquier pueblo llenas de tiendas de moda, artesanía y locales monísimos, terrazas a la última y detalles originales, todo lleno de colorido, atestado de ofertas y gangas, sombreros de corcho, bolsos, vestidos playeros, bebidas exóticas, escaleras estrechas, piedras antiguas, túneles de paso, músicos callejeros…. Y playas, no todas aún, pintadas de sombrillas idénticas y de hamacas idénticas también, azul de la Mancha en tiras perfectas, concesiones para las empresas que prohíben, como en todas partes, hacer sombra a sus sombras y te obligan a caminar unos metros más por la alfombra de tablillas de madera para aposentar tus reales.

Y frío por la mañana, demasiado para agosto. Luego, el sol sale casi de repente y se apodera de todo, acariciando con rastrillos de fuegos artificales los kilómetros de playa interminables, los chiringuitos, escasos, pegados a la roca, en alto, sobrevolando el mar, las praderas del hotel borrachas de agua para conservar el verde de pin y pon acuchillado de hamacas y toallas de colores. Y la música, muy poca, muy lenta, muy portuguesa. Y los portugueses mirando, casi rezando, sin atreverse a bailar, y las noches silenciosas y vacías y los desayunos exagerados, con platos rebosantes de todo lo habido y por haber, pero sobre todo de pasteles, bocaditos de tiramisú, bizcochos húmedos, dulces de coco, gelatina de mil sabores, natillas, tartas de chocolate.. Los portugueses se pirran por los dulces y los visitantes, también.
Y las tardes de siesta y baño, sabedores de que, a veces, por la mañana el sol huye o se torna plomizo.
Viento del mar, incansable, aliviando el sudor a ratos, mosquitos hambrientos, ansiosos de comer y beber platos exóticos, las palmeras bailonas peinando el paisaje y las villas pequeñitas, ordenadas, despeñándose silenciosas sobre la pradera que lo llena todo.
Y un día tras otro vamos alternando sueños, mosquitos, dulces de chocolate, arena dorada, piscina clorada, praderas de ensueño, siestas de viento…
Hasta que a la vuelta, perdidos por una de sus carreteras caminos, vigiladas por maizales y sin una gota de arcén, casa o chiringo donde refugiarse, tropezamos con unas luces encendidas bajo el infierno del sol del mediodía, 44 º C, y creemos que es algo privado, y nos vamos, pero algo nos llama, el hambre seguramente, y volvemos y vemos un sinfín de mesas corridas con sillas y platos boca abajo, ante mostradores y taquillas improvisadas y bajo unos sombrajos de huerto. Venden comida, pollo y porco asado, y poco más, todo hecho allí mismo, sobre un remolque del campo, delante de los ojos y al lado del calor del sol.
En un portugués más cerrado que la puerta de mi casa allá lejos, se nos invita a comprar comida y a comer: es una especie de celebración, pero admiten a todo el mundo. Debemos de ser los únicos que no son del pueblo. Nos sentamos y comemos un puerco asado inolvidable, macerado con hierbas que no conozco y con un sabor muy peculiar. De repente, una procesión de motos pequeñas antiguas cruza por la carretera haciendo sonar sus bocinas y moviendo sus banderas. Vienen a celebrar una jornada de moteros. Se llenan las mesas, todos colorados y morenos como la tierra, con sombreros de paja y chalecos de pins. Nos vamos, pero uno de los organizadores se acerca y nos invita: el agua es mala, tomad vino o un poco de cerveza. Y nos trae botellas de cerveza negra Sagrés, tan dulce. Nos despedimos agradecidos. El campo portugués cercano a la frontera todavía conserva las antiguas costumbres y la hospitalidad. Gracias casi paisanos. Nos veremos pronto, no lo dudéis.

PARÍS, BERLÍN……… MADRID.

La suciedad de París, sus vagabundos y su población, casi exclusivamente africana en algunos lugares, asombra si uno recuerda las postales del Sena o de la torre Eiffel. La torre, rodeada de alambradas y vallas, estructuras metálicas y andamios, parece un animal monstruoso y enfermo, comido por el óxido y nada apetecible vista desde las patas de elefante que la sujetan. Luego, el Campo de Marte, grandioso, está plagado de grupos de rumanas lideradas por un chulo que atacan sin miramientos a los turistas, les acosan, insultan y amenazan, además de robarles lo que puedan en el guirigai que se monta.

