CULTURA POPULAR GRATUITA. Gran exposición de mierda.

Domingo, 17 de septiembre. Sonaban los tambores golpeados con saña y maestría por chavales y chavalas vestidos de mayorettes, con capa de raso azul eléctrico y sombrero alto de plumas. Una estupenda batucada que animaba los corazones del gentío, un gentío entregado que bramaba al ritmo ascendente o descendente de los tambores.

Estaban de fiesta, una fiesta popular que celebraba, seguramente, algún evento deportivo, porque había dos colores dominantes entre los espectadores: el azul brillante y el verde con listas amarillas. Relucían al sol los tres colores y se oía desde todas partes la música y el griterío.

Y llegó después a todas partes el olor de los orines de quienes, hartos de cerveza y ron, no podían sujetar la vegija y se metían en los jardines de los pisos colindantes a desahogarse, sin importarles si desde las ventanas de los pisos bajos, o desde los coches aparcados, los vecinos, ajenos a la fiesta, les veían mear y  dejar su hermoso regalo delante de sus narices.

Y todo el barrio se llenó de coches encaramados unos encima de otros: ningún vecino pudo aparcar cerca de su casa aquel día. Los fiesteros habían ocupado plazas, espacios y aceras sin que nada ni nadie lo impidiese.

Y la comida y la bebida se desbordó de bolsas y neveras: botellas, vasos de plástico, litronas, tortas, tortillas, postres, tabaco… Todo se compartió a lo largo del día, porque la fiesta del pueblo duró desde la mañana hasta bien entrada la tarde.  Los árboles prestaron su sombra, el sol tibio del otoño no picaba ya y se podía uno tumbar en el césped o sentar a beber en los juegos de los parques infantiles, abandonados por los niños y sus madres ese día. Estaban contentos y felices: los espacios públicos se usaban para las fiestas del pueblo, como manda la santa madre izquierda y/o progresista.

Y me decía un anciano comunista: “¿Es que yo no soy pueblo?, ¿Es que yo no tengo derecho a que se me respete?”. Llevaba años sin poder dormir en su barrio: las fiestas populares de una minoría impedía su descanso y el de muchos miles de vecinos.  Pero sabía que si protestaba, la corrección política dominante lo convertiría en un fascista déspota que estaba en contra de la libertad y de la alegría del pueblo. Un conflicto irresoluble.

Como toda acción provoca una reacción, disfrutemos de los frutos de la acción popular  que se solaza feliz de la fiesta sin que el poder del pueblo ponga vigilancia alguna, sin contenedores ni urinarios para el mismo pueblo y sin importarle un pimiento las consecuencias de la fiesta, salvo para colgarla como un éxito glorioso en su página web y en su facebook.  O sea, como hace muchos, muchísimos años…

 

Anuncios

BAILARINES DE PALO.

Tengo una lesión en la muñeca.

Y sé  de dónde, cuándo y cómo. Un fulano con aires de  sabihondo  en el baile de salón ( menciona salones de baile en París como si viviera en ellos y sospecho que los ha memorizado de Gooogle o la Wikipedia), me obligó a girar sin soltarme el gancho- garra con que me había sujetado la mano: me jodió la muñeca. Nadie le ha explicado al tal fulano, bailarín internacional según su autobiografía contada mientras baila y rompe muñecas en un alarde de habilidad masculina,  que si hace eso le destrozará huesos y articulaciones a su compañera de baile, que eso no es bailar y que solo un descerebrado baila sin recordar que lo que baila con él es otro ser humano y que, como en la vida de pareja, moverse sin observarle, sin pensar en él y sin entenderle, no es bailar.

Como este vendedor de autoengaños hay miles en el mundo del baile, de salón o de tango. La humildad desapareció de sus vidas en el mismo momento en que dieron un paso y creyeron que con eso ya habían alcanzado la gloria del estrellato, quizá porque acostumbrados a ser patos mareados, les deslumbró y descolocó verse mover los pies uno detrás del otro . La mayoría dejó de tomar clases, convencidos de que habían nacido enseñados y de que los profesores son peores bailarines que ellos y solo quieren sacarnos el dinero. Es más, algunos se creen en la obligación de corregir a la desgraciada de turno que baila con ellos con una desfachatez y una falta de respeto digna de culos parlantes. Ni sabiendo, y eso no lo sabe nadie porque no hay universidad de baile ni jueces de lo bailable, una persona madura, del cerebro quiero decir, no presume de saber nada, ni siquiera bailar, porque uno ya sabe a cierta edad la cantidad de errores cometidos y lo fácil que es que siempre haya alguien que desde

