MANOS ARRIBA.

Lunes de julio de ahora mismo. Aproximadamente, las 9,30 de la mañana. Semáforo  de una plaza céntrica de tráfico habitual: a esas horas no hay viandantes. Tres carriles, el de la derecha, de sentido obligatorio, ocupado por el autobús que recoge viajeros en la parada.

Un coche blanco está parado en el  semáforo entre dos carriles, de manera que no deja pasar ni a derecha ni a izquierda. El semáforo esta en ámbar fluctuante,  pero no hay ni dios dándose un garbeo, a pesar de lo cual, el coche blanco no se mueve y dormita tranquilamente esperando no se sabe qué. Los demás, aguantamos.

El autobús inicia la marcha, pongo el intermitente y me sitúo en el carril central delante del coche blanco en vista de las pocas ganas que tiene de facilitar el tráfico. Es cierto que para ello tengo que acelerar, pero en todo momento señalo previamente las maniobras.

De repente, el coche, a punto de atravesar la plaza, se sitúa a mi derecha en el carril de giro obligatorio, pero no respeta la señal e intenta adelantarme a la fuerza viva por la derecha, achuchando a otros coches y a mí misma. Acostumbrada como estoy a la agresividad del tráfico y,  siento decirlo, a la mala baba de algunos hombres que no toleran que una mujer les toque las narices, me mantengo en mi carril y no me aparto para que el coche de marras, que ha incumplido varias normas de circulación, pase por su cara bonita. Pongo el intermitente a la derecha, en dirección a la calle que es mi destino en ese momento, y veo cómo el coche  me adelanta en curva, entonces por la izquierda, al tiempo que sacan por la ventanilla derecha un luminoso azul que se pega al capó del bicho y hacen sonar una sirena que me deja sorda, el copiloto me hace señales con la mano y me obligan a aparcar a la derecha en doble fila. La gente que pasa por la acera, poca, mira con estupor. Mi perfil de delincuente me ha delatado: debo de traficar con droga, prostitución de altos vuelos, mi aspecto es para eso por lo menos a mi edad, francotiradora con toques de sicópata…

Se bajan tres hombres, uno de los cuales me enseña algo que parece una placa, pero yo no puedo distinguirlo a esa distancia, y me piden, de forma muy chulesca, las documentación de todo lo habido y por haber mientras me ordenan que no me mueva del interior del coche. Intento hablar, cabreada como  una mona como estoy y llena de rabia, pero el que lleva la voz cantante, moreno, delgado y con pinta de play boy a lo Andrés Pajares de los setenta,  no me deja, le pregunto si no puedo hablar, y me dice que sí, pero que me va a dar lo mismo,o sea, que me calle: el tono y la actitud de los tres es como los de las películas de serie B: hablan entre ellos, me miran inquisitivamente, pululan alrededor del coche, sacan móviles que usan…. No puedo abrir el salpicadero, atascado, aunque ellos tienen ya mi DNI y mi permiso de conducir, me amenazar con llamar a la policía municipal e inmovilizarme el coche si no les entrego de inmediato la documentación y doy gracias porque no llegan a amenazarme con llevarme detenida por contestona y peleona, mayor de edad, mujer sola y conductora rebelde, y es que  a pesar de que dan vueltas alrededor  del coche, husmeando como perros, no encuentran nada sospechoso sobre mis supuestos crímenes. Sé que están  pidiendo información, me preguntan a nombre de quién está el vehículo y contesto y pierdo la oportunidad de ser detenida en plena calle, placer que no tuve en época del dictador, aunque a punto estuve varias veces por cometer los mismos delitos que el lunes: ninguno. Al cabo de unos segundos, cambian de actitud, me devuelven mis carnets y permiten que me vaya. Les veo pararse ante una cafetería, en doble fila y con los warning encendidos, unos metros más adelante: nuestra amable conversación les ha dado hambre, o como ya la tenían, y yo les he molestado no dejándoles conducir, de paisano y a esas horas, como les daba la gana, me han castigado por mala intentando asustarme. Tres hombretones, Andresiño Pajares, el calvo de Fast and furious y un empleado del antiguo matadero.

