CARNICERÍA HUMANA.

Entré en el otro mundo, en el suyo, y se apoderaron de mí y de la posibilidad de decidir. Me tocaron, pincharon, midieron, sentaron, disfrazaron y asustaron, todo con una actitud de administrativos en momentos de tráfico empresarial al alza, estresados casi, sin aliento, con unas prisas que hacían imposible verles los rostros, percibir sus miradas o captar algún tipo de humanidad.

SALA DE DESPIECE.

Luego, me llevaron a una habitación preparada, con sillones, oxígeno, máquinas de medir constantes inconstantes, cables y gomas, todo frío, feo, seco.  Nos organizaron en grupos de tres de cara a la ceremonia final, y de allí, en silla de ruedas, por un laberinto desagradable y helado, largo hasta la exasperación y retorcido como un intestino, hasta desembocar en pasillos habitados por cientos de seres extraños, vestidos de verde, con gorros de ducha, estetoscopios colgando y bata, todos en animada charla,  como si fueran a tomar un vermú de un momento a otro; después de pasar entre ellos una y otra vez, dando vueltas y sorteándolos, procurando que la sábana permaneciera en su  sitio y saludando la velocidad del guía con cierta desconfianza, desembocamos  en una sala llena de artilugios, con el techo bajo y pitufos verdes con gorro y guantes yendo de un lado a otro. En el centro, una hermosa cama verde, sin dosel, alumbrada como un escenario de music hall. Me hicieron subir a ella y me ataron la cabeza a la cabecera, bajo un foco potente de luz. Luego, me rodearon, hablando entre ellos como si yo no estuviera, como si aquella fuera la escenificación dolorosa de un viaje astral. Me abrieron los párpados a la viva fuerza y manipularon mi cuerpo a su antojo, con agujas, con palillos de metal y con gotas, cacharros y gasas. La vendedora de drogas, que se había presentado al principio, era una jovencita rubia con acento extranjero y me advirtió que me daría un pinchacito, y eso hizo, tras lo cual, se apartó del escenario y me abandonó en manos de dos jóvenes que me atacaron sin mayor miramiento: echaron gotas y más gotas sobre mi ojo mientras notaba cómo lo empujaban, estiraban, cortaban, metían algo, daban vueltas sobre él y lo aplastaban una y otra vez. En todos los casos, me hacían daño y aquella tortura parecía interminable. La sádica al mando  me pedía paciencia y me animaba diciendo que ya acababan, pero mentía y yo lo sabía, igual que sabía que la dulce muchachita del pinchazo me había dado una droga floja porque lo notaba todo como si me hubiera metido en vena un vasito de leche desnatada.

QUIRÓFANO.

Me espabilaron en cuanto se aburrieron de mí, supongo que porque llegaba otra remesa de carne fresca, y me empaquetaron de vuelta, con el mismo conductor medio borracho por la velocidad que alcanzaba. Hicimos el camino contrario, pero con un tipo distinto de miedo en el corazón. Este, el miedo a que hubieran despiezado mal, a que se hubieran equivocado en el corte, a que hubieran olvidado algo dentro o a que aquello que yo notaba, tan desagradable, no fuera a abandonarme jamás.

Todavía no me he librado de ellos. Vuelvo una y otra vez a otra sala de despiece, voluntariamente, como si me gustase, callada y obediente, esperando sus manipulaciones y su opinión.

Estoy convencida de que, en este matadero o en otro parecido, seguiré el camino que emprendí hace años, ese camino en el que ellos y yo nunca dejaremos de vernos hasta el empaquetado final.

 

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CRUELDAD VITAL.

Y de repente, me cerró el paso, literalmente, una sombra del pasado. Una de esas sombras que llegaron a serlo porque antes fueron amigos que se convirtieron en una amenaza vital. Llorosa, lleva años y siglos echándome de menos, se acuerda de mí a diario y me adora porque yo he sido como una madre para ella, que está perdida desde que me perdió de vista. Quiere reanudar la relación y contarme lo mal que lo ha pasado en este tiempo, charlar, salir…

Y es que algunas personas consideran a los demás, a una parte de los demás, depositarios obligados de su dolor. Buscan alguien a quien contarles su pena, en quien ahogar su tristeza y con quien sentirse acompañados y protegidos.

