LOS JÓVENES Y SU INCIERTO FUTURO (DRAMA VIRTUAL).

Como había un ambiente agradable y no se oían gritos en la cafetería, me entretuve hablándole con calma sobre mi infancia y juventud, no tan lejanas, cuando la gente silbaba por la calle con chulería y desparpajo. Y no solo silbaban los hombres como síntoma de virilidad (solo silbaban los machos alfas), sino también los niños para llamarse o dar sustos a las viejas. Cantaban, como bandadas de horteras con lazos y calcetines de ganchillo, las niñas cogidas de la mano. También cantaban los borrachos por la noche, cuando volvían a casa “trompas”, dando caderazos a las esquinas y rezumando vinazo del malo por los cuatro costados. Entonces, todavía, se llamaban “grupos escolares” los colegios de Primaria. Piérdetelo.

EMIGRANTES A EUROPA.

Cantaba el sereno, gallego siempre, dando golpes con el chuzo y respondiendo “Vaaaa” a las llamadas a voz en grito de los noctámbulos. Y la gente siempre iba por su derecha, como ovejas con la lección bien aprendida, obedientes y generosas: no se chocaba uno con nadie y nadie se paraba en mitad de la acera: era signo de paletez, los madrileños íbamos a todo trapo por la Gran Vía, que no se parecía a la de ahora, y si alguien se quería encender el cigarro con el

TRABAJANDO EN LA CALLE

encendedor de yesca se encostraba en el soportal más cercano para no molestar. No se comía chicle, pero los chavales por la calle se metían entre pecho y espalda hermosos bocadillos de mortadela, no las jovenzuelas, que tenían la manía de creer que si comían por la calle o les barrían los pies, no se casaban: cosas de viejas porque mi generación fue quizá la primera que le dio a la píldora, al porro, a las relaciones prematrimoniales descaradas y a cosas peores que me voy a callar.

No se podía uno reunir en la calle, era una manifestación ilegal según los grises, tan feos con las gorras de plato y los abrigos aquellos con botones dorados. En las casas de los pobres no hubo hasta después televisión ni teléfono y mandaban los padres porque las madres no tenían derecho ni a firmar. Las lavadoras no centrifugaban y en el tramo previo a la muerte de Paco, murieron demasiados jóvenes, y jóvenas para los posturitas, en las escaleras de Filosofía A, desaparecidos o caídos sin querer por las ventanas de la DGS, ahí, en la Puerta del Sol.

(RAPHAEL, MAQUILLADO, DEPILADO Y AFEMINADO, ENTONCES Y AHORA, CON INCONDICIONALES, NO SE PUEDE NEGAR)

Si te daban un bofetón, te quedabas con él y cualquier adulto podía, para vergüenza de la familia, reprobar una actuación inapropiada en público, igual que ahora, que si le dices a un niño que no rompa un árbol recién plantado o a un vecino que no deje cagar al perro en la escalera, el bofetón te lo llevas tú, por gilipollas, bocas y meterte donde no te llaman.

 

Aún he visto yo curas con sotana: mi profesor de religión, la única religión que hay en este país a todos los efectos, y algún otro, no tan viejos como se podría suponer. Cerca de La Felipa, en la calle Libreros, comprábamos libros por debajo del mostrador, a escondidas porque muchos estaban prohibidos: yo no escuché el nombre de Antonio Machado de ni Sénder hasta que ya era tan mayor que sabía que Paco era un dictador y no el benefactor de España, se dice pronto.

Y los pobres estudiábamos a golpe de beca, quitarnos la comida de la boca y sacar de notable para arriba en todos los exámenes, y aun así, se nos  miraba con desprecio y envidia dependiendo de qué instituciones: en la universidad éramos dos, el resto de izquierdistas, comunistas, jóvenes de la guardia roja, del MC o del MCr eran burgueses, pero burgueses de criada con cofia. Los muy cabrones se iban a esquiar a Navacerrada después de cada manifestación y algunos, luego, serían ministros y líderes políticos. Jódete.

Nadie hacía “running” ni trecking” ni “surfing” ni ”inges” de ningún tipo: si había pelas para ir el domingo a alguna parte ya era un triunfo y si alguien corría por la calle, los demás le imitábamos de inmediato: los grises venían repartiendo hostias a cascoporro porque era el día de asueto y les tocaba desahogarse, sin preguntar, claro.