Yo, que no tengo pistola ni placa ni sirena a discreción ni inmunidad para hacer lo que me dé la gana, me he visto en un momento, merced al de la camisa de Pajares, en el túnel del tiempo, en época de Franco, en los años setenta, cuando el papá de doña Saénz de Santamaría ajusticiaba gente cargado con más medallas que las cofrades de la Virgen de la Almudena. Y ¡maldita sea mi suerte y la vuestra!… Después de cuarenta  años, esos mendas me siguen dando miedo. ¡Algo huele a podrido en Españarca y desde hace más de cuarenta años!

 

LALY

Se conocieron en la residencia de ancianos, en una de esas residencias privadas a donde van los abuelos  cuando la familia ya no puede o no quiere cuidarlos y solo si su pensión da para pagar la minuta.

Siempre había sido un gallo y, a pesar de su edad y de sus enfermedades, conservaba la cresta, al menos, lo parecía entre tanto pollo desplumado. Había sido guapo y conservaba el porte, el color moreno y el aire agitanado. Vanidoso, presumido y limpio como el que más, no renunciaba al afeitado apurado al límite, al peinado con agua o con gomina, al perfume, a la camisa limpia y recién planchada con las mangas largas medio vueltas, al cinturón, eso siempre, ni al bigote bien recortado.

Se paseaba al sol, acostumbrado como estaba  a no estar quieto, y parecía un turista recién llegado del propio Benidorm. De genio vivo y carácter poco tolerante, tan pronto gastaba bromas y te invitaba a un chato como se cagaba en tus muertos, con todas las letras.

Pronto  sucedió lo que muchos no quieren creer: en todos los grupos humanos de cualquier tipo, la búsqueda de pareja se impone tarde o temprano. Da igual que sean jóvenes universitarios, indigentes de un albergue, presos de una cárcel o ancianos en una residencia, con la ventaja de que estos últimos no llegan a mayores , ya lo son ellos,  no suelen pegarse enfermedades venérea, porque no suelen poder,  ni se pueden ellas quedar embarazadas.

Las gallinas celebraban su llegada con vítores en los ojillos diminutos y con saludos cariñosos, ofrecimientos de bienvenida y cercanías múltiples.

Pero el torero no estaba para coger lo primero que llegase, nunca lo hizo y se dedicó a mirar. Entre todo el gallinero destacaba una anciana morena, de pelo teñido de negro estilo paje, siempre con falda de tubo y tacones de unos cinco centímetros, siempre pintada y siempre con el bolso colgando. Y pasó lo que tuvo que pasar: el anciano sufría las penas del purgatorio porque no sabía cómo sus hijos tomarían aquel noviazgo de veteranos y aquel aparente olvido de la madre muerta, tan querida y tan presente siempre. No sabía cómo decirlo, aunque su descendencia pronto se dio cuenta de los trajines del abuelo, vuelto a la adolescencia por mor del amor.

La familia de Laly, la bella viuda, no veía con buenos ojos el asunto. De hecho, se sabía que algunos parientes sacaban de las residencias a sus abuelos en cuanto se ennoviaban, a veces por la vergüenza de tener un viejo promiscuo o una vieja erótica en la familia, y otras, porque temían que el nuevo afecto le comiese la cabeza al yayo y les dejase sin la herencia que esperaban ya para dentro de poco. Menuda faena.

Los sobrinos de la viuda vigilaban las idas y venidas y nunca se acercaron a la familia del abuelo, quienes acogieron la noticia con comprensión y hasta alegría: que sea feliz el tiempo que le quede.

El temor de que la hija, conocedora de primera mano de la vida conyugal del viejo, se sintiese ofendida y traicionada por aquel amor de vejez y aquella alegría que nunca había derrochado con su madre, desapareció de inmediato y durante un tiempo todos fueron felices y comieron perdices.