Atardecen plagadas de gentes multicolores las estrechas orillas del Sena menos turístico y con la cara sin lavar, salido del vientre del monstruoso escalextrix bajo el que, como en todas partes, viven centenares, o miles, de vagabundos entre la basura, las hojas secas y el humo de los coches.
Enorme París, todavía perfumado del aire bohemio de los kioscos de venta de cuadros o de los restaurantes del barrio latino, muy cerca de Notre Dame. Impresionante París en los edificios históricos que jalonan el Sena imperial, el navegable, el turístico. Parvadas de gentes hacen cola en todos los museos, en todos, ansiosos por conseguir ver las maravillas que han visto en documentales televisivos desde su infancia. Todos empecinados en no perder de vista al paraguas, único nexo entre la realidad de París y su propia supervivencia.
Y las tiendas internacionales, esas que son igualmente caras, prohibitivas, adornadas por dependientes de pasarela y negrazos de seguridad en todas partes, a lo largo de la inmensa avenida, los Campos Elíseos, ocupando con sus luces toda la retina de quien sea, acompañadas de terrazas, las de París son de París, donde venden sus famosos macarons, tan adictivos.
Las terrazas parisinas son peculiares. De maderas y bambués, telas y flores, están pensadas para que el cliente vea pasar al personal como si viera una obra de teatro, todos hacia la calle, mirando hacia fuera, enfrentados al mundo al mismo tiempo, pegados como piojos en costura, cubiertas siempre con un toldo bajo el que los parisinos que pueden pagar la consumición permanecen escondidos llueva, truene o aparezca de nuevo Napoleón con un sable pidiendo guerra.
Y luego, al lado, dando la vuelta a la esquina, el suelo de granito deslucido y roto, lleno de agujeros, cicatrices de obras sin terminar, obras a medio hacer, obras que enmpiezan, hojas, basura, ropa vieja tirada por el suelo, restos de fiestas, orines y desventura por muchos de los rincones de París.

 

Pero en Berlín no hay rincones, ni uno solo, donde esconderse: todo Berlín es un macrocosmos, una maqueta grandiosa, de dimensiones colosales, grandes avenidas, edificios cuadrados, bien ordenados, de cuatro o cinco alturas en el centro, con muy pocos semáforos, indicaciones nulas en las calzadas, menos coches y unos tiranos que se mueven en masa, sin respetar ninguna norma, malencarados si no se les permite al instante hacer su voluntad peligrosos para ellos mismos y para los demás, ajenos a las ideas de la espera o del respeto: los ciclistas berlineses.
Y a su lado, la variedad cultural y estética que predomina, claro, en el barrio de Berlín Este, zona de tránsito perpetuo de turistas que buscan la foto en la galería al aire libre de los restos en esa zona del muro de Berlín, los vagabundos, drogadictos, buscadores de botellas vacías que luego devuelven en la máquina para conseguir unas monedas, mujeres y hombres de mil sexos e indumentarias, atusando sus barbas y bigotes mientras se colocan derecha la raja de la falda, grandes bebedores de cerveza, osos mofletudos, españolitos jóvenes y no tanto, paseadores de las orillas del Spree, tan grande, tan sucio, tan rastrillado por lanchas enormes que llevan a turistas de todo el mundo a mirar la ciudad desde las aguas negras donde, otros barcos, anclados para siempre, ofrecen cobijo a viajeros pobres, o café, en instalaciones flotantes, viejas, increíbles, llenas de tiestos y de flores algunas, o de maceteros flotantes, de carteles manuscritos y de vida alternativa, tanto como las de los grupos que escuchan música mientras se fuman la vida bajo los arcos de uno de los puentes que cruza el Spree para que el tren y el metro lo hagan también.

Y terrazas, muchas terrazas, pero colocadas como el espíritu del mismo Metro, de cualquier Metro. Sin toldos ni aire acondicionado en el interior, igual que París, soportan como pueden sobre sus manteles el calor extraño y agobiante que les azota últimamente. Tiendas ecobiológicas por muchas partes y el negro del Spree apareciendo aquí y allá, rodeado de parques muy sucios y oscuros donde la gente de mil colores y razas charla en no sé qué idioma internacional o de verbenas medio cabaret medio comuna. Descarado Berlín, plagado de fiestas marginales, provocadoras, absolutamente indecentes, donde se dan cita sexos y mundos alternativos de todas partes. Indiferencia absoluta ante la variedad, enormes avenidas medio vacías, chapurreo normal de un inglés con acento especial. Espacios abiertos, enormes costillares de oso al sol, pero sin salsa, eso también hay que anotarlo.

