TE QUIERO CON TODO EL ODIO DE MI ALMA. Monólogo del desahogo y la prédica en homenaje al aniversario que sea.

Y así es. Te quiero para mí, por mí, de mí, ante mí, bajo mí, con mí… Toda tú eres mía, corazón, hasta lo que piensas cuando estás a punto de acostarte, cuando me preguntas en qué pienso yo, que sonrío a costa de tu inocencia: ni muerta sabrás jamás lo que pienso o lo que hago, eso no te lo puedo dar, cariño, porque si lo hiciera sería como tú.
No sé vivir sin ti porque eres el perfume en el que se desenvuelve mi cuerpo y mi alma, y si no fuera porque no quieres hacer lo que yo te digo, serías la Virgen María de mi altar.
Te empeñas en saberlo todo y no te das cuenta, chiquitina, de que eso no es posible y de que un hombre también tiene derecho a sus propia intimidad y a gastarte bromitas, que la vida sin sentido del humor no vale nada. Y a hacerte de rabiar de vez en cuando, que eres demasiado culta y demasiado inteligente como para dejar que te lo creas, que lo mismo te lo crees ya y yo quedaría entonces como un borrico, y eso, cielo mío, tampoco lo puedo permitir.
Y es que eres demasiado seria, demasiado. Mira que te quiero, pero no es como para que tomes como una ofensa que tontee con las bobas que hay por ahí, que se lo creen sin saber que yo solo te quiero a ti, mi vida. Y aunque me vaya con otra algún día, es solo porque me dejas tan triste que tengo que buscar compañía para no pegarme un tiro, que eso es lo malo que tiene el amor que te tengo, tan profundo, tan sin sentido. Y si te vigilo es porque no quiero que otro hombre, un cabrón seguro, te ofenda ni te engañe ni te tilde de zorra, que ya sabes cómo son los hombres, que alguno lo pensará cuando me has dejado alguna vez y , como boba que eres, te has ido por ahí a celebrar, a comer o a bailar, como un putón verbenero, que lo que tienes que hacer es estar conmigo y cuidarme, que yo te quiero más de lo que nadie podrá quererte en la vida.

Y la manía de no creer lo que te digo y no fiarte de mí te la tienes que quitar, que son imaginaciones tuyas, que yo soy un tío trabajador, sin pasarse, y solo pienso en estar contigo, comer contigo, ir de viaje contigo, que eso me encanta, aunque no pueda pagar parte de los gastos, que en una pareja, ya se sabe, hay que compartirlo todo, hoy por ti mañana por mí.
Y no te cuestiono, no. Solo pregunto si es verdad lo que acabas de decir, no por nada, por preguntar. Que sé que te molesta, pero no lo entiendo, porque no creo que importe que digas algo de lo que tú sabes y yo te pregunte si estás segura de saberlo, no para joderte, en serio, sino porque no sé, yo soy así. Y por eso levanto la voz muy a menudo, porque no me doy cuenta: es que soy un hombre, ya lo sabes, y tenemos ese defecto de marca, que tenemos la voz alta, grave, fuerte, varonil, con dos cojones. Que no entiendo, corazón, por qué no te gusta, como no te gustan muchas cosas que son boberías. No me voy contigo a la cama porque me apetece más ver la tele, pero eso no es nada malo. Seguro que si fuera contigo, pensarías que solo quiero lo que ya sabes.