arriba te escupa en un ojo. Pero a los bailarines, y a alguna bailarina, les pasa como a los pescadores o a los jugadores de póker: subliman su afición y se autoconvierten en superdotados, seguramente por alguna carencia mucho más importante en otra parte de su vida. Vamos, que cada uno se cree el mejor, el que mejor baila y el más maravilloso y maravillosa de la pista, critican soterrada o abiertamente a los que creen competidores y cierran los ojos a los espejos porque de no hacerlo, les tocaría pedir hora al siquiatra de inmediato.

Cargados de años y a veces de kilos, se mueven como por un resorte sin importarles un pimiento la melodía ni el ritmo, haciendo posturitas que quieren obligarte a seguir como sea, incluso rompiéndote las muñecas,  impidiendo que acabes tu paso al ritmo adecuado, cortándote la retirada, poniendo los pies en medio de manera que no hay forma de pasar, quedándose quietos como en las charlotadas y zarandeándote a su alrededor con los brazos giratorios como aspas de

molino y el cuerpo inerte, cambiando el ritmo  de repente sin motivo alguno, empujándote sin aviso previo ni marca hasta hacerte perder el equilibrio y algunos, incluso, sujetándose en ti, hablo del tango, cuando la edad o el mal equilibrio les traicionan, dándote consejos y regañándote si no te meneas a su gusto y a su aire, haciendo el ridículo la mayor parte de las veces porque no hay cosa más patética que un abuelo moviendo el culete gordo con pantalones de los ochenta, el pelo teñido y metro y medio de altura con alzas, seguramente.

Pero ellos, ciegos y sordos a su impostura, siguen ahí, observando a las gallinas para elegir solo a las que se acomodan a su nivel excelso de baile, una cuantas solo. Algunos bailan bien, otros, ni eso, pero en ambos casos, alguien debería decirles que su actitud es patética, que a su edad no han madurado más que en el cuerpo, que no tienen años ni percha para hacer acrobacias, que saben demasiado… de bailar según parece, pero muy poco de otras cosas.

No será posible que cambien: las gallinas, cientos y miles y aun millones,  son capaces de poner huevos mientras bailan con tal de hacerlo, aunque su pareja de baile sea el mismo  Rascayú. Y ellos lo saben.

 

 

EL AMANTE, DE H. PINTER, EN EL PAVÓN DE MADRID.

Un espectáculo arriesgado y sorprendente por muchas cosas: Harold Pinter, premio Nobel de Literatura, era un autor inglés de ideología progresista y esta obra es de las más cortas y no la mejor, sin ninguna duda, de su repertorio. ¿Por qué añadir casi una hora de espectáculo al margen del texto? ¿Por qué abandonar desde el principio el sentido del mismo?

La performance, con ese nombre tan fatuo, comienza en la calle, en la cola de entrada porque no hay butacas numeradas. Varios actores se infiltran entre la gente que espera, te hablan, y te preguntan si eres amiga o amigo del novio o de la novia, de qué te conocen, si fuiste o no a tal fiesta…, aderezando la conversación con numeritos de magia, que sinceramente no sé qué papel jugaban en la historia. Muy madrileño y modernito todo.

Y el pelotón entero del patio de butacas es conducido al piso superior donde uno se encuentra con un bar-cocktelería, también muy madrileño,  donde todos, actores y público, comparten el fiestorro. El maestro de ceremonias, micrófono en mano, nos guía: que si tomaos algo, que si hay cerveza en la barra, barra libre, que si delicatesen, que si langostinos, que si tal y pascual. Un calor insoportable merced sobre todo a los  focos, enormes estufas, y una de las invitadas-actrices que se sube a una silla y se anima a cantar a pelo, no entendí muy bien por qué. Fiestorro  con copla de la época de Maricastaña incluida: se lleva la mezcla.

Los espectadores más jóvenes se tiraron a la barra a pillar las cervezas como si no hubiera un mañana y los más desinhibidos le pegaban a las bandejas de canapés; el resto, pululaba por la sala inmensa, dándose aire con lo que pillaba y más perdidos que Carracuca. Celebrábamos todos el décimo aniversario de la boda de la pareja de marras con esta sorpresa que sus amigos, todos, le habíamos querido ofrecer.