Y cuando miro el Paseo de Recoletos, tan pequeñito y coqueto, o la Plaza de Atocha de toda la vida, con emperador o sin él, oliendo a calamares de El Brillante y a cervecita de aquí, me extraño, porque los chulapos y chulapas que bailan chotis en las fiestas de San Lorenzo o de La Paloma parecen de otro mundo rodeados del gentío africano que pulula, busca y ofrece a su alrededor y en sus mismas narices, coloreando de chocolate las calles estrechas y en cuesta, misteriosas y viejas del Madrid castizo, donde no cabe un alfiler y se oye lo mismo el blues, el jazz, el chotis o el reggaeton. Las terrazas caóticas, sin orden ni concierto, de servicios múltiples, de grupos desbocados, rodeadas de gentío que se mueve buscando la fiesta a pesar del tremendo calor, achican todas las calles.
Los chinos ofrecen sus bebidas agitando los botes en la cara de la gente, sin pudor ni respeto alguno y al ritmo de alguna samba imaginaria, los hispanos, sean de donde fueren, bailan meneando el culo como posesos, posesas en este caso, las parejitas de homos, muchas, bailan lo que se les ponga por delante, se hacen mimitos y se buscan, y a nadie le importa, mientras el chulo castizo gira y gira con la rodilla adornada y sin mover un poro de su cuerpo, al son de música del año en que mi bisabuela iría a colegio. Es un decir.
Barajas, o sea el Adolfo Suárez, es un hermoso aueropuerto si es que esos lugares odiosos pudieran serlo. Limpio, grande y bien señalizado. Y el fresquito amenazante del aire acondicionado está endulzado mi vuelta, como el cafetito con churros o las mañanas en la cuesta de Moyano.
La Gran vïa sigue en obras, pero la gente va y viene como si le fuera la vida en recorrerla. Una ciudad tan pequeña, tan humilde, tan viejecita, y tengo la sensación de que se han reunido aquí millones de seres de todo el planeta en simposio de huevos de avestruz revueltos al calor del sol de agosto. No hay sitio, todos juntos, en cercanía asombrosa, sentados por todas partes, yendo y viniendo en enjambre, enseñando carnes y culos, cogidos de la mano, con faldas transparentes o tacones de chúpame la punta. Un gentío asombroso que no para y que entra y sale de las caferterías fresquitas para coger fuerzas y seguir su ritmo incansable.
La puerta de Alcalá posa como una vedette desde los ojos de Metrópolis Y giro hacia la Puerta del Sol. De allí, a cualquier parte. Al cielo o al infierno desde cualquier ciudad del mundo.

TE QUIERO CON TODO EL ODIO DE MI ALMA. Monólogo del desahogo y la prédica en homenaje al aniversario que sea.

Y así es. Te quiero para mí, por mí, de mí, ante mí, bajo mí, con mí… Toda tú eres mía, corazón, hasta lo que piensas cuando estás a punto de acostarte, cuando me preguntas en qué pienso yo, que sonrío a costa de tu inocencia: ni muerta sabrás jamás lo que pienso o lo que hago, eso no te lo puedo dar, cariño, porque si lo hiciera sería como tú.
No sé vivir sin ti porque eres el perfume en el que se desenvuelve mi cuerpo y mi alma, y si no fuera porque no quieres hacer lo que yo te digo, serías la Virgen María de mi altar.
Te empeñas en saberlo todo y no te das cuenta, chiquitina, de que eso no es posible y de que un hombre también tiene derecho a sus propia intimidad y a gastarte bromitas, que la vida sin sentido del humor no vale nada. Y a hacerte de rabiar de vez en cuando, que eres demasiado culta y demasiado inteligente como para dejar que te lo creas, que lo mismo te lo crees ya y yo quedaría entonces como un borrico, y eso, cielo mío, tampoco lo puedo permitir.
Y es que eres demasiado seria, demasiado. Mira que te quiero, pero no es como para que tomes como una ofensa que tontee con las bobas que hay por ahí, que se lo creen sin saber que yo solo te quiero a ti, mi vida. Y aunque me vaya con otra algún día, es solo porque me dejas tan triste que tengo que buscar compañía para no pegarme un tiro, que eso es lo malo que tiene el amor que te tengo, tan profundo, tan sin sentido. Y si te vigilo es porque no quiero que otro hombre, un cabrón seguro, te ofenda ni te engañe ni te tilde de zorra, que ya sabes cómo son los hombres, que alguno lo pensará cuando me has dejado alguna vez y , como boba que eres, te has ido por ahí a celebrar, a comer o a bailar, como un putón verbenero, que lo que tienes que hacer es estar conmigo y cuidarme, que yo te quiero más de lo que nadie podrá quererte en la vida.