Ningún joven reconocía escuchar a Manolo Escobar ni a Sara Montiel: eran hijos adoptivos del franquismo y horteras nacionales vergonzantes. Ahora son los ídolos de los modernos, Alaska y compañía, y Raphael, víctima de imitaciones varias entonces por razones todavía evidentes, es reconocido en este momento como gloria nacional y héroe mítico, hasta por la cadena SER. Me despiporro.

IGUALITA QUE AHORA, POR LOS CO…

Estudiábamos y trabajábamos al mismo tiempo porque los pobres, que éramos la mayoría, no podían mantener en las familias a uno o dos hijos mano  sobre mano a partir de los 14 y en muchos casos, eso de estudiar sonaba a chino: hay que buscarse un trabajo digno, como tu padre, y eso incluía desde ser zapatero remendón a traficante de tabaco rubio, profesión que no estaba mal vista.

LA PLAZA DE CALLAO EN MADRID EN 1970.

Y hago una paradita, porque se me está enfriando el café, pego un sorbo y entonces, mi contertulio sube la mirada del móvil con quien había estado hablando por su cuenta todo el rato y me dice compungido. “Nosotros sí que vivimos un momento duro, que no sabemos si vamos a cobrar las pensiones dentro de 30 o 40 años”.

No hace mucho, otro jovenzuelo, o jovenzuela, me había tildado de fascista y racista, así que no supe si partirme de risa o darle una mano de hostias, por muchas razones.  Le dejé con el móvil que le habían comprado sus padres, como el reloj, el coche y la matrícula del gimnasio, y con su preocupación por la vida negra que llevaba y el futuro ceniciento que le esperaba. Todavía se me parte el corazón.

LOS DE LA TELE.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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MIEDO.

DEDICADO A TODOS LOS CORAZONES QUE ESTÁN SOLOS POR PROPIA DECISIÓN.

 

Desde el momento en que le vi, el miedo vivió conmigo y el miedo más chiquito, el primero de todos,  fue el miedo a no entender que lo que no podía ser, había sido.

Aquello que no tenía lógica ni sentido, aquello que formaba parte del mundo de los locos, de los llorones de melodrama, de los príncipes azules, aquello…,  había sido.

Y tardé tiempo en comprenderlo porque lo primero que ocurrió, y que también me daba miedo, es que no podía controlar mis ojos, mi sonrisa ni los latidos del corazón.  Su cercanía encendía mis sienes como si las hubieran prendido fuego, su voz levantaba en mi estómago necesidad de beber y odio al alimento, sus miradas me erizaban el cabello como si me hubiera  destrozado  un choque de trenes cargado de neuronas.

Y en seguida, comencé a sentir miedo de que él no lo tuviera, de que no se hubiera dado cuenta de que nos habíamos engullido mutuamente  en mitad de los sueños y de las carencias, y me dio miedo que todo fuera teatro y que él no se sintiera enfermo de ausencia, como me sentía yo cuando no lo veía ni podía olerlo, enferma hasta el dolor físico, hasta el ahogo, hasta el llanto.

Y sentí miedo de haberme equivocado, de no saber en realidad si lo que decía era o no era, si lo que decía sentir era lo mismo que sentía yo, si mi necesidad de verle para poder seguir viviendo era parecida a la suya o no.

Y luego, empecé a tener miedo de que otras veces, muchas otras veces, hubiera sentido lo mismo que decía sentir conmigo y que yo no había sentido antes.  Y tuve miedo de que pudiera compartir mis sentimientos y mi miedo con otras que quizá también le hacían erizar el vello, como él a mí.

Y me asusté mucho más cuando vi que no podía librarme de su abrazo y que el dolor que me causaba nunca era suficiente como para sentir menos amor.

Y seguí sintiendo miedo  un día y otro también, miedo a no tener fuerzas para apartar su cuerpo y sus caricias de mí cuando ya se habían convertido en zarpazos.  Porque a pesar de la sangre, seguía  necesitando su voz y su cercanía para poder respirar.