Y es que a veces te pones tan insoportable que te molesta todo, perita en dulce. Te molesta que ronque y que no trate de evitarlo, te molesta que no tenga pelas, te molesta que levante la voz varonil, que te haya ocultado lo de esa tía, una bobada de nada, que esté metido en todas las páginas de Internet habidas y por haber (que yo no recuerdo cuando te hice la promesa, hace mil años de no volver a hacerlo), pero no me culpes, corazoncito: tengo mala memoria, ya lo sabes. Y eso no significa que no te quiera, que te pones muy borde y hasta me jodes con que baje la música y hay que escucharla alta, joer, que si me dejo me pones firme.
Y lo de las tonterías ideológicas, pues eso, tonterías, pero delante de mí no nombres al del Psoe porque te la monto, que a mí no me torea ni el tato, por mucho que te quiera, y digo lo que me da la gana delante de quien me dé la gana, sean quienes sean, y si te da vergüenza, te aguantas, que ya se que te avergüenzas de mí en lugar de besar por donde yo piso, que te quiero como no he querido ni querré a nadie en mi vida y cuidado con querer tú a otro, que lo mato.
Y que ya sé que haces por mí todo lo que puedes, pero aquella noche no sé qué me paso, que te agradezco en el alma que te gastases las pelas para que yo estuviera cómodo, pero me dio una pájara y se me fue la olla, y en lugar de agradecerte en el alma aquel cariño que me ofrecías, casi te muerdo la cabeza, pero es que los tíos a veces tenemos esas cosas, que tampoco me acuerdo bien, no te creas. Y luego, no sé qué coño encontraste en Internet, pero es que yo entro en muchos sitios y lo mismo se quedan ahí los rastros, pero yo no juego, ya sabes que no tengo pelas, que por algo te tengo que pedir a veces, y si lo hiciera, te lo diría, como te dije siempre lo que hacía, salvo cuando se me olvida o no le doy importancia, que tú, amor de mi vida, le das importancia a todo y además eres muy pejiguera: todo lo escuchas, todo lo guardas, todo lo recuerdas. Pues bueno, si te enseño fotos de otras tías, es que no le doy importancia,y si las guardo en mi cartera, pues… que se me ha olvidado quitarlas, ya sabes que yo solo te quiero a ti. Y no tuve nada con ella, solo subió a verme un par de veces y yo la rechacé, aunque la tía estaba muy buena, lo reconozco, pero estando tú, que te quiero con locura, me sobran todas las demás.
Que no entiendo por qué estás tan enfadada conmigo que no quieres volver, con la vida tan bonita que llevábamos, viviendo como una reina que no se te puede querer más, y sin embargo, me obligas a mentir para que nadie sepa que me has dejado como si fueras una zorra de la peor especie, proque una mujer que deja a un tío que la quiere como yo te quiero es una zorra. ¿Por qué otra razón ibas a dejarme? Y lo mismo viajas, tanto que te gusta, y te diviertes, seguro que con otros hombres, y no te acuerdas de mí, que me has dejado tirado como a una colilla y estoy así por tu culpa, aunque … no creas, a lo mejor piensas que me has jodido, pero no soy fácil de vencer y hay tías por ahí a patadas, aunque no las quiera como te quise a ti. Y lo mismo no soy yo el equivocado, lo mismo eras tú la cabrona que no me se callaba cuando levantaba la voz ni se creía una palabra de lo que le decía, que igual no tengo por qué arrepentirme de nada, que lo mismo eres tan puta como todas y no te merecías el amor que te tuve, que lo mismo solo me utilizabas, no sé para qué, pero me utilizabas, y nunca me diste el puesto que yo me merecía, aunque, eso sí, como te vea con otro, sepas que lo mato, que a mí no me toreas, cacho guarra, que soy yo muy hombre para eso, pese a quien pese y caiga quien caiga.

Nota: Se trata de un famoso personaje que murió sin entender nada de lo que le rodeaba, eso sí, sin callarse tampoco.

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CONSERVACIÓN DE LA BIOSFERA.

Bajamos por la rampita recien construida, toda nueva, con aparcamientos en batería a los lados: no se puede circular por el interior del casco urbano…, dejémoslo en casco pequeñito.
Es un pueblo diminuto, perfecto, de postal, de cuadro de encima del sofá. Todo es nuevo, bonito, imitación del origen de cada cosa, colocado, montado para enseñar sus mejores perfiles. Una maqueta en grande por la que los pocos turistas que bajábamos paseando parecíamos muñecos de pin y pon.
Y una maqueta perfecta , una reproducción de la ilusión de alguien que opinará que es maravilloso el limbo y que un sitio así tiene que ser reserva de la biosfera. Y como lo es, le han dado unos cuantos euros y con ellos han construido el sueño, han limpiado las fachadas, pulido los tejados, plantado en el lugar más extraño paradas de autobús de diseño, bancos de piedra divinos y aposentado tour operadores que se encargan de alquilar apartamentos, guías que se encargan de llevar a los turistas por las sendas de la hermosa biosfera, actividades de varios tipos, conciertos minúsculos de viola en la iglesia del pueblo, toda nueva al estilo antiguo….
Un negocio elistista que preserva la biosfera.
Todo impoluto, todo de mentira: ni un olor a boñiga de vaca ni el humo de un coche ni el de un asado en cualquier parte, todas las casitas iguales, limpias, con gente encantadora sentada en tumbonas a la puerta y montañas de flores a los lados, todas bien regadas y vistosas.