Pero solo los actores parecían disfrutar. Aquello parecía una trampa saducea: masas de gentes desconocidas en un bar desconocido tomando cerveza y esperando entre el calor no sé sabe qué. Media hora. Algunos se bajaron al patio de butacas, aburridos, eso es así, de que no pasara nada: los espectadores de pie, en masa de croquetas, acabadas las cervezas y con mucho calor, seguíamos esperando. Lo peor fue eso: esperábamos demasiado.

Y abajo, todos en tropel a pillar sitio, también nos esperaba el vídeo que el amigo-maestro de ceremonias había montado en homenaje a la pareja del aniversario. El escenario, con toques japonésidos, estoy más que aburrida de las putas modas que todo el mundo sigue por narices, se convierte en sus paneles centrales, paneles japonésidos, en una pantalla de cine y nos deleitan un rato con un documental  poético-rápido con el que enlazamos con el texto de la obra: ¿Va a venir tu amante esta tarde? Y ahí comienza realmente  la obra de Harold Pinter, aunque al momento volvemos a la duda existencial.

Aparecen los novios del fiestorro de arriba e inician un diálogo eterno, inacabable, tedioso, aburrido, con errores de interpretación flagrantes y patadas a la lengua española que pegan poco con los aires de modernidad y búsqueda del montaje: la fiesta del bar se mueve en el argot de los bodorrios españoles de toda la vida. ¡Que se besen!¡Que se besen!, o sea, ni glamour, ni flow ni nada que se le parezca. Luego, entre paneles y puertas de papel de arroz y de batas orientalizantes, la actriz le pega patadas a todo lo que pilla: debes de, por debes, el actor, lo mismo: vinistes, llegastes, y así, resulta difícil de creer el drama de la pareja de casa lujosa y minimalista, tan liberal, tan culta y maravillosa.

Muy lento todo, apenas se la oía a ella a veces, y un diálogo absurdo en el que no se aborda la intención de Pinter ni lo que podía haber sido una apuesta por el verdadero riesgo: el del texto y las ideas. Resulta que él, que trabaja, y ella, que no trabaja, matrimonio opulento y culto, aceptan que ella tenga un amante, eso no parece tan ofensivo, y que él se vaya de putas, que sí le ofende a ella, pero esta liberalidad fantástica que les permite seguir juntos entra en conflicto…. Y ahí se acabó la historia. Me sentaron mal los canapés que no había tomado. Pinter escribió esta obra para la televisión, curioso, y plantea temas complejos sobre la interioridad de los seres humanos y su incapacidad para comunicarse. Ella centra su mundo en la necesidad  de la pasión sexual, única posibilidad de plenitud con el esposo en un juego cotidiano, él pretende salir de ese conflicto, pero acaba cediendo a las necesidades vitales de la esposa. No percibí nada de eso en el diálogo teatral.

Bien por la novedad, por la intentona, por el cocktail, por el movimiento de masas, por la libertad para grabar o fotografiar lo que sucedía, pero mala la versión del texto, la interpretación y la falta de valentía para enfrentarse con la obra de Pinter. El ruido, ya se sabe, suele ocultar la falta de nueces. Yo siempre prefiero las nueces, lo siento.

Fue una tarde sorprendente en todos los sentidos, eso tengo que admitirlo. Por primera vez vi a una niña muy pequeña con joroba en la espalda al salir de la obra: tremendo shock visual, y también por primera vez, vi a una espectadora entrada en años rebuscar en la basura de la fiesta hasta encontrar una bebida monísima, sacarla, chuparla sin reparar en barras y volverla a tirar.

Quizá  ambos episodios formaban parte de la performance. Me conformaré con ello ya que no encontré a Pinter.

Se me olvidaba: el tema sexo muy bien llevado. Orgasmo y felación de ella en el escenario con elementos de atrezzo. No voy a desvelaros esta sorpresa. La otra: hubo gente que se puso de pie y les dedicó los “bravos” de rigor. No sé si por un hábito que tienen algunos espectadores de teatro, lo aplauden todo, o porque la obra estaba bien dirigida, montada e interpretada. O por las cervezas y los langostinos, que también pudiera ser.

 

 

 

TONTACO, TÚ, SEVILLA.