Y los demás, los que no sufren su cercanía, sienten una inmensa lástima por ellas. Pobrecito/a, les llaman y dan por hecho que tú, el tonto de marras, debes ayudarles, mientras ellos se alejan del drama con viento fresco y la alegría del espectador  de una tragedia cuando se ha terminado y se va uno a tomar unas cañas al bar de la esquina.

Y es cierto que son personas dependientes de algo que no tienen, no sé bien qué es, pero es más que evidente: no saben quiénes son, tienen enormes depresiones crónicas, se sienten profundamente solos, nadie de su alrededor les valora ni les comprende, sus parejas les rehúyen cuando no les abandonan, los médicos cansados de intentar que cambien su óptica sin conseguirlo, se rinden. La mayoría de ellos tienen diagnósticos sicológicos o siquiátricos: depresión, estrés postraumático, bipolaridad,  brotes paranoides, obsesiones …, o sea, lo mismo que nos pasa a todos ¡Pobrecitos!

Y faltos de familia en quien apoyarse, bien porque no tienen bien porque ya no es capaz de soportarlos, miran alrededor en busca de otros apoyos en quien abandonarse, como un fardo maloliente que necesita un buen contenedor calentito para descansar. Y se aferran a quien encuentran, le hacen chantaje, le lloran, le miran con cara de perrito abandonado, le llaman, le guasapean y le preguntan si le han hecho algo para que no quiera verlos.

Y se lo han hecho, claro que se  lo han hecho. Estos pobrecitos solos y desesperados se tiran en plancha sobre el dolor y la depresión silenciosa de los otros, aplastan el esfuerzo de los demás por seguir a flote mientras ellos deciden estrangularte con su fragilidad, interpretan tu silencio como energía pétrea y deciden que como tú no lloras, no puedes mamar. Ellos, sí. Maman hasta que dejan seca a su víctima si no sale huyendo. Suponen que si te pintas y sonríes y te mantienes en pie sin derramar una sola lágrima, no te pasa nada, careces de alma y de problemas y estás obligado, no se sabe bien por qué, a escucharles, ayudarles, aguantarles y arrastrarles por la vida.

Pues basta ya idioteces y de mentiras. Señores y señoras tristes y solitarios, enfermitos del alma a quien nadie ayuda ni escucha, productos de la vida de todos en luto perpetuo, hijos de su propia estupidez y cobardía, egoístas eternos que no ven a los otros sino como contenedores de su mierda… ¡ Dejadnos en paz, comeos vuestros mocos y largaos con viento fresco! Mi mierda la llevo colgada del cuello desde que recuerdo y no la comparto: no quiero compartir la vuestra. ¡Que os den a todos, pero lejos!

CRUCE DE CABLES, CHOQUE DE TRENES Y NACIONALISMOS VARIOS.

El nacionalismo no deja de ser un guiso de fascismo y egoísmo más o menos especiado . Es, a mi modo de ver, la manifestación política, histórica y… romántica más potente y peligrosa del egocentrismo humano: lo mío, lo que tiene que ver conmigo, lo que me es propio,  es siempre más importante que lo ajeno, que no me interesa, por eso, me siento con derecho a defender lo mío con todas mis fuerzas y por encima de quien  sea.

Claro, si lo aplicamos a la familia, la casa, el barrio, la ciudad, la región o el país, tenemos la explicación lógica de muchísimos muertos, de litros y litros de sangre derramada, de guerras que no se acaban nunca, de dolor, de incomprensión…. Según algunos politólogos, y reconozco que el nombrecito me da risa, el nacionalismo es la razón última de  las grandes guerras europeas. Tiene todo el sentido.

Claro que los nacionalistas tienen derechos, como todos, a que se respete su libertad. Y ahí se cruzan los caminos y los cables.