Solo unas pocas casas estaban sin reconstruir: las viejas, asquerosas casas medio derruidas, de maderas podridas, sillares desiguales, agujeros en las ventanas y cardos y matas salvajes en los rincones de las puertas. Una vergüenza, una mancha para el paisaje de armonía intensa que se respira en el pueblo.
Cuando me iba, volví la cara hacia abajo, miré las montañas cubiertas de tejos y pinos, todos verdes, todos iguales, plantados al mismo tiempo, protegiendo la biosfera como un solo hombre y me di cuenta de que no había visto ni un solo perro suelto ni una gallina ni un envoltorio de chicle en el suelo y sentí

exactamente lo mismo que cuando me llevo a casa, con lágrimas en el corazón, esas preciosas bandejas de tomates de plástico rojos y brillantes, todos iguales, tan bonitos y tan sintéticos, tan insípidos, tan asquerosamente inodoros, tan perfectos que daría un brazo por conseguir uno de verdad, deforme, tripudo, feo, pero real como la misma vida.

Y esta tragedia tiene una sencilla explicación: sueño a menudo que le toco el culo a un maromo precioso y se le caen las prótesis de silicona y luego, para consolarme, voy a comprar comida y veo resmas y resmas de envases de plástico llenos de comida de plástico cubierta con film de plástico servida en platos de plástico y veo ejércitos enteros de jovencitos vestidos todos iguales, de homosexuales moviendo las manos al mismo tiempo, de mujeres maduras con el pelo corto y blanco y ropa hippie transnochada

haciendo cola en masa ante la ventanilla de un cine de películas todas alternativas y me rodean turistas rollizos todos, colorados todos, de dos metros todos, con pantolones cortos y cara de pollo crudo y vasos gigantes de refresco en las manos y…. Me despierto sudorosa, echando de menos un café de puchero, el tomate que le gustaba a mi abuelo y el chorizo del pueblo de mi vecina, aunque me aguanto porque comprendo que esos excesos solo pueden producir graves, gravísimos problemas en la biosfera.

LA BRUJA, DE C. LACKBERG: PREPARADA PARA VENDER MÁS.

675 páginas numeradas, sin contar el resto de anexos. Un pedazo de libro, desde luego.
Y una avalancha de personajes que salen de un lado y otro de las páginas de tal manera que reconozco que al cabo de unas pocas ya no sabía quién era hijo o madre de quién, suecos todos y raros todos por supuesto. A lo mejor es que me vencía el sueño y no el peso de tanto gentío suelto.
Superado el shock de novela inmensa, sabiendo que pertenece a la saga famosa de los crímenes de Fjälbacka y que buena parte de la trama se desarrolla en la ciudad de Tanumshede, recobré la calma y la esperanza, pero no…
Alguien debió recordarle a la autora las críticas que se le hicieron a un autor universal, manchego, que lió y requetelió la trama de su primera parte de la novela de las novelas incluyendo historias intercaladas que desviaban la atención del público del hilo fundamental.