“Soberano es cosa de hombres”. Lo mamé, el anuncio en blanco y negro, claro, desde la más tierna infancia. Una afirmación  silogística que analizada supone que solo los que beben soberano se pueden tildar de hombres, los que no lo beben, no lo son aunque tengan sus genitales de tal índole, pero también hay que aceptar que las que lo beben, son hombres, aunque sus partes pudendas lo contradigan. Desde ahí a buscar a Jacks bajándose la cremallera de la chupa de cuero plástico, unos cuantos años desde el franquismo a la democracia. Pero muy poco cambio en el uso y abuso de la ofensa clasista, machista y ofensiva a los paganos, o sea, a los tontacos, como dice Sevilla, que además de ser insultados, mantienen a sus ofensores. Hablo de la publicidad, de la peor publicidad.

En una nueva oleada de modernidad publicitaria, el insulto se eternizó y popularizó con Media Markt, que sutilmente, según parece, nos llamaba tontos a todos si no comprábamos en sus almacenes, porque claro, el tío con cara de lelo o el gordaco, como diría Sevilla, que nos gritaban que no eran tontos porque compraban en Media Markt, dejaban claro que los que no lo hacíamos, lo éramos.

Pero ahora, el popular cómico que se ha hecho famosete sobre todo por sus monólogos en el Club de la Comedia, ha decidido, dejando a un lado montones de razones, pasar al ataque frontal previo pago y nos llama , directamente y a gritos, gañanes y tontacos desde la pequeña pantalla, defendiendo que si no somos clientes de cierta empresa de comunicaciones, somos justamente ambas cosas, pero sin subordinadas adverbiales condicionales ni reparos o matices, a lo bestia, de frente, sin taparse la cara: gañánnnnnnn, tontaco. Sin  elección posible.

Y nadie protesta, nadie se ofende y a nadie parece extrañarle que para vender te insulten, o sea, que compres ante la amenaza de ser un tontaco a lo Ernesto Sevilla. De ahí a amenazarnos con darnos collejas, o dárnoslas directamente, si no nos hacemos socios de un club deportivo o no comemos en un restaurante basura, no hay ni una palmada o un grito del cómico.

Tontaco, tú, Sevilla, tontaco por perder el prestigio que tenías como profesional de la risa, tontaco porque te has vendido por dinero a una empresa de la que, seguramente, no sabes nada, peor todavía si lo sabes, tontaco por no saber aprovechar tus habilidades, tontaco por creer que el  insulto fácil es respetable, tontaco porque no sabes cambiar de registro… Tontaco, tú, Sevilla.

Los demás, los que te pagan, no necesitan adjetivos. Son lo que son desde el origen de los tiempos y no puedo escribirlo no sea que me metan en chirona, por tontaca. Pero tú, no, Sevilla, tú, no. Si no tienes para comer, no seas gañán, pide, que alguien te dará un bocata calamares o un tinto de verano, tontaco, pero no te vendas tan pronto, tontaco, no tan pronto. Y no insultes a los que pagan a quienes te pagan a ti, no sea que sean no tontacos, sino gilipollas integrales, se mosqueen y se vayan a comprar a otro sitio. Y no sea que un día vuelvas al teatro y no haya ni un puto tontaco que te aplauda ni un solo imbécil que te pague. Ni un solo gilipollas que se acuerde de ti.

 

CONFUSA Y CONFUNDIDA.

Siempre pensé que lo más civilizado era defender la libertad de todos, que la gente que defendía el derecho del prójimo para disentir era la más evolucionada, la más lejana a la ley natural, tan fascista, tan necesitada de eliminar a los débiles para sobrevivir.

Por eso, me reconforta que hayamos sido capaces de crear modos de compensar las debilidades de muchos, ciegos, enfermos o ancianos, proporcionándoles elementos para poder seguir participando del grupo social. Y me gusta que admitamos que no solo los heterosexuales son capaces de convivir y contribuir a la evolución humana.

Y me sigue conmoviendo que muchos donen sus vísceras en vida para permitir que otros, con alguna posibilidad de seguir adelante, puedan hacerlo y que muchos también estén de acuerdo en recibir a extranjeros que huyen de la muerte, la tortura, la miseria o la enfermedad.

Pero también me asombra que esa misma gente persiga sin tregua a los que no piensan como ellos, opte por la provocación y el enfrentamiento cuando no se siguen sus pautas de conducta y hagan campaña en medios, sin dar opción al contrario a expresarse la mayor parte de las veces, intentando a toda costa convertir en monstruos a quienes durante milenios han sido españolitos normales y corrientes.