Me tragué, y me indigesté, la sesión del Parlament del día 9 de octubre, creo recordar: no se respetaron los derechos de nadie que no fuera          independentista. Los nacionalistas pasaron por encima de la representación del resto de catalanes, personificada en partidos y diputados que fueron obligados a callar y a aceptar decisiones unilaterales por parte de la presidenta, con un descaro y una desfachatez de calibre inimaginable.

Por la parte contratante de la parte contratada no se entiende que no tiene sentido esgrimir la ley cuando el otro no la reconoce. Si yo te aplico la ley del estado y tú no la reconoces como legal, a qué leches estamos jugando. Y si yo me invento otra que me gusta más, cómo puedo argumentar que no acepto tu ley porque no es legal y la mía sí… Se me está poniendo un tremendo dolor de cabeza a estas alturas.

A partir de ahí, nada vale, nada tiene sentido. Los fascistas nacionalistas que defienden sus derechos, pasan por encima de los derechos de los demás para conseguir sus fines y montarse un sistema legal nuevo y cuando el estado, haciendo uso del mismo nacionalismo legal por otra ley anterior, pero a lo bestia, les da a ellos un golpe de estado y se impone por la fuerza de 155, se desgarran las vestiduras porque son sometidos por un déspota que no respeta la libertad y los derechos de los catalanes, entendiendo, como buenos fascistas, que los catalanes son ellos y la ley catalana, la que han votado entre ellos sin contar con los demás representantes de los catalanes.

Me acuerdo de aquella asignatura del fascismo franquista: Formación del espíritu nacional. O sea, allí se nos enseñaba cuál era el espíritu que debíamos de tener los españoles. Todos los españoles, sin distinción.  Hay partidos y grupos de ciudadanos que toman la misma actitud: defensa de la raza blanca, el espíritu catalán, vasco, gallego,… sin olvidar el canario, con la famosa Coalición Canaria, en el poder hoy día, como representante del nacionalismo isleño.

Es decir, grupos minoritarios, porque si fueran mayoritarios no serían grupos, deciden que ellos representan el sentido de un pueblo. Los españoles creen, los catalanes piensan, la raza blanca, el poder negro… ¿Quién les dio derecho a unos y otros a hablar en nombre de todos los demás? Su actitud es fascista, sea catalana, alemana o franquista.

Y ahora viene lo bueno: Podemos, que parece  un partido de izquierdas y no debe de serlo, contribuye a mi personal caos mental. Apoya a esos grupos y a los catalanes que hablan en nombre de todos, como si eso fuera una actitud democrática, libre y progresista. Joder, el nacionalismo es la postura política más rancia y antigua de la historia. ¡Y ellos dicen que son lo más moderno que tenemos en este país! La forma en que se celebró el bendito referendum catalán tuvo poco de moderno, libre, democrático ni progresista.

Estoy más perdida ya que un pulpo en un garaje y con la cabeza como un globo de helio. Creo que todo el mundo tiene derecho a elegir y que nadie tiene derecho a usar a los demás en nombre propio. Tampoco se puede retener a quien no te quiere, y no se debe, además, por inmoral e inútil. Y el gallego no tuvo la inteligencia ni la generosidad democrática de darse cuenta de que tirar de la cuerda y  ponerse más chulo que un langostino recién pescado no sirve más que para dar lugar a que, rota la cuerda, nos jorobemos todos. Si tu mujer no te quiere, déjala marchar con viento fresco, que no se puede obligar a nadie a quedarse contra su voluntad, leñes.  Pero ¿y cuándo uno no sabe, porque no se ha permitido su expresión, quién quiere marcharse y quien quedarse contigo? ¿Coño se puede hacer, además de acongojarse y darle más vueltas que el tiovivo de una feria? Pienso yo que cualquier cosa, incluso bajarse los pantalones, antes que hacerle al otro un corte de mangas vía recurso ante el Supremo.