Y el miedo me inundaba como una catarata de amargura hirviendo cuando comprendí  que era yo mi peor enemiga y que no podía arrancar  de mí la piel, la costra, la ropa en que se había convertido mi amor.

Y seguí sintiendo miedo, amor y miedo, hasta que luego, en la eternidad, la niebla de la muerte enfrió mi corazón, alejó mis pasos y me dejó vacía de caricias y de miedo, para siempre.

ANTIRRACISMO RACISTA.

He tenido la desgracia, o la suerte, de chocar de frente hace muy poco con una activista antirracista negra. Y hacía mucho tiempo que alguien no me agredía, imponía, ofendía y discriminaba con tanta violencia: desde el mismo franquismo.

Me resultó duro el choque porque cuesta aceptar que los que llevamos muchos años a las espaldas seamos ahora tildados de racistas o fascistas, con medias palabras que es peor,  porque no comulgamos con ruedas de molino, esta vez de otro signo, pero ruedas de molino igual de intolerantes y violentas.

Resulta que hay dos razas, la blanca caucásica que no está racializada, y la negra, que sí lo está. Insultar a un negro por ser negro  es racismo porque está racializado, es decir, hay una estructura de racismo que le impide vivir como los blancos. Sin embargo, insultar a un blanco por ser blanco no es racismo porque no está racializado, es decir, vive estupendamente dentro de las estructuras sociales de la civilización. Bendito simplismo.

No sé qué significa ser blanco o negro, yo no conozco a nadie completamente negro o completamente blanco, de hecho, no reconozco la existencia de razas diferentes porque hacerlo supone, para mí claro está, racismo en el sentido tradicional. Conozco gente que discrimina por ignorancia, miedo o puro fascismo y a otros que lo hacen por interés económico o político, pero no son todos los blancos ni solo los blancos, o los que mi amiga llama blancos, que no sé quiénes son con precisión.

Pero a  partir del planteamiento de la activista negra, los que no son negros, son blancos, y si son blancos, o caucásicos como nos llaman, son culpables de serlo, de no estar racializados y de ser racistas de hecho o en potencia . Todos los blancos por tanto viven en una estructura de poder que les confiere privilegios  de que los demás no disfrutan: la persona que lo decía vestía a la moda, iba pintada y hablaba de su  trabajo, con seguridad tan digno como el de cualquier blanco no racionalizado. A partir de ahí, no sé dónde colocar a los blancos gitanos, a los blancos indigentes, a los blancos que no tienen trabajo, a los blancos adictos, enfermos, alcohólicos, a las blancas maltratadas, a los blancos acosados por otros blancos e, incluso, a los blancos acosados por los negros racializados. De hecho, no sé si soy blanca o medio tostada, medio negra , medio amarilla, limón verdoso o crema de café.

El punto de partida de la animosidad tradicional hacia los molestos, los diferentes, los incomprensibles, los pobres e indefensos o los que nos dan miedo es un tema educacional y tiene mucho ver con la idiosincrasia y el instinto de supervivencia de los seres humanos, lo digo porque esa discriminación se da en todas las civilizaciones, solo en parte de la sociedad, y contra cualquiera que les suponga una amenaza, independientemente del color, quiero decir, que entre los africanos, los blancos no son bien vistos, entre los japoneses, los americanos blancos tampoco, entre los americanos blancos, los latinos, entre los latinos, los gringos blancos… Y así podríamos seguir eternamente, dando la vuelta al mundo y a la historia. Porque tampoco son bien vistos los locos, los homosexuales, las mujeres, los gordos, los pobres, los enfermos contagiosos, los judíos, los árabes, los moros, los chinos, los coreanos, los gitanos, los andaluces, los vascos, los catalanes….

Si  mi amiga activista pretende conseguir cambiar algo, no sé exactamente qué, no creo que lo consiga gritando a los caucásicos, que puede que estén sin trabajo mientras ella, negra americana, lo tiene, escupiendo ideas intolerantes, ofendiendo a caucásicos bienintencionados que pretenden ayudar o metiendo en el mismo cajón a un blanco lleno de prejuicios y a un fascista y racista ideológico.