Laly era una mujer sensible que había tenido veleidades de escritora y aún hacía poemas que dedicaba a aquellos a quienes quería, ahora, su novio y la familia de este. Le gustaba bailar y no dudaba en disfrazarse si hacía falta para amenizar un fiesta de residencia o alegrar la tarde con un chotis. El viejo gallo orgulloso la dejaba hacer, pero no intervenía en esas lides. Gastaba su tiempo en comprar tabaco a escondidas y fumárselo después, en discutir con tirios y troyanos por un quítame allá esas pajas, cosa que había ejercitado durante toda su vida y en la que era un consumado luchador, en pasear al sol y en hacerles la vida imposible a sus compañeros de refugio.

Pero era simpático cuando quería, y atractivo, divertido, original, y no le importaba nada ni nadie, no parecía sentir miedo y se llevaba de calle a los que no le conocían demasiado bien.

El idilio se fue alargando, pero la hija notaba cómo a veces, la tristeza se iba apoderando del rostro de la anciana. Al tiempo, sus piernas comenzaron a dejar de funcionar y una tarde, cuando estaba en su habitación preparada para que la llevasen al hospital, con las piernas convertidas en dos elefantes a punto de reventar, después de las visitas de rigor, su novio, que estaba presente hizo algún comentario seguramente inconveniente. El caso es que la hija y ella quedaron solas. Entonces, Laly  se atrevió: “Perdona, hija mía, si te hago una pregunta personal. Tu madre debió de sufrir mucho con él”, y se echó a llorar. La hija asintió, incapaz de hablar mal del abuelo ni de mentir. También tenía ganas de llorar. Pensar que aquella anciana amable y cariñosa tampoco se había librado del espolón del gallo, le llenaba de tristeza.

No se lo contó a nadie. Laly fue ingresada y al parecer, entró en coma a los pocos días. Al cabo de una semana, el anciano empezó a sentirse mal durante la cena. Lo llevaron a su habitación y allí, maqueado, bien vestido, bien peinado y recién comido, entre dos gobernantas, se quedó dormido para siempre. Laly moriría unos días después, sin saber que su novio la había precedido en el viaje.

Siento profundamente que fueran más lágrimas  que rosas lo que se llevó de él. Mi homenaje para la anciana valiente y sensible que fue capaz de enamorarse, a pesar de todo, por última vez.

 

 

ATLÁNTICA.

Me extrañó la parsimonia del trato a la llegada. Y el brillo distinto del sol, y el viento. El clima fue mi mayor traidor, mi adúltero amigo: hace lo que le da la gana de mano de las nubes que se arrastran como fantasmas de humo por las laderas, y a  la noche… ¡hay que dormir con manta!

El silencio me llamaba la atención: nadie hace ruido, no hay música por las calles ni grupos que se rían o corran o hablen alto, no hay luces tintineantes ni gente que anuncie su mercancía, ni siquiera indigentes visibles. Todos practican un ritual de yoga oceánica e isleña, parsimonioso, tranquilo, sin brillos ni estridencias, salvo en el caso de algunos ingleses, tan maleducados, que molestan sin darse cuenta porque desconocen, u olvidan al bajar al sur, mínimas normas de respeto y convivencia. Británicos de frágil memoria y barrigas abundantes.

Todo es un jardín: por todas partes crecen plantas gigantescas, de troncos enormes y hojas como sábanas. Flores vistosísimas de tamaño repollo, cactus en flor, tejos grandiosos,… Por todas partes hay jardines y bancos blancos… y cemento y yeso pintados del mismo color, piedras volcánicas de adorno y hombres limpiando, pero no el suelo de las calles, que está sucio, demasiado sucio para mi gusto. Todo parece artificial: las playas, los lagos, los caminos, las bajadas, las subidas. Como si alguien hubiera construido una gigantesca ciudad de los pin y pon, preciosa, vistosa, discreta, tranquila, pegada al suelo, desplegándose siempre desde las montanas, llenas de bruma, hacia las playas negras. Las nubes enganchadas de los picos y las casas bajas desparramadas en racimos por las laderas hacen pensar en la tierra media, en los gnomos, los enanos, los elfos y las hadas.

No hay posibilidad de nadar en la tranquilidad del mar: es agresivo, violento, de un profundo azul casi marino y añil y blanco rabioso. El fondo y la playa son, en el mejor de los casos, de arena negra y piedras volcánicas. Los socorristas pitan, con mucho silencio, para que los más lanzados no se adentren en la espuma.