No entiendo por ejemplo si lo moderno es prohibir o legalizar la prostitución, porque si me parece humillante y poco humano y civilizado permitir que alguien pague por darse placer a sí mismo usando el cuerpo de otro humano que cobra por ello, no puede parecerme humano y civilizado que alguien deje que le inserten el semen de la pareja de otra mujer para que puedan tener a su hijo en su vientre y perderlo de vista para siempre después a cambio de un buen precio.

Porque si me parece un ejercicio de extrema crueldad la fiesta taurina, no puede parecerme que destruir  hormigas sea civilizado, cargarse  palomas porque destruyen la piedra,  cazar conejos o codornices, pescar barbos o boxear, divertirse viendo carreras de motos o coches en las que se hieren y mueren seres humanos a veces o actividades similares, sea civilizado. Deberían

prohibirse entonces todas las manifestaciones de crueldad, pero no parece que los mismos grupos se interesen antes por la muerte de niños por hambre y sed, la vida miserable de nuestros gitanos, el estado de los albergues donde va a parar toda la basura social de nuestras ciudades, el maltrato familiar o la soledad de los ancianos.

Y no me vale lo de que en los espectáculos se mueve dinero: se mueve en todo. En las residencias de la tercera edad, los comedores sociales, los albergues, los hospitales, los campamentos de chabolistas, etc. Todo es puro y puto dinero, o la falta de él, que viene a ser a veces lo mismo. Incluso en las donaciones altruistas de sangre, se mueve dinero: averiguad cuánto cobra un laboratorio o un banco de sangre por cada bolsa de sangre donada que compra o que vende y qué hace con la que no usa.

¿Y en que invertimos el dinero? ¿En destruir una cruel tradición que, sin embargo, inflama los corazones de millones de humanos, les hace vibrar y les permite vivir de un sueldo? ¿Antes o después de acabar con la prostitución? ¿O la legalizamos primero? ¿Atendemos a los emigrantes de Siria o atacamos a todo bicho viviente que no cuide a sus perros? ¿Dejamos morir de hambre a los niños en Libia o cerramos todas las plazas de toros a golpe de decreto? ¿Subvencionamos solo a grupos de funky o hip hop en las fiestas de ciertos pueblos o dejamos que convivan con el pasodoble y la copla? ¿Respetamos a las vedettes de plumas en el culo como actrices o solo respetamos a las que salen en la tele con premios subvencionados? ¿Qué hacemos con el aborto y la eutanasia? Yo no sé si es más cruel obligar a vivir o a morir. Tampoco sé si se pueden admitir el suicidio y el sadomasoquismo, crueles también, como manifestaciones transparentes y habituales de nuestra sociedad. Ando confusa con el tema del tabaco: no sé qué daño pueden hacer los fumadores encerrados en una habitación matándose entre ellos. A mí me pasan por arcos de seguridad contra mi voluntad día sí y día también, me graban las cámaras de seguridad de bancos y tiendas, y las de las fuerzas de seguridad, me llaman a toda hora del día gente que me vende de todo… Y nadie lo prohíbe a pesar de ser tan cruel, tanto como el humo de los autobuses de la EMT y su forma inhumana de conducir. No sé si debemos abrir las puertas a todo el mundo, aun sabiendo que entre ellos hay asesinos y delincuentes, o cerrarlas a todo el mundo, incluso sabiendo que entre ellos hay familias inocentes que se mueren desangrados atravesando Europa.

Y es que ya digo que  estoy muy confundida, o confusa, que tampoco sé cómo decirlo. Y no sé si hay que prohibir  lo que sea dependiendo del partido y del grupo a que uno pertenezca ni sé cuál es el criterio que eligen los partidos para organizar las prohibiciones ni sé si lo mejor sería dejar a cada cual hacer lo que quisiera siempre que no obligase a los demás a hacerlo también o sería más justo promulgar leyes igualitarias y obligar a todos a cumplirlas a golpe de amenaza carcelaria.

Al respecto de esto, me queda un recuerdo de cuando la Ley de Divorcio era un motivo de enfrentamiento brutal y social en este país. El argumento de los que estábamos a favor era irrefutable: Yo no te obligo a divorciarte, el divorcio no es obligatorio. Si te repugna, no lo uses, pero permite a los demás que disfruten de sus ventajas, porque resulta que no todos somos animalistas, ni mucho menos, vegetarianos, homosexuales, ecologistas biológicos ni amantes de break dance, como antes y ahora, tampoco somos enamorados de la copla, amantes de los toros ni defensores del matrimonio católico y del fútbol.