Si no entiende que la educación y la información son fundamentales y que no hay otra forma de cambiar la mentalidad de la gente que educándola en la igualdad y en la justicia, si no comprende que hay que cambiar las leyes para que se conviertan en faltas o delitos sujetas a jurisprudencia  las ofensas racistas, que hay que protestar y molestarse en seguir protocolos legales y no usar la misma violencia de que acusan a los blancos, que hay que tratar a todos por igual, sean del color que sean, sin establecer de antemano criterios discriminatorios en función del color y la apariencia, si no se aprenden a tolerar los matices, si no se empieza por ser antifascista antes que racista, respetuoso antes que antirracista, reflexivo antes que antirracista, coherente antes que antirracista, pacífico antes que antirracista, demócrata antes que antirracista…, las asociaciones que luchan por los derechos de todos menos de los blancos caucásicos no racializados, se convertirán en gethos de violencia y de fanatismo que solo producirán más racismo, porque, mi querida señorita negra que trabajas en mi país y has venido de otro lugar, a mí tú me pareces racista y fascista, dictatorial, irrespetuosa, amenazante, discriminadora y muy mala bandera para tu causa, es decir, poco inteligente, y no porque seas negra, que lo eres, sino porque eres todo lo demás y seguramente serías una blanca nazi estupenda si tu color hiciera juego con el tema. Te ha faltado el bate de béisbol y escupirme, pero, claro, como estás racializada, puedes hacerlo sin tener por ello mala conciencia.

La verdad es que como blanca caucasiana no racializada que soy, no necesito de tu organización, mi tiempo es un regalo que ya no te voy a hacer, mi pensamiento es libre y mi expresión también, te guste o no te guste lo que pienso, no distingo entre negros, blancos o cualquier otro color, pero sí entre violentos e intolerantes de tu color y de cualquier otro, me apena comprender por qué muchos blancos caucasianos tienen tan mal concepto de algunos negros: seguramente han tenido que soportar tus groserías y tus gritos por el solo hecho de ser blancos como les parió su madre, vivir en el mismo país donde también su madre les parió y no compartir tu concepto de racismo.

Lo reconozco: estaba completamente equivocada. Creía que actitudes como la tuya eran fascismo puro y no se deberían  tolerar, pero mira por donde, parece que tu planteamiento es el de la organización de la que formas parte y que me lo exigías para colaborar en una lucha cuyos conceptos no compartimos. No me preocupo: el mundo está lleno de gente de colores que es maltratada y discriminada y de otra gente de todos los colores que maltrata y discrimina. La educación en toda la amplitud de la palabra, la tolerancia, la generosidad y la falta de prejuicios son mi solución. La tuya parecen ser los gritos, las amenazas y la discriminación. No nos encontraremos jamás  en ninguna parte. Afortunadamente.

NOTA.: Sería aconsejable que ofrecieseis un manual con la ideología básica que profesáis y el sentido de los términos que usáis. No encuentro el concepto de “racionalizado” en el diccionario de la RAE, que tampoco importa, y lo encuentro en varios ensayos sobre el particular, pero aludiendo a conceptos diferentes de racismo. 

Dejo un ejemplo para mi docta amiga, como regalo de despedida.

2. Racialismo o esa peculiar manera de dar significado a la diversidad humana
Racialismo puede definirse como la creencia en la existencia y facticidad de las razas.

 Es uno de los principales resultados de los procesos de racialización, o lo que es lo mismo, una muestra de su eficacia en la producción de la realidad social. Racialismo implica el tratamiento de las tipologías raciales como sentido común. Se materializa en el acto de percibir a las razas como evidentes y tangibles; no como una consecuencia, sino como una causa o una variable independiente, para utilizar una categoría tan venerada en la sociología .Racialismo no implica necesariamente una visión jerarquizada de las tipologías raciales. Lo que lo caracteriza es ser la condición básica o el fundamento mismo del pensamiento racial, es decir, la tendencia a percibir a los seres humanos como distinguibles de acuerdo a categorías discernibles de sujeto: categorías raciales. Esas categorías pueden ser diversas y pueden obedecer a criterios distintos de organización, pero se perciben como corroborables y por lo tanto, como evidentes.Esta categoría puede describirse como parte de esa «tendencia epistemológica» a agrupar o disgregar los grupos humanos de acuerdo a características comunes o disímiles; esa suerte de costumbre de replantear/rearticular la complejidad en principios más sencillos. Racialismo, en otras palabras, es una muy peculiar manera de dar significado a la biodiversidad y sociodiversidad humanas. En ese sentido, le pone un caprichoso coto tanto a la diversidad como a la similitud, descree tanto en el universalismo (todos somos uno) como en el particularismo  

 llevado hasta sus últimas consecuencias (cada uno es distinto a los otros). 
Tomado de A. Campos García, Racialización, Racialismo y Racismo. Un discernimiento necesario.