El divertimento más grande de este mundo élfico es tomar el sol de todas las maneras posibles, con todos los riesgos posibles y en todas las circunstancias imaginables: hay que estar bronceado a toda costa, como si la blancura de la tez fuese un estigma social. Luego, pasear y comer. Todo con calma, en movimiento dulce y silencioso.

De  todos los sentidos del cuerpo y de la mente, reconozco que la vista ha sido el más beneficiado: los paisajes tan cambiantes, la exuberancia de la naturaleza, los colores del cielo y del mar, la blancura de los jardines. Solo en un lugar creí estar ante una realidad diferente, más llena de sensaciones variopintas: el  muelle de pescadores. Allí había hombres curtidos, extraños, a los que no parecía importarles nada de lo que ocurría alrededor, pescados enormes, casi vivos, olor a mar, barcas viejas y pequeñas y el agua, mansa y oscura, entrando y saliendo continuamente, lamiendo las piedras de los amarres mientras los pescadores hablaban a gritos de mujeres, de alcohol y de la pesca del día.

Quedan los buenos recuerdos: la playa más bonita de la zona, el tinto de verano con Fanta de limón porque no tienen gaseosa, la pizza artesana riquísima, el gofio con mojo, las plantas del jardín de la Orotava, el senegalés tan simpático, los miradores de vértigo y el muelle, el pequeño muelle de pescadores a los que ni yo ni nadie importaba un bledo ni  ha podido nada ni nadie, afortunadamente, cambiar.

EL COLECCIONISTA, DE JOHN FOWLES, EN ARTE&DESMAYO DE MADRID.

Ignoro cuáles han sido las intenciones de Carlos Martínez-Abarca al versionar y dirigir esta obra, pero una gran parte de la carga de terror, género al que se ha asociado, ha desaparecido. Y lo ha hecho porque la parafernalia correspondiente ha desaparecido también, sustituida por un escenario desnudo, sin marcas siquiera para los actores, desprovisto de atrezzo y de elementos desasosegantes.

La obra se inicia, como  casi siempre ya en los teatros madrileños, in media res, aunque parezca una perogrullada. Es la moda: los actores aparecen y desarrollan parte de la trama, el preámbulo, la introducción o lucen su palmito mientras los espectadores están entrando, con las luces encendidas y a cuerpo descubierto. Luego, empieza la obra, o sea, empieza de verdad, entre comillas, cuando ya había empezado.

Ni esta obra de decorados casi inexistentes y de pretensiones humildes se libra de la moda, pero no está mal. Juanma Gómez es capaz de atraer la atención del público incluso sin cloroformo ni hachas: su mirada y su expresión corporal son suficientes. Da el perfil patético de loco inocente, de pobre desequilibrado, a la perfección. Una delicia verlo y escucharlo, sin desfallecer un solo momento, sin bajar el listón en toda la obra.

Cristina Arranz le da la réplica, una réplica que contrasta en cierta exageración con el papel de loco apacible del protagonista. La pobre secuestrada, la pija convencida de que puede manejar el tonto acomplejado, grita demasiado, es cierto y, probablemente porque su perfil de burguesa prepotente no se adapta a nuestros modelos culturales, resulta menos convincente.

Muchos sicópatas y asesinos han usado la novela de Fowles como libro de cabecera, incluso Stephen King la nombra como antecedente de su  Misery, aparecida  casi veinte años después, sin embargo, en esta versión desnuda en la que los pasajes descriptivos han sido necesariamente eliminados así como el atrezzo del género y la crueldad de ciertas escenas, el diálogo evolutivo de ambos personajes es el eje y las extremidades de la obra: no hay más y el espectador puede sacar con mucha facilidad conclusiones ideológicas del enfrentamiento entre los pensamientos y sentimientos de ambos, dos clases sociales diferentes, dos actitudes vitales, dos razonamientos opuestos que nadan, sin embargo en un mundo donde tener y aparentar son el objetivo único y último.