Pero aquí se trata de una madeja enredada, llena de cabos sueltos con puntas deshilachadas que tienen su propio nombre y sus propios problemas cada uno. Una vida haría falta para recorrer y conocer las interioridades de los vecinos, conocidos, relacionados, interesados, incluidos, atacados, parientes, amantes, visitantes y todo tipo de aledaños que pululan por la novela con la misma importancia y detalle que si todos fueran protagonistas.
Vamos a ello con los más importantes, para ver si os sirvo de alguna ayuda:
En la comisaría de policía de Tanumshede hay, en la élite, tres policías, Gosta Flygare, Mellberg y Patrik. Patrik tienen una madre, Kristina, con un novio con el que se va a casar (hasta ese detalle sabemos desde el principio), pero Patrik además de hijo, es marido de Erica, con quien tiene tres hijos, Maja y los gemelos, Noel y Anton. Erica, a su vez, tiene una hermana, Anna, que si no recuerdo mal, está casada con Dan (el parto de Anna deja a la novela en el paritorio hasta más ver).
Karim, Khalil y Adnan son tres refugiados sirios, estos dos últimos más jovenes, pero Karim, casado con Amina tiene también dos hijos, Hassan y Samia.
Por otro lado, las presuntas secuestradoras y asesinas de la primera niña, Stella, son Helen Person, cuya pareja es James, con quien tiene un hijo, Sam, y Marie Wall, que tiene una hija rebelde, gorda y fea, Jessie, que será pareja de Sam.

El comienzo de la novela es complejo, trabajoso a fuerza de presentar grupos y tiempos diferentes. Luego, ella los va entrelazando con habilidad, se lo reconozco, y nos damos cuenta de que el aluvión de personajes está comunicado entre sí de diferentes maneras y la trama va a ir dando forma a un tapiz en el que se tejen fundamentalmente, tres situaciones y tres tiempos narrativos diferentes: el tiempo en el que Nea, un niña de cuatro años, es secuestrada, asesinada y abandonada luego en el mismo lugar en el que otra niña, Stella, es secuestrada, asesinada y abandonada treinta años antes. Las dos niñas vivían en la misma finca, antes de una familia y ahora de otra, los presuntos homicidas de la primera niña están en el pueblo cuando se comete el segundo crimen y el mismo personaje, Harald, el panadero, encuentra los cadáveres de ambas niñas con esos treinta años de diferencia. Pues bien, ninguna de estas casualidades mágicas, que anuncian misterios y relaciones entre sí, se cumple: la burbuja se desinfla pasada la mitad de la novela y de los misterios entretejidos y adelantados no queda nada, absolutamente nada. Trampa saducea y cruel de la autora.

Hay un tercer tiempo-espacio: la Europa perseguidora de brujas de finales del siglo XVII y una bruja buena desheredada por el destino, sola, con una hija pequeña, que sobrevive en ese entorno hasta que el odio de su hermana, la traición de su amante y la maldad del pueblo la llevan a la muerte no sin antes lanzar una maldición cuyo desarrollo dará lugar a una segunda parte milimétricamente calculada también por la autora, porque en este volumen, la historia de Lenin no tiene absolutamente nada que ver con el resto de la trama y es un simple pegote de lo más molesto: el dinero de una continuación no justifican el tedio de semejante añadido.

En resumen,  tenemos dos muertes de dos niñas de la misma edad, en el mismo sitio, de la misma manera, encontradas por la misma persona… Al final, todo son coincidencias y accidentes y si te he visto, no me acuerdo.
Una mujer valiente, viuda y con una niña pequeña a la que adora, es finalmente acusada de brujería y ejecutada después de maldecir a su propia hermana, a su marido y a una vecina: ninguna relación con la novela (y le da título). Se te queda la cara de papel de cera.
Los refugiados sirios, que no sabemos qué pintan en la historia, van y vienen sin saber muy bien por qué ni a dónde, unos los quieren, otros los odian, ellos son todos unos héroes… Otro sin sentido más.
Los hijos de las presuntas asesinas, Helen y Marie, son a su vez dos niños acosados y maltratados convertidos en sicópatas adolescentes que se cargan a sus compañeros en una orgía de sangre impresionante, tan impresionante como la crueldad de la que hacen gala todos los adolescentes que aparcen en la trama, tanta como la indiferencia que sus padres, todos, sienten por la educación y el cuidado de sus hijos: los niños suecos viven solos, se crían solos o al cuidado de su hermanita mayor y no se sabe nunca dónde están ni con quién.
Marie, la actriz famosísma, bella, fría como el acero y mala como un dolor resulta ser casi la unica inocente cuyo único crimen es seguir enamorada de la otra presunta asesina, su amante desde la adolescencia. Y justamente el marido de esta, amante de su propio padre, es también el asesino de todo bicho viviente, por lo que su propio hijo le pega un tiro en la cabeza al final de la novela…. La mía, la cabeza,  me ha dolido a mí ya en los finales de tanto lío, sangre, venganzas gratuitas, trucos sacados de la chistera, coincidencias y señales misteriosas que se quedaron en agua de borrajas.
Como muchas otras veces, la cantidad no va unida a la calidad y querer rizar el rizo y sacar una saga de donde no hay agua lleva a formar pozas y pantanos. Muy tediosa la novela, muy larga, muy lenta en descripciones y detalles secundarios y toda ella una inmensa mentira argumental que ofrece señales de humo dónde nunca habrá fuego: apuesto doble contra sencillo a una pronta segunda parte con despliegue publicitario monumental. Una desilusión sueca.