YO, FEUERBACH, DE T. DORST, EN LA ABADÍA.

Él, Pedro Casablanc, en la escena más de hora y media, ofreciendo el mayor repertorio de registros, el mayor virtuosismo de interpretación, que no de histrionismo, que recuerdo haber visto en muchos años.

No necesita nada ni a nadie. Un escenario vacío casi, con un viejo escritorio al fondo y una silla. Y al jovencísimo, pero eficiente compañero que le da la réplica, Samuel  Viyuela,  clavado a su padre en todo por lo que pude ver, y fue bueno. Con eso, sin proyecciones ni vídeos, sin escenarios ocurrentes ni grandiosos, sin música en directo ni necesidad de aparecer en escena mientras el público se sienta, sin lagrimones y mocos, sin adornos ni alardes de ningún tipo, el actor nos va llevando de la mano, en sentido ascendente, cada vez más cómico, cada vez más surrealista e impredecible, por el camino del  drama, de un drama que cuenta en realidad el ansia de sobrevivirse a sí mismo, la necesidad de volver a ocupar el escenario donde una vez se fue y ya no se es y la capacidad del hombre para renunciar a casi todo o a casi nada por conseguirlo. Frente a él, el joven ayudante de dirección, habitante de otro mundo, que asiste cada vez más empático y asombrado al transcurrir de la espera del actor por su resurrección.

Mientras tanto, todo lo que puede ocurrir de la mano de un comediante, ocurre en el escenario ante el silencio religioso del público, que llenaba la sala a pesar de estarse jugando un encuentro de esos que vacían las calles de Madrid.  De entre los espectadores, dos que contribuyeron a saciar nuestra curiosidad y a aprender a  hacer una puesta en escena fuera del escenario: José Sacristán y Juan Carlos Monedero. Me pareció que el título de la obra, ese Feuerbach  filósofo, tan famoso y tan influyente en la historia muy cercana de las ideas, podía haber llamado la atención de otros espectadores, tanto como me la llamo a mí.

Pero de entre toda la galería de registros, juegos, bromas, imitaciones, sonidos, fragmentos de obras de todo tipo, poses, guiños, cambios de voz, gracietas, picardía… la escena en que Feuerbach tira al aire aquella resma de folios mientras vacía el extintor, pillándonos a todos por sorpresa  ante un cambio de escenario casi navideño y de pura artesanía, es una de las que me llevo puesta, con permiso del actor.

Al final, el premio. La sala entera puesta en pie aplaudiendo a rabiar, sin dejarles marchar.  Dorst acaba de morir en Berlín este verano, Casablanc es un actor catalán y de Cataluña viene la obra, La Abadía es uno de los recintos más valorados del circuito teatral madrileño.  Yo solo vi  teatro, un gran, excelente y magnífico teatro.

 

 

CARNICERÍA HUMANA.

Entré en el otro mundo, en el suyo, y se apoderaron de mí y de la posibilidad de decidir. Me tocaron, pincharon, midieron, sentaron, disfrazaron y asustaron, todo con una actitud de administrativos en momentos de tráfico empresarial al alza, estresados casi, sin aliento, con unas prisas que hacían imposible verles los rostros, percibir sus miradas o captar algún tipo de humanidad.

SALA DE DESPIECE.