No desvelaré el final, solo diré que se atiene, afortunadamente, al texto original de la novela. Y añadiré que, ya el original de Fowles, encierra bajo la apariencia de una novela de serie de terror psicológico, otros mensajes interesantes y muy relacionados con los desórdenes que esta sociedad en que vivimos, todavía hoy, causa en el ser humano.

Hay que acercarse al Arte & Desmayo a verla: hay aire acondicionado y un humilde buffet que es un regalo para el espectador sediento y acalorado. La tarde noche puede estar llena de agradables sorpresas.

DE LO QUE PUDO HABER SIDO Y NO FUE.

Y lleno de curiosidad y de asombro me preguntas si me acuerdo de él. Sí, claro que lo recuerdo. ¿Cómo no hacerlo? Cuando alguien entra en tu vida y la desmonta, cuando alguien te regala aquello por lo que lloraste y esperaste tanto tiempo y te empapa de calor, de lágrimas, de susurros, de música… ¿Cómo olvidarlo?

Ni sus manos ni su olor ni sus perfiles, su sonrisa, su voz, sus sueños, sus caricias, sus esperanzas o sus miedos dejan  ya de formar parte de tu propio pasado. Todo él, con sus tremendos errores, sus crueldades, su egoísmo, sus mentiras… Todo él, todo su cuerpo y su alma contradictoria, absurda, incapaz de un mínimo de nobleza, pero capaz de toda la ternura… Un recuerdo eterno que no se puede arrancar, pero hay que seguir viviendo y por eso me aparté, porque el dolor de la sombra oscura era insuperable, porque la mentira y la desconfianza  habían sembrado el jardín de hierbas tan altas que ya no veía una sola flor ni un solo fruto. Porque el miedo a su cercanía era ya de tal calibre que  no reconocía en su rostro monstruoso el rostro de aquel a quien amaba con locura.

Y lo amaba porque sí.  No había ningún motivo, nunca lo hubo. Ocurrió, sin más. Y no era el momento ni la forma, pero ocurrió. Y por ello, luché contra todo y contra todos, incluso contra mí misma. Era lo más importante del mundo para mí y lo siguió siendo siempre. Por eso, salté por encima de mi orgullo, de mi vergüenza, de las advertencias de unos y otros y, sobre todo, de él. Un él que no entendía nada, que no valoraba nada, que nunca estaba satisfecho con nada, que no había nunca entregado su vida por nadie, que temía de todos, que necesitaba ser escuchado siempre, que no aceptaba amar desde el silencio o la prudencia, que no tenía nada material que dar y mucho que pedir. Que guardaba lo mejor de sí mismo para sí mismo, asustado ante la posibilidad de perderlo al entregarlo, empecinado en comprobar que yo le amaba apuñalando día a día nuestra relación. De tanta sangre, de tanta hemorragia, aquel sentimiento enorme, inabarcable, cayó al suelo como un viejo caballo moribundo y allí permaneció mucho tiempo hasta que una madrugada, él le asestó la puntilla definitiva. Y lo mató.

Y no pudo ser, a pesar del amor, de la ternura, de los momentos maravillosos, de la pasión innegable, de la atracción mutua y mantenida, de la esperanza muerta, al final, de cambio, de los años de tormenta continuada, de las palabras, de las súplicas, de los razonamientos, las promesas… No pudo ser.

Pero fue. Él fue en aquel momento lo más importante de mi vida, aunque en aquel entonces no se diera cuenta. Fue la clave y la llave de mi vida, el motivo de mi amargura y de mi alegría, el secreto de muchas esperanzas, la razón de la impaciencia, el origen de los celos, la verdad de los secretos… Y todo eso debe ser suficiente para saber que uno no se va ya sin haber sido profunda e indudablemente  amado, aunque  el tiempo  del amor se haya esfumado  y la bruma de la vida nos hayan convertido en una triste canción.

Sí, amigo mío, claro que lo recuerdo, con pena y con ternura, como a alguien que formó parte de mí y me dio la vida y la muerte, al mismo tiempo,  claro que lo recuerdo… como a algo maravilloso que pudo haber sido y no fue.