MANOS AZULES.

Flotaba en una especie de vacío límbico, vaya palabro. Desde hacía unos cuantos años, desde que su vida había cambiado por pura obligación legal  y su mente y su cuerpo habían dado un vuelco, a veces violento, otras, suave y casi imperceptible y, en algunos aspectos, había dejado de ser la mujer que fue.
Ya no tenía planes claros que cumplir por fuerza de las circunstancias, otros a los que renunciar por las circunstancias mismas, horarios férreos, gentes a quienes apoyar, ayudar y socorrer en casi todos los aspectos de su vida, la de ellos, ya no corría de un lado a otro ni le importaban muchas de las cosas que antes habían sido importantes.
Y flotaba en una especie de pequeño paraíso placentero, de soledad deseada y de un tiempo de reloj elástico y flexible. No esperaba nada ya, lo tenía todo claro, cerrado, terminado. Los ciclos básicos, las grandes obras de ingeniería de su vida habían concluido con un precio exorbitante, pero muy positivamente. Había conseguido, previo pago de sus propias carnes, terminar aquello que se había impuesto, todo aquello que había comenzado.

Sabía lo que quería y era muy sencillo: nada. No quería nada. Lo tenía todo menos el tiempo pasado, todo: las arrugas, la sabiduría, la amargura de alguna ingratitud, los malos y buenos recuerdos, un balcón al cielo, un sofá grande, una cama limpia y los amaneceres de cada día.

Y de repente, sin saber cómo, la mano de la vida, del destino, de la locura o la suerte, se agarraron de su mano con mucha más dulzura de lo que lo habían hecho nunca. Y en lugar de correr como había hecho muchas veces, sabedora del peligro de dejar que otras manos bailen con tus manos, se quedó quieta, muda y asombrada, mirando aquella especie de milagro impensado, de aparición medieval, de alucinación renovada.
No, no corrió, lo pensó, pero no corrió y cada día se miraba a sí misma en el espejo intentando averiguar por qué no huía como hacía siempre. Y no encontró ninguna explicación ni la fuerza suficiente siquiera para intentarlo.
Y decidió dejar que la vida mandara como había hecho una vez y pensó en que ya poco importaba a dónde le llevara el destino ni cuánto tiempo durara la paz y la alegría. Otro camino más amplio, más sencillo, más limpio y más azul la esperaba en alguna parte quizá, y quizá no era el momento de tener dudas sino de volver a arriesgar, a intentarlo, a vivir….

KABUKI, EN LOS TEATROS DEL CANAL DE MADRID.

Llena la sala roja a pesar de los precios. Español casi todo el público, salvo alguna pareja de japoneses y algún grupito que, parecía evidente, estaba trabajando. Los pocos japoneses que pululaban por el evento se dividían entre los que viven en España, se les nota, y los que han venido de Japón, también se les nota. Imperturbables unos y otros, se saludaban unos con mínimas inclinaciones y los otros presenciaban el pulular de españoles como si no estuvieran tras el escaparate de una pequeña tienda y no fuera con ellos el asunto: como auténticos japoneses.

Cuatro pequeños puestos antes de entrar, en la calle, con muñecas, sellos, abanicos y adornos de mujer: todos auténticos y, por ello, caros. Una pequeña muñeca, muy pequeña, no bajaba de 100 euros. Lo merece.

Auténtica ningyo, quizá de tipo hina.