No entiendo nada. Sospecho que  habrá mucho dolor en el futuro y que nadie dará su brazo a torcer, muy nuestro por otra parte, y que en el choque, saldrá, por la vía de la fuerza posiblemente, perdiendo Cataluña, los independentistas y los demás, que no sé quiénes ni cuántos son. Pero ya hemos perdido todos, incluido para mí Podemos, porque no somos capaces, a pesar del paso de los siglos, de hablar lenguas hijas de la misma madre, de enrollarnos entre nosotros y con los de fuera en alegría bien visible, de tomar una decisión libre, democrática y valiente, de reconocer que, desde la Edad media, algunas partes del todo no quieren ser del todo, que una parte de las partes del todo, se sienten del todo, que el todo sin las partes tampoco es todo, que ni dios sabe cómo coño solucionar el problema, aunque haya dos cosas que están claras desde que existe la civilización occidental: la democracia parte del respeto de todos y de escuchar a todos, sin restricciones. La libertad supone poder decidir sin agredir a los demás.  A ver cómo cocemos ese guiso de una puñetera vez sin declararnos de nuevo la guerra, en toda la extensión de la palabra.

Nota.: Me refiero a Podemos sin acritud. De ser la nueva esperanza blanca ha pasado, para mi gusto, a pasarse de cocción y andar a gatas con las patas pal’alto. A los demás partidos los conocemos de sobra y hacen lo que parece que quieren y deben hacer, normalmente, el gilipollas porque de otro modo, no estaríamos así. De paso, recuerdo a todos y todas, al estilo PSOE, que no harían eso mismo si no les hubiéramos votado. Cada palo que aguante su vela. Y que los dioses repartan suerte. Amén.

 

LA TERNURA DE RUDY, EN LA SALA TARAMBANA DE MADRID.

El monólogo es la exposición amable y emocionada de una de las anécdotas de la vida de Rudy: una cena con Gila en Buenos Aires. Una cena especial porque parece que ambos se retaron a intercambiar historias cómicas, chistes y ocurrencias con sus propias normas. Hicieron tablas y es natural.

Rudy es un anciano pequeñito, a quien los años de profesión han dejado marcada cada palabra, cada gesto, cada cambio de entonación.  Me asombraba escucharle relatar, solo en el escenario, aquella conversación con Gila, y emocionarse recordando el afecto y las vivencias que les unieron.

Ternura, amargura y emoción: las vidas de los dos reflejan momentos muy duros de la historia de ambos países, pero sobre todo, de la vida del humorista español, traspasada por la Guerra Civil de manera muy especial.

Los chistes de Gila volaban de un lado a otro, clásicos ya para todos, mezclados con las historias de Rudy, simpático, ocurrente y vital, muy vital a pesar de su edad.

En las gradas, amigos, sobre todo amigos y la mayoría, jóvenes. Se atrevió hasta a canturrear un rap que él mismo había compuesto.

Un espectáculo humilde, sencillo, sin más intención que compartir un buen rato de sonrisas y recuerdos con nosotros: Rudy, al acabar, sale a saludar a los espectadores, de uno en uno, cariñoso, agradecido y tierno.

Quizá el próximo miércoles sea el último de esta remesa. Me alegro de haber disfrutado del espectáculo con la tranquilidad de quien sabe lo que va a ver y de haber podido saludar a alguien que sigue viviendo y sintiendo el teatro, a pesar de la vida, de la guerra, de la desgracia o de la edad y, además, lo hace…. por amor a Gila.

CHALECO ANTIBALAS.

Mañana de sábado, la gente por la calle, exceso de ancianos y ancianas atravesando carriles, como bólidos con el taca taca, sin inmutarse ni poner intermitente o lanzándose a la calzada sin mirar ni ver: el sol pega en las ojos. Colas en las panaderías, las pastelerías, las fruterías….  Todos cargados con bolsas de plástico, con la pistola asomando por una de las bocas, rebelde a la ocultación. Los cristianos del submundo en las esquinas, con los tenderetes y los paraguas, ofreciendo el cielo y la solución a todos los problemas del universo, los descargadores a gritos, golpeando con violencia bordillos y rampas,

Algunos se sientan en las terrazas a tomar un café después de hacer la compra para la comida del sábado, los dueños de los perros se ponen de acuerdo para soltarlos en el parque, como si de un festival canino se tratara, las aceras están medio vacías: muchos han decidido aprovechar el sol de verano otoño y se han largado al campo, a la Casa de Campo, a Madrid Río o al Caribe, vaya usted a saber.