Luego, me llevaron a una habitación preparada, con sillones, oxígeno, máquinas de medir constantes inconstantes, cables y gomas, todo frío, feo, seco.  Nos organizaron en grupos de tres de cara a la ceremonia final, y de allí, en silla de ruedas, por un laberinto desagradable y helado, largo hasta la exasperación y retorcido como un intestino, hasta desembocar en pasillos habitados por cientos de seres extraños, vestidos de verde, con gorros de ducha, estetoscopios colgando y bata, todos en animada charla,  como si fueran a tomar un vermú de un momento a otro; después de pasar entre ellos una y otra vez, dando vueltas y sorteándolos, procurando que la sábana permaneciera en su  sitio y saludando la velocidad del guía con cierta desconfianza, desembocamos  en una sala llena de artilugios, con el techo bajo y pitufos verdes con gorro y guantes yendo de un lado a otro. En el centro, una hermosa cama verde, sin dosel, alumbrada como un escenario de music hall. Me hicieron subir a ella y me ataron la cabeza a la cabecera, bajo un foco potente de luz. Luego, me rodearon, hablando entre ellos como si yo no estuviera, como si aquella fuera la escenificación dolorosa de un viaje astral. Me abrieron los párpados a la viva fuerza y manipularon mi cuerpo a su antojo, con agujas, con palillos de metal y con gotas, cacharros y gasas. La vendedora de drogas, que se había presentado al principio, era una jovencita rubia con acento extranjero y me advirtió que me daría un pinchacito, y eso hizo, tras lo cual, se apartó del escenario y me abandonó en manos de dos jóvenes que me atacaron sin mayor miramiento: echaron gotas y más gotas sobre mi ojo mientras notaba cómo lo empujaban, estiraban, cortaban, metían algo, daban vueltas sobre él y lo aplastaban una y otra vez. En todos los casos, me hacían daño y aquella tortura parecía interminable. La sádica al mando  me pedía paciencia y me animaba diciendo que ya acababan, pero mentía y yo lo sabía, igual que sabía que la dulce muchachita del pinchazo me había dado una droga floja porque lo notaba todo como si me hubiera metido en vena un vasito de leche desnatada.

QUIRÓFANO.

Me espabilaron en cuanto se aburrieron de mí, supongo que porque llegaba otra remesa de carne fresca, y me empaquetaron de vuelta, con el mismo conductor medio borracho por la velocidad que alcanzaba. Hicimos el camino contrario, pero con un tipo distinto de miedo en el corazón. Este, el miedo a que hubieran despiezado mal, a que se hubieran equivocado en el corte, a que hubieran olvidado algo dentro o a que aquello que yo notaba, tan desagradable, no fuera a abandonarme jamás.

Todavía no me he librado de ellos. Vuelvo una y otra vez a otra sala de despiece, voluntariamente, como si me gustase, callada y obediente, esperando sus manipulaciones y su opinión.

Estoy convencida de que, en este matadero o en otro parecido, seguiré el camino que emprendí hace años, ese camino en el que ellos y yo nunca dejaremos de vernos hasta el empaquetado final.

 

CRUELDAD VITAL.

Y de repente, me cerró el paso, literalmente, una sombra del pasado. Una de esas sombras que llegaron a serlo porque antes fueron amigos que se convirtieron en una amenaza vital. Llorosa, lleva años y siglos echándome de menos, se acuerda de mí a diario y me adora porque yo he sido como una madre para ella, que está perdida desde que me perdió de vista. Quiere reanudar la relación y contarme lo mal que lo ha pasado en este tiempo, charlar, salir…

Y es que algunas personas consideran a los demás, a una parte de los demás, depositarios obligados de su dolor. Buscan alguien a quien contarles su pena, en quien ahogar su tristeza y con quien sentirse acompañados y protegidos.

Y los demás, los que no sufren su cercanía, sienten una inmensa lástima por ellas. Pobrecito/a, les llaman y dan por hecho que tú, el tonto de marras, debes ayudarles, mientras ellos se alejan del drama con viento fresco y la alegría del espectador  de una tragedia cuando se ha terminado y se va uno a tomar unas cañas al bar de la esquina.

Y es cierto que son personas dependientes de algo que no tienen, no sé bien qué es, pero es más que evidente: no saben quiénes son, tienen enormes depresiones crónicas, se sienten profundamente solos, nadie de su alrededor les valora ni les comprende, sus parejas les rehúyen cuando no les abandonan, los médicos cansados de intentar que cambien su óptica sin conseguirlo, se rinden. La mayoría de ellos tienen diagnósticos sicológicos o siquiátricos: depresión, estrés postraumático, bipolaridad,  brotes paranoides, obsesiones …, o sea, lo mismo que nos pasa a todos ¡Pobrecitos!