El espectáculo bellísImo, exquisito y sorprendente. Y en directo absolutamente todo: el shamisen, seis creí contar, los tambores de distintos tamaños y la flauta, además de seis cantantes y un personaje especial que se ocupa de la percusión sobre el suelo en algunos momentos de la representación.
Solo hay una escena cómica en la que los actores dialogan y es la escena central, dos sacerdotes, de la historia del padre y el hijo que representan los espíritus de los leones blanco y rojo respectivamente, baile magnífico con el que finaliza la representación mientras ambos agitan al son de la música sus melenas y colas por el escenario.
La primera parte la ocupa completamente la representación de Fuji Musume, tan famosa que gran parte de las muñecas y raquetas, hagoita, de Japón son copias de su imagen. La joven baila en el escenario representando sentimientos al son de la música y la voz de los dieciséis músicos y cantantes, amparada en una magnífica cortina de glicinias tras las que la joven cambia de indumentaria varias veces para seguir bailando hasta caer embriagada por el alcohol. Es un actor, onnagata, quien representa el papel femenino de Fuji Musume.

FUJI MUSUME EN PLENA DANZA. EL ACTOR SE DENOMINA ONNAGATA.

Me pareció que el público se había quedado enganchado de la estética japonesa, la vistosidad y la elegancia del conjunto y su sencillez en cuanto apareció la joven en el escenario.
También es verdad que la moda japonésida que inunda la culturilla madrileña desde hace años y que hace que algunos bobos, a mi lado, presuman de haber estado en okkaido, sin aspiración de la H, o que otros aparezcan en el patio de butacas disfrazados de algo tan extraño como un alienígena con una bata negra

Actores de Kabukiza, hace más de treinta años.

con mangotes blancos atados con un cinturon ancho de judo a la espalda, un abanico negro ,calcetines sucios y chanclas de estar por casa, mediatice gustos y emociones. Está de moda desde hace tiempo lo japonés y como muchas veces, se trata de la venta de una imagen y no de un deseo comprometido de conocer una cultura tan delirante a nuestros ojos, tan diferente y difícil si no hay algo de corazón en ese acercamiento.

Difícil de paladear la melodía y ritmo de la música y el canto japoneses, no deja de ser meritorio el esfuerzo, sobre todo, vocal, y la perfección con que ejecutaban piezas tan sencillas, pero que exigían una sincronización perfecta.
Bellísimos los bailes de todos, de un tremenda dificultad por la parsimonia con que se desarrollan en muchas ocasiones, parsimonia que no permite un solo fallo, un solo gesto o posición descompuesta, como en todas aquellas danzas que se desarrollan con extrema lentitud.

Sumo

De una belleza reconocida el vestuario, lujoso, armonioso y brillante y un escenario sencillo, pero elegante y atractivo completan el conjunto. Solo eché de menos el respetuoso anuncio de la familia o casta del actor que aparece en escena por parte de un pregonero que se encuentra en lo más alto del teatro, así al menos ocurría en Tokyo, en el Kabukiza de Ginza, uno de los teatros de kabuki situados en el barrio más comercial de la ciudad.

KABUKIZA DE GINZA.

No defraudó el espectáculo, aunque tuve la sensación de que el público, apabullado por la parsimonia y contención de lo japonésido, se libraba muy mucho de expresar sus emociones y vítores, probablemente más potentes que el aplauso cerrado con que lo despidió.
Debe de ocurrirnos como aquella otra vez en que se celebró en Madrid un campeonato de sumo: el locutor tuvo que invitarnos a expresar nuestros sentimientos ante la lucha porque los españoles, que abarrotaban el antiguo Palacio de los Deportes, permanecían en absoluto silencio como si estuvieran ante un acto religioso y no ante una pelea cuerpo a cuerpo, seguramente porque acostumbrados como estamos a la falta de contención y disciplina, nos admira, extraña, asusta y avergüenza que otros pueblos, el japonés en este caso, sean capaces de mostrar esas virtudes hasta en las más mínimas manifestaciones artísticas y sociales.
No hay para tanto, os lo aseguro. Debajo de cada gesto de cada hombre se esconde, en todos los casos, su corazón. El mío disfrutó de todo, casi como cuando Fuji Musume me sorprendió por primera vez.