Parece que no es posible compartir, convivir ni tolerar, aceptar, en suma, la libertad de los otros, cosa muchísimo más difícil de lo poco que cuesta decirlo. Antes que acabar con la fiesta de los toros, me gustaría a mí que se  acabase con el poder casi ilimitado de la iglesia, con el calendario laboral auspiciado por ella, que se devolviera todo el dinero que se ha robado al estado, que se impidiese que los políticos mintiesen en sede judicial, que la realeza se fuese a tomar vientos a otra parte con todos mis respetos, que los turistas que inundan las calles de mi ciudad convirtiéndola en un espectáculo cochambroso desaparecieran para siempre, que los gilipollas que ensucian las calles fueran a la cárcel de los gochos..

Vamos, que cuando yo sea poder, cosa bastante más fácil de lo que parece vista la inteligencia y la moralidad de nuestros próceres, voy a organizar festejos solo de tango y baile de salón, prohibiré cualquier actividad que no sea de teatro clásico y boxeo, incluido el fútbol, espectáculo cruel y bochornoso donde los haya, legalizaré la prostitución y la venta de maría, prohibiré los matrimonios religiosos, daré subvenciones al boxeo profesional, eliminaré los lugares reservados para aparcar los discapacitados, otro gran fraude, prohibiré llevar tapada la cabeza a las mujeres musulmanas, a las monjas católicas, a los jóvenes con sombreritos, a los ancianos con boina y a los frioleros con gorro de lana. Todos pelados y con la cabeza y la cara bien visibles. Prohibiré tener perros en pisos de ciudad y solo se podrán tener en el campo, multaré a las viejas locas que llevan comida y cuidan de gatos callejeros que inundan los barrios de camadas de bichos incontrolados, de suciedad y de orines, volveré a subvencionar el tabaco, que es una forma de morirse de cada uno a su gusto, por mucho que nos engañen con el gasto social: más gasto hacen drogadictos y alcohólicos y se les atiende, como es natural, no hablemos de accidentes de tráfico o bajas laborales.  Cerraré por decreto todos los bares, cafetos y restaurantes que no tengan una tradición demostrable y utilicen en la decoración más de un 30% de plástico en sus distintas modalidades, obligaré a todos los niños a ir a guarderías y prohibiré el uso del coche particular para ir a buscar a niños y a jóvenes a colegios e institutos, multaré a cualquiera que cruce las calles fuera del paso de cebra y a todos los ciclistas y motoristas que no respeten las normas de tráfico, aumentaré en número ilimitado la cantidad de policías, bomberos, médicos y profesores del estado , meteré en chirona a todos los que hagan ruido mientras duermo de noche o de día, a la siesta me refiero, daré leña de la buena a los que riegan en pleno día, y a los que aparcan en doble fila. Acabaré con los sueldos superiores a los 3000 euros mensuales, excepto el mío, y subiré la mayoría de edad a los veinte obligando a los pocholos y pocholas a abandonar el domicilio familiar en ese momento. Prohibida la comida basura, las ceremonias religiosas en la tele pública, las celebraciones públicas de minorías de cualquier clase, incluidos los LGTB, las procesiones y los desfiles militares, aumentaré los huertos urbanos, prohibiré las propaganda en los coches, las visitas a las casas de vendedores de lo que sea, las llamadas telefónicas de vendedores de otro lo que sea, obligaré a dar respuesta efectiva a todas las empresas ante las reclamaciones de los clientes…

Vamos, que con todo esto, ya tengo el programa electoral. Total, puestos a elegir prohibir, por qué voy a cortarme. Votadme, el resultado futuro será el mismo que si no lo hacéis. Desgraciadamente.

DE LA ADICCIÓN AL CANTO…

Al gorgoritil, no al pedrusco vulgar . Y me está volviendo loca: a partir de las 9,30 de la mañana empiezan a llegarme sus graznidos agónicos, quejíos balbucientes  y jipíos broncos, todo entrecortado y monótono, bien entonado, eso sí, pero desagradable a más no poder.