Y faltos de familia en quien apoyarse, bien porque no tienen bien porque ya no es capaz de soportarlos, miran alrededor en busca de otros apoyos en quien abandonarse, como un fardo maloliente que necesita un buen contenedor calentito para descansar. Y se aferran a quien encuentran, le hacen chantaje, le lloran, le miran con cara de perrito abandonado, le llaman, le guasapean y le preguntan si le han hecho algo para que no quiera verlos.

Y se lo han hecho, claro que se  lo han hecho. Estos pobrecitos solos y desesperados se tiran en plancha sobre el dolor y la depresión silenciosa de los otros, aplastan el esfuerzo de los demás por seguir a flote mientras ellos deciden estrangularte con su fragilidad, interpretan tu silencio como energía pétrea y deciden que como tú no lloras, no puedes mamar. Ellos, sí. Maman hasta que dejan seca a su víctima si no sale huyendo. Suponen que si te pintas y sonríes y te mantienes en pie sin derramar una sola lágrima, no te pasa nada, careces de alma y de problemas y estás obligado, no se sabe bien por qué, a escucharles, ayudarles, aguantarles y arrastrarles por la vida.

Pues basta ya idioteces y de mentiras. Señores y señoras tristes y solitarios, enfermitos del alma a quien nadie ayuda ni escucha, productos de la vida de todos en luto perpetuo, hijos de su propia estupidez y cobardía, egoístas eternos que no ven a los otros sino como contenedores de su mierda… ¡ Dejadnos en paz, comeos vuestros mocos y largaos con viento fresco! Mi mierda la llevo colgada del cuello desde que recuerdo y no la comparto: no quiero compartir la vuestra. ¡Que os den a todos, pero lejos!

CRUCE DE CABLES, CHOQUE DE TRENES Y NACIONALISMOS VARIOS.

El nacionalismo no deja de ser un guiso de fascismo y egoísmo más o menos especiado . Es, a mi modo de ver, la manifestación política, histórica y… romántica más potente y peligrosa del egocentrismo humano: lo mío, lo que tiene que ver conmigo, lo que me es propio,  es siempre más importante que lo ajeno, que no me interesa, por eso, me siento con derecho a defender lo mío con todas mis fuerzas y por encima de quien  sea.

Claro, si lo aplicamos a la familia, la casa, el barrio, la ciudad, la región o el país, tenemos la explicación lógica de muchísimos muertos, de litros y litros de sangre derramada, de guerras que no se acaban nunca, de dolor, de incomprensión…. Según algunos politólogos, y reconozco que el nombrecito me da risa, el nacionalismo es la razón última de  las grandes guerras europeas. Tiene todo el sentido.

Claro que los nacionalistas tienen derechos, como todos, a que se respete su libertad. Y ahí se cruzan los caminos y los cables.

Me tragué, y me indigesté, la sesión del Parlament del día 9 de octubre, creo recordar: no se respetaron los derechos de nadie que no fuera          independentista. Los nacionalistas pasaron por encima de la representación del resto de catalanes, personificada en partidos y diputados que fueron obligados a callar y a aceptar decisiones unilaterales por parte de la presidenta, con un descaro y una desfachatez de calibre inimaginable.

Por la parte contratante de la parte contratada no se entiende que no tiene sentido esgrimir la ley cuando el otro no la reconoce. Si yo te aplico la ley del estado y tú no la reconoces como legal, a qué leches estamos jugando. Y si yo me invento otra que me gusta más, cómo puedo argumentar que no acepto tu ley porque no es legal y la mía sí… Se me está poniendo un tremendo dolor de cabeza a estas alturas.

A partir de ahí, nada vale, nada tiene sentido. Los fascistas nacionalistas que defienden sus derechos, pasan por encima de los derechos de los demás para conseguir sus fines y montarse un sistema legal nuevo y cuando el estado, haciendo uso del mismo nacionalismo legal por otra ley anterior, pero a lo bestia, les da a ellos un golpe de estado y se impone por la fuerza de 155, se desgarran las vestiduras porque son sometidos por un déspota que no respeta la libertad y los derechos de los catalanes, entendiendo, como buenos fascistas, que los catalanes son ellos y la ley catalana, la que han votado entre ellos sin contar con los demás representantes de los catalanes.