 

POLI.

Debe de tener unos cincuenta años, edad excelente para un hombre que, además, ha sido mucho en el mundo del deporte internacional.


Ha sido, y lo digo con toda tristeza, porque cada vez que el mito de cenicienta se viene abajo, se vienen abajo también las ilusiones sociales de que todos somos iguales y hay sitio en la cúspide para todos. No es cierto. Aquel dicho que yo enseñaba a gente más joven cuando no entendían el significado de ciertas tesis más o menos soterradas es contundente como un puñetazo de Poli: «Puta tú, puta tu madre, puta tu abuela y tú tía. ¿Cómo quieres ser tú buena siendo de la putería?»
No hay triunfo ni posibilidad de él para los que han nacido en el submundo de la pobreza o de la ignorancia, que viene a ser lo mismo. Los Polis de la sociedad, que hay millones, no se dan cuenta de que a pesar del aupamiento artificial de un momento, del que todos se aprovechan, si no hay un cimiento fuerte, personal, inamovible, enganchado a paletadas en la sabiduría, la educación, la conciencia de uno mismo, la fuerza y la seguridad de un entorno seguro y responsable… si no hay nada de eso, todos los cenicientos del mundo acaban en el trullo o peor, que hay lugares quizá peores.

Todo han sido problemas después.

La sociedad hipócrita les sonríe cuando ven algún fruto asomar por detrás del sufrimiento del héroe caído, pero nadie tiene el valor de decirles a la cara que son putas, hijos de putas y familias de putas y que nunca dejarán de serlo por mucho que se empeñen.
Los otros, los de izquierdas o derechas (que el cemento de la base es el mismo), disfrutan de su dinero, su tiempo, su carrera universitaria, sus masters, sus viajecitos de intercambio a Venezuela o a Irlanda, sus cursos de Ingles con nativos, sus clases de kárate, sus chalets de 600.000 euros, sus novias liberadas, su ideología cool de estambul, su influencia en las redes, su, su, su….
¿Y tú , muchacho visitante de Las Rosillas? Tan fuerte, tan famoso, tan valiente y tan valioso para terceros, ¿qué ha sido de ti? Los otros, los de los chalets, no saben lo duro y terrible que es ser uno mismo cuando la vida desde el comienzo no te dio tiempo a dormir en la inocencia y te obligó a crecer a fuerza de leches y sin poder apoyar la cabeza en nada ni en nadie. El tiempo no te regaló la opción de reflexionar de la mano de los pensadores europeos ni te dio la oportunidad de asistir a conferencias de ideólogos marxistas, por poner un ejemplo. Tus amigos quizá ni iban al colegio, para qué, no había tiempo más que para sobrevivir en la mierda de la mejor manera posible, o sea, sin pensar.
Y luego, un día, un avispado te ve y se da cuenta de que debajo de la mierda hay un filón de oro y te lleva de un lado a otro, pero sin darte tampoco tiempo para relacionar lo de abajo y lo de arriba, no te dejan construir tu propio edificio, deslumbrado con los colorines del dinero y la fama. No llegas a saber quién eres jamás, y del barro a la azotea, caes desde una altura considerable cuando los que te auparon ya no te necesitan o no pueden ordeñarte a gusto. Y es que tú no sabes dónde está tu casa ni dónde está tu sitio, porque no lo tienes, no te dejaron tenerlo.
Ahora, la calle te protege, como lo hace desde hace muchos años, y tú apareces de vez en cuando, porque el morbo es dinero, en lugares donde tu vida, tan terrible desde mi punto de vista, da dinero aún.

Te he visto el otro jueves en la plaza de Tirso de Molina, entre la gente que aguarda para recibir la ayuda de otros seres humanos que, probablemente, tampoco saben muy bien quiénes son ni dónde está su casa. Descolocados todos, juntos en un amasijo de seres extraños y absurdos, el avispero se aprieta alrededor de la comida casera al aire libre, y luego, rápidamente, todo se dispersa, desaparece en las calles como por arte de magia, como un estallido invisible, como un ilusión del momento, casi exactamente como tú, amigo Poli, como tú.

PARÁBOLA DEL PESCADOR.