Y entre el gentío, las bolsas de plástico, el sol radiante y las pistolas inclinadas, se abre paso la vocecita del borracho: “Holaaaa, una monedaaaa”.  Le he oído hablar con muchas más claridad, cuando alguna de las vecinas se para a preguntarle. Es el borracho y el pobre oficial de la zona, todo en uno. Duerme en la entrada de una de las zapaterías, con su carro de parapeto y a salvo ante el escaparate iluminado rebosante de calzado, el portal de al lado y el hecho de que todos le conozcan. Tiene perro, un enano lanudo que no se separa de él y al que nunca le faltan comida y agua. Hace poco se ha cortado el pelo y a lo mejor es mucho más joven de lo que aparenta, pero el alcohol ha borrado de su rostro cualquier atractivo, ha enrojecido ojos y pómulos, ha engrosado la nariz y le ha dejado en ese estado límbico de mirada perdida y lengua de trapo que no le abandonarán jamás.

Pero poco a poco otras voces se han ido sumando al coro: dos rumanas jóvenes, morenas y limpias, con coleta, se sientan a una distancia de unos 600 metros en el bordillo de dos tiendas cerradas. Ambas piden para dar de comer a sus hijos y lo llevan escrito bien clarito en un cartel.

Un joven, con pinta de chulo de polígono vestido de domingo, vende , sobre una toalla en el suelo, maquinitas para arreglarse los pies, de esas de una marca muy conocida. Un poco más arriba, otro hombre, este mayor, desgastado, ajado, con la mirada cargada de no sé cuántas miserias, intenta que le compren carteras que también expone en el suelo.

Hoy, como una nueva variante, una pareja de gitanos guapos, bien arreglados y oliendo a perfume caro, me han ofrecido un cargador de tablet maravilloso, en su caja, por  10 euros. Y además, si lo compraba, me regalaban otro. La explicación: su jefe les ha despedido, pero no les ha pagado y necesitan vender la mercancía para sobrevivir. Con dos….

Desde que yo sé, hay una pareja de gitanos vendiendo flores en una esquina de la misma zona y en un chaflán entre un bar peruano y una academia de inglés, se ocultan un grupo de mendigos, duermen y malviven, no sé, sinceramente, cómo: pidiendo.

He dado  vueltas a la llave y he entrado en mi castillo. A salvo, he pensado, pero me equivocaba. Al  poco rato, desde la tele , una voz dramática y sorda me recordaba que el bebé  filmado e iluminado con absoluta profesionalidad, se iba a morir si yo no hacía algo, o sea, dar dinero. A continuación, otra persona buena y educada me ha dicho que si yo no voy a dar libros y a enseñar a los ciegos, tendré que comprar un cupón para que otros les ayuden; otros me piden que deje mi herencia a los niños africanos, que done mi sangre para los hospitales, que colabore con ciertas aldeas, que compre un bolígrafo para que los chavales tengan regalos en navidad, que dé para los médicos del mundo, los payasos del mundo, los enfermeros del mundo, los bomberos del mundo…

Y el mundo entero se me ha caído encima y casi me da un jamacuco: me he tirado  rendida en el sofá ante un vermú, después de lanzar por la terraza el mando de la tele.

Tengo las retinas saturadas de manifestaciones, de huracanes, de francotiradores asesinos, de sicópatas, de ladrones de bancos, de aluniceros, de traficantes famosos y no famosos, de pistolas, de metralletas, de cuchillos, de sangre, de mujeres maltratadas, de niños abandonados, de violencia nocturna, de borrachos ruidosos, de accidentes de tráfico, de cáncer de mama, de desahucios, de hambre, de miseria, de violencia, de gritos, de protestas, de amenazas… Y de pedigüeños, de miles, de millones de pedigüeños.

Y ya no distingo la realidad de la fantasía, el niño moribundo de una aldea perdida del  niño de atrezo iluminado y enfocado para que dé la mayor pena posible. No distingo entre mujeres muertas por sus parejas y prostitutas asesinas de la tele, ni entre los ladrones de El Rastro y los del butrón de novelas negras. No sé si el borracho de mi barrio es lo que parece o alguien está filmando un documental a escondidas y es un actor consumado, no sé si las rumanas del bordillo tienen varios pisos y pertenecen a una empresa multinacional de pedigüeños o son dos emigrantes desgraciadas, cargadas de hijos que no tienen modo de darles de comer.