Me acuerdo de aquella asignatura del fascismo franquista: Formación del espíritu nacional. O sea, allí se nos enseñaba cuál era el espíritu que debíamos de tener los españoles. Todos los españoles, sin distinción.  Hay partidos y grupos de ciudadanos que toman la misma actitud: defensa de la raza blanca, el espíritu catalán, vasco, gallego,… sin olvidar el canario, con la famosa Coalición Canaria, en el poder hoy día, como representante del nacionalismo isleño.

Es decir, grupos minoritarios, porque si fueran mayoritarios no serían grupos, deciden que ellos representan el sentido de un pueblo. Los españoles creen, los catalanes piensan, la raza blanca, el poder negro… ¿Quién les dio derecho a unos y otros a hablar en nombre de todos los demás? Su actitud es fascista, sea catalana, alemana o franquista.

Y ahora viene lo bueno: Podemos, que parece  un partido de izquierdas y no debe de serlo, contribuye a mi personal caos mental. Apoya a esos grupos y a los catalanes que hablan en nombre de todos, como si eso fuera una actitud democrática, libre y progresista. Joder, el nacionalismo es la postura política más rancia y antigua de la historia. ¡Y ellos dicen que son lo más moderno que tenemos en este país! La forma en que se celebró el bendito referendum catalán tuvo poco de moderno, libre, democrático ni progresista.

Estoy más perdida ya que un pulpo en un garaje y con la cabeza como un globo de helio. Creo que todo el mundo tiene derecho a elegir y que nadie tiene derecho a usar a los demás en nombre propio. Tampoco se puede retener a quien no te quiere, y no se debe, además, por inmoral e inútil. Y el gallego no tuvo la inteligencia ni la generosidad democrática de darse cuenta de que tirar de la cuerda y  ponerse más chulo que un langostino recién pescado no sirve más que para dar lugar a que, rota la cuerda, nos jorobemos todos. Si tu mujer no te quiere, déjala marchar con viento fresco, que no se puede obligar a nadie a quedarse contra su voluntad, leñes.  Pero ¿y cuándo uno no sabe, porque no se ha permitido su expresión, quién quiere marcharse y quien quedarse contigo? ¿Coño se puede hacer, además de acongojarse y darle más vueltas que el tiovivo de una feria? Pienso yo que cualquier cosa, incluso bajarse los pantalones, antes que hacerle al otro un corte de mangas vía recurso ante el Supremo.

No entiendo nada. Sospecho que  habrá mucho dolor en el futuro y que nadie dará su brazo a torcer, muy nuestro por otra parte, y que en el choque, saldrá, por la vía de la fuerza posiblemente, perdiendo Cataluña, los independentistas y los demás, que no sé quiénes ni cuántos son. Pero ya hemos perdido todos, incluido para mí Podemos, porque no somos capaces, a pesar del paso de los siglos, de hablar lenguas hijas de la misma madre, de enrollarnos entre nosotros y con los de fuera en alegría bien visible, de tomar una decisión libre, democrática y valiente, de reconocer que, desde la Edad media, algunas partes del todo no quieren ser del todo, que una parte de las partes del todo, se sienten del todo, que el todo sin las partes tampoco es todo, que ni dios sabe cómo coño solucionar el problema, aunque haya dos cosas que están claras desde que existe la civilización occidental: la democracia parte del respeto de todos y de escuchar a todos, sin restricciones. La libertad supone poder decidir sin agredir a los demás.  A ver cómo cocemos ese guiso de una puñetera vez sin declararnos de nuevo la guerra, en toda la extensión de la palabra.

Nota.: Me refiero a Podemos sin acritud. De ser la nueva esperanza blanca ha pasado, para mi gusto, a pasarse de cocción y andar a gatas con las patas pal’alto. A los demás partidos los conocemos de sobra y hacen lo que parece que quieren y deben hacer, normalmente, el gilipollas porque de otro modo, no estaríamos así. De paso, recuerdo a todos y todas, al estilo PSOE, que no harían eso mismo si no les hubiéramos votado. Cada palo que aguante su vela. Y que los dioses repartan suerte. Amén.