 

TANGO.

Siento un tremendo desapego hacia lo litúrgico desde que era pequeña y, si me apuras, hacia lo normativo. Solo le encuentro explicación a ambas cosas cuando los intérpretes y adoradores de sendas opciones sienten placer a su través  o las han elegido libremente porque  les producen algún beneficio, del tipo que sea, que les compensa de esa enorme servidumbre.

Pero me sigue sorprendiendo observar los giros, pivotes y traspiés de los bailarines imbuidos de una especie de gesto sacrosanto, ensimismados incluso sabiendo que muchos ojos se fijan en ellos, o tal vez por eso mismo, como si de la ceremonia de un culto satánico y prohibido se tratase. Van vestidos con uniforme, variados eso sí, que se extiende desde el progre con barba y coleta, delgado y muy entregado a su arte, que baila con los ojos cerrados, al anciano de pelo blanco, vestido de negro , que intenta seguir marcando los pasos con la seriedad de su juventud.

Las mujeres, y eso casi todas, se atusan de forma que muchas de ellas deben de  llegar en taxi o con impermeable para no levantar sospechas. Quizá es también el ambiente tolerante de esta ciudad lo que las permite ir maqueadas de esa guisa nada natural: rajas en las faldas, escotazos de vértigo, colores vistosos, cola trasera en los vestidos, piernas al aire a todo trapo…., en una exhibición multicolor muy alejada de la moda callejera.

Todos siguen la liturgia milonguera: gesto serio y concentrado, sonrisas medidas, miradas culpables lanzadas a distancia hacia él o ella, acercamiento lento y sutil, cogida de manos, silencio en los pasos, abrazo prolongado por todo el tango, milonga o valsecito, ojos cerrados en muchos casos durante la ejecución, alarde de arte, sudor disimulado y sonrisa, de nuevo, final. Vuelven a su sitio, observan con atención los giros de los otros danzantes y esperan  mientras buscan, de lejos, otros ojos a quien seducir.

Mientras los gritos y las payasadas de los borrachos inundan la noche o los cuerpos de muchos giran entre la música despiada, ellos siguen el paso del tango como si de su propia vida se tratara. Se regodean en la penumbra de las mesas y en el calor de los focos, atienden con comedimiento las directrices del jefe de pista y  obedecen ciegamente su propio sentido de la importancia y de la dignidad.

Ni un estrépito de alegría ni una risa de serpiente cascabel ni un vacío ni una broma ni una explosión de naturalidad. La liturgia llega a su fin con otro rito, la Cumparsita, himno del adiós de los tangueros de milonga, y después, los saludos corteses de la despedida hasta la próxima ceremonia.

Mientras los veo y percibo su autosatisfacción, un hilillo de incredulidad se me descuelga por los labios. El mundo, tan ancho y ajeno, tan explorable, tan increíble, se resume para ellos en la liturgia del tango, como una secta o una iglesia, y les produce una inmensa satisfacción, un extenso sentimiento de autocomplacencia.

Bailan. Todos bailamos, de una u otra forma, con una u otra coreografía, con nuestro diferente y distinto corazón, nuestra pobreza, nuestro cuerpo desmadejado, nuestra pena o nuestra esperanza. No nos parece al resto que bailar sea el origen de la vida, ni el final, ni pueda explicarla, ni siquiera un poquito. No nos parece que bailar sea solo un rito para elegidos, guapos ni preparados. No nos gustan a muchos los uniformes ni los gestos preconcebidos ni las ofertas sutiles.

Ayer hacía demasiado calor en la milonga y un poco de aire fresco hubiera venido muy bien. Ya que bailamos, bailemos todos.

 

 

 

 

 

PORNO, NACHO… Y LA SER.

Los mismos presentadores de cadenas supuestamente progresistas que atacan la prostitución, cágate lorito, alaban y entrevistan  a Nacho no sé qué. Un conocido, y querido, parece ser, actor porno. Del mismo modo, Pepa Bueno, que cuenta con todo mi respeto, adopta un tono de vieja contradicha, con retintín incluido, e interrumpe continuamente a los entrevistados en cuanto no responden cómo y lo que ella quiere. Los de la derecha son absolutamente coherentes: lo mismo es ese el secreto de su éxito.