No sé si los albergues, albergan, si la Cruz Roja, socorre, si los médicos del mundo curan y sanan o forman parte de otra multinacional, o simplemente, es un anuncio de la tele, como el de las compresas que cuidan de las mujeres enfermas de cáncer, que a lo mejor solo  es una estrategia publicitaria. Dudo ya de que Arturo Mas haya existido alguna vez, incluso, dudo de que un tal Felipe González presidiera el gobierno de España. Vamos, que la imagen de Franco me parece salida de un comic, como el TBO.

Agobiada por esta ruptura trágica de la realidad, incapaz de llegar a la conclusión clara de ningún silogismo, perdida la esperanza de encontrar  la línea divisoria entre la constatación objetiva, la fantasía y la realidad, hace un tiempo  me hice un regalo: ha llegado hace poco a casa y para celebrar que es sábado me lo he probado.

El chaleco antibalas me queda de muerte. Todo me rebota, como a muchos de mis conciudadanos, líderes, vendedores de mierda y manipuladores de la pobreza. Ahora, como ellos, podré pasear, ver la tele y dormir tranquilamente. Pesa un poco y aprieta los pectorales, pero compensa.

 

 

TANGO ESPAÑOL.

  1. España. Una academia de tango, y no es la única, al comenzar el curso, reparte entre alumnos, amigos y clientes de milonga el siguiente papelito:

 

La edad media de los bailarines, alumnos o no, pero todos bailan, es de unos 60 o 65 años, hay uno o dos de cerca de treinta y un campeón de noventa y tantos.

La inmensa mayoría, españoles. La inmensa mayoría de los profesores, hispanoamericanos.

Cotilleos bajo cuerda: “Los hombres españoles bailan peor el tango que la mayoría de los europeos. No se dejan enseñar. Les sobra soberbia y les falta humildad y constancia”.

Lo constato: muchos bailarines se creen excelsos, no sacan a bailar a una mujer si no la consideran a su altura, la torpedean continuamente intentando que haga florituras ridículas a cierta edad e imposibles para ciertas piernas, las regañan como si fueran niñas pequeñas tontas… Todas las posibles faltas de respeto y compañerismo que se puedan dar en una actividad lúdico-deportiva y que, desde luego, yo no he visto jamás. Podría entenderlo si los bailarines fueran profesores, profesionales de la danza o jóvenes atléticos tocados por la mano de los dioses, pero no. La inmensa mayoría son sesentones, como ellas, a quienes ya cuesta mover las piernas con agilidad, les tiemblan las manos y se mantienen en su eje a duras penas. Pero el alma de gallito español nunca muere. Genio y figura hasta la sepultura. Y no es solo soberbia: es desprecio absoluto por la labor de la mujer, discriminación por edad y apariencia física, cosificación por calidad de baile.

Forma parte de nuestro ADN: la soberbia, la altivez, la estúpida obsesión por mantener la apariencia de vencedor aunque uno no tenga para comer, la exigencia de respeto aunque uno dejase de ser respetable hace mucho tiempo.

Me acuerdo de lo difícil de reconocer nuestros errores, de pensar y mirar y mirar a lo lejos antes de estallar como furias enloquecidas, de la manía que querer ganar siempre y de no arrodillarse ante nadie, ni siquiera ante los dioses, no hay más que leer alguna de los cientos de comedias españolas barrocas que se hartan de tratar el tema. Cada español es un rey, cada español es un dios, cada bailarín es un astro de la danza.

Y cada  líder es un genio con razones políticas irrefutables, con la verdad absoluta de su parte, llamado por los dioses y el pueblo a salvar España, o Cataluña o Ciempozuelos, que tanto da.  Hace años, alguien tomó el poder ilegítimamente y se dijo que era un golpe de estado.  No entiendo si sacar a bailar solo a quien está a la altura de nuestras dotes es legítimo, democrático, inteligente o estúpido. O todo lo contrario. Desde  luego, cuando dos no se entienden y uno de los dos, o ambos, usan la fuerza, acaba habiendo golpes, para todos.