Hubo una vez un joven que lo tenía todo para ser feliz: guapo, fuerte, simpático y habilidoso, los demás veían en él rasgos y trazas de ternura y de una gran sensibilidad.
Fue creciendo, siempre con la sonrisa en la boca, y se convirtió en un hombre hecho y derecho, pero de todas las opciones que se le presentaron para elegir su papel en el mundo, eligió la de ser pescador.
Casi sin darse cuenta, fue dominando el oficio y adquiriendo todos los utensilios necesarios para que aquella opción de vida, que le parecía a él la única posible y rentable, se convirtiera en su carta de presentación, en su mundo y en su objetivo.
De tanto ejercer el arte de la pesca, llegó a no saber hacer otra cosa ni actuar de otro modo. Seguramente el sol, tan dañino a veces, le había destrozado la primera capa de piel y se tapaba, día y noche, en la calle y en la cama, con aquel chaleco verdoso lleno de bolsillos donde llevaba, siempre, todo lo necesario para pescar.

Vivía con los aparejos de pesca, la caña y la silla desmontable y poco a poco dejó de dormir y se puso enfermo, entre otras cosas, de la posibilidad real de relacionarse con otras personas ajenas a su obsesión, de poder compartir cama y vida con alguien sin pincharle con los anzuelos o clavarle el mango de la caña en las costillas, es decir, enfermó de soledad.

Pero seguía empecinado en su objetivo: además de la morralla cotidiana, pescar un pez dorado, hermoso y reluciente con el que soñaba día sí y día también. Lo había ensartado en el anzuelo muchas veces, pero no conseguía apoderarse de él. A veces, el pez tiraba y tiraba del hilo con todas sus fuerzas, pero el pescador se las sabía todas y se mantenía en equilibrio en su silla desmontable, prietas las piernas y firmes en el suelo, siempre seco, los pies. Porque el pescador odiaba el agua, jamás había metido un pie en ella, le aterrorizaba la idea de mojarse y quedarse desnudo, sin sus artes de pesca ni su chaleco, delante del pez.
Pasaban los años y el pescador seguía subido en su pedestal desmontable, cada vez más cansado y más viejo, pero con la misma obsesión; apoderarse del pez. Nadie entendía por qué. Solo era un pez y una vez pescado, podría hacer un guiso y luego un caldo con sus espinas, pero poco más. Había peces más tiernos y más bonitos en cualquier pescadería si lo que quería era comer pescado. Pero, no.

Hubiera podido incluso pescarlo, porque el bicho, que le conocía a fuerza de ver su anzuelo lleno de ricas viandas titilar en el agua delante de él como un faro escondiendo una trampa mortal, se acercaba a la orilla y se ofrecía a veces desesperado, deseando terminar con aquel calvario que duraba ya mucho tiempo. Hubiera bastado que el hombre se metiera en el agua y lo cogiese en brazos, como quien mece a un bebé. Pero aquello era imposible para él. Cada vez que el pescado estaba cerca y le miraba y se paraba en la orilla esperando que bajara a buscarle par irse con él, el pescador se agarraba a su anzuelo, sacaba todas las artes de pesca que conocía y volvía a intentar enganchar el anzuelo de paleta en la boca del pobre pez, tirar del hilo con firmeza, sin mojarse ni mancharse, y meterlo en su caja de herramientas, tan limpia y tan reluciente como el primer día, y llevárselo a su casa para disecarlo y poder mirarlo, hermoso, inmóvil y solo suyo, durante el resto de su vida.

Un día, mientras seguía sentado bajo un árbol, cansado pero igual de empeñado que cuando era joven en ganarle la partida al pez, este no apareció. Pasaron los días, muchos días, y el viejo pescador seguía acudiendo a su cita y mirando la superficie del agua, buscando al animal que conocía mejor que a nada, pero nunca lo volvió a ver.

Dice la gente que desde entonces, se conforma con comer sardinas baratitas y sabrosas que compra en el super de su barrio, siempre con el chaleco verde lleno de anzuelos, la caña en bandolera y muy muy apretado como por un puño de hierro, su corazón.

MORALEJA.: Cuando uno no se moja por miedo al agua, suele morirse seco, pero más solo que un arenque al sol.