Esta rara avis no imagina que a pesar de la altura, sus cantos llegan a lo alto y llegan de la peor manera posible: entre la bruma de otros ruidos, solo en parte y sin orden ni concierto, a pesar de que lo da y bien completito. Y lo que, a lo mejor, no resulta tan desagradable a nivel de calle, a su puro lado, desde donde me llegan a mí sus espasmos melódicos, dan  miedo y dolor de cabeza.

Pero no ceja en su empeño ni en su desfachatez: se planta en un banco bajo uno de los árboles más frondosos del parque, justo debajo de mi atalaya, se lleva todos sus pertrechos (atril, guitarra y funda, partituras, mochila, gorras, etc. ) y se pone a cantar a voz en grito, sin cortarse ni uno solo de los pelos que aún le quedan, como si estuviera en el Carnaby Hall con un sueldo  de estrella de Las Vegas.  Se acompaña con la guitarra española y reparte su repertorio entre copla, sevillanas, boleros y rancheras, todo muy recio y rancio, como él, es decir, como un recién jubilado, que es lo que parece si descartas la posibilidad de un mendigo.

Y la descarto no solo porque ni lo parece ni pide ni se pone en un lugar donde pase mucha gente para que disfrute de su arte y le premie, sino, sobre todo, porque una mujer arreglada de forma común, viene a buscarlo casi todos los días, a eso de las 12 de la mañana, cuando el rufián de los oídos ajenos ya se ha quitado el mono y la necesidad de deleitar a los vecinos de mi calle con sus gorgoritos. Recoge entonces todos sus bártulos en sus fundas correspondientes y se marcha con ella, seguramente a tomar el aperitivo.

La poca gente que pasea y cruza por delante de él, le mira con una sonrisa entre cómplice y displicente: muchos son de su quinta. Él parece haber elegido dar rienda suelta a su sueño de cantar, el resto se conforma con pasear en parejas, jugar a las cartas, hablar de su pasado y recoger a los nietos cuando hay cole.

Y no sé que es peor, sinceramente. Si este cantante parquero tuvo alguna vez vergüenza, la ha perdido. Si alguna vez ocultó su afición incontrolable, ahora la exhibe; si le importó en algún momento lo que pensasen sus vecinos, ahora le importa un bledo. Si no se creía capaz de llamar la atención, la llama considerablemente y si, encima, feo como es, nunca le quiso una hembra, tiene una que le va a  buscar cuando termina su sesión, pasando por encima de todo y de todos.

Para ser un jubileta, no está mal. Lo mismo me lo pienso y mañana me bajo y le hago los coros, total, no tenemos nada que perder.

DE LO MÁS ESCOGIDO DE SU REPERTORIO.

 

 

BARCELONA, TERRORISMO Y DEMAGOGIA.

Ha vuelto a ocurrir: han muerto 13 personas en Barcelona bajo las ruedas de la furgoneta guiada por un loco. O no tan loco.

Y la solidaridad nacional e internacional vuelve a inundar las redes y los medios de frases hechas, de vueltas y revueltas, de repeticiones de datos, falsos o inventados muchas veces, de condolencias, de música de pésame, pero sobre todo, de un discurso  hipócrita y machacón, el mismo discurso de los perdedores innobles en cualquier competición: en el fondo, a pesar de la derrota aparente, siempre ganan porque son los mejores y tienen la razón.

Y a partir de ahí, vengan el triunfo de la sociedad occidental y sus virtudes democráticas, vengan la superioridad de nuestras libertades, vengan la victoria innegable de nuestros ciudadanos, de nuestro sistema de vida, de todo lo nuestro. Y una periodista, muy digna ella, se desgañitaba afirmando que no debemos hablar de enfrentamiento, de guerra de civilizaciones, sino de terrorismo, nada más. Y la verdad es que no la he entendido.

Y es que no sé qué coño es el terrorismo, este terrorismo, el terrorismo que hace que jóvenes vecinos y convecinos, que han ido al instituto con nosotros y van a bailar a las discotecas, que tienen facebook y twiter, un día cojan una furgoneta alquilada y conduciendo en zigzag la lleven por Las Ramblas hasta que el monstruo no pueda engullir más cadáveres. No está matando extraterrestes, son las mismas gentes con quienes ha vivido,en  la misma ciudad, los mismos lugares y olores. Y sin embargo, se siente un héroe, estoy segura, por haber segado la vida de cuantos más, mejor.