Si yo fuera hombre, sacaría a bailar a todas las mujeres, sin distinción, porque todas llevan dentro el mismo amor por la danza y todas necesitan, como yo, que alguien las acompañe a disfrutar durante breves minutos de ella. Lo otro es egoísmo, corazón miserable y mezquino, orgullo estúpido, soberbia de idiota, falta de autocrítica, prepotencia, machismo…

Conozco a compatriotas que no quieren bailar con nadie, que se niegan a compartir lo que saben y a escuchar lo que saben los otros, que intentan por las bravas obligar a los otros, sean los otros de España, Cataluña o Boadilla de Monte, a permanecer sentados sin bailar. Se olvidaron hace mucho tiempo  de que no se puede obligar a nadie a que te quiera por la fuerza. Y ante la fuerza, la sucia trampa. Y los dos llenos de mierda. Y con ellos, todos.

Bailen con todas, señores, abran el círculo, observen a su pareja, intenten adaptarse a ella y no la arrastren por la pista como si fuera una muñeca artrítica de trapo. Ustedes tampoco son precisamente Nureyev. Se lo aseguro.

CULTURA POPULAR GRATUITA. Gran exposición de mierda.

Domingo, 17 de septiembre. Sonaban los tambores golpeados con saña y maestría por chavales y chavalas vestidos de mayorettes, con capa de raso azul eléctrico y sombrero alto de plumas. Una estupenda batucada que animaba los corazones del gentío, un gentío entregado que bramaba al ritmo ascendente o descendente de los tambores.

Estaban de fiesta, una fiesta popular que celebraba, seguramente, algún evento deportivo, porque había dos colores dominantes entre los espectadores: el azul brillante y el verde con listas amarillas. Relucían al sol los tres colores y se oía desde todas partes la música y el griterío.

Y llegó después a todas partes el olor de los orines de quienes, hartos de cerveza y ron, no podían sujetar la vegija y se metían en los jardines de los pisos colindantes a desahogarse, sin importarles si desde las ventanas de los pisos bajos, o desde los coches aparcados, los vecinos, ajenos a la fiesta, les veían mear y  dejar su hermoso regalo delante de sus narices.

Y todo el barrio se llenó de coches encaramados unos encima de otros: ningún vecino pudo aparcar cerca de su casa aquel día. Los fiesteros habían ocupado plazas, espacios y aceras sin que nada ni nadie lo impidiese.

Y la comida y la bebida se desbordó de bolsas y neveras: botellas, vasos de plástico, litronas, tortas, tortillas, postres, tabaco… Todo se compartió a lo largo del día, porque la fiesta del pueblo duró desde la mañana hasta bien entrada la tarde.  Los árboles prestaron su sombra, el sol tibio del otoño no picaba ya y se podía uno tumbar en el césped o sentar a beber en los juegos de los parques infantiles, abandonados por los niños y sus madres ese día. Estaban contentos y felices: los espacios públicos se usaban para las fiestas del pueblo, como manda la santa madre izquierda y/o progresista.

Y me decía un anciano comunista: “¿Es que yo no soy pueblo?, ¿Es que yo no tengo derecho a que se me respete?”. Llevaba años sin poder dormir en su barrio: las fiestas populares de una minoría impedía su descanso y el de muchos miles de vecinos.  Pero sabía que si protestaba, la corrección política dominante lo convertiría en un fascista déspota que estaba en contra de la libertad y de la alegría del pueblo. Un conflicto irresoluble.

Como toda acción provoca una reacción, disfrutemos de los frutos de la acción popular  que se solaza feliz de la fiesta sin que el poder del pueblo ponga vigilancia alguna, sin contenedores ni urinarios para el mismo pueblo y sin importarle un pimiento las consecuencias de la fiesta, salvo para colgarla como un éxito glorioso en su página web y en su facebook.  O sea, como hace muchos, muchísimos años…