Y la manía de no creer lo que te digo y no fiarte de mí te la tienes que quitar, que son imaginaciones tuyas, que yo soy un tío trabajador, sin pasarse, y solo pienso en estar contigo, comer contigo, ir de viaje contigo, que eso me encanta, aunque no pueda pagar parte de los gastos, que en una pareja, ya se sabe, hay que compartirlo todo, hoy por ti mañana por mí.
Y no te cuestiono, no. Solo pregunto si es verdad lo que acabas de decir, no por nada, por preguntar. Que sé que te molesta, pero no lo entiendo, porque no creo que importe que digas algo de lo que tú sabes y yo te pregunte si estás segura de saberlo, no para joderte, en serio, sino porque no sé, yo soy así. Y por eso levanto la voz muy a menudo, porque no me doy cuenta: es que soy un hombre, ya lo sabes, y tenemos ese defecto de marca, que tenemos la voz alta, grave, fuerte, varonil, con dos cojones. Que no entiendo, corazón, por qué no te gusta, como no te gustan muchas cosas que son boberías. No me voy contigo a la cama porque me apetece más ver la tele, pero eso no es nada malo. Seguro que si fuera contigo, pensarías que solo quiero lo que ya sabes.

Y es que a veces te pones tan insoportable que te molesta todo, perita en dulce. Te molesta que ronque y que no trate de evitarlo, te molesta que no tenga pelas, te molesta que levante la voz varonil, que te haya ocultado lo de esa tía, una bobada de nada, que esté metido en todas las páginas de Internet habidas y por haber (que yo no recuerdo cuando te hice la promesa, hace mil años de no volver a hacerlo), pero no me culpes, corazoncito: tengo mala memoria, ya lo sabes. Y eso no significa que no te quiera, que te pones muy borde y hasta me jodes con que baje la música y hay que escucharla alta, joer, que si me dejo me pones firme.
Y lo de las tonterías ideológicas, pues eso, tonterías, pero delante de mí no nombres al del Psoe porque te la monto, que a mí no me torea ni el tato, por mucho que te quiera, y digo lo que me da la gana delante de quien me dé la gana, sean quienes sean, y si te da vergüenza, te aguantas, que ya se que te avergüenzas de mí en lugar de besar por donde yo piso, que te quiero como no he querido ni querré a nadie en mi vida y cuidado con querer tú a otro, que lo mato.
Y que ya sé que haces por mí todo lo que puedes, pero aquella noche no sé qué me paso, que te agradezco en el alma que te gastases las pelas para que yo estuviera cómodo, pero me dio una pájara y se me fue la olla, y en lugar de agradecerte en el alma aquel cariño que me ofrecías, casi te muerdo la cabeza, pero es que los tíos a veces tenemos esas cosas, que tampoco me acuerdo bien, no te creas. Y luego, no sé qué coño encontraste en Internet, pero es que yo entro en muchos sitios y lo mismo se quedan ahí los rastros, pero yo no juego, ya sabes que no tengo pelas, que por algo te tengo que pedir a veces, y si lo hiciera, te lo diría, como te dije siempre lo que hacía, salvo cuando se me olvida o no le doy importancia, que tú, amor de mi vida, le das importancia a todo y además eres muy pejiguera: todo lo escuchas, todo lo guardas, todo lo recuerdas. Pues bueno, si te enseño fotos de otras tías, es que no le doy importancia,y si las guardo en mi cartera, pues… que se me ha olvidado quitarlas, ya sabes que yo solo te quiero a ti. Y no tuve nada con ella, solo subió a verme un par de veces y yo la rechacé, aunque la tía estaba muy buena, lo reconozco, pero estando tú, que te quiero con locura, me sobran todas las demás.
Que no entiendo por qué estás tan enfadada conmigo que no quieres volver, con la vida tan bonita que llevábamos, viviendo como una reina que no se te puede querer más, y sin embargo, me obligas a mentir para que nadie sepa que me has dejado como si fueras una zorra de la peor especie, proque una mujer que deja a un tío que la quiere como yo te quiero es una zorra. ¿Por qué otra razón ibas a dejarme? Y lo mismo viajas, tanto que te gusta, y te diviertes, seguro que con otros hombres, y no te acuerdas de mí, que me has dejado tirado como a una colilla y estoy así por tu culpa, aunque … no creas, a lo mejor piensas que me has jodido, pero no soy fácil de vencer y hay tías por ahí a patadas, aunque no las quiera como te quise a ti. Y lo mismo no soy yo el equivocado, lo mismo eras tú la cabrona que no me se callaba cuando levantaba la voz ni se creía una palabra de lo que le decía, que igual no tengo por qué arrepentirme de nada, que lo mismo eres tan puta como todas y no te merecías el amor que te tuve, que lo mismo solo me utilizabas, no sé para qué, pero me utilizabas, y nunca me diste el puesto que yo me merecía, aunque, eso sí, como te vea con otro, sepas que lo mato, que a mí no me toreas, cacho guarra, que soy yo muy hombre para eso, pese a quien pese y caiga quien caiga.