Y, o me he perdido algo por el camino o lo porno consiste en hacer guarreridas que todos hacemos en privado, en público y con más o menos arte, de manera que los que miramos, nos solacemos, animemos e inspiremos.  Corregidme si me equivoco. Y esto debe de ser tan importante, progresista y necesario,  que se  entrevista en radio y televisión al miembro más relevante de esta actividad profesional como si de un científico se tratara.

Pero no acabo de entender la jugada. O sea, que dos o tres o unas cuantas personas ensayan, lo admito, se juntan bajo los focos de un plató y a golpe de acción, se ponen a hacer guarreridas mil, en pelota picada. Luego, se monta, o se edita o se imprime, o todo junto, y se vende como quien vende una morcilla de Burgos. Esto no es prostitución, digo yo. Pero si uno o una, en un lugar privado o medio medio, hace guarreridas y las vende, eso sí.

Pues yo debo de estar muy mayor porque no entiendo nada. ¿No es lo mismo? Resulta ahora que ser pornoactivo, transexual, homosexual con pluma o puta de tele es algo estupendo, moderno, progresista, mientras que llevar velo, como las monjas católicas, o ponerse en medio pelotas a pie de carretera, eso no. ¿No es lo mismo? Libertad para todos. ¿No? Quiero llevar velo, pues póntelo. Quiero llevar velo de monja, pues a ello. Quiero vender mis folladas, pues venga. Quiero vender mi cuerpo serrano, pues ale. Quiero vender mi coche, mi casa, mi marido.. Pues a vender si encuentras quién te lo compre. Esta es una sociedad capitalista, liberal, mercantilista… A no ser que los taxistas consigan imponer una república marxista-leninista donde solo ellos puedan transportar a ciudadanos, que a este paso, lo consiguen.

O a lo mejor es que no se puede, o debe, vender todo. ¿Y quién decide los que son productos de la huerta y los que no? Porque yo ya estoy muy perdida. Si Nacho no sé qué vende su cuerpo y sus cosas privadas y es admirado por ello por la progresía pesoísta, ¿no deberían ser igualmente admiradas todas las personas que hacen exhibición pública y gratuita de las suyas? Son mucho más generosos: no cobran por animar el cotarro. Y la gente les llama exhibicionistas. ¡Una pena!

Así que no entiendo nada, pero nada de nada, y a mi edad, eso empieza a asustarme. Lo que se vende es producto y lo que se da es donación, o eso creía yo. Los que venden un pepino de medio metro en la pantalla o fuera de ella, venden sexo. El amor, pensaba yo, no se vende, ni la ética, la fidelidad, la sinceridad o la generosidad.

Porque yo, como cabezota que soy, cuando compro algo, entiendo que hay un negocio entre el que vende y el que compra, aunque los vendedores sean  negros manteros en plaga por Madrid y sus clientes, blancos madrileños con poca pasta..

PREMIO NOBEL DE LITERATURA. 1956.

Pero nadie fiscaliza ni culpa a los que ven a Nacho no sé qué vendiendo su cuerpo serrano y sus atributos playeros por ahí. Y en las cadenas de radio progresistas le dan tratamiento de famoso muy querido  e integrante de la élite cultural española. Y yo me c…. O es que además es un premio Nobel de Literatura o Medicina urológica y no me he enterado. Perdón en ese caso. Yo, que soy una viciosa, me siento especialmente atraída por los premios Nobel, independientemente de la longitud de su pepino y su habilidad privada. Admiro la inteligencia y la generosidad ejercidas en lo público. Usar los agujeros del cuerpo me ha parecido siempre una ordinariez peligrosa, porque puede ser que todos, perdida la medida de las cosas, vayamos a acabar confundiendo los agujeros propios y ajenos , los bolsillos propios y ajenos, los cerebros ajenos con los pepinos ajenos, los personajes con los personajillos, los derechos propios y los  ajenos….que ya hace mucho que confundimos, a todos los niveles, el culo con las témporas.