¿Es eso una victoria de la sociedad occidental? Me estomaga tanta demagogia y tanta arenga hipócrita. No es una victoria sino el fracaso de una sociedad injusta que solo se preocupa de la muerte cuando es propia, lleva sangre y sale por la tele. No le importa a esta magnífica y triunfante sociedad la injusticia en la que viven los débiles, la imposibilidad de hacerlo dignamente ni la indefensión de muchos ciudadanos, su soledad, su marginación. Pero mientras permanecen callados, nadie atiende, nadie mira, nadie repara. Luego, cuando la locura fanática les ofrece la dignidad aparente de las sectas, cuando se consideran miembros de algo, cuando se creen protagonistas de su vida por primera vez, entonces, obedecen ciegamente y convencidos de haber encontrado el sentido de su vida en la muerte de los otros, matan sin pensar.

No son compatibles libertad y seguridad, señoras alcaldesas de París, de Madrid o de Barcelona. Son absolutamente incompatibles, aunque a los ciudadanos se nos venda la moto con palabrería. No es posible ser libre cuando todos estamos sometidos a vigilancia, obligados a identificarnos, fichadas las matrículas de nuestros coches y su propiedad, filmados a toda hora del día, cacheados al entrar o salir de nuestra ciudad por cualquier vía o al entrar en cualquier espacio de la administración, sometidos a controles de todo tipo, multados por fumar, por sacar la mano por la ventanilla, por correr en la Gran Vía… y sin embargo, todas esas prohibiciones sabemos con absoluta seguridad que son susceptibles de ser evitadas de formas muy sencillas por medio del único dios que entiende la sociedad triunfante occidental: el puto dinero.

Los coches oficiales pasan por donde quieren, los coches de los ricos aparcan en doble fila delante de carísimos restaurantes y no hay multas que valgan: la policía ni se acerca por la zona, los ricos se hacen hermosos chequeos con índices tumorales que los demás ni podemos oler, algunas instrucciones duermen moribundas, o totalmente muertas, en los archivos de los juzgados mientras que otras, estúpidas reyertas de parásitos sociales famosos, salen en los medios y corren que vuelan, para qué seguir: el tema de la corrupción resume la gloria de esta hermosa sociedad….¡injusta! Tremendamente injusta y cruel.

Y ese es el quid de la cuestión. De la injusticia soterrada, del desprecio por los débiles, de la indiferencia por el dolor de los pequeños, de la demagogia barata que lleva a los poderes a aplaudir el botellón o a mirar a un lado ante enfrentamientos de bandas hispanas, ante la situación insoportable de los marginales o ante decisiones judiciales inaceptables, de la hipócrita utilización económica de derechos deseados desde hace siglos, convertidos en espectáculos turísticos o programas televisivos, de las modas y el postureo que venden ideas maravillosas que solo pueden disfrutar unos pocos con dinero, los pocos que pueden comprar tomates a precio de oro, de la cobardía de muchos cristianos de este país que, llenos de caridad, miran hacia otro lado porque “no se puede hacer nada”, del terror al escándalo y las consignas lanzadas por una minoría elitista protegida por no se sabe quién, porque sus caras son siempre las mismas, de la vergüenza de unas televisiones que se nutren de comprar las vísceras de ciudadanos indignos que las venden…,  de toda esta venta de dignidad y de principios a cambio de dinero y votos, de todo este caos moral, de toda esta mentira y de esta injusticia, de todo esto, la locura de los que encuentran en un mensaje claro y devastador su esperanza es fácil de entender. Irán al paraíso con las huríes y serán reconocidos eternamente por sus hermanos porque han sido valientes y fieles a un código de muerte. Sencillo, fácil y consolador. Pero aterra, aterra pensar con qué facilidad de entre los escaparates de moda y los vestidos de El Corte Inglés, salen monstruos de varias cabezas capaces de destruir las partes más débiles de nuestra sociedad, siempre los más débiles. Hasta los putos asesinos atacan a los más débiles.

Me pregunto por qué los líderes sobreviven siempre, quizá porque la seguridad para ellos es efectiva y los demás solo somos fichas inacabables, sometidas a vigilancia y dispuestas para ser utilizadas en cualquier caso. Nos matan y nuestros guías nos ofrecen esperanza y triunfo desde sus trincheras, nos hacen el caldo gordo y se repiten hasta la exasperación. Bajen a la arena, bátanse en duelo donde nos batimos todos y cuando prueben la medicina de esta hermosa sociedad que defienden, rehagan el discurso a ver si alguien se lo puede tragar.