Nota: Se trata de un famoso personaje que murió sin entender nada de lo que le rodeaba, eso sí, sin callarse tampoco.

CONSERVACIÓN DE LA BIOSFERA.

Bajamos por la rampita recien construida, toda nueva, con aparcamientos en batería a los lados: no se puede circular por el interior del casco urbano…, dejémoslo en casco pequeñito.
Es un pueblo diminuto, perfecto, de postal, de cuadro de encima del sofá. Todo es nuevo, bonito, imitación del origen de cada cosa, colocado, montado para enseñar sus mejores perfiles. Una maqueta en grande por la que los pocos turistas que bajábamos paseando parecíamos muñecos de pin y pon.
Y una maqueta perfecta , una reproducción de la ilusión de alguien que opinará que es maravilloso el limbo y que un sitio así tiene que ser reserva de la biosfera. Y como lo es, le han dado unos cuantos euros y con ellos han construido el sueño, han limpiado las fachadas, pulido los tejados, plantado en el lugar más extraño paradas de autobús de diseño, bancos de piedra divinos y aposentado tour operadores que se encargan de alquilar apartamentos, guías que se encargan de llevar a los turistas por las sendas de la hermosa biosfera, actividades de varios tipos, conciertos minúsculos de viola en la iglesia del pueblo, toda nueva al estilo antiguo….
Un negocio elistista que preserva la biosfera.
Todo impoluto, todo de mentira: ni un olor a boñiga de vaca ni el humo de un coche ni el de un asado en cualquier parte, todas las casitas iguales, limpias, con gente encantadora sentada en tumbonas a la puerta y montañas de flores a los lados, todas bien regadas y vistosas.


Solo unas pocas casas estaban sin reconstruir: las viejas, asquerosas casas medio derruidas, de maderas podridas, sillares desiguales, agujeros en las ventanas y cardos y matas salvajes en los rincones de las puertas. Una vergüenza, una mancha para el paisaje de armonía intensa que se respira en el pueblo.
Cuando me iba, volví la cara hacia abajo, miré las montañas cubiertas de tejos y pinos, todos verdes, todos iguales, plantados al mismo tiempo, protegiendo la biosfera como un solo hombre y me di cuenta de que no había visto ni un solo perro suelto ni una gallina ni un envoltorio de chicle en el suelo y sentí

exactamente lo mismo que cuando me llevo a casa, con lágrimas en el corazón, esas preciosas bandejas de tomates de plástico rojos y brillantes, todos iguales, tan bonitos y tan sintéticos, tan insípidos, tan asquerosamente inodoros, tan perfectos que daría un brazo por conseguir uno de verdad, deforme, tripudo, feo, pero real como la misma vida.

Y esta tragedia tiene una sencilla explicación: sueño a menudo que le toco el culo a un maromo precioso y se le caen las prótesis de silicona y luego, para consolarme, voy a comprar comida y veo resmas y resmas de envases de plástico llenos de comida de plástico cubierta con film de plástico servida en platos de plástico y veo ejércitos enteros de jovencitos vestidos todos iguales, de homosexuales moviendo las manos al mismo tiempo, de mujeres maduras con el pelo corto y blanco y ropa hippie transnochada

haciendo cola en masa ante la ventanilla de un cine de películas todas alternativas y me rodean turistas rollizos todos, colorados todos, de dos metros todos, con pantolones cortos y cara de pollo crudo y vasos gigantes de refresco en las manos y…. Me despierto sudorosa, echando de menos un café de puchero, el tomate que le gustaba a mi abuelo y el chorizo del pueblo de mi vecina, aunque me aguanto porque comprendo que esos excesos solo pueden producir graves, gravísimos problemas en la